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miércoles, 4 de abril de 2018

Historias de andar por casa


Tiene todo el día por delante.
El día es largo, el día es bello.
Qué agradables sorpresas, qué insospechados alicientes, qué imborrables experiencias le tendrán reservadas las horas que como un regazo acogedor ante él se abren.
Pero antes, armado de la aspiradora, se dispone a restaurar el orden y la limpieza por doquier.
Se ensaña con la moqueta deshilachada de la biblioteca, escarba enconadamente en los entresijos del parqué, arremete en furiosas oleadas de incontenible ímpetu contra las dos alfombras del salón. A la caza de la oculta miga de pan, a la captura del escurridizo grumo de lana volandero, remueve mesas y sillas, escudriña con denuedo los rincones todos.
Provisto del artesanal paño húmedo y del más eficaz abrillantador de muebles, inicia la despiadada batida contra el polvo. Inmisericorde hasta con la más diminuta mota, decidido a infligirle el más severo de los correctivos, lo persigue con briosa intrepidez por cuadros y estanterías, en las sinuosidades de los adornos y en los recodos de las puertas y ventanas.
Con la escoba, ese arqueológico, antediluviano utensilio impropio de la era tecnológica en que vivimos, barre la terraza. Tras los cristales del piso de enfrente, le mira con desolada incredulidad una mujer que luce con enérgico desparpajo una bata de color rojo. Como ni ante ella ni ante nadie quiere pasar por negligente ni descuidado, forma con las inmundicias barridas un pequeño montículo en el centro de la terraza y corre a la cocina en busca del recogedor antes de que una ráfaga de viento las disperse.
Ya suficientemente oreadas por el aire fresco de la mañana, hace con fervor las camas, tarea ímproba donde las haya, y emprende a continuación el hacendoso quehacer del fregado, que es, de todas las labores del hogar, la que exige una más meticulosa tenacidad. Bien es verdad que, en contrapartida, resulta la más propicia a la filigrana y el lucimiento, aquella en la que el asiduo esmero queda reflejado en la delicadeza del detalle, en la orfebrería de la minucia: el resplandor de una baldosa, el brillo inédito de un rincón, la nitidez del dibujo de un rodapié... Todo primor es posible en un fregado hecho con aplicación.
Al acabar, echa una ojeada a su alrededor y contempla con satisfacción la obra bien hecha.
Y, ahora sí, tiene todo el día un día largo y bello por delante.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Campanas


A más de uno le habrá salvado la campana (cuando estaba en una situación comprometida), y cualquiera puede echar (o lanzar) las campanas al vuelo (si de lo que se trata es de celebrar un triunfo), y es también posible oír campanas y no saber dónde (cuando las noticias que se tienen son vagas e inciertas), pero cada vez son menos los que saben tocarlas, o tañerlas, para convocar con su sonido al vecindario. Que es lo que hacía el campanero, otro de los oficios en vías de extinción, o el sacristán cuando faltaba aquel y se trataba de anunciar los oficios religiosos, a misa o al rosario, por ejemplo, o de invitar a rezar un avemaría al amanecer (toque de alba) o al mediodía (toque de ángelus).
Porque el lenguaje de las campanas se compone de diferentes toques, que feligreses y vecinos entienden sin dificultad cuando los oyen: a concejo (reunión abierta para tratar asuntos de interés general), a hacendera (trabajos a que debe acudir todo el vecindario, por ser de utilidad común, como arreglar los caminos), a quema (aviso de incendio, en una vivienda o en el monte)...
Las campanas doblan cuando tocan a muerto (toque de ánimas, o de difuntos, o clamor), repican cuando suenan o tañen repetidamente con cierto compás en señal de fiesta o regocijo y voltean si, también por un motivo alegre, se les da la vuelta completa en el campanario.
Las campanas tocan a rebato para dar la señal de alarma ante un peligro grave, y a nube, nublo o tentenublo para detener, conjurar o aplacar las tormentas: "tente nube, / tente tú, / que más puede / Dios que tú".
Las campanas, que en estos días de la Semana Santa estaban antes calladas en señal de luto y en su lugar retumbaban por las calles las carracas, y con qué alegría y aplicación las hacíamos sonar los rapaces de la escuela.
                                                                        


