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viernes, 30 de octubre de 2015

Efemérides literarias

Pío Baroja

Tal día como hoy, 30 de octubre, pero de 1956, moría en Madrid Pío Baroja, que había nacido en 1872 en San Sebastián.
Estudió Medicina en Madrid, profesión que ejerció por poco tiempo en Cestona (Guipúzcoa). Después se ocupó de un negocio familiar -una panadería-, que abandonó para dedicarse exclusivamente a la literatura y el periodismo. Consagrado como un escritor de éxito, su vida transcurrió entre Madrid y su casona de Itzea, en Vera de Bidasoa, con frecuentes viajes por España y Europa (durante la guerra civil vivió temporalmente en Francia). Murió en Madrid en 1956.
De la lectura asidua de Nietzsche y Schopenhauer le vino acaso su visión pesimista de la vida y el mundo, su actitud individualista y solitaria, su carácter inconformista e independiente y su escepticismo radical acerca de la religión, la política y la sociedad.
Baroja, autor de más de sesenta novelas, expuso con frecuencia sus puntos de vista sobre este género literario: la novela, decía, debe basarse en la observación directa de la realidad, pues el arte es inmensamente inferior a la vida (lo cual no quiere decir que el novelista no pueda imaginar personajes o intrigas); ha de ser también abierta, "un saco en el que cabe todo", según sus propias palabras: acción, descripción de ambientes y paisajes, reflexiones intelectuales y filosóficas... Y como la vida, ha de carecer de una estructura previa; por lo tanto, debe estar abierta a todos los acontecimientos y desarrollarse sin plan alguno. Todo ello con un único objetivo: entretener al lector.

Gran parte de sus novelas están asimismo estructuradas en torno a un personaje central, inconformista o aventurero, que viaja constantemente de un lugar a otro. A su lado, multitud de personajes secundarios ayudan, por contraste, a definir o matizar mejor su personalidad.
Por otra parte, su estilo claro y sencillo, antirretórico, de frases cortas y párrafos breves, contribuye, junto con la abundancia de los diálogos, a crear la sensación de vida y naturalidad, que es uno de las características de su producción.
El propio Baroja clasificó buena parte de sus novelas -treinta y cuatro- en trilogías, con un título que alude a algún rasgo común, temático o argumental, compartido por las tres.
La más conocida es sin duda La lucha por la vida, compuesta por La busca (1904), Mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). Las tres obras tienen un mismo protagonista, Manuel Alcázar, y un mismo escenario: el Madrid de principios de siglo, ciudad a la que Manuel tiene que trasladarse cuando aún es un muchacho para ganarse la vida.
Otras novelas que, por una u otra razón, han obtenido un amplio eco son las siguientes:
.Camino de perfección (1902), cuyo protagonista encarna al personaje abúlico y angustiado de la Generación del 98.
.Zalacaín el aventurero (1909), uno de los típicos "hombres de acción" a los que tanto admiraba (él, que fue justo lo contrario, intelectual y sedentario).
.El árbol de la ciencia (1911), tal vez la más representativa en cuento a las ideas de Baroja, cuenta la vida de Andrés Hurtado, personaje inadaptado e inconformista (alter ego del autor en muchos aspectos), desde que comienza sus estudios de Medicina hasta que, tras sucesivos fracasos que culminan con la muerte de su mujer al nacer su primer hijo, se suicida. Su fracaso significa la derrota del que se acoge al árbol de la ciencia, del que pretende entender la vida en lugar de simplemente vivirla ("la verdad es mala para la vida", asegura un personaje). La acción transcurre fundamentalmente en Madrid y en Alcolea, un pueblo manchego del que se sirve Baroja para efectuar un amargo retrato de la España rural.
.Las inquietudes de Shanti Andía (1911), ambientada en el mar.
.Memorias de un hombre de acción (1913-1935), que agrupa veintidós novelas de corte histórico, protagonizadas por Eugenio de Aviraneta, personaje aventurero, tío abuelo de Baroja.
.Desde la última vuelta del camino (1944-1949), sus memorias personales en siete tomos.
           
Baroja es autor también de numerosos cuentos, entre los que sobresalen los reunidos en Vidas sombrías (1900), su primer libro publicado. De él he extraído el que reproduzco a continuación, muy ilustrativo, pese a ser un relato de juventud, tanto de sus querencias temáticas como de su peculiar tono narrativo.

