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jueves, 15 de octubre de 2015

Árbol

Árbol

Me pongo en mayo
hojas nuevas cada año.

Octubre abajo,
todas se van volando.

Sombra ya no hago;
tampoco vienen pájaros.

(De Cien lecciones de cosas)

domingo, 11 de octubre de 2015

Versos de memoria. (Florilegio castellano I)

Acaso no los mejores, pero sí los que a uno le parecen más significativos, inspirados y bellos, por lo que dicen o por el modo como lo dicen, los de más alta o callada melodía, los que acuden con una cierta asiduidad a la conversación, los que han perdurado, los que se han quedado escritos para siempre en la memoria...
El orden de aparición es estrictamente cronológico, con el año de nacimiento del autor como único criterio de referencia.

1 En la tercera estrofa de la Coplas de Jorge Manrique (1440?-1479) aparece la primera gran metáfora de la lírica castellana, convertida en proverbial imagen del fugit irreparabile tempus:

            Nuestras vidas son los ríos
            que van a dar en la mar,
            que es el morir...
                                  
2  Juan Boscán (1490?-1542?) contrapone en el último terceto de sus soneto XCV la feliz mentira de los sueños a la amarga verdad de la vida:

            Durmiendo, en fin, fui bienaventurado,
            y es justo en la mentira ser dichoso
            quien siempre en la verdad fue desdichado.

3 En el último verso del famoso soneto X (¡Oh dulces prendas por mi mal halladas...) de Garcilaso de la Vega (1501?-1536), el poeta expresa su temor de que esas prendas -tal vez un pañuelo, un bucle, una cinta..., recuerdos de la amada inalcanzable y definitivamente ausente - no deseen otra cosa sino...:
 
            verme morir entre memorias tristes.

Pocos versos -ninguno, para un servidor: siempre fue mi preferido- tan bellos como este.
Del mismo Garcilaso, la conocida aliteración onomatopéyica (repetición de la s para imitar el sonido natural de las abejas al volar) con que termina la estrofa 10 de la Égloga III:

            ...en el silencio solo se escuchaba
            un susurro de abejas que sonaba.
           
4 Gutierre de Cetina (1510?-1554?) comienza su delicado madrigal quejándose de las desdeñosas miradas de la amada:

            Ojos claros, serenos,
            si de un dulce mirar sois alabados,
            ¿por qué, si me miráis, miráis airados?

5 De la Vida retirada o Canción de la vida solitaria -tópico del beatus ille-, de fray Luis de León (1527-1591), los versos del comienzo:

            ¡Qué descansada vida
            la del que huye el mundanal ruïdo
            y sigue la escondida
            senda, por donde han ido
            los pocos sabios que en el mundo han sido...

Y unas estrofas más adelante, redundando en el elogio de la vida austera y pobre:

            A mí una pobrecilla
            mesa, de amable paz bien abastada
            me baste...

También de fray Luis, los dos primeros versos de su oda A Francisco de Salinas:

            El aire se serena
            y viste de hermosura y luz no usada...
           
6  Baltasar del Alcázar (1530-1606), después de ponderar en un soneto la belleza del cuerpo de la amada, concluye en los dos últimos versos:

            Si lo que vemos público es tan bello,
            ¡contemplad, amadores, lo secreto!

7 Francisco de Aldana (1537-1578)formula en los dos primeros versos de este soneto el tópico de la vanidad del mundo (vanitas vanitatum):

            En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
            tras tanto varïar vida y fortuna...

8 En la decimoquinta estrofa del Cántico espiritual, de san Juan de la Cruz (1542-1591) que comienza así: "¿Adónde te escondiste, Amado, / y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste / habiéndome herido; / salí tras ti clamando y eras ido", estos dos versos, perfecto ejemplo de oxímoron el primero de ellos:

            la música callada,
            la soledad sonora...

9 En su famoso soneto "Mientras por competir con tu cabello...", Luis de Góngora (1561-1627) desarrolla el tópico del carpe diem, pero advirtiendo, de acuerdo con la sensibilidad pesimista del barroco, que la vida es efímera y que la belleza y la juventud, simbolizadas en las imágenes del oro, el lirio, el clavel y el cristal luciente con que ha descrito el cabello, la frente, los labios y el cuello de la mujer, se convertirán con la llegada de la muerte...

            en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Así, de forma tan sombría concluye la vida, y con esta amarga gradación descendente -pero tan rítmica, como el sonido fúnebre de un tambor, por la distribución del acento en la primera sílaba de los cinco elementos- lo hace también el soneto.
En la descripción de la oscura cueva, lecho tenebroso de la noche más negra, en que mora el mítico cíclope Polifemo (Fábula de Polifemo y Galatea), Góngora menciona las aves nocturnas que tienen allí su albergue (repárese en que los acentos rítmicos del primer verso recaen en la misma sílaba tur):

            ...infame turba de nocturnas aves,
            gimiendo tristes y volando graves.

