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martes, 12 de mayo de 2015

Hablar y escuchar

Durante muchos años, y hasta hace bien poco, me pasaba buena parte del día hablando (en cualquiera de sus modulaciones, y según el verbo que en cada circunstancia se había de conjugar: leer, explicar, comentar, aclarar, exponer, resumir, aconsejar, corregir, advertir, dictar…), y los alumnos, pobres, me escuchaban la mayor parte de las veces con no poca atención y la mar de paciencia.
Ahora, si quiero hacer lo mismo, me tengo que conformar con venir aquí y sentarme frente al ordenador, o tomar la pluma y abrir un cuaderno, pero sin saber si lo que escribo sirve de algo, o si alguien lo va a leer y le va a prestar atención, porque escribir tiene eso de malo, que no se le ven los ojos al interlocutor y resulta algo parecido a lo que sería hablar a ciegas.
Ahora llevo (o como se diga) un blog, y por eso a lo mejor acudo a estas páginas cada día con puntualidad, para tener a alguien que me escuche 
A los que así lo hacen les estoy muy agradecido.

lunes, 11 de mayo de 2015

Efemérides literarias

Un 10 de mayo como ayer, pero del año 1843, nació en Las Palmas de Gran Canaria Benito Pérez Galdós. De allí, en 1862, marchó a estudiar Derecho a Madrid, ciudad en la que residió el resto de su vida. Sus últimos años no fueron fáciles: pasó apuros económicos (para remediarlos, probó fortuna en el teatro), perdió la vista... En fin, lo de siempre. Murió en Madrid en 1920.
Además de su producción teatral -veinticuatro obras, sin demasiado éxito, algunas de ellas adaptaciones de sus novelas- y periodística, Galdós escribió setenta y siete novelas, a través de las cuales se puede reconstruir la vida española del siglo XIX.
Vale la pena recordar algunos títulos: Doña Perfecta (1876), La desheredada (1881), El amigo Manso (1882), La de Bringas (1884), Tormento (1884), Fortunata y Jacinta (1886-1887), Miau (1888), Tristana (1892), Misericordia (1897)... A estos habría que añadir los Episodios Nacionales, cuarenta y seis en total, en los que se propuso el ambicioso proyecto de contar en forma de novela la historia de España en el siglo XIX, desde los sucesos de Trafalgar (1805) y la Guerra de la Independencia (1808) hasta la Restauración (1875). Si no hubiera existido Cervantes, él sería nuestro primer novelista.
Supo como nadie llevar a los libros la vida de su tiempo. Retrató con la pluma las calles y los ambientes madrileños, y, por extensión, la sociedad española de la época, una sociedad pobre, moralmente mediocre, dominada por la hipocresía, la ineficacia administrativa y el "quiero y no puedo".
Sus novelas son, como quería Stendhal, “un espejo a lo largo del camino”. Todo lo que describe –escenarios, personajes, vidas individuales y comportamientos colectivos- es producto de la observación directa de la realidad. Con frecuencia, la historia privada de los personajes (y los hay inolvidables: Isidora Rufete, la protagonista de La desheredada, que, influida por las novelas de folletín, cree ser una huérfana abandonada por una familia aristocrática; el profesor Manso de El amigo Manso, posible álter ego del autor; Maximiliano Rubín y las dos mujeres cuyos nombres dan título a Fortunata y Jacinta; el cesante Ramón Villaamil de Miau, uno de tantos empleados de la administración que perdían su trabajo cada vez que se producía un cambio de gobierno; la mendiga Benina de Misericordia…) se entrelaza con los grandes acontecimientos públicos de la nación.
La mayor parte de ellas se siguen leyendo hoy con gusto y provecho. Entre otras cosas porque –a pesar de que no lo parezca, y de que las descripciones sean a veces un tanto largas y farragosas, como era obligación y costumbre en la novela decimonónica, y de que los diálogos se resientan en alguna ocasión de falta de naturalidad- porque escribía muy bien, mejor de lo que algunos pensaron (y estoy pensando en los que la tomaron con él, como Valle-Inclán, que le llamó aquello de ‘don Benito el Garbancero’ en Luces de bohemia, tan poco elegante, y en otros más cercanos, como Juan Benet, que no ocultó nunca el desdén que la obra de Galdós le merecía y no dudó en utilizar su nombre como estandarte de sus fobias literarias).
Por cierto que sus enemigos en vida –los ideológicos y los políticos, que de unos y de otros tuvo muchos en aquella vieja España del cambio de siglo- se confabularon para impedir que la academia sueca le concediera el premio Nobel, tan merecido, premio que sí le otorgaron, en 1904, a José de Echegaray, y poco después de morir él, en 1922, a Jacinto Benavente: ¿quién ha oído hoy hablar del primero, y quién lee al segundo?
Será a lo mejor por todas estas cosas por lo que don Benito Pérez Galdós, de talante abierto, comprensivo y liberal, nos sigue pareciendo a muchos un notabilísimo escritor y un tipo simpático, cercano y entrañable.