miércoles, 21 de marzo de 2018

Sala de consultas


Con las manos en los bolsillos del abrigo y respirando a través de la bufanda que le tapaba la cara casi hasta los ojos, se dirigió a la parada de los autobuses.
Subió al primero que llegó, sin molestarse en averiguar su recorrido.
En la última parada se bajó.
El silencio, la tranquilidad y el porte externo de los edificios de la zona contrastaban notablemente con el bullicio y la estrechez de su barrio.
Vagó un rato por las calles. El frío cortaba el aliento y la noche empezaba a echarse encima.
Vio entrar y salir gente por una ancha puerta de color blanco a la que se bajaba por una escalera de ladrillo bordeada de cuidadas plantas.
No lo pensó más, y entró.
Lo primero que notó fue el agradable calor del ambiente. La sala era amplia y bien iluminada. En el centro había una mesa de cristal con periódicos y revistas; y alrededor, contra las paredes y rozando las cortinas, acogedores sofás dispuestos en semicírculo brindaban descanso al que entraba por la puerta.
El picaporte todavía en la mano, vaciló unos instantes.
Pasó por delante de la ventanilla de recepción. La mujer de bata blanca sentada al otro lado del cristal le miró. Él fingió no verla y se dirigió al sofá más apartado, casualmente el único que estaba libre.
No se atrevió en un primer momento a levantar la vista, en la sospecha atroz de que todos los ojos estarían clavados en él. Cuando lo hizo, su sorpresa fue grande al comprobar que nadie parecía reparar en su presencia: algunos leían con desgana, otros escudriñaban el móvil, los demás miraban desconsoladamente al vacío.
Al fin se decidió a llegarse hasta la mesa y escoger una revista.
Los minutos pasaban. Por el altavoz fue oyendo los nombres de los que eran requeridos, y el número del despacho al que debía acudir cada uno.
Al cabo de un par de horas, cuando ya solo quedaban en la sala media docena de personas, se levantó para salir. La mujer de bata blanca sentada al otro lado de la ventanilla de recepción le miró fijamente. Él le dio las buenas noches y, ocultando su turbación en los gestos de colocarse el abrigo y anudarse al cuello la bufanda, abrió la puerta.
Volvió al día siguiente, también por la tarde. La mujer de la recepción le miró de nuevo con insistencia y él, fingiendo otra vez atención concentrada en los quehaceres de quitarse el abrigo, saludó tímidamente y se fue a sentar en el sofá.
Desde allí observó con sobresalto que la mujer descolgaba un teléfono.
Comenzaba ya a sentir la vergüenza por la que enseguida iba a pasar.
Pero la recepcionista colgó el teléfono y se desentendió de él por completo.
Durante una semana acudió puntualmente sin faltar un solo día, y siempre a la misma hora. Se sentía tan a gusto allí que las mañanas y aun las noches acabaron por convertirse en una ansiosa espera.
Una tarde, a poco de llegar, con el periódico ya sobre las rodillas, oyó su nombre por el altavoz.
No se movió del sofá. Era imposible que le llamaran a él, nadie sabía allí su nombre.
Volvieron a llamarle. Atisbó momentáneamente la luminosa sospecha y aguardó atónito a que se levantara aquel que, increíble casualidad, llevaba su mismo nombre y sus mismos apellidos.
Nadie sin embargo se removió siquiera en su asiento. Miró entonces a la mujer de la recepción, que, habituada ya a su presencia cotidiana, le saludaba amablemente cada tarde con la mayor naturalidad, y ella le devolvió sonriente la mirada.
La voz cálida y suave que regulaba las idas y venidas de la sala pronunció por tercera vez su nombre.
Y él, obediente a la llamada, se levantó del sofá.
La mano y la sonrisa de una enfermera a la que no vio acercarse le indicaron el camino. Aturdido y sin musitar palabra, entró en el despacho del médico, que, rutinario y ausente, le auscultó minuciosamente a través de pantallas y aparatos durante un largo rato sin hacer el más mínimo comentario.
A la salida, la mujer de la recepción le entregó una tarjeta donde constaba su nombre y la hora de visita para la tarde siguiente.
Cuando llegó, un poco antes de lo prescrito pese al tiempo desapacible y la aglomeración de tráfico de los viernes, una ambulancia le estaba esperando delante de la puerta de la consulta.
Dos camilleros le introdujeron en ella sin que él, perplejo y mudo de asombro, hiciera ninguna pregunta, ni opusiera la menor resistencia.
Al cabo de un tiempo que fue incapaz de precisar, la ambulancia se detuvo delante de un edificio de color rosado con grandes ventanales.
En la misma camilla, y después de pasar puertas, doblar esquinas, atravesar largos pasillos y subir en varios ascensores, dos enfermeras le trasladaron a una habitación.
Allí le recibió una voz lenta y cálida, muy semejante a la del altavoz de la consulta, que desde algún oculto lugar le instaba, tras saludarle por su nombre y apellidos, a desvestirse, ponerse la bata que encontraría bajo la almohada y meterse en la cama.
La habitación era pequeña y limpia, con una mesa, una silla y una amplia ventana al exterior.
Al oscurecer entró una enfermera. Le preguntó, sin aparentar demasiado interés, por su estado; mientras anotaba algo en una libreta, le deseó las buenas noches y se fue.
Poco después le trajeron la cena.
Enseguida volvió a oírse la misma voz lenta y cálida, que le auguraba un feliz descanso y le rogaba que apagase la luz e intentase conciliar el sueño lo antes posible.
A la mañana siguiente vino el médico. Era el mismo que le había examinado en la consulta ya no recordaba cuánto tiempo atrás. Como entonces, le auscultó en silencio. Al terminar, él le preguntó por su estado, pero el médico se encogió de hombros.
Ya no se atrevió a volver a preguntárselo más.
Y así fue pasando el tiempo.
Nadie le dijo nunca qué tenía, ni por qué estaba allí, ni para qué.
Él, por su parte, poco a poco, fue empezando a amoldarse a aquella vida, al tibio calor de la habitación, a la silenciosa amabilidad de las enfermeras, a la lenta y cálida voz invisible que todos los días a la misma hora le daba las mismas instrucciones.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Diccionario de un leído de aldea