10 Del gran Lope de Vega (1562-1635) podrían traerse aquí un buen número de versos y estrofas, como el principio y el final de uno de sus más conocidos sonetos: "Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo [...]: esto es amor; quien lo probó lo sabe"; o el primer cuarteto de este otro: "Ir y quedarse, y con quedar partirse; / partir sin alma, y ir con alma ajena; oír la dulce voz de una sirena / y no poder del árbol desasirse"; o el comienzo del celebérrimo romance: "A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / que para hablar conmigo /me bastan mis pensamientos."
Pero elijo sin ningún género de duda los cuatro primeros versos de este romancillo incluido en La Dorotea, en el que la barquilla es símbolo de una vida triste y solitaria que se acaba:

            Pobre barquilla mía,
            entre peñascos rota,
            sin velas desvelada,
            y entre las olas sola.

11 En la Epístola moral a Fabio, de Luis Fernández de Andrada (1575-1648), hay un verso que bien podría servir como provechoso lema vital:

            Iguala con la vida el pensamiento...

12 Del archiconocido soneto de Francisco de Quevedo (1580-1645) que lleva el significativo título de Represéntase la brevedad de lo que se vive y cuán nada parece lo que se vivió, los versos del primer terceto, síntesis definitiva del tempus fugit, con esa originalísima sustantivación de las formas verbales en el último verso:

            Ayer se fue; mañana no ha llegado;
            hoy se está yendo sin parar un punto:
            soy un fue, y un será, y un es cansado.

Del mismo autor, los dos primeros versos, llenos de fina gracia, del soneto Amante agradecido a las lisonjas mentirosas de un sueño:

            ¡Ay, Floralba! Soñé que te... ¿Dirélo?
            Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.

Y, también de don Francisco de Quevedo, los dos primeros tercetos de la también conocidísima Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento (epístola que, según algunos, el propio Quevedo dejó en un banquete bajo la servilleta del todopoderoso conde luego conde-duque, valido del rey Felipe IV):

            No he de callar, por más que con el dedo,
            ya tocando la boca o ya la frente,
            silencio avises o amenaces miedo.

            ¿No ha de haber un espíritu valiente?
            ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
            ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?



sábado, 10 de octubre de 2015

Otoño

Los caminos del otoño… Da lástima pisarlos. Me dan ganas a veces de quitarme los zapatos y andar descalzo sobre las hojas. Procuro caminar despacio y con suavidad, para no aplastarlas, pero, aun así, tengo la impresión de estar haciendo algo indebido, como si paseara con las botas sucias por los pasillos alfombrados de un palacio.
¿Quién le pinta los colores a las hojas? Las hay amarillas, doradas, marrones, del color del oro viejo, del rojo de las crestas de gallo, del anaranjado del atardecer, del cobre que recubre por dentro los calderos antiguos…
¿Por qué los árboles se desprenden de las hojas antes de que llegue el frío? ¿Recompensan así, proporcionándole abrigo, al redondel de tierra que sombrean en el buen tiempo? ¿Para tener al viento entretenido por los caminos? ¿Les estorban acaso para dormir el sueño blanco del invierno?
Hojas que se amontonan como monedas antiguas sin valor, hojas que vagan por el aire como si fueran pensamientos sin dueño, hojas sobre las que caminan las estrellas cuando bajan por las noches a refrescarse los pies en el rocío…
Párpados desprendidos, alas rotas, ideas perdidas, pájaros asustados que estuvieran aprendiendo a volar, monedas con las que pagan los árboles el sustento que da la 
tierra a sus raíces.   