(Me gustaba explicar a Galdós en clase, y procuré siempre que les cayera también simpático a los alumnos. Y cómo expondría lo que arriba he resumido, o qué más diría de él, que una alumna, en un examen, escribió lo que sigue –lo recuerdo perfectamente, y creo ser fiel del todo a sus palabras-: Benito Pérez Galdós se pasaba los días paseando por las calles de Madrid, hablando con la gente, sobre todo con las porteras y los vendedores del mercado, que son los que mejor enterados están de todo lo que pasa, y después con lo que le contaban escribía sus novelas.
Se podrá decir de otra manera, pero no con tanta convicción. Seguro que solo por esa frase le subí dos o tres puntos en la nota.)

   

viernes, 8 de mayo de 2015

Los mejores comienzos de novela

Sobre gustos no hay nada escrito, dicen, pero ahí va una selección –personal y subjetiva como todas- de algunos de los comienzos de novela que, en mi periplo lector, me han parecido más originales, o más sugestivos, o más sorprendentes, o más reveladores, o más completos y redondos desde el punto de vista literario.
Son once en total, como el número de jugadores de un equipo de fútbol, y, en cierto modo, podría decirse que fuera esta la alineación titular. Los presento a continuación, pero no por el lugar que ocupan en el campo –ni siquiera el literario- sino por estricto orden cronológico:

1 En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, 1605)

2 ¿Cómo se conocieron? Por azar, como todo el mundo. ¿Cómo se llamaban? ¿Qué os importa? ¿De dónde venían? Del sitio más cercano. ¿Adónde iban? ¿Sabemos acaso adónde vamos? ¿Qué decían? El amo no decía nada; y Jacques decía que su capitán decía que todo cuanto de bueno y malo nos acontece aquí abajo, escrito estaba allí arriba.
(Denis Diderot, Jacques el fatalista, 1796)

3 Si llegaré a ser el héroe de mi propia vida u otro ocupará ese lugar, lo mostrarán estas páginas. Para comenzar por el principio el relato de mi vida, diré que nací (según me contaron y así lo creo) un viernes, a las doce de la noche. Un detalle que no pasó inadvertido fue que el reloj empezase a sonar y yo a llorar al mismo tiempo.
(Charles Dickens, David Copperfield, 1850)

4 Llamadme Ismael.
(Herman Melville, Moby Dick, 1851)

5 Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.
(León Tolstói, Ana Karenina, 1877)

6 Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.
(Franz Kafka, La metamorfosis, 1915)

7 Solo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no, pues estos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es el privilegio de la primera juventud.
(Joseph Conrad, La línea de sombra, 1915)

8 La nuestra es esencialmente una época trágica, así que nos negamos a tomarla por lo trágico. El cataclismo se ha producido, estamos entre las ruinas, comenzamos a construir hábitats diminutos, a tener nuevas esperanzas insignificantes. Un trabajo no poco agobiante: no hay un camino suave hacia el futuro, pero le buscamos las vueltas o nos abrimos paso entre los obstáculos. Hay que seguir viviendo a pesar de todos los firmamentos que se hayan desplomado.
(D. H. Lawrence, El amante de lady Chatterley, 1928)

9 La cosa empezó así. Yo nunca había dicho nada. Nada.
(Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche, 1932)

10 Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: “Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias”. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.
(Albert Camus, El extranjero, 1942)

11 Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.
(Juan Rulfo, Pedro Páramo, 1955)

De todos ellos, si tuviera que escoger uno –el capitán, digamos-, sería el número 4, y en dicha elección influye en parte, qué duda cabe, el párrafo que sigue a ese escueto,amigable y persuasivo “Llamadme Ismael”, un párrafo memorable que no me resisto a transcribir, en la traducción de José Mª Valverde:

Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda.

jueves, 7 de mayo de 2015

Al hilo de...

