Curiosas
e interesantes son también las palabras que nombran las voces de los animales.
Los
pájaros pían, trinan, gorjean o gorgoritean, según sea la intensidad, la
cadencia o el quiebro de su canto.
El
gallo canta, la gallina cacarea (si está clueca, cloquea o cloca) y el pollo pía
(piído, se llama cuando lo hace una vez) o piula.
El
cuervo, la corneja y el grajo graznan, crascitan o grajean.
El
pato parpa y grazna.
La
paloma zurea o arrulla.
La
golondrina trisa.
El
búho, el cárabo o autillo (la carabiella leonesa y asturiana), la lechuza y el
mochuelo ululan.
La
cigüeña crotora cuando hace chocar la parte superior del pico contra la
inferior.
El
ganso y la gaviota graznan.
La
grulla gruye.
El
loro y la cotorra parlan.
El
pavo grazna o tita (cuando convoca a la manada).
La
perdiz ajea (cuando se queja), cuchichía (cuando canta) o titea (cuando llama a
los pollos).
La
urraca matraquea.
La
abeja, la avispa, la mosca, el mosquito y otros dípteros zumban (el tábano no,
que es taimado y silencioso).
La
cigarra y el grillo chirrían (y desafinan un poco).
La
rana croa o charlea (y se supone que lo mismo hace el sapo).
El
ratón chilla.
La
cabra y la oveja balan.
El
cerdo y el jabalí gruñen (este último, para reclamar la presencia de la hembra,
ronca, y cuando oye gente o nota que le siguen la pista, rebudia y arrúa,
respectivamente).
El
gato maúlla, maya (y mía o miaga), fufa (si da bufidos), marramiza (si está en
celo) y ronronea (si está contento, que debería ser su estado natural, siendo
como es el príncipe de la casa).
El
perro ladra, gañe (o aúlla, cuando lo maltrata) y arrufa (cuando se le hinchan
las narices por algo y enseña los dientes).
El
becerro, añojo, novillo o ternero berrea.
El
buey y la vaca mugen (y braman).
El
toro brama, muge y bufa (cuando, enfurecido, resopla).
El
asno, burro, borrico, jumento, pollino o rucio rebuzna o rozna.
El
caballo relincha.
El
ciervo y el gamo berrean, balan y braman (y el gamo, para llamar a la hembra cuando
está en celo, ronca).
El
corzo ladra (su ladrido -o ladra- es áspero y ronco).
La
liebre y el conejo chillan.
El
zorro grita, aúlla o tautea (por onomatopeya del sonido que emite: tau-tau).
El
lobo, la hiena, el coyote y el chacal aúllan.
El
tigre y el león rugen.
La
pantera y el leopardo himplan.
El
oso gruñe.
Los
elefantes barritan.
(
Y los cocodrilos lloran cuando salen del agua y cuando devoran a sus víctimas,
pero parece que no de pena sino porque, en el primer caso, sus glándulas
segregan lágrimas para humedecer los ojos, y en el segundo, por la proximidad
de las glándulas lacrimales con las salivales, lo que hace que ambas se
estimulen constantemente al comer. No lo creían así los antiguos, y Covarrubias,
por ejemplo, en su Tesoro de la lengua
castellana, hablando de esta “especie
de lagarto que se cría en el río Nilo”, dice que “sigue al hombre que huye dél,
y huye del que le sigue; tiene un fingido llanto con que engaña a los
pasajeros, que piensan ser persona humana, afligida y puesta en necesidad, y
cuando ve que llegan cerca dél, los acomete y mata en la tierra”. De aquí
vendría la expresión lágrimas de
cocodrilo para referirse a las que vierte una persona fingiendo un dolor
que no siente.)
Y
lo mismo que decía ayer a propósito del quiquiriquí del gallo cabría aplicarlo
también a la voz onomatopéyica del perro, que en castellano es guau y en otras
lenguas, como sigue: en inglés, woof (uf);
en francés, ouah (ua); en alemán, wau (vau); en catalán, bub (como suena, bub-bub); en japonés, wan (uan); en chino, wo (uai)…
O
las gramáticas y diccionarios –y los académicos que redactan y sancionan unas y
otros- se equivocan, o los perros no ladran igual en todas partes.