baladí. –No es ni mucho menos asunto baladí, señor alcalde, todo aquello que, por insignificante que parezca, atañe al bien de las almas –advirtió el buen párroco.
bandera. 1 Una bandera empapada por la lluvia y marchita sobre el mástil: los ejércitos de la patria han sido derrotados en el campo de batalla. 2 En las casas de los pueblos ondea siempre, de buena mañana y al anochecer, la misma bandera de humo blanco, grisáceo o azulado.
barrabasada. ¡De origen bíblico, con la vocal más alegre repetida cinco veces y que no podamos cambiarle el significado!
barreño. Los había en todas las casas, y eran, como su nombre indica, de barro.
barrio. 1 Hay dos: este y el otro. 2 Son inhóspitos los que no tienen memoria.
barrito. La voz del elefante cuando tiene algo que decir, al mundo en general o a los suyos en particular.
beca. 1 Banda de tela, por lo común de color rojo, que, a título de distintivo colegial, llevaban los estudiantes plegada sobre el pecho y con los extremos colgando por la espalda. 2 Si los que hoy se benefician de esa ayuda se vieran en la obligación de lucir la susodicha banda…
bicho. Si solo es eso, es persona despreciable y con malas intenciones; si encima es también raro, es que su carácter o comportamiento se salen de lo común… ¿Qué nos han hecho los pobres bichos?
bicicleta. Aún no se ha podido saber lo que piensa una rueda de la otra.
boca. 1 Se metió en la boca del lobo, y eso que iba con pies de plomo. 2 Tienen también boca, dice el diccionario, las calles, los puertos de mar, los hornos, las armas de fuego, los escenarios de los teatros, el metro de las grandes ciudades, las tenazas, el vino, determinados dispositivos contra incendios y para el riego, el estómago, los ríos, las patas delanteras de los crustáceos, el lobo… Además, puede uno coserla, cerrarla, no abrirla en un rato grande (que es lo mismo que no descoserla), hablar por la de otra persona, no decir si es suya, tenerla buena o mala, taparla o tapársela a otro, decir lo primero que le venga a ella, torcerla, pegarla a la pared… Y también puede ocurrir que se le haga a uno agua por algún motivo, y que todo le salga a pedir de ella...
bollo. No le pidas bollos al horno (véase pera).
borrón. Los de tinta, que llenaban de pequeños continentes y archipiélagos las páginas de los cuadernos escolares.
bragueta. Portañuela.
bucólico, ca. El sonar de las esquilas a la vuelta del rebaño en la luz del atardecer, que fue estampa y es recuerdo.
buey. 1 Son aún proverbiales, en la memoria campesina, su lentitud y mansedumbre. 2 Estampa bucólica del “beatus ille”: una pareja de bueyes uncidos al yugo y tirando de un arado.  
burro, rra. Pese a no gozar de mucho aprecio, es el animal –junto con el cerdo– al que más nombres le hemos puesto, quizá porque ha sido también al que más palos, literalmente hablando, se le han dado: asno, rucio, jumento, pollino, borrico…