                                                El vago

Apoyado en una farola de la Puerta del Sol, mira entretenido pasar la gente.
Es un hombre ni alto ni bajo, ni delgado ni grueso, ni rubio ni moreno; puede tener treinta años y puede tener cincuenta; no está bien vestido, pero tampoco es un desarrapado.
¿Qué hace? ¿Mira algo? ¿Espera algo? No, no espera nada. De vez en cuando sonríe; pero su sonrisa no es sarcástica, ni su mirada es oblicua.
[...] ¿Es algún empleado? No ¿Tiene rentas? Tampoco ¿Alguna industria? ¡Pchs! Casi, casi es una industria vivir sin trabajar.
Vamos, es un vago. Si, es un vago. Ya veo a los catones de las tiendas de ultramarinos indignarse contra ellos, usando la prosa estúpida de un confeccionador de artículos de periódico de gran circulación. El vago, para todos esos moralistas, es casi un criminal.
El mío, ese de quien hablo, seguramente no lo es; tiene la mirada profunda, la boca burlona, el ademán indolente.
Mira como un hombre que no espera nada de nadie.
Es un espectador de la vida; no es un actor. Es un intelectual.
Un vendedor de periódicos se acerca al farol donde se apoya el vago, y se recuesta en él.
Un farol puede sostener dos espaldas.

Un vago apoyado en un farol es motivo de reflexión. El farol, la ciencia, la rigidez, la luz; el vago, la duda; la indecisión, la sombra.
¡Glorificad a los faroles! ¡No desprecies a los vagos!
Alguno dirá: "¡Bah! Ser vago, cosa facilísima". Error; error profundo; ser vago es casi ser filósofo, es algo más que ser un cualquiera.
¿Que hay vagos a patadas? ¡Qué ha de haber! Tenéis en la clase alta, gomosos, clubman, sportman, más o menos elegantes, más o menos smart , y hasta snobs, si queréis. Todos estos son átomos brillantes de la atmósfera de imbecilidad que recubre a este planeta que habitamos, pero no son vagos. No hay más que mirarlos; andan de prisa, dando zancadas, como si en la vida hubiese algo que valiese la pena de correr, y van siempre pensando en algún caballo, en alguna mujer, en algún perro, en algún amigo, o en otra cosa sin importancia de la misma clase. En las otras capas o costras sociales hay empleados, estudiantes, mendigos, maletas y demás morralla; pero tampoco son vagos perfectos, porque no dejan correr la vida; la emplean en tonterías, en cosas mezquinas; no se dejan arrastrar por el farniente, como el vago tipo, al cual no se le puede achacar más que esa pequeña debilidad de perder la afición al trabajo en la flor de la juventud.
El vago será un bagatela, pero no es una escoria. [...]

El vago del farol y yo nos conocemos, y nos hablamos.
Me protege. Es un hombre que no saluda a nadie. Debe tener pocos amigos; quizá no tenga ninguno. Señal de inteligencia. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez. Creo que es una frase.
¿A inteligente? No le gana nadie.
Se le habla de política…, sonríe; se le habla de literatura…, sonríe; se le habla de cualquier otra cosa…, sonríe.
El otro día dijo uno de él que debía ser un imbécil.
Pero es lo que pasa en estas sociedades sin freno; se empieza a hablar mal de las personas serias, y se llega a hablar mal hasta de los vagos.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Las horas solitarias

Las horas solitarias, de don Pío Baroja, publicado por primera vez en 1917, y recientemente reeditado, es una especie de dietario o libro de notas que recoge algunas de las andanzas de su autor por la geografía española.
Ameno, cordial, chispeante, despreocupado y sincero como acostumbra, Baroja  –que fue, como tantos escritores, un solitario habla de los libros que lee, de las gentes con que se cruza, de las ciudades que visita y los paisajes que contempla, de las costumbres y comportamientos que observa al paso...
Transcribo como muestra unos fragmentos, muy representativos, por otra parte, del sentir y el decir barojianos:

"Hoy he ido a San Sebastián con la lista de unas cuantas cosas que necesitaba y de las cuales no he encontrado ninguna. Para mí, San Sebastián es un escaparate en donde no hay nada de lo que busco. En cambio de lo que no busco hay mucho, por ejemplo: curas, frailes y demás gentecilla. [...] San Sebastián es una pequeña Roma de verano, hay dos o tres monseñores casi constantemente y se ven curas, frailes y monjas a todas horas y por todas partes".
 
