De
entre las locuciones adverbiales, es decir, de entre esas combinaciones
estables de palabras que equivalen a un adverbio y complementan por
consiguiente al verbo, llaman particularmente la atención, por su forma misma,
las constituidas por la preposición a
más un nombre o un adjetivo en femenino plural. 'Adverbiales tristes' las
denomina Rafael Sánchez Ferlosio (en Glosas
castellanas, ensayo incluido en Altos
estudios eclesiásticos), y he aquí, como muestra, una más que cumplida retahíla:
a oscuras, a escondidas, a ciegas, a solas, a gatas, a gachas, a espuertas, a
tientas, a medias, a rastras, a secas, a rachas (referida al viento), a
hurtadillas, a horcajadas, a cuestas, a buenas, a malas, a sabiendas, a tontas
y a locas, a trancas y barrancas, a banderas desplegadas, a duras penas, a pies
juntillas, a deshoras, a buenas horas, a todas horas, a días, a manos llenas.
Seguidores
miércoles, 24 de agosto de 2016
lunes, 22 de agosto de 2016
La veta popular
Esta
redondilla anónima, muy recordada por Unamuno:
Vinieron
los sarracenos
y
nos molieron a palos,
que
Dios ayuda a los malos
cuando
son más que los buenos.
Y esta
cuarteta de Manuel Molina, cantaor flamenco:
De
noche me salgo al campo
para
hablar con las estrellas
y
aprendo más en un rato
que
en dos mil años de escuela.
miércoles, 17 de agosto de 2016
De ayer
Revivo con mucha frecuencia, cada vez más, los años
últimos de la niñez y de la primera adolescencia… El pueblo era nuestro mundo,
el único que conocíamos y en el que casi podría decirse que éramos felices.
Pero había otro mundo, lejano y desconocido, del que
–estábamos seguros– algún día formaríamos
parte. De dónde nos venía esa seguridad es algo que nunca he logrado explicar.
Nuestros abuelos y nuestros padres, y así hasta no sé
cuántas generaciones atrás, habían nacido en el pueblo y nunca habían salido de
él. Ni siquiera se lo habían planteado. Muchos, incluso, vivían toda su vida en
la misma casa en la que habían nacido, y en ella morían. Atados todos de por
vida a la tierra, permanecían en ella resignados para siempre a sus pequeños
destinos. Lo porvenir se presentaba a sus ojos como un camino llano y acaso sinuoso
pero uniforme, sin acontecimientos ni sorpresas previsibles.
Morir uno donde ha nacido: a qué pocos les es dado hoy
este privilegio. (Si es que lo es, un privilegio, que no estoy muy seguro,
pensándolo bien.)
Todos los habitantes de estos pueblos –y no solo de
estos- llevaron siempre una vida sencilla, tal vez algo monótona, alterada
únicamente por emociones pequeñas y sucesos menudos. Apenas había cambios en
ella, y si los había eran muy lentos y no demasiado perceptibles. Acompasaban
los trabajos y los días de su existencia al discurrir tranquilo y despacioso de
las estaciones. El mundo estaba muy lejos y las cosas que pasaban en él y que
escuchaban por la radio apenas tenían que ver con sus preocupaciones. Las modas
y otras costumbres pasajeras rara vez llamaban a sus puertas. Viajaban poco,
solo por necesidad; los hombres algo más, cuando los llamaban para cumplir el
servicio militar; las mujeres, si acaso alguna vez a la cabeza de la comarca o
a la capital de la provincia, para mirarse la vista o cualquier otro
requerimiento de la salud.
Luego las cosas cambiaron, a partir de mi generación
especialmente. Todos albergábamos la esperanza de salir. Estábamos seguros de
que nos aguardaba otro destino que no fuera arar las tierras y guardar el
ganado. Teníamos reservado un sitio en otro sitio, no sabíamos dónde, un sitio
mejor… El mundo estaba abierto y nos esperaba, el mundo crecía y nos
necesitaba; la tarea que se nos había asignado nos brindaría la oportunidad de
prosperar, la ilusión de una vida distinta y ajustada a nuestras aspiraciones y
cualidades no tardaría en hacerse realidad.