miércoles, 7 de marzo de 2018

Declaración de bienes


Tengo una infancia a la que casi todos los días vuelvo un rato.
Tengo una mesa al lado de la ventana donde da el sol.
Tengo algunas ideas en que pensar.
Tengo tantos libros por leer que no voy a poder acabarlos todos.
Tengo sesenta y cinco años.
Tengo un atlas, y por él viajo las tardes de los domingos que se hacen largas.
Tengo las lecciones del campo que aprendí de niño.
Tengo tiempo.
Tengo la ilusión de escribir alguna vez un verso que reciten los niños en la escuela.
Tengo una caja de esperanzas que aún no he abierto.
Tengo una colección de lápices comprados en las tiendas de los museos y otra de palabras viejas que he ido recogiendo por los libros y las calles.
Tengo cosas que contar.
Tengo un cayado de pastor para andar por los caminos del monte.
Tengo memoria.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Historias de andar, reales como la literatura misma



El Pla de la Calma
Me apeo del tren en la estación de Sant Martí de Centelles y voy derecho al Ayuntamiento.
Está vacío a estas horas de la mañana y me atienden enseguida. Pregunto por la ruta que sube al Pla de la Calma, si tienen algún mapa o algún folleto.
–No, lo siento –se disculpa la funcionaria después de consultar a un compañero que ni siquiera ha levantado la vista de los papeles que está leyendo.
–La ruta del GR-5, lo leí en una guía –les informo con toda humildad–, y que sale del barrio de l'Avencó, junto a un restaurante...
–Ah, sí, ya sé dónde dice –asiente con la mejor de las sonrisas la funcionaria, que vuelve la vista hacia su compañero en busca de ayuda y corroboración. Ni una ni otra cosa obtiene, pues sigue él ensimismado en su labor. 
–Entonces podrá indicarme... 
–Pero, mire –me interrumpe ella muy amablemente–, vaya mejor a preguntar a la oficina de turismo de Aiguafreda... Allí le informarán.
–¿Aiguafreda?
–Sí, es el pueblo de al lado, no tiene más que bajar por esta misma calle y pasar el río. Está ahí mismo.
En efecto, solo el río separa a los dos pueblos, tendido el de Sant Martí de Centelles en la ladera de la izquierda, y el de Aiguafreda en la de la derecha. El río se pasa por el Pont de l'Abella, un magnífico puente de piedra con arcos de hechura neoclásica que está ahora ahogado literalmente por la autopista que cruza por encima. Hasta da un poco de miedo atravesarlo si se mira hacia arriba, con las enormes vigas de hierro y hormigón a pocos metros de la cabeza.
Sigo las indicaciones y no tardo en dar con la oficina de turismo. Pero, ay, está cerrada. Y en los mapas que hay pegados en las cristaleras, ni rastro de la ruta que busco. No me queda más remedio que probar en el ayuntamiento, el de Aiguafreda (la funcionaria del de Sant Martí de Centelles lo ha dejado bien claro: son dos pueblos, cada uno con su propio ayuntamiento). Lo descarto, sin embargo. Si en uno no tenían información, por qué iba a ser diferente en el otro.
Y lo del poeta, mejor no haberlo sacado a relucir, aunque a punto estuviera de hacerlo (la candorosa sonrisa de la funcionaria me disuadió): que Joan Maragall era muy aficionado a visitar el Montseny, al que ascendía por el sendero que va desde el pueblo de Aiguafreda hasta el Pla ('Llano') de la Calma, y que allí, en una masía, la de La Figuera, se reunía, a principios del pasado siglo XX, con un grupo de intelectuales y artistas. Lo leí en la misma guía a la que hice mención en el ayuntamiento, una guía de rutas literarias, y también, y fue lo que más me llamó la atención (y casi podría decirse que el motivo principal por el que hoy he venido aquí), que el poeta hacía el camino a lomos de un burro.
Los poetas, tan amigos de los burros, Juan Ramón Jiménez y Platero, Tomás de Iriarte y su burro flautista, Stevenson y Modestine, la burra en la que viajó por el sur de Francia... Pero quién se acuerda hoy de los poetas, que ya no tienen predicamento, y de los burros, que solo salen en las fábulas antiguas, y ni eso siquiera porque casi nadie las lee, tampoco los niños en las escuelas... Conque cómo van a ocuparse de ellos, de los poetas y de los burros, y mucho menos en los ayuntamientos.
Y en estas figuraciones llego al fin al restaurante que figuraba en la guía como punto de partida. Está también cerrado, y no se ve a nadie en las inmediaciones. Se conservan allí a escasos metros unos pous de glaç (pozos de hielo), que son unas construcciones cilíndricas de piedra en las que se almacenaba el hielo recogido durante el invierno, hielo natural que, convenientemente troceado, se comercializaba luego en los meses de calor. Me detengo a observarlos un buen rato, en espera de que aparezca alguien a quien preguntar.
No encuentro la señal del GR-5, ni ninguna otra indicación, de modo que opto por la solución más fácil: seguir el camino que, tras bordear un camping, asciende por la ladera de la izquierda, que parece la más propicia, pues es la única soleada.
Tampoco el camping da señales de vida, ni el camino, que discurre solitario por la hondonada. Hay un desvío señalizado a la derecha hacia unas canteras, y poco después, en una encrucijada, un cartel admonitorio que reza así: Zona de adiestramiento de perros de caza. Pero no se oyen ladridos, ni disparos de escopeta, ni nada.
El camino, ancho y espacioso, con las roderas de algún vehículo bien marcadas en los sitios más húmedos, asciende a continuación serpenteando por la ladera. Tras los primeros repechos, que son duros y empinados, llega el sol, una delicia a estas horas. Y el canto tímido y esporádico de algún pájaro mañanero, y las vistas del valle allá abajo, y la repentina aparición, enfrente hacia el mediodía, de un edificio colgado en lo más alto de un cerro –la iglesia de Santa María de Tagamanent, lo leí en la guía–, y por todas partes el silencio.
La vida a todo esto reclama un tentempié, que las cuestas se suceden sin parar y van ya para dos horas de caminata.
Avisto luego de improviso una cantera. ¿Me habré equivocado? ¿Terminará aquí el camino su recorrido? ¿Serían roderas de camiones las que antes he visto? Hay dos operarios trabajando a la entrada.
–¿Es este el camino del Pla de la Calma? –les pregunto.
–Sí, este es –me responden un tanto sorprendidos, no tanto, me parece, por la pregunta en sí como por el hecho de verme allí.
–¿Y falta mucho?
Se miran los dos un instante, y me miran:
–Mucho, mucho, no... –vuelven a mirarse–. Una hora y media hasta el Bellit –y creo advertir en sus palabras, por el tono, como una pizca de compasión y no sé si también de desconfianza.
¿El Bellit han dicho? ¿Me habrán entendido bien? No recuerdo que la guía hiciera referencia a ese término, pero no es cuestión de volver atrás para preguntárselo, será otro nombre, el de algún otro paraje de por aquí... A lo mejor es que han calculado mal, o tirado por lo alto... Un burro, lo bien que iría. Y cómo cambiaría todo, lo bonito que se vería el paisaje, y lo tranquilo que se subiría, cómodamente sentado sobre la albarda y tirando del ronzal para que el animal no se desmandara y fuera siempre al mismo paso, cansino pero sin desfallecer en las cuestas arriba, con un trotecillo alegre en los rellanos, pausado y contenido siempre, que los burros son de natural apacible y manso, poco dados a las expansiones arriesgadas, y se parecen en eso a los poetas, de ahí las simpatías que en ellos han despertado a lo largo de la historia...
Los recodos y revueltas no acaban nunca, y el alto que se adivina ya cercano por entre las ramas de los árboles –encinas, robles y pinos– se aleja otra vez como si fuera un espejismo al coronar cada repecho, y la distancia con respecto a la iglesia colgada en el cerro que se ha convertido en punto de referencia se mantiene invariable...
En algunos tramos de la umbría hay pequeños charcos de agua helada, y retazos blanquecinos por la escarcha.
La espalda se queja de la mochila y a los pies les vendrían bien un descanso: las dos tentaciones más comunes que el caminante experimentado suele vencer con un poco de paciencia.
Más trabajo cuesta rechazar la del reloj, que ha corrido más de la hora y media advertida por los de la cantera.
Y en estas, un claro en el monte, y el camino que se remansa y se apresta a llegar al alto tras una leve pendiente, y la raya azul del horizonte allí mismo al alcance de la mano confundida con el perfil del llano que se extiende hospitalario ante la vista. Y a la izquierda, de cara al mediodía, a unos doscientos metros escasos, una masía.
Un indicador clavado en el suelo anuncia su nombre: El Bellit. Me acerco hasta donde lo permite la discreción. Corretearán gallinas por delante, y se oirá a lo mejor balar a alguna oveja, o mugir a alguna vaca. La chimenea no ahúma, pero no es esa una señal significativa, porque la calefacción habrá desplazado a la leña. Entonces lo distingo, asomando detrás de un tractor. Es un burro, de color negro, y se mueve; estará entretenido con cualquier cosa, no tendrá nada que hacer y pasará el tiempo holgazaneando por el corral.   
Y quién sabe, acaso sea un descendiente, o pariente lejano incluso, de aquel que prestara sus servicios hace ya más de cien años al poeta Joan Maragall.
¿Y si me acercara a la masía a preguntarlo? Pero salen a relucir los buenos modales (y el recuerdo de la visita al ayuntamiento), y desisto.
¡El Pla de la Calma! No hay duda: el paisaje hace honor al nombre, y la calma se palpa con los cinco sentidos. Contribuye a ello también la mañana, una mañana espléndida de invierno, y el cielo azul, y el aire limpísimo, todas esas cosas que invitan a creer que un Dios bondadoso creó el mundo.
El camino va a parar a otro, el que discurre por el llano, y en el mismo cruce aparecen por fin las señales salvadoras, blancas y rojas, del GR-5. Si lo sigo hacia arriba, en dirección nordeste, llegaré, se avistan ya no muy lejos, a las cimas del Montseny. Pero temo que me engañen las distancias y opto por tomarlo en sentido contrario, rumbo a la iglesia subida en el cerro, que es además por donde he de volver.
El panorama es magnífico: al norte, brillando al sol, los picos nevados del Pirineo; al sur, difuminada un poco por una ligera neblina, la comarca del Vallés, con la sierra de Collserola al fondo y la franja azulada del mar cerrando el horizonte; al oeste, la serranía de Montserrat.
A los dos lados del camino, amplias praderías tachonadas de encinas que, a tenor de los carteles que conminan a los viandantes a llevar atados los perros, se aprovechan todavía como pastos para el ganado.
Lo corroboran algunos cercados al abrigo del aire del norte que a buen seguro se construyeron en su día para servir como aprisco.
¡La estampa bucólica que compondría ahora un rebaño que asomara por entre las encinas, con la paz de estas soledades rota por los silbidos del pastor y el tranquilo sonar de las esquilas!
De frente viene una pareja joven perfectamente equipada –gorros que abrigan y dan lustre, pantalones y anorak a juego y bien ceñidos, gafas negras con destellos azulados, bastones de senderismo o trekking o marcha nórdica, que servidor no los distingue...–, que me conceden un distraído saludo y prosiguen impasibles su garboso andar.
Luego de un suave descenso se llega a una masía, Ca l'Agustí de nombre. Situada en un entorno idílico de verdor y silencio, y restaurada por la Diputación de Barcelona, ofrece a los visitantes la recreación de un día en la vida campesina del siglo XVIII.
Las bondades del paisaje sosiegan el ánimo y las leyes y costumbres de la naturaleza van abriendo el apetito, conque ha llegado el momento de cumplir con uno mismo.
Busco un lugar cómodo y apacible, y lo encuentro al pie de una encina y tras unas piedras que lo resguardan de las indiscreciones del camino.
¡El bocadillo, siempre agradecido y generoso, y más al aire libre que respiran las montañas! ¿Por qué los poetas no han cantado nunca sus propiedades y virtudes, las del bocadillo, que son tantas? ¿Cuándo se alzará una voz que lo encumbre al lugar que se merece? Y si se han escrito odas al tomate, y a la ciruela, y al limón y la naranja, y al maíz, y al caldillo de congrio, y a la alcachofa, y a la cebolla, y al pan, y a las papas fritas, ¿por qué no una dedicada a ensalzar el bocadillo?
Confortado así por estas saludables reivindicaciones, y para escabullirme al sopor del sol benigno del invierno, acudo al amparo del café en otra masía cercana, El Bellver, que ofrece servicio de bar y restaurante en un altozano.
En la entrada soy testigo de una curiosa escena, con el hostelero y un cliente como protagonistas:
–Disculpe que le haya hecho salir hasta aquí –oigo que dice el primero–, pero es que dentro no tenemos internet.
–Ya, ya me lo ha parecido –asiente el segundo.
–Por culpa del burro, ¿sabe usted? –informa el hostelero.
–¿El burro?
–Sí, el burro, que nos ha roído el cable de la conexión. Allí lo escarbó –confirma, señalando el lugar de la fechoría–, donde aquellas hierbas levantadas. ¡La madre que lo parió!
¡Este sí que es un burro de la misma estirpe que el del poeta! ¡Un burro que no contento con su condición de dócil servidumbre aspira, quién sabe si como reminiscencia de las conversaciones que oyeran sus antepasados, a las mieles del conocimiento, y olfateando por entre las hierbas le vino alguna señal!
Pero deben de haberlo recluido en el establo, como castigo, porque no se le ve por ninguna parte.
De modo que, resignado a no tener el gusto de conocerle, me tengo que conformar con las vistas que se disfrutan desde la masía.
Que son espectaculares, para quedarse allí un buen rato si el tiempo no apremiara. Otro tanto sucede luego más abajo, en el punto donde confluyen la carretera que comunica con el pueblo de Tagamanent, el desvío hacia la iglesia –un cuarto de hora de empinada ascensión– y el GR-5. Y es una lástima, porque he de optar por este último, que, transformado en estrecho sendero, se apresura de inmediato a adentrarse en la espesura.
Quede para otro día la iglesia, y la ruta que se anuncia con un listón de color verde (no había reparado antes en él) por debajo de las rayas blancas y rojas en los hitos del GR, la ruta de otro poeta, Jacint Verdaguer, que fue al parecer un gran andarín.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Notas de lectura


"Ante todo, diré que los árboles se producen de varias maneras, porque unos, sin auxilio del hombre, brotan espontáneamente y cubren en grande extensión los campos y las corvas márgenes de los ríos, como los tiernos mimbres, las flexibles retamas, los álamos y los sauces, coronados de blanquecina verdura. Otros nacen de sembradura, como los altos castaños y el roble de Júpiter, gigante de los bosques, y las encinas que daban oráculos a los griegos".
Virgilio, Geórgicas

"Me pregunto de qué color es la lluvia. No he encontrado ni en la Biblia ni en la literatura griega ningún adjetivo. Los autores se abstuvieron".
Josep Pla, Un petit món del Pirineu (Obras Completas XXVII)

"Comprender la felicidad que supone saber que el suelo que nos sostiene no puede ser mayor que los dos pies que lo cubren".
F. Kafka, Aforismos de Zürau

"De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación".
J. L. Borges, El libro (en Borges oral)

"Los días se diferencian, pero la noche tiene un único nombre".
Elias Canetti, Apuntes I

"...rosa del campo, donde la naturaleza sola es hortelana".
Fray Luis de León, Exposición al Cantar de los Cantares

"Un tal Aristóteles de Bolonia, en Italia, trasladaba una iglesia entera desde su emplazamiento a otro situado unos 50 metros más allá, y en lo alto de la iglesia, en el campanario, iba su hijo pequeño haciendo repicar la campana. ¡Quién fuera él! Creo que cosa más bella y graciosa no le ha vuelto a suceder a niño alguno en el mundo".
Álvaro Cunqueiro, Repique de campanas (en Los otros rostros)

"Los ríos son caminos que marchan, y que llevan adonde se quiere ir".
B. Pascal, Pensamientos