"Este señor don Fernando, del que se decía que era protestante, salía al balcón a leer un libro y echaba migas de pan a las golondrinas, que tenían un rosario de nidos en el alero. Cuando se marchó don Fernando, el amo de la casa fue con un palo y quitó todos los nidos. Así que en el diccionario de la infancia tenía yo estos sinónimos: ‘Protestante: hombre que lee un libro y que le gustan los nidos de golondrinas. Católico: hombre que no lee nada y tira los nidos de las golondrinas’".

"Tenía hace tiempo un tomo con los siete libros de Séneca, traducidos al castellano por el licenciado Navarrete en una edición antigua. Ya no los conservo. Una noche bajando del pico de Urbión hacía tanto frío que tuve que quemar a Séneca para hacer arder unas matas y calentarnos. Yo me resistía, pero los dos amigos que iban conmigo me convencieron de que era una ridiculez sacrificar nuestros cuerpos por un libro viejo".


martes, 2 de junio de 2015

Leído y contado

Baroja, en el mismo libro del que se sirvió uno aquí ayer (El cura de Monleón), con esa habilidad y puntería inigualables que tiene él para caracterizar a la multitud de personajes secundarios –tipos curiosos, los llama a menudo– que pueblan sus novelas, saca a relucir en un capítulo con velado regocijo a “un señor aficionado a escribir, que firmaba en un periódico de la capital con el seudónimo de Ramón de Udala”.
Y a la pluma, amiga de las paradojas por lo que se ve –le gustaba, por ejemplo, “hablar de las ovaciones discretas, de las exaltaciones tranquilas y de los aplausos silenciosos”–, del tal Ramón de Udala, propenso igualmente al estilo grandilocuente y barroco, atribuye la redacción de algunas sabrosas noticias.
Reproduzco únicamente cuatro de ellas, ninguna de las cuales –¡otra vez los tópicos!– tiene desperdicio.
En la primera, da cumplida cuenta del comportamiento meteorológico:
“El tiempo, durante el pasado mes de marzo, ha sido verdaderamente delicioso y primaveral, si se exceptúan algunas semanas de nieve, borrasca y granizo, que nos han impedido salir de casa, y de algunas nieblas secas que han humedecido demasiado los campos”.
La segunda debió de aparecer en la sección de necrológicas:
“Nuestro querido amigo el veterano deportista Eusebio Salsamendi (Eushebio), que siempre se distinguió por su brío y su salud de hierro, ha muerto prematuramente a la edad de setenta y nueve años de una afección crónica”.
La tercera ocupó sin duda la página reservada a las notas de sociedad:
“Se ha verificado el enlace matrimonial de la bella señorita María Peruchena, hija del posadero Antón, del mismo apellido, con el joven don Nicasio Zacarrondo, empleado en el matadero de cerdos. La aristocrática pareja salió para San Sebastián, donde pasarán la luna de miel”.
Y la cuarta, que trata de alta política, bien pudo servir de encabezamiento a cualquier sesudo editorial:
“Sería deseable que la política que desune al pueblo desapareciera y que todos se afiliaran a las sanas tendencias del partido conservador, necesarias para la prosperidad del país”.

lunes, 1 de junio de 2015

El paso de las horas

Leo en la página 87 de El cura de Monleón (ed. Caro Raggio), una novela de Baroja publicada en 1936:

“Javier no había pretendido jamás ser cura de ciudad, ni aun de pueblo grande, sino cura de aldea; su ideal era vivir en la casa campesina amplia, cómoda y limpia, con su huerta y su jardín; nada de ambiciones ni de querellas; no aspirar, conservar libertad de espíritu y ver cómo pasaban las horas alegres o tristes, hasta el final. Vulnerant omnes, ultima necat, como se dice en las leyendas de algunos relojes del país vasco”.
                       
No está nada mal como ideal de vida, con ecos del beatus ille horaciano, el que se ha fraguado para sí este cura recién salido del seminario.

Y a quién no le gustaría pasar así las horas que hieren (vulnerant), que son todas, esperando con tranquilidad de ánimo esa última –el verbo necat es mejor no traducirlo– a la que alude la leyenda de los relojes de sol que cita el bueno de don Pío.