jueves, 8 de octubre de 2015

El negocio del siglo

Sería el negocio del siglo, de verdad. Una casa en la montaña. O cerca de la playa. Eso da igual. Los clientes la alquilan para pasar en ella unos días. O unas horas, porque el precio es alto. La casa, aislada y solitaria. Como mucho, con su jardincito. Se encierran en ella, pasan allí dentro sin salir el tiempo que quieran. Luego, cuando salen y vuelven a la vida rutinaria de cada día, se les restituye el tiempo que hayan estado en la casa. Que han estado dos días, pues se les devuelven los dos días, se les entrega una tarjeta que diga: canjeable por dos días en su vida habitual. Que han estado doce horas, se les restituyen las doce horas. Con una particularidad: ese tiempo lo puede añadir a su vida el cliente cuando él quiera. Quiero decir que podrá prever de antemano lo que va a hacer con él, en qué lo va a gastar, cómo lo va a vivir: con la familia, por ejemplo, o trabajando, o tumbado en el sofá. Un tiempo de más a su entera disposición; como una paga extra, pero en horas, o en días, quién sabe si hasta en semanas o meses.
Eso al principio. En una primera etapa. Hasta que el negocio se consolide. Luego se ofrecería la posibilidad de que el mismo tiempo pasado en la casa se pudiera volver a vivir en el pasado. El cliente elegiría la época de su vida en la que podría disfrutar de ese tiempo regalado. Podría vivirlo, por ejemplo, en la infancia, y regresar así temporalmente a esos años que todos llevamos dentro, o en la adolescencia, o en aquel año de su vida en que fue feliz. En el lugar y las circunstancias que se le antojasen. Figúrate: lo de recuperar el paraíso perdido dejaría de ser un sueño de poetas.           
¿No te parece que sería el negocio del siglo? 

                                                     .........

"¿A quién me nombrarás que conceda algún valor al tiempo, que ponga precio al día...? [...]
Todo, Lucilio, es ajeno a nosotros, tan solo el tiempo es nuestro: la naturaleza nos ha dado la posesión de este bien fugaz y deleznable, del cual nos despoja cualquiera que lo desea.
Y es tan grande la necedad de los mortales, que permiten que se les carguen a su cuenta las cosas más insignificantes y viles, en todo caso sustituibles, cuando las han recibido; en cambio, nadie que dispone del tiempo se considera deudor de nada, siendo así que este es el único crédito que ni siquiera el más agradecido puede restituir".

                                                                                   Séneca, Cartas a Lucilio

martes, 6 de octubre de 2015

En el diccionario. Coser y cantar

Pasea uno por el diccionario y se encuentra a cada paso y en cada página con dichos que rebosan frescura y espontaneidad, modismos llenos de gracia e imaginación, giros sorprendentes e ingeniosos, locuciones que combinan realismo y fantasía, frases hechas que despiertan sugerencias múltiples o son el resultado de insospechadas asociaciones...:

.no estar el horno para bollos
.pedir peras al olmo
.poner los puntos sobre las íes
.hacer la vista gorda
.meterse en la boca del lobo
.no dar el brazo a torcer
.armarse de paciencia
.en un abrir y cerrar de ojos
.no dar pie con bola
.estar en ascuas
.entrar por el aro
.andarse por las ramas
.no tener vuelta de hoja
.echar leña al fuego
.cara de pocos amigos...

O caras largas, o cara de viernes, que se decía mucho antes para referirse a la macilenta y triste, acaso porque gran parte de los viernes del año eran días de ayuno o de abstinencia: hoy esa cara correspondería más bien a la de los lunes.
Y la expresión que particularmente más me gusta, por la forma y por lo que significa, y ojalá los trabajos y los días de cada cual fueran siempre eso: coser y cantar.

Frases hechas, locuciones, giros, modismos y dichos de unos tiempos en que los hablantes sabían más de la gramática parda que de la académica.

domingo, 4 de octubre de 2015

El Pico de las Palabras

No es por disuadir, pero si alguien quiere llegar al pueblo de uno, no en coche por carretera sino andando por la vereda, tiene que pasar necesariamente por El Corral de los Lobos, o, desviándose un poco más al norte, atravesar el Monte Oscuro.
Merece la pena el paseo en cualquier caso. Y además, una vez en el término vecinal, puede el caminante subir (es ritual obligado para los nativos, y un servidor procura cumplir con él siempre que va) a un pico que tiene un nombre singular y muy bonito: el Pico de las Palabras. Y a no mucha distancia, cruzando por Peña Vedada y El Cueto Mancebo, podrá asimismo, siguiendo la vereda que llevaba al viejo Riaño hoy sepultado bajo el pantano, beber un trago de agua fresca en la Fuente Escribida...
El nombre de ese pico nos llamaba mucho la atención de niños, y desde entonces lo he  asociado siempre, como ya dejé constancia en uno de los relatos que integran mi libro Años de guardar (2011), al misterioso origen de las palabras.
Reproduzco a continuación el comienzo del citado relato:

                                               El Pico de las Palabras

En La Braña hay un pico que se llama el Pico de las Palabras. Es el más alto de todos y está un poco a la derecha de por donde se pone el sol, al noroeste si hubiera que señalar el punto cardinal. Visto desde el pueblo tiene forma de triángulo, o de pirámide, y por la cara de detrás mira al otro valle, el del río Esla.
De muy pequeño estaba convencido de que se llamaba así porque dentro se guardaban las palabras, todas las palabras, cada una en una caja muy pequeña y todas bien apiladas unas encima de otras desde el hondón hasta lo más alto del pico, y las que no cabían en esa pila, ordenadas por todos los rincones. Nunca me pregunté quién las había puesto allí Dios, a lo mejor, o el que hubiera inventado el hablar, y tampoco hablé de ello con nadie, ni siquiera cuando más tarde empecé a pensar en otras cosas, siempre dándole vueltas a lo mismo.   
Esto de las palabras es un misterio.
Teótimo, Gaudencio y los otros se me quedaron mirando extrañados.
¿Por qué lo dices?
Porque sí.

A ver, explícate.
Quién las hizo, por ejemplo.
¡Toma, quién iba a ser: Dios!
¿Y cuándo? En el libro de Historia Sagrada no sale nada de eso, y cuando explica las cosas que creó en los seis días que estuvo trabajando no dice que hubiera hecho las palabras. ¡Y el séptimo ya estaba cansado y lo pasó entero descansando, o sea que ese día tampoco las hizo!
No, las palabras se hicieron ellas solas.
¡Sí, hombre, no se hicieron solos ni el mar ni las estrellas y se van a hacer las palabras!
¿Entonces?
El señor maestro dijo un día que las habían traído los romanos.
¿Los romanos? ¡Pero si esos he oído decir yo que hablaban en latín, como los señores curas en la iglesia!
Pues serían entonces los primeros pobladores los que las trajeron…
¿Y quiénes fueron esos, listo?
¡Toma, los iberos, los celtas y los celtíberos!
Como no salíamos de dudas, ya un día alguno se atrevió a preguntarlo en la escuela.
Señor maestro, ¿quién hizo las palabras?
El señor maestro se quedó callado, como si no hubiera oído la pregunta, luego nos miró uno por uno, movió la cabeza y dijo:
Eso ya lo aprenderéis cuando seáis mayores.
Debíamos de andar entonces por los ocho años, y el misterio se quedó sin resolver.


viernes, 2 de octubre de 2015

De la belleza

La belleza, nadie diría nunca lo contrario, ha de ser pura, incontaminada, libre, sin ataduras ni sujeciones de ningún tipo. El cisne, por ejemplo, su blancura inmaculada, no admitiría ni una sola sombra (Rubén Darío vio en la forma de su cuello un signo de interrogación, que a él le remitía a las grandes preguntas: de dónde venimos y, sobre todo, a dónde vamos…). Siguiendo este razonamiento, también las palabras que designan la belleza habrían de serlo, puras e incontaminadas, qué menos se les puede pedir. Y a ello vamos, empezando por los adjetivos, que quién sabe si no nos depararán alguna sorpresa:

bello, lla, del latín bellus, "que tiene belleza": parece que no hay nada que objetar.

bonito, ta, diminutivo de 'bueno',  que proviene a su vez del latín bonus: bonito por 'agradable', 'útil', 'bondadoso'...

guapo, pa, del latín vappa, que significaba "vino estropeado", y también "hombre vil" y "vagabundo"; guapo se aplicó asimismo al 'rufián', al 'chulo', al 'granuja'...

hermoso, sa, del latín formosus, "dotado de hermosura".

lindo, da, del latín legitimus, equivalente a "completo, perfecto" (la forma culta, en cambio, 'legítimo', adquirió el significado de "conforme a la ley").

precioso, del latín pretiosus, y este de pretium, que en castellano dio 'precio': la belleza, así pues, mezclada con el "valor pecuniario en que se estima algo".

De manera que podemos dejarlo casi en un empate: tres a tres.