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viernes, 11 de septiembre de 2015

Palabras con las cinco vocales

Hace algunos años, bastantes ya, cierta escritora, cuyo nombre ahora, ay, se me ha olvidado, por aquel entonces famosa y televisiva, afirmó ufana en un programa de ese medio de comunicación que en castellano había una palabra que contenía las cinco vocales. Y proclamó acto seguido urbi et orbe su descubrimiento: murciélago.
Ella se quedó tan pancha y el personal, patidifuso.
Otro famoso de la época, también gallito y televisivo, la corrigió al día siguiente, se conoce que con ánimos de pasar por más culto y leído que la susodicha: hay nueve palabras con las cinco vocales, no una, aseguró públicamente.
Recuerdo que algunos lectores terciaron en la contienda y en más de un periódico aparecieron cartas recomendándole a la escritora en cuestión que se informase antes de hablar, advirtiéndole asimismo que eran muchas -y más de nueve- las palabras que incluían las cinco vocales.
A un servidor, azuzado por la polémica, le dio entonces por callejear un poco el diccionario y apuntar de paso todas las que, aquí y allá, iba encontrando.
Que no fueron pocas, pues al cabo de un par de meses la cosecha había ascendido ya a doscientas bien contadas.
Sí, doscientas palabras con las cinco vocales y sin que se repita ninguna, que ahí está el quid.
Y eso, naturalmente, sin incluir las formas verbales -estudiamos, por ejemplo, o acudiendo, o enturbiado... -, ni los plurales -alusiones, profundidades, adoquines...-, sino computando únicamente las palabras que tienen entrada propia en el diccionario. (Tampoco, lógicamente, los nombres propios: Aurelio, Eulogia, Laurentino, Mozambique...).
No va uno a ponerlas aquí todas, que sería aburrida y engorrosa la retahíla, pero sí algunas, las más usuales, las que, por eso mismo, nos pasan quizá desapercibidas y sin que reparemos nunca en ese rasgo tan curioso que las caracteriza.
Por ejemplo: educación, vestuario, reumatismo, secundario, tertuliano, porquería, ocurrencia, meditabundo, neumático, euforia, entusiasmo, desahucio, auténtico, curiosear, bisabuelo...
Y un largo etcétera, hasta las doscientas cincuenta y cinco a que ascendió pronto la colección. 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La buena letra

"En la escuela hay que volver a enseñar lo básico", leo en el periódico. Lo dice uno y se queda tan campante que tuvo en su día, hasta no hace mucho, y durante un montón de años, poder e influencia, pero que, por eso mismo acaso, guardó silencio cómplice un silencio aprobatorio, como el de la administración pública ante los requerimientos ciudadanos, o miró para otro lado, o quién sabe si aplaudió cuando los gobiernos de turno perpetraban cada uno sus propios planes educativos y las patrullas de pedagogos se encargaban de elaborar los correspondientes currículos y programas, oblicuamente redactados en jerga de guirigay.  
Se proponía en esas sacrosantas programaciones didácticas hablo de las referidas a la enseñanza de la Lengua un sinnúmero de objetivos, procedimientos y actividades sobre la comunicación, el funcionamiento de la lengua (la gramática es palabra tabú en esos ámbitos), la expresión literaria, las tipologías textuales (los textos predictivos, los expositivo-argumentativos, los prescriptivos..., a cuál más interesante y atractivo, como se ve, para la sensibilidad de niños y adolescentes), la búsqueda de información y el manejo de las nuevas tecnologías, todo con gran aparato terminológico y pomposa retórica, pero ni una palabra, ni la más leve alusión a lo que tradicionalmente se ha venido considerando signo inequívoco del paso por la escuela: el cuidado de la escritura, el trazo esmerado de los renglones, la buena letra.
Esa buena letra de la que hacían gala las generaciones anteriores, no ya a la Logse de los últimos ochenta, sino a la EGB de los primeros setenta, y muy particularmente las de origen campesino que a duras penas aguantaban en la escuela hasta los catorce años, o acudían a ella por temporadas, cuando las labores del campo o las ocupaciones ganaderas se lo permitían.
Saber hacer bien las cuentas y tener buena letra (escribir sin faltas de ortografía era el súmmum, y cometer más de las permitidas se consideraba poco menos que un deshonor): bastaba con eso, nada había más importante, ningún otro conocimiento podía equipararse a esas dos destrezas, las únicas competencias básicas así las llaman ahora que valía la pena adquirir, el único título del que podían alardear, y en verdad que lo hacían, modestamente y aunque fuera para sus adentros nada más.
A los responsables de los programas educativos y a la clase dirigente pedagógica habría que recordarles el respeto ancestral que en todas las culturas y civilizaciones se ha tenido siempre por la buena letra, o sea, la caligrafía, término este que es anatema y produce sonrojo en el recién mentado establishment.