Los años de estudio no eran sino el primer tramo para
llegar a la meta, un escalón inevitable en el ascenso; cada curso era un paso
que acortaba la espera.
Dábamos por supuesto un porvenir mejor, confiábamos
ciegamente en la benevolencia del destino.
Y sí, nos fuimos con la maleta al hombro y el propósito
más o menos firme de ir preparando nuestro lugar en el mundo.
Aplícate bien en los estudios, nos decían en casa al despedirnos.
Sin estudios no llegarás nunca a nada.
Un hombre sin estudios tiene todas las puertas cerradas.
Los libros, agárrate a los libros y no los sueltes.
Estudia, si quieres ser alguien el día de mañana.
Ahora sabemos que tenían razón: los libros fueron el
salvoconducto que nos facilitó la entrada, el pasaporte gracias al cual
esquivamos algunos trámites y transitamos con menos trabas de un lugar a otro.
miércoles, 10 de agosto de 2016
De lobos y otras cosas
Andando estos días por los montes del pueblo, en los que dicen que de vez en cuando se deja ver algún lobo, me he acordado de lo que decía Álvaro Cunqueiro, que el lobo, antes de establecerse en un monte, lo consulta siempre con el roble más viejo de la comarca, lo que hace suponer que existe o existía una lengua que conocían a la vez el lobo y el roble, lengua que bien podría ser la que permitió a Noé comunicarse con los animales en el arca, y a estos entre sí; por cierto que el único que al parecer no obedeció sus indicaciones fue el cuervo, y por eso le mandó a explorar la tierra, a ver si todavía la cubrían las aguas o había ya algún sitio escurrido, cuando el arca se posó en el monte Ararat. (Y recuerdo ahora también de lo que leí la semana pasada en los periódicos, que 'Lobo' será admitido como nombre en el registro civil, es decir, que podrá haber niños que se llamen Lobo; nada se decía en la noticia sobre el femenino, Loba).
Y ahora que están celebrándose los Juegos Olímpicos, esta nota del mismo Cunqueiro:
"A nadie le darían en la China imperial un premio por su rapidez en ascender una montaña, sino todo lo contrario, por la más tranquila ascensión, contemplando árboles, fuentes, nubes, el río que discurre allá abajo, y el milano que vuela de cumbre a cumbre. Pasear y echar cometas al aire fueron los dos únicos deportes de aquella sociedad, sin duda exquisita, que evitaba por encima de todo, por exigencias espirituales y morales, la fatiga".
('De Olímpicos hispánicos', SG, 18/2/1976, en "Los otros rostros")
Y ahora que están celebrándose los Juegos Olímpicos, esta nota del mismo Cunqueiro:
"A nadie le darían en la China imperial un premio por su rapidez en ascender una montaña, sino todo lo contrario, por la más tranquila ascensión, contemplando árboles, fuentes, nubes, el río que discurre allá abajo, y el milano que vuela de cumbre a cumbre. Pasear y echar cometas al aire fueron los dos únicos deportes de aquella sociedad, sin duda exquisita, que evitaba por encima de todo, por exigencias espirituales y morales, la fatiga".
('De Olímpicos hispánicos', SG, 18/2/1976, en "Los otros rostros")
viernes, 5 de agosto de 2016
Sin internet
Marcho
mañana a pasar un par de semanas al pueblo, y allí no hay internet, o sea, que
durante ese tiempo no podrá un servidor escribir en este blog (y aprovecho la
circunstancia para expresar mi agradecimiento a todos los lectores que entran y
se detienen en él).
Bueno,
eso es lo que pienso ahora, pero quién sabe, a lo mejor en los meses que llevo
sin ir han llegado también a aquellas montañas los adelantos y en la misma
plaza del Medio Lugar se puede uno conectar a algún wifi, aunque no sea el de
la iglesia que está allí presidiéndola.
El
pueblo es pequeño, tendrá unas sesenta casas, que ahora en verano están todas
abiertas, al revés de lo que ocurre en invierno, y no hay ni una sola tienda,
ni de comestibles siquiera, ni bares, ni diversiones programadas, ni eso que hasta
no hace mucho se llamaba lugares de ocio.
Pero
están los caminos, los valles, los prados, los montes, las veredas, las camperas –praderías altas–, las montañas –el Pico de las Palabras,
Pandurriondo, Piedralagua...–, que esperan siempre a los que vuelven,
inmutables y serenos (no cambia el paisaje, sino los ojos o el sentimiento de
quien lo contempla).
Y
está también la infancia, que es, según aseguran los poetas, la única patria
que tenemos.
miércoles, 3 de agosto de 2016
De aquí y de allá
¿Cuántos
aviones habrá volando en todo el mundo en este momento? Seguro que muchos nos
hemos hecho esta pregunta alguna vez.
En
una noticia aparecida en el periódico (La Vanguardia, 27/07/2016) bajo el
bonito epígrafe de Radiografía del cielo,
leo el siguiente titular, que da respuesta a la pregunta antes formulada:
"'Diez
mil aviones en el aire en este momento'".
Y
debajo, en los subtítulos:
'El
sector aéreo no cesa de crecer: unos 100.000 vuelos al día y 2.790 millones de
pasajeros en 2014'.
'En
España, más de 6.000 aviones aterrizan, despegan o sobrevuelan su espacio aéreo
cada día'.
En
la noticia se dice también que en las dos próximas décadas se necesitarán
32.000 aviones nuevos, y que crecerán las megaciudades aeroportuarias o hubs que gestionan como mínimo más de
10.000 pasajeros diarios.
De
todo lo cual se pueden extraer así a vuelapluma dos consideraciones: la
primera, que, a este paso, será cada vez más difícil levantar la vista y ver el
cielo azul libre de esas estelas blancas que lo surcan y enmarañan; la segunda,
que no es extraño que a los ángeles les dé miedo andar por los espacios
siderales con tanto tráfico y prefieran quedarse tranquilamente allá arriba en
el paraíso contemplando el espectáculo, lo que explica que ya nadie les vea
nunca por aquí.
Y
hablando del paraíso, esta frase de Coleridge,
citada por Borges: "Si un
hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de
que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano
¿entonces, qué?" ('La flor de Coleridge', en Otras inquisiciones)
lunes, 1 de agosto de 2016
Agosto
Los
veranos, con la edad, son cada vez más cortos, y el tiempo, el de verdad, no el
de los relojes, corre cada año más deprisa.
Fue ayer
cuando despedimos a junio y entra ya agosto, el mes que la etimología consagra al
emperador Octavio Augusto, y en el que algunos, que no suelen ser los
agosteros, es decir, los jornaleros del campo que se contratan para las faenas
de la recolección de los cereales, recogen buenas ganancias de sus negocios (hacen
su agosto, dictamina el dicho). Pero, ya lo dice el refranero, 'Agosto y
septiembre no duran siempre', y también: 'Agosto y vendimia no es cada día, y
sí cada año; unos con ganancia y otros con daño'.
Conque
a disfrutar de los días agostizos antes de que se acorten, y del aire libre agosteño
antes de que se enturbie, y de la naturaleza antes de que se agoste (y no
vendría mal que lo mismo que el campo se agostaran otras cosas, el gremio político
por ejemplo, esa casta subvencionada que vive en la irrealidad). Y de la siesta (del
latín sexta [hora], la hora sexta que venía a coincidir con el mediodía), una de
las pocas palabras que hemos exportado a otras lenguas, y que tiene una curiosa
variante, la siesta del carnero, también llamada la siesta del rey o la siesta
del refresco, que es la que se duerme antes de la comida del mediodía. Tanto
una como otra, la más común y la del carnero, donde mejor se echan es en el
campo, amenizadas por la orquesta de las cigarras o los cencerros de algún
rebaño.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)