Al hilo de lo que ayer hablaba… Se puede ir al hilo de la gente, esto es, haciendo algo únicamente porque los demás lo hacen, o al hilo del viento, como van las aves que vuelan en esa dirección, o al hilo del mundo, que es lo mismo que dejarse llevar por la corriente.
Estando en conversación y acompañado, es importante coger el hilo, y seguirlo, procurando en todo momento que no se corte, y, si esto sucediera, tomarlo de nuevo.
Y siempre es preferible hilar delgado o fino, o perseverar en la labor (con la paciencia que requerían el huso y la rueca: ‘Poco a poco hila la vieja el copo’, decía el refrán), que hilar largo y distraído.
No sea que le pase a uno como a aquel otro, que perdió el hilo y encontró la aguja (estaba en el pajar).

Y antes de que se me acabe hoy el hilo, y retomando el de anteayer, cuando hablaba de los nombres de las palabras, este breve apunte:

¿Por qué nos habremos decidido por la palabra ‘bragueta’, teniendo en el diccionario otra mucho más guapa y que significa más o menos lo mismo: ‘portañuela’? Así, si alguien se descuidara, podríamos avisarle: “Lleva abierta la portañuela”. Y a buen seguro que no le ofenderíamos, ni siquiera se sentiría molesto.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Hilos

De la misma manera que en una mercería los hay de muchos y variados colores, en la tienda de palabras del diccionario podemos encontrarlos también de muy diferentes y sutiles formas y texturas: un hilo de agua, un hilo de voz, un hilo de luz… Están también allí el hilo del pensamiento, y el hilo de la conversación, y el hilo del relato (también llamado el hilo argumental): los tres se pueden perder si uno se distrae, y cuesta a veces seguirlos si se enredan un poco, pero al final, aunque sea con un gran esfuerzo o con la ayuda ajena, suelen encontrarse. No ocurre así con el hilo de la vida, que sigue siempre su curso irreversible, y es tan fino que si se rompe nadie lo ha podido nunca volver a anudar. Peor aún resulta cuando se estira y se pone tenso: la vida pende de un hilo, decimos entonces, y ya solo nos queda en esas circunstancias aferrarnos al último y más delicado y resistente, que es el  hilo de la esperanza.

martes, 5 de mayo de 2015

Palabras y cosas

Aseguran los lingüistas que las palabras son signos convencionales, simples secuencias de sonidos que designan un significado con el que no guardan relación alguna más allá de la estrictamente establecida por el uso. Vamos, que únicamente por puro convenio o pacto original entre los hablantes de una lengua, una palabra como ‘árbol’ significa eso que todos nos figuramos enseguida al oírla o escribirla, y lo mismo ‘mesa’ y cualquiera otra. Dicho de otra manera, que es la costumbre la que ha impuesto una palabra u otra (y la prueba es que cada lengua dispone de una palabra distinta para llamar a la misma cosa), que no hay parecido ninguno entre los nombres y las cosas a las que nombran; por ejemplo, entre la palabra ‘silla’ y el objeto silla, que lo mismo que se llama así podría haberse llamado ‘lápiz’ y no habría pasado nada.
Ahora bien, ¿sería la rosa como es si se llamara de otra manera?
Y si se decidiera o se nos obligara a cambiar los nombres y tuviéramos que llamar rata a la paloma y paloma a la rata, ¿cambiaríamos con los nuevos nombres la percepción y consideración que tenemos de una y otra? ¿Les enseñaríamos a los niños que la rata es el símbolo de la paz y la dibujarían ellos con una ramita de olivo en el pico? ¿Les echaríamos a las ratas migas de pan para que nos rodearan los pies y se nos posaran en el hombro? ¿Les dejaríamos a nuestros hijos jugar con ellas y que les picotearan en las manos? Y las palomas, ¿las perseguiríamos con saña, decididos a exterminarlas, y huiríamos de ellas como de la peste? 
Sí, ya sé que es una ingenuidad, pero a uno le da a veces por pensar cosas así.

(También sobre esta ingenuidad, más bien infantil en este caso, se habla en uno de los relatos de mi libro Años de guardar, el que lleva por título El pico de las palabras:

“Hablando de ideas, pasado un tiempo nos vino la de que por qué llamábamos a las cosas con unas palabras y no con otras. Por ejemplo, por qué a un pájaro le decíamos pájaro y no piedra, y por qué a un árbol no le podíamos nombrar por lumbre, o por cuchillo o por otro nombre cualquiera. Y así me dio por escribir un día en el cuaderno lo que sigue:

La nube tiene ocho libros y dos montes. En cada libro se sientan cuatro ríos y en los montes, dos. El libro del señor lapicero es el más grande y en vez de una camisa tiene un camisón. En las tijeras hay colgados tres campos. La nube está al lado del camino y de la manzana, y para mirar y que entre la torre tiene cinco golondrinas. La luna de la libreta de la nube la guarda el señor lapicero en el campanario.

O sea, poniendo las palabras que tenemos por costumbre:

La escuela tiene ocho mesas y dos pupitres. En cada mesa se sientan cuatro niños y en los pupitres, dos. La mesa del señor maestro es la más grande y en vez de una silla tiene un sillón. En las paredes hay colgados tres mapas. La escuela está al lado del río y de la puente, y para mirar y que entre la luz tiene cinco ventanas. La llave de la puerta de la escuela la guarda el señor maestro en el bolsillo.)

lunes, 4 de mayo de 2015

Libretas y cuadernos

De niños, en el pueblo, a los cuadernos de la escuela los llamábamos libretas. Tenían las tapas de color azul desvaído, las hojas eran de papel áspero y olían a “comprao”. El olor a “comprao” no se parecía a ningún otro olor, y por eso mismo, porque resultaba muy difícil de identificar, no tenía nombre, un nombre particular y concreto, quiero decir, como olor a miel, o a manzana, o a lápiz recién afilado, por citar tres olores que la rapacería sabíamos bien distinguir. Lo “comprao”, por principio, era mejor y gozaba de mayor prestigio que lo casero, no ya en la ropa, que no admitía comparación (las medias de lana hechas en casa picaban, y los calcetines comprados no, y lo mismo pasaba con los jerséis), sino, por raro que parezca hoy, en las cosas de comer: cualquier etiqueta, un simple envoltorio se bastaban por sí mismos para decantar la balanza en aquella competencia desleal; lo que venía en bote, el melocotón, por ejemplo, tenía todas las de ganar sobre lo cogido del árbol, peras o manzanas.
Las libretas las comprábamos en la cantina, que era el único establecimiento abierto en el pueblo, y en el que se vendía de todo, desde comestibles y dulces (aceite, sal, azúcar, arroz, legumbres, latas de conservas, tabletas de chocolate, caramelos…) hasta zapatos y alpargatas, además de pequeñas herramientas (tenazas, leznas, piedras de afilar…), clavos y puntas, cerillas y tabaco, sobres y papel de escribir cartas, lapiceros, gomas de borrar, plumines, papel secante… (pero esto último, lo del material escolar, mejor lo dejo para otro día).  
En la escuela teníamos una libreta para todo, porque entonces no había asignaturas, ni exámenes, ni notas, que se aprendía todo por derecho y de un montón. Y cuando se nos acababa una, pedíamos en casa unas perronas o un real de los de cincuenta céntimos y acudíamos corriendo a la cantina a comprar otra nueva. Era algo que nos hacía mucha ilusión, el estrenar libreta (tanta o casi como estrenar zapatos, ya que esto solo ocurría muy de tarde en tarde, cuando los de los hermanos mayores ya no nos valían, y se nos olvidaba de una vez para otra, la ilusión), y procurábamos por eso gastarla lo antes posible; de ahí que a los pocos días de haberla adquirido estábamos ya deseando que se hiciera vieja, y con ese fin emborronábamos algunas hojas, o arrancábamos disimuladamente de vez en cuando otras, o, ya en las últimas, hacíamos la letra más grande, o saltábamos algún renglón, o copiábamos el resumen de la lección dos veces, o calcábamos mapas por calcar.
En el seminario, y supongo que en los colegios de frailes y de monjas lo mismo, dimos al respecto de lo pedagógico un gran salto cualitativo –por aquellos años se daban muchos de este tipo, y también de los otros, los cuantitativos, y en todos los rangos y órdenes, así del saber como de la realidad histórica, de la teoría como de la praxis-, pues pasamos a hacer exámenes, a sacar notas y a tener una libreta para cada asignatura (otra grandísima novedad, lo de las asignaturas, y el que exigiera cada una su correspondiente libro de texto aún mayor). Vamos, que fue venir del pueblo y entrar de lleno en los recintos del conocimiento, algo así como ascender en una sola temporada de regional a primera división.
Como veníamos de muchos pueblos distintos, desapareció de repente la unanimidad a la hora de nombrar las cosas, y, en el caso de las libretas, unos las llamaban así y otros, en cambio, los que procedían de pueblos más adelantados, donde se hablaba más fino, decían cuadernos. Ocurrió también que las libretas o cuadernos que vendían en la recadería del seminario eran además mucho más grandes, con el doble de páginas, y con las tapas duras y resistentes, y con un rectángulo abajo para poner el nombre y el curso (el curso, otra cosa nueva también, otro adelanto, porque en la escuela del pueblo no los había, el maestro nos tenía a todos juntos y si acaso nos distinguía por las mesas, o por la ristra de números en las cuentas que nos mandaba para casa en la pizarra, o por el tamaño de la vara que colocaba encima de su mesa cuando nos llamaba para dar la lección).
Estos cuadernos –fue el nombre que prevaleció: lo fino se imponía siempre sobre lo más rústico en aquella época, y libreta pasó a designar la de tamaño más pequeño, como las que llevaban los tratantes y tenderos en el bolsillo superior de la bata o del guardapolvo para hacer las cuentas-, estos cuadernos, digo, teníamos la obligación de cuidarlos bien, porque lo normal era que nos duraran por lo menos un trimestre, y había profesores que los pedían y todo para revisarlos antes de poner la nota, y ya no valía entonces lo de emborronarlos y arrancar hojas, pues contaba también lo esmerado de la presentación, y que no faltara ningún ejercicio ni nada de lo explicado en clase, y que estuvieran escritos con buena letra, sin tachaduras y con márgenes a los dos lados. ¡Menuda labor, llegar a final de trimestre, en Navidad y Semana Santa, con el cuaderno ordenado y limpio, y con todo lo aprendido allí dentro para que no se nos escapara! Algo nos ayudaba en este menester el hecho de que muchos, en lugar de grapados o pegados con cola, vinieran ya con anillas o espirales, lo cual resultaba una gran ventaja, pues nos permitía arrancar impunemente alguna hoja sin dejar rastro, los curas ni se enteraban.
Luego en el instituto –el masculino, el Padre Isla; las chicas iban al femenino, el Juan del Enzina: eran los dos únicos que había en León-, en el último curso de bachillerato y sobre todo en el COU, el cuaderno empezó a no contar, o muy poco, porque los profesores ya no se preocupaban de esas menudencias, solo de explicar en la hora de clase –por algo eran todos agregados o catedráticos, aunque había también algún penene-, y el resto allá cada uno se las apañara por su cuenta: la cuestión era aprobar los exámenes y lo demás no tenía importancia. Conque adiós a los cuadernos y libretas, pues con uno o una grande y de muchas hojas, y a ser posible cuadriculadas –para dibujos más que nada, en las clases de arte por ejemplo, o de ciencias naturales-, ya había bastante.
En la universidad, ni libretas ni cuadernos ni nada: los profesores a soltar sabiduría y los discípulos a tomar apuntes y copiar bibliografía (lo de consultarla luego o no ya era otro cantar). Coincidió encima por aquellos años, los primeros de la década de los setenta, con la moda de los folios, con lo cual requiescat in pace definitivo para los pobres cuadernos y libretas.      
Lo anterior, como discente. Desde el otro lado, el de la tarima –mientras duró, que no fue mucho, pues los pedagogos se apresuraron enseguida a dictaminar que establecía jerarquía, o sea que socavaba los pilares de la enseñanza-, recomendé durante bastantes años, cerca de treinta, el uso de un cuaderno o libreta en exclusiva para la asignatura que yo impartía (e incluso obligué a hacerlo, en algunos cursos), y el alumnado –de esta forma nos enseñaron que había que decir- ponía todo el empeño en presentarlos bien cuidados y yo en devolvérselos generosamente valorados.
Así hasta que llegaron las nuevas tecnologías (cada alumno con su portátil y el profe afanándose allí delante con sus power points, el moodle, el proyector, la pizarra electrónica…) y las sacrosantas recomendaciones (léase imposiciones) de la nuevas pedagogías, con las que conviví más o menos amistosamente los últimos seis o siete años.