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lunes, 19 de noviembre de 2018

Una vieja cuestión


Saltó el otro día a los periódicos un informe sobre el preocupante número de horas que dedican los niños a ver la televisión.
¿A quién hay que echarle la culpa? ¿A los propios niños, que prefieren eso antes que otra cosa? ¿A los padres, porque les resulta más cómodo tenerlos así entretenidos? ¿A la sociedad culpable, desde Rousseau para acá, de tantos males, que, disimuladamente, teledirige ya la infancia con vistas a integrarla, como se decía en jerga de progresía, en el sistema establecido?
La realidad ofrece alguna explicación: muchos niños vuelven del colegio y están solos en casa, y qué van a hacer entonces sino encender la televisión, que es mucho más fácil que ponerse a leer un libro la estampa del niño lector parece de otra época o buscar por sí mismos la manera de entretenerse. Más fácil y cómodo incluso que salir a la calle, porque no pueden hacerlo solos y han de ir acompañados por un adulto protector. Y a los niños lo que les gustaría es eso, salir solos y encontrarse allí con sus amigos para corretear y jugar libres con ellos en la plaza y volver a casa con el tiempo justo para revisar los conocimientos adquiridos en clase (antes, hacer los deberes) y cenar.
Los niños, quién lo duda, necesitarían jugar más y ver menos la televisión, pero es difícil poner remedio a la situación. Que es más compleja de lo que parece, porque andan por el medio otros factores, como los horarios laborales o el entorno familiar; y, en lo de jugar, las actividades extraescolares que les apretujan las tardes como anticipo del modelo competitivo que en el futuro les aguarda. Convendría acaso preguntar a los pedagogos, pero andan todos ocupadísimos poniéndoles nombres nuevos a las cosas del saber.
¡Tiempos aquellos en