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lunes, 12 de diciembre de 2016

De procedencia literaria

No resulta infrecuente que un hecho heroico se defina como homérico, por recordar sin duda las grandes hazañas que Homero canta en sus dos obras, la Ilíada y la Odisea. Por cierto que uno de los héroes de la primera de ellas pervive en la expresión talón de Aquiles, que designa, como es sabido, el punto vulnerable o débil de alguien, como lo era esa parte del pie del célebre guerrero (por dónde le iba a agarrar su madre si no cuando de niño lo sumergió en las aguas del río Estigia, que tenía la propiedad de hacer invulnerables a los que se bañaban en él; al sujetarlo así, el talón derecho no se mojó, y fue ahí donde Paris acertó a dispararle la flecha que le mató). El título de la segunda, odisea, sigue empleándose todavía hoy para referirse a un viaje lleno de aventuras y dificultades. Otro tanto ocurre con caballo de Troya, que el DRAE define como "persona o cosa que se introduce en una colectividad o en un proceso con la intención oculta de causar algún perjuicio", y el gentilicio troyano, que de un tiempo a esta parte designa un virus informático capaz de alojarse en un ordenador para captar información y transmitirla a usuarios ajenos; una y otro hacen referencia al célebre caballo de madera con que los griegos o aqueos lograron infiltrarse en la ciudad de Troya, razón por la cual el citado virus debería llamarse 'griego' o 'aqueo'. Y Mentor, el personaje que en la Odisea instruye a Telémaco, el hijo de Ulises, se conserva en mentor, equivalente a consejero o guía.
De la época clásica provienen asimismo las palabras siguientes: anacreóntico, ca, que se aplica a un tipo de composición poética en que se cantan los placeres del vino y del amor, algo que se le daba muy bien al poeta griego Anacreonte; sáfico, el verso de once sílabas que la poetisa griega Safo fue la primera en cultivar (a Safo alude también lesbiano, na, por haber sido la isla de Lesbos su lugar de nacimiento); filípica, censura o reprensión extensa y dura contra alguien, por la obra Filípicas, que recoge los discursos del orador griego Demóstenes contra Filipo, rey de Macedonia; mecenas, esto es, la persona o institución que protege y favorece económicamente las actividades artísticas o literarias, en homenaje a Mecenas, el consejero del emperador Augusto que ayudó y protegió a poetas como Virgilio y Horacio; séneca, en sentido figurado, hombre de mucha sabiduría, igual que el filósofo y escritor latino Séneca, nacido en Córdoba.
Del Roman d'Alexandre, poema anónimo francés del siglo XII, procede alejandrino, verso de catorce sílabas y dividido en dos hemistiquios de siete.
De una escena o imagen que causa espanto se dice que es dantesca, en recuerdo de las que pinta Dante cuando en el canto primero de la Divina Comedia desciende acompañado de Virgilio a los infiernos.
Celestina, el nombre de la protagonista que da título a la obra de Fernando de Rojas, sirve desde entonces para designar a la alcahueta. 
La persona o animal que sirve de guía a alguien se llama lazarillo porque eso, guiar a un ciego, es lo que hace Lázaro siendo todavía un niño en el primer capítulo del Lazarillo de Tormes.
Desde el XVI para acá, a nadie le extraña motejar de pantagruélica una comida excesiva, a las que era tan aficionado Pantagruel, personaje y título de una obra del escritor francés Rabelais.
Del político y escritor italiano Maquiavelo deriva maquiavélico, ca, sinónimo de astuto y engañoso.
Se tilda de quijotesco el temperamento más o menos idealista o soñador de una persona, en la mayoría de los casos con un cierto retintín, el mismo con que suelen juzgar los lectores los hechos y el comportamiento de don Quijote.
El seductor por antonomasia, donjuán, debe su nombre al personaje de varias obras de ficción, como El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, o Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. También casanova, "hombre famoso por sus aventuras amorosas" según el DRAE, proviene de un nombre propio, en este caso el del aventurero, escritor y diplomático italiano Giacomo Casanova.
Los quevedos, lentes de forma circular, sin patillas, con una armadura a propósito para que se sujeten en la nariz, reciben ese nombre porque Francisco de Quevedo lleva esta clase de anteojos en los retratos que se conservan de él.
Por la misma razón, al hombre hipócrita y falso se le llama tartufo, el protagonista de una comedia de Molière, Tartufo o el impostor, y al que manifiesta incredulidad o escepticismo cínico y burlón, volteriano, derivado del filósofo y escritor Voltaire.
El adjetivo rocambolesco, ca, tomado de Rocambole, personaje creado por P.-A. Ponson du Terrail, novelista francés del siglo XIX, se emplea habitualmente para referirse a un suceso extraordinario, exagerado o inverosímil.
Más modernamente, si alguien pasa por una situación absurda o angustiosa puede muy bien calificarla de kafkiana, por asemejarse a la que vive Gregorio Samsa en La metamorfosis.
De igual forma, un comportamiento, una situación o cualquier otra circunstancia se conceptúa muchas veces de surrealista, en alusión al famoso movimiento artístico y literario de la década de 1920.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Contra el comentario de textos

