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jueves, 14 de mayo de 2015

La voz de los animales

Curiosas e interesantes son también las palabras que nombran las voces de los animales.
Los pájaros pían, trinan, gorjean o gorgoritean, según sea la intensidad, la cadencia o el quiebro de su canto.
El gallo canta, la gallina cacarea (si está clueca, cloquea o cloca) y el pollo pía (piído, se llama cuando lo hace una vez) o piula.
El cuervo, la corneja y el grajo graznan, crascitan o grajean.
El pato parpa y grazna.
La paloma zurea o arrulla.
La golondrina trisa.
El búho, el cárabo o autillo (la carabiella leonesa y asturiana), la lechuza y el mochuelo ululan.
La cigüeña crotora cuando hace chocar la parte superior del pico contra la inferior.
El ganso y la gaviota graznan.
La grulla gruye.
El loro y la cotorra parlan.
El pavo grazna o tita (cuando convoca a la manada).
La perdiz ajea (cuando se queja), cuchichía (cuando canta) o titea (cuando llama a los pollos).
La urraca matraquea.
La abeja, la avispa, la mosca, el mosquito y otros dípteros zumban (el tábano no, que es taimado y silencioso).
La cigarra y el grillo chirrían (y desafinan un poco).
La rana croa o charlea (y se supone que lo mismo hace el sapo).
El ratón chilla.
La serpiente silba.
La cabra y la oveja balan.
El cerdo y el jabalí gruñen (este último, para reclamar la presencia de la hembra, ronca, y cuando oye gente o nota que le siguen la pista, rebudia y arrúa, respectivamente).
El gato maúlla, maya (y mía o miaga), fufa (si da bufidos), marramiza (si está en celo) y ronronea (si está contento, que debería ser su estado natural, siendo como es el príncipe de la casa).
El perro ladra, gañe (o aúlla, cuando lo maltrata) y arrufa (cuando se le hinchan las narices por algo y enseña los dientes).
El becerro, añojo, novillo o ternero berrea.
El buey y la vaca mugen (y braman).
El toro brama, muge y bufa (cuando, enfurecido, resopla).
El asno, burro, borrico, jumento, pollino o rucio rebuzna o rozna.
El caballo relincha.
El ciervo y el gamo berrean, balan y braman (y el gamo, para llamar a la hembra cuando está en celo, ronca).
El corzo ladra (su ladrido -o ladra- es áspero y ronco).
La liebre y el conejo chillan.
El zorro grita, aúlla o tautea (por onomatopeya del sonido que emite: tau-tau).
El lobo, la hiena, el coyote y el chacal aúllan.
El tigre y el león rugen.
La pantera y el leopardo himplan.
El oso gruñe.
Los elefantes barritan.
( Y los cocodrilos lloran cuando salen del agua y cuando devoran a sus víctimas, pero parece que no de pena sino porque, en el primer caso, sus glándulas segregan lágrimas para humedecer los ojos, y en el segundo, por la proximidad de las glándulas lacrimales con las salivales, lo que hace que ambas se estimulen constantemente al comer. No lo creían así los antiguos, y Covarrubias, por ejemplo, en su Tesoro de la lengua castellana, hablando de esta “especie de lagarto que se cría en el río Nilo”, dice que “sigue al hombre que huye dél, y huye del que le sigue; tiene un fingido llanto con que engaña a los pasajeros, que piensan ser persona humana, afligida y puesta en necesidad, y cuando ve que llegan cerca dél, los acomete y mata en la tierra”. De aquí vendría la expresión lágrimas de cocodrilo para referirse a las que vierte una persona fingiendo un dolor que no siente.)

Y lo mismo que decía ayer a propósito del quiquiriquí del gallo cabría aplicarlo también a la voz onomatopéyica del perro, que en castellano es guau y en otras lenguas, como sigue: en inglés, woof (uf); en francés, ouah (ua); en alemán, wau (vau); en catalán, bub (como suena, bub-bub); en japonés, wan (uan); en chino, wo (uai)…
O las gramáticas y diccionarios –y los académicos que redactan y sancionan unas y otros- se equivocan, o los perros no ladran igual en todas partes.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Onomatopeyas

Hablaba el otro día de que las palabras responden a una convención, y de que los nombres de las cosas son, por consiguiente, arbitrarios. Esto, que es verdad, y sirve para casi todas ellas, tiene, como todo en la viña del Señor, sus excepciones: en el caso que nos ocupa, las onomatopeyas, que son esas palabras cuyo sonido imita o sugiere o copia o reproduce la realidad que designan.
Ya es bien curioso que algunas de las onomatopeyas más usuales se refieran al acto mismo de hablar, y, más específicamente, cuando este se hace atropelladamente o en voz baja y como en secreto: cuchichear, bisbisear, farfullar, rezongar, refunfuñar, sisear, chistar… Y, aunque de etimología latina, también, en cierto modo, murmurar, susurrar, musitar, mascullar… Unos y otros verbos, con sus correspondientes sustantivos: cuchicheo, bisbiseo, murmullo, susurro, etc.
Otras hacen referencia a ruidos, como chasquido (y chascar), zumbido (y zumbar), chirrido (y chirriar), chisporroteo (y chisporrotear) tintineo  (y tintinear), chapotear (el agua), rechinar, castañetear (los dientes)… Y el gluglú del agua, el tictac del reloj, el runrún del tráfico, el tantán de la campana, el tararí de la trompeta y de la palabra dicha en tono de burla o para expresar disconformidad, el retintín de un cuerpo sonoro y el tonillo con ánimo de zaherir, el cataplum de una explosión…
La lista es amplia y abarca todos los campos: burbuja (y burbujear), chispa, cachivache, chisgarabís, tiritar, titilar, zigzag, catapum o catapún (del año o del tiempo que ni se sabe, de tan antiguo)…
Estarían también, claro, las palabras que imitan la voz de los animales, como el maullido del gato, el cacareo de la gallina o el quiquiriquí del gallo.
Este, el quiquiriquí del gallo, que nos parece un vocablo tan apropiado y natural, por lo bien que se ajusta al sonido que el rey del corral emite, resulta que se dice en inglés cock-a-doodle-doo, y en francés cocorico, y en japonés kokekokkoo… ¿Será que los gallos no cantan igual en todas partes? ¿Lo harán de forma diferente por un prurito nacionalista, o para adaptarse cada cual a la gramática de su país? ¿O es esta última, la gramática, la que ajusta y acomoda a sus intereses patrióticos el canto del gallo?