(Addenda: En China, según el profesor norteamericano Joseph Campbell, especialista en mitología y tomo la referencia de un viejo artículo de Álvaro Cunqueiro, fuente de toda erudición, el respeto por la caligrafía se extendía incluso a los animales, hasta tal punto que si un lobo o un zorro o una serpiente encontraban un papel escrito en el suelo, lo recogían con sumo cuidado y no descansaban hasta que daban con alguien que se lo leyera, y si lo escrito contenía algún mandamiento moral procuraban cumplirlo.)

lunes, 7 de septiembre de 2015

Días civilizados

El señor verano, en estos últimos días, abochornado acaso por sus rigores extremos, ha decidido al parecer tomarse unas vacaciones y, como hacían los reyes antiguos, que, cuando se hartaban del barullo de la corte se iban derechos a Babia a ejercitarse en la contemplación de la naturaleza y las virtudes del silencio, se ha retirado a descansar.
Y enseguida el otoño, que acecha impaciente todo el año por volver, se ha apresurado a asomar la cabeza con vistas a preparar el terreno y otear un poco el panorama.
Por delante ha mandado a sus emisarios a poner un poco de orden, la lluvia en primera línea, una lluvia minuciosa como la del verso de Borges, con una luz más limpia de no usada y un aire que se respira como nuestro cerrando la expedición.
Las mañanas así recién lavadas invitan a hojear tranquilamente la vida en el café, al lado del ventanal, observando de paso el rito de las gotas, que compiten entre ellas a ver cuál tarda más en caer, cuál aguanta más ahí agarrada con uñas y dientes a la superficie resbaladiza del cristal, cuál se detiene a tiempo o tropieza con algún obstáculo o encuentra algún asidero antes de llegar al precipicio.
Los paraguas entre tanto celebran en procesión por la calle la recobrada libertad y continuamente se hacen reverencias unos a otros con deferente cortesía.
¡Por fin volvemos a casa con los zapatos mojados, por fin hacemos de nuevo las paces con el sol amigo, por fin son otra vez benévolas las primeras horas de la tarde!
(Y adiós a la hermana mosca pendenciera, y al triste aliño indumentario de camisetas y bermudas, y al reclamo inmisericorde de la holganza, y a la felicidad obligatoria y programada.)
Lo dicho: días civilizados, y lo mismo el clima, la calma y los quehaceres.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Noticias de los periódicos

Revisando anoche los archivos o documentos que aún no sabe uno a estas alturas cómo hay que llamarlos, o si los susodichos términos designan la misma o distinta cosa, milagrosamente recuperados del vejo ordenador dormido, encontré uno en el que acostumbro a guardar de vez en cuando los titulares de noticias que, por una u otra razón, despiertan mi interés cuando leo los periódicos.  
Apunto aquí ahora algunos, ordenados al azar:

Los monos son capaces de reconocerse en el espejo.

Los cuervos piensan.

Una joven neoyorquina de 23 años vive sin generar basura (y de subtítulo: La vida sencilla y la filosofía del 'cero basura' cada vez tienen más adeptos).

Avistado un saola, el unicornio asiático, por primera vez en años.

Los habitantes de una aldea de Sierra Leona usan camisetas del Real Valladolid como uniforme para los momentos más importantes de la vida de su comunidad.

Uno de cada tres niños en el mundo no está escolarizado (Y en la entradilla: De los 650 millones de niños en edad de ir a la escuela, 250 no reciben educación. Un total de 175 millones de jóvenes no son capaces de leer una frase).

El cambio climático modificará la fragancia de las flores.

El océano, un vertedero legal de plástico.

Las hormigas sobrevivieron a los dinosaurios y también sobrevivirán al hombre.

Hacia un mundo sin abejas (y como subtítulo: La mortalidad de los insectos polinizadores aumenta sin que se conozcan las causas).

En el mar hay plástico como para llenar más de 10.000 camiones.

Shakespeare Mozart Armstrong Correa Pérez está harto de burlas (en el cuerpo de la noticia se explica que un vocal de una mesa en las elecciones en Chile colgó en internet la foto del carnet de un joven con ese curioso nombre, que la broma se salió de madre y que ahora la víctima ha presentado una querella criminal).

Yu Xang ha recorrido ya más de 1.600 kilómetros con el fin de darle la mejor educación a su hijo (Y en la entradilla: Carga con su hijo discapacitado y recorre 28 kilómetros todos los días para llevarle al colegio. El hecho ha ocurrido en China, y el padre se ha visto obligado a ello porque las escuelas más cercanas rechazaban al pequeño debido a sus problemas físicos. El niño ahora es el mejor de la clase y el padre sueña con que un día vaya a la universidad).

El 35 % de los españoles no lee “nunca o casi nunca”.