Afortunadamente parece que ha pasado al olvido, que fue una moda efímera. Pero causó estragos, sobre todo en los años en que estuvo de moda, desde mediados de los 70 hasta bien entrado el nuevo siglo, y arruinó la enseñanza de la literatura, y alejó a los adolescentes y jóvenes estudiantes de la lectura, y con qué devoción fue seguida mientras duró... Tanta, que hasta las editoriales se animaron a publicar por aquellos años un buen número de manuales sobre el particular, que fueron la panacea y el vademécum de estudiantes y profesores; y se llevó entre todos la palma el titulado Cómo se comenta un texto literario, de Lázaro Carreter, que en 1976 iba ya por la decimocuarta edición, la que un servidor adquirió y conserva, y aún siguió vendiéndose como rosquillas un montón de años más.
Herramienta estéril y esterilizadora, convirtió el texto literario en poco menos que un arduo problema matemático.
Con más razón que todos los santos del paraíso juntos han advertido desde siempre un sinfín de escritores –o creadores, como ahora se les llama– que una obra no se escribe para ser comentada, sino para ser leída, y disfrutada. Algo que parece elemental para todo el mundo, menos para los programadores educativos y expertos didácticos y pedagogos de despacho, empeñados en que en el texto, narrativo, lírico, teatral, ensayístico, etc., había que, primero, localizarlo y contextualizarlo, esto es, situarlo en el contexto o marco histórico, social y literario correspondiente; luego encontrar por fuerza y como fuera una estructura, formal y de contenido, externa e interna (exposición de la idea principal, desarrollo y conclusión, o presentación, nudo y desenlace, y deslindar hasta dónde, hasta qué verso o hasta qué párrafo o frase llegaba cada una de esas partes, y las fronteras debían ser precisas, estaban delimitadas, el autor las había trazado así deliberadamente y era obligación del estudiante metido a comentarista averiguarlo, no podía haber dudas, todo estaba claro);  rastrear y detectar a continuación una retahíla cuanto más larga mejor de figuras retóricas (metáforas, metonimias, sinécdoques, antítesis, paradojas, paronomasias, retruécanos, epanadiplosis, zeugmas, similicadencias...), y si no se encontraban es que el comentario fallaba; distinguir después entre tema y argumento si era una narración ¡y entre asunto y tema si se trataba de un texto poético!, hecho lo cual había en fin que establecer al final una síntesis de lo expuesto en forma de conclusión; y otras menudencias de cuyo intríngulis no quiero acordarme, todas del mismo paño y cortadas por el mismo patrón (como el apartado, obligatorio ya en un cierto nivel, del estudio lingüístico, que había de desglosarse en los siguientes subapartados, a saber: plano fonético-fonológico, plano morfosintáctico y plano léxico-semántico). Y era tabú, estaba expresamente prohibido deslizar en el comentario el gusto personal, la opinión favorable o desfavorable, pues se consideraba que el comentario debía ser objetivo como si de un análisis científico se tratara, de modo que expresar las razones por las que a uno le había parecido o no interesante el texto era anatema, tachadura conminatoria al canto, llamada al orden con rotulador rojo asegurada.
Y así con total impunidad reinó durante muchos años en las aulas, aplicada con saña y fervor, la nueva receta pedagógica, arma de deslumbrante diseño estructuralista y de funestos efectos, directos y colaterales, sobre el gusto lector y la afición por la literatura, y muy en particular se dejaron sentir esos efectos en la parcela de más fácil asalto, la poesía, martirizada hasta la extenuación por el afán de interpretarla y encontrar siempre en ella símbolos y significados ocultos, léase por buscarle tres pies al gato.  
Qué contrasentido, venga a analizar y escrutar y desmenuzar y triturar y diagnosticar textos en lugar de, sencillamente, leerlos y disfrutarlos y, en la medida de lo posible, entenderlos. 
Y para esto último estaban y están los profesores, y no para apabullar con rígidos esquemas metodológicos y aturullar con plantillas fijas de inflexible ejecución y aturdir con enrevesadas cuestiones teóricas previas. Que basta que alguien tenga que explicar al final lo leído para que se le quiten las ganas de empezar a leer, conque fácilmente puede imaginarse lo que sentiría un adolescente obligado a aplicar con rigor y sin saltarse un solo paso el método descrito. 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Informe sobre la i

