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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Caminos

¿Sabe algún camino adónde va?

Los caminos, que también están hechos para perderse por ellos.

Y qué pasaría si los caminos se movieran al andar igual que hacen los ríos y no tuviera el caminante que adelantar los pasos, como en las escaleras mecánicas (lo leí en Álvaro Cunqueiro).

Sin camino, porque han perdido el que llevaban, o buscándolo, en los primeros pasos libres de la juventud, o vagabundeando de acá para allá, desorientados, así deambulan por los libros tantos y tantos personajes, como el teniente del ejército austríaco Franz Tunda, protagonista de La fuga sin fin, de Joseph Roth, que, en las últimas líneas de la novela, "estaba en la plaza frente a la Madeleine, en el centro de la capital del mundo, y no sabía qué hacer. No tenía profesión, ni amor, ni alegría, ni esperanza, ni ambición ni egoísmo siquiera.
Nadie en el mundo era tan superfluo como él".   

miércoles, 27 de mayo de 2015

Futuro II. Efemérides literarias

Y si por algún milagroso arte volviera a la edad en que uno sueña con lo que va a ser en la vida, y de verdad pudiera elegir, lo echaría a suertes entre estos tres oficios, y los enumero por estricto orden alfabético, no de preferencia:
farero, de día ocupado en la contemplación del mar –los ojos, de tan acostumbrados, interpretando ellos solos los versos de las olas y el mapa del horizonte- y de noche en el recuento de las estrellas;
guarda de montes y de ríos, y que ningún rincón se quedara sin explorar, y ningún camino sin recorrer, y ningún animal ni pájaro ni árbol ni planta ni flor sin apuntar en la memoria, con la situación y características de cada cual, y que las aguas de los arroyos y los ríos discurrieran en paz llevando el recado de su caudal a las de los otros ríos con los que fueran a juntarse antes de llegar al mar;
profesor de instituto, para leer en clase a los alumnos las mejores historias que los escritores han escrito y las mejores poesías que los poetas han compuesto, y animarles a que también ellos, además de leer las de otros, escriban y compongan igualmente las suyas.




El 27 de mayo de 1939 murió en París Joseph Roth, sin duda uno de los más grandes escritores de nuestro tiempo. Judío de origen austríaco, participó como voluntario en la Primera Guerra Mundial, que supuso el derrumbamiento del imperio austrohúngaro. El fin de los Habsburgo tuvo consecuencias de catástrofe para los judíos de la Europa Central, que se vieron obligados a dispersarse por otros países. Esta amarga experiencia, personal y colectiva, que alcanzó los tintes de una nueva diáspora y desgarró la identidad y la historia de la próspera y culta comunidad judía centroeuropea, es el tema central de la obra de Joseph Roth. De ella me ocuparé en otra ocasión; baste hoy esta nota de recuerdo y el adelanto de los títulos más significativos, indispensables todos en la biblioteca del buen lector: Fuga sin fin (1924), Job (1930), La marcha Radetzky (1932), La cripta de los capuchinos (1938), La leyenda del santo bebedor (1939).