El Observatorio Femenino de la Violencia de Género quiere erradicar el piropo (por entender que atenta contra la intimidad).


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Caminos

¿Sabe algún camino adónde va?

Los caminos, que también están hechos para perderse por ellos.

Y qué pasaría si los caminos se movieran al andar igual que hacen los ríos y no tuviera el caminante que adelantar los pasos, como en las escaleras mecánicas (lo leí en Álvaro Cunqueiro).

Sin camino, porque han perdido el que llevaban, o buscándolo, en los primeros pasos libres de la juventud, o vagabundeando de acá para allá, desorientados, así deambulan por los libros tantos y tantos personajes, como el teniente del ejército austríaco Franz Tunda, protagonista de La fuga sin fin, de Joseph Roth, que, en las últimas líneas de la novela, "estaba en la plaza frente a la Madeleine, en el centro de la capital del mundo, y no sabía qué hacer. No tenía profesión, ni amor, ni alegría, ni esperanza, ni ambición ni egoísmo siquiera.
Nadie en el mundo era tan superfluo como él".   

lunes, 31 de agosto de 2015

Decíamos ayer...

...Ayer, que fue ya hace dos meses, a comienzos del verano.
El verano que parecía tan largo, un mapa blanco sin frontera, una apacible tregua azul sin horizonte, y se nos está escurriendo entre las prisas por apurar las últimas horas de las vacaciones.
Vuelve la vida en prosa.
Y la costumbre, resignada sumisión, y las horas ordenadas, y el tiempo recogido.
Y a lo mejor también, para algunos, el sosiego, esa rara isla
Cumple también hacer recuento y emborronar distancias.
Otra vez la rueda, esa cotidiana abdicación.
En lo que a este blog atañe, lo escribo con herramienta nueva, que este verano -la estación más propicia a desbarajustes y percances-, se conoce que cansado de estar ahí en la mesa sin hacer nada, sintiéndose un inútil, se le sublevó a un servidor el portátil y, así por las buenas, se quedó de la noche a la mañana dormido para siempre.
Como a los que vamos ya por allá arriba nos cuesta un poco toda esta mandanga de las nuevas tecnologías, el suceso ha revestido visos de infortunio.
Y el nuevo que ha venido a sustituirle no contribuye en nada a mitigar la situación.
Es más rápido, sí, pero no le obedece a uno, y se le ordena una tarea y él hace otra, o se queda quieto y callado como si no se diera por aludido.
También tiene más memoria, pero el otro día se le olvidó guardar un documento, o lo archivó en algún sitio secreto que uno no es capaz de encontrar.
Pero lo peor de todo son las teclas, que no me obedecen, o se hacen las remolonas, o se escabullen como si jugaran al despiste con los dedos: pulso una letra y sale otra distinta en la pantalla, o no sale ninguna, o aparece un espacio más allá del que le corresponde.
Eso las letras normales, que los acentos y otros signos o tardo un rato en encontrarlos o los confundo o tengo que repasar todo el teclado de arriba abajo antes de pulsar donde es debido.
Por no hablar del ratón, que, de tan sensible, corre asustado de un lado para otro igual que si le persiguiera algún invisible gato troyano o periférico.
En fin, que parezco un principiante y me lleva un rato apacentar lo escrito, y temo que todos estos inconvenientes repercutan en el estilo y el blog se resienta por ello (como se resentirá también, sobre todo al principio, por culpa de la galbana vacacional y la añoranza del tiempo bueno y desocupado del verano, que se une en mi caso particular a la que no dejo de sentir por el viejo portátil que sigue aquí en una esquina de la mesa pero sin despertar del sueño electrónico en que descansa).


miércoles, 1 de julio de 2015

Vacaciones de verano

Levantarme cuando quisiera, después de misa por supuesto, o a media mañana; leer un rato en casa en el corredor; holgazanear un poco por ahí sin hacer nada; bañarme en la represa del molino al mediodía; acercarme después de comer hasta la plaza del Medio Lugar y ver pasar por allí, sentado a la sombra de las acacias, a los que fueran a trabajar; tumbarme luego a leer otra vez debajo de un fresno hasta que me cansara; echar una partida a los bolos o darle unas patadas al balón cuando bajara el sol; escuchar música en la radio al oscurecer, a ser posible en compañía de alguna rapaza; cenar y salir a dar una vuelta y acostarme tarde, lo más tarde que fuera posible… 
Esa era la vida que tenía prevista por si algún día yo también era veraneante (o sea, de los que venían al pueblo a pasar el verano sin más obligación que esa) y no me hacían madrugar para ir al campo a recoger la hierba o al monte a guardar las vacas o a las eras a preparar la trilla.
Aunque bien mirado tampoco estas tareas importaban mucho, porque estábamos de vacaciones y siempre quedaban ratos libres y los veranos eran muy largos y de color azul como la tinta de los sueños adolescentes.