De sonido agudo y punzante como su forma, que recuerda la de una espina, y con esa bolita redonda encima que se hace puntiaguda por menos de nada, como en ímpetu o bergantín.
A ratos incisiva, inquieta, irónica, y por eso inquiere, investiga, insiste... También, si se insolenta, capaz de insultar y de injuriar y de intrigar y de irritarse y propagar infamias.
Y tiene islas, istmos, icebergs.
Se ensancha en lo inmenso y lo infinito, se difumina en lo irrisorio e insignificante, se encoge en lo íntimo e inefable.
Intransigente e indisciplinada cuando se empeña en decir que no a todo: inútil, imposible, inaceptable... Y cómo le gusta entonces incomodar a la r y oír cómo chirría: irresponsable, irrespetuoso, irreverente, irrespirable...
Industriosa pero indolente, ilusa pero incrédula, inmisericorde pero indulgente, ilustrada pero ignorante, ingeniosa pero inepta.
Cuando la intimida la intemperie se instala en una iglesia o en un iglú, desaparece a veces por arte de birlibirloque, no se anda con tiquismiquis, disfruta incordiando con el sirimiri...
Pero qué bien suena cuando es la última y se pone esa mínima bandera encima suspendida en el aire como el colibrí, volando alto como el neblí, ondeando al viento como una tela blanquísima de organdí o celebrando el nuevo día con un solemne quiquiriquí.  

jueves, 1 de diciembre de 2016

Dos relatos de la tradición oriental

Les gustaba a los alumnos este breve relato, que tiene su origen en un apólogo del siglo XIII perteneciente a la obra Al-Matnawi, del poeta místico musulmán Sufí Yalal al-Din Rumi (1207-1273). De las diferentes versiones que de él se han hecho, algunas tan conocidas como la de Jean Cocteau, recogida en la Antología de la literatura fantástica que en su día editaron Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, optaba siempre por la de Bernardo Atxaga en su obra de más éxito, Obabakoak, que es la que a continuación se reproduce.

    El criado del rico mercader
    
Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.
Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.
–Amo –le dijo–, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.
–Pero ¿por qué quieres huir?
–Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.
El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo, y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán.
Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.
–Muerte –le dijo acercándose a ella–, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?
–¿Un gesto de amenaza? –contestó la Muerte–. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado.

            El criado se aleja de Bagdad huyendo de la Muerte, que, sabedora de que el lugar donde había de llevárselo era Ispahán, le ha hecho un gesto de asombro, no de amenaza como él lo interpreta.
         La ironía estriba en que es el propio acto de evitar su destino lo que hace que se cumpla.

Les gustaba también este otro, recogido por el famoso guionista cinematográfico Jean-Claude Carrière (El círculo de los mentirosos. Cuentos filosóficos del mundo entero), en el que destaca particularmente el motivo de la ingenuidad:

                                   El espejo chino

Un campesino chino se fue a la ciudad para vender su arroz. Su mujer le dijo:
–Por favor, tráeme un peine.
En la ciudad, vendió su arroz y bebió con unos compañeros. En el momento de regresar se acordó de su mujer. Ella le había pedido algo, pero ¿qué? No podía recordarlo. Compró un espejo en una tienda para mujeres y regresó al pueblo.
Entregó el espejo a su mujer y salió de la habitación para volver a los campos. Su mujer se miró en el espejo y se echó a llorar. Su madre, que la vio llorando, le preguntó la razón de aquellas lágrimas.
La mujer le dio el espejo diciéndole:
–Mi marido ha traído a otra mujer.
La madre cogió el espejo, lo miró y le dijo a su hija:
–No tienes de qué preocuparte, es muy vieja.

    
     Y hablando de cuentos, recomiendo a los lectores interesados La memoria de los cuentos (Un viaje por los cuentos populares del mundo), de Miguel Díez Rodríguez y Paz Díez-Taboada, Espasa-Calpe, Colección Austral.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Noviembre

Ahora que el invierno extiende
con revuelo de hojas y tardes
el lento trajín de unos meses
espesos, domésticos, graves

y en tiempo oscuro de sartenes
el fuego de la memoria arde
–un presentimiento de nieve
vistiendo de silencio el aire–

y el cielo por lucir enciende
en el techo alto de las calles
un suelo pisado de andenes

y el viejo arte de vivir parte
a un destierro de días breves
que el tedio hace interminables...

           (De Cien lecciones de cosas)

jueves, 24 de noviembre de 2016

Más que lugares geográficos (y III)

Continuando con lo mismo (véanse entradas 241 y 242, correspondientes a los días 10 y 14 de noviembre, respectivamente), no son pocos los nombres de lugar que forman parte de dichos y frases hechas:

a la luna de Valencia
Quedarse a la luna de Valencia: ver frustradas las esperanzas de lo que se deseaba o pretendía.
En el Diccionario de autoridades (1726-1739) se lee que "dejar a la luna es lo mismo que dejar en blanco. Díjose por analogía del que halla la posada cerrada y se queda al sereno; y se suele decir comúnmente a la luna de Valencia". La alusión a Valencia se ha intentado explicar por la forma semicircular o de media luna que tenían sus murallas y su playa, en la que debían quedarse los barcos a los que no se permitía atracar en el puerto.

ancha es Castilla
Se emplea para animar a alguien, o a uno mismo, a actuar con libertad y decisión.
Su origen se remonta al tiempo de la Reconquista, cuando se inició la repoblación de Castilla, que, por su extensión, ofrecía a los nuevos habitantes amplias posibilidades de medrar.

aquí, o ahí, o allí, fue, o será, etc., Troya
Se usa para dar a entender que solo han quedado las ruinas y señales de una población o de un edificio; también, para indicar el comienzo de un conflicto o de una dificultad muy grandes. / arda Troya Expresa la firme determinación de hacer algo sin reparar en las consecuencias. / armarse la de Troya Organizarse un gran jaleo.
Las tres expresiones aluden a la legendaria ciudad de Troya, sitiada durante más de diez años por los griegos y finalmente tomada por estos, tal como lo han contado los poetas Homero y Virgilio.

estar en Babia
Estar abstraído o ensimismado, sin enterarse de lo que ocurre alrededor.
En la Edad Media, los reyes de León pasaban largas temporadas en la tranquila y recogida comarca de Babia, bien para cazar o descansar, bien para aislarse del ajetreo y las intrigas de la corte. De esta manera, solía ocurrir que cuando algún súbdito preguntaba por ellos o requería su presencia se le respondiera que el rey estaba en Babia, dando a entender así que no quería saber nada de los asuntos de gobierno, o que no se le podía molestar.

estar entre Pinto y Valdemoro
Estar indeciso, vacilante. Estar medio borracho.
Pinto y Valdemoro son dos pueblos de Madrid cuyos términos municipales estaban separados por un arroyo en algún tramo. De este modo, si se ponía el pie en una orilla se estaba en Pinto, y si se ponía en la otra se estaba en Valdemoro. Hubo al parecer en Pinto un célebre borrachín que tenía por costumbre llegarse por las tardes al arroyo, y allí se divertía dando saltos del uno al otro lado, diciendo: "Ahora estoy en Pinto; ahora estoy en Valdemoro". Así hasta que un día se cayó en medio del arroyo y dijo: "Ahora estoy entre Pinto y Valdemoro". En contra de la anterior explicación, sostienen otros que la frase tiene su origen en el refrán "Vino tinto, si no hay de Valdemoro, démelo de Pinto", que alude a la buena fama que tenían los vinos de ambos pueblos. Y hay también quien opina que estar entre Pinto y Valdemoro significa "estar achispado", es decir, a medio camino entre la sobriedad y la borrachera. 

¡esto es Jauja!
Designa todo aquello que quiere presentarse como modelo de prosperidad y abundancia.
Jauja, valle del Perú, famoso por la riqueza de su territorio, se identificó en el imaginario popular del siglo XVI con la tierra del oro y de la fertilidad, pasando así a convertirse en un lugar mítico y legendario, rebosante de frutos y maravillas que se ofrecían a quien los quisiera sin necesidad de trabajar. Lope de Rueda escribió en 1547 La tierra de Jauja, en la que se describe esa tierra como una isla llena de oro donde reinan la belleza y la alegría, los árboles dan buñuelos, las fuentes manan manteca, los ríos son de leche y las montañas de queso, las calles están pavimentadas con yemas de huevo...

irse por los cerros de Úbeda
Divagar, apartarse del asunto que se está tratando, perderse en disquisiciones innecesarias o que no vienen a cuento.
Según unos, en un pueblo de la serranía de Úbeda había un alcalde enamorado de una moza que vivía en el cerro de Úbeda, y cuando en las sesiones municipales perdía el hilo o se ponía a divagar, le decían: "No se vaya usía por los cerros de Úbeda". Para otros, el dicho se remonta a la época de la Reconquista: el rey Fernando III el Santo esperaba a uno de sus caballeros para emprender la conquista de Úbeda, y el tal caballero llegó cuando la ciudad ya estaba tomada. Al preguntarle el rey por su retraso, contestó que se había perdido por los cerros de Úbeda.

más se perdió en Cuba
Para consolar al que ha sufrido un revés o un fracaso, haciéndole ver que siempre puede haber otros mayores.
Alude a la humillante derrota sufrida por España en la guerra de Cuba (1898), que significó la pérdida de las últimas colonias (Cuba, Puerto Rico y las islas Filipinas) y el fin del imperio español.

mover, remover, o revolver, Roma con Santiago
Poner en acción todos los recursos imaginables para conseguir algo. Por alusión a la distancia entre dos de los más importantes centros de peregrinación del mundo cristiano.

¡naranjas de la China!
Se usa para negar o rechazar algo con rotundidad.
Procede de la creencia popular de que la naranja de la China, de piel lisa y delgada, era algo fantástico y muy difícil de conseguir. Hoy, sin embargo, se considera que la naranja, introducida en España por los árabes en la Edad Media, fue un cultivo que estos aprendieron de los chinos.

no se ganó Zamora en una hora
Para conseguir algo importante se requiere tiempo y esfuerzo.
Alude al largo asedio que en el año 1072 sufrió la ciudad de Zamora durante siete meses por parte del rey Sancho II de Castilla, el cual pretendía arrebatársela a su hermana doña Urraca. El asedio continuó incluso después de haber sido muerto el rey por el traidor Bellido Dolfos, hasta que la propia doña Urraca le entregó la ciudad a su hermano Alfonso VI, sucesor de Sancho.

poner una pica en Flandes
Lograr algo muy difícil.
Hace referencia a lo difícil que resultaba, durante el reinado de Felipe IV (1604-1665), encontrar soldados deseosos de alistarse y empuñar la pica, especie de lanza larga propia del cuerpo de infantería, para servir en los tercios de Flandes, donde se libró la interminable Guerra de los 80 años (1568-1648) entre la monarquía española y las provincias rebeldes de los Países Bajos.

salga el sol por Antequera
Se emplea cuando alguien ha tomado una decisión y no le importan las consecuencias que puedan derivarse.

Se dice que la expresión (cuya forma completa es Salga el sol por Antequera y póngase por donde quiera) pudo tener su origen en el campamento de los Reyes Católicos durante la conquista de Granada; pero dado que Antequera está al oeste y no al este de la ciudad de la Alhambra, la frase habría que entenderla en sentido irónico: Salga el sol por donde quiera.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Efemérides literarias

El pasado viernes 18 de noviembre se cumplieron los 94 años de la muerte de Marcel Proust (1871-1922), sin duda uno de los nombres señeros de la novela contemporánea.
Enfermizo, refinado y asiduo en su juventud de los salones de la alta burguesía francesa, publicó en 1896 Los placeres y los días, que obtuvo escaso éxito.
A la recherche du temps perdu -En busca del tiempo perdido-, que ya en su época significó toda una revolución, constituye una referencia inexcusable en la narrativa del siglo XX. Consta de siete libros, publicados entre 1913 y 1927: Por el camino de Swan (1913), A la sombra de las muchachas en flor (1918), El lado de Guermantes (1920), Sodoma y Gomorra (1922), La prisionera (1923), Albertina desaparecida (1925) y El tiempo recobrado (1927).
El propósito de la obra es la recuperación del pasado a través de la memoria. Esa recuperación parte de la sensación especial que experimenta un día el narrador al mojar una magdalena en una infusión de té. El aroma que emana de la taza le transporta, por asociación, al tiempo ya lejano de la infancia cuando su tía Léonie le ofrecía también una magdalena mojada en té. Se inicia así la reconstrucción, lenta y minuciosa, del "tiempo perdido": el mundo y la vida del pasado se explican y reviven a través de la conciencia individual.
La descripción pormenorizada de emociones y sensaciones, la capacidad de observación y autoanálisis, el ritmo lento y moroso son algunas de las cualidades de En busca del tiempo perdido.
Reproduzco a renglón seguido, en la traducción más conocida, la de Pedro Salinas (Alianza editorial), el famoso fragmento de la magdalena y la taza de té (y ojalá vuelvan, al releerlo, el aroma de aquella tarde, la calma de aquel sillón, la sombra de aquel árbol, el silencio de aquella biblioteca...):

            Hacía ya muchos años que no existían para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse: parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. [...]
            ¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo de mi ser? [...]
            Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes [...]
            En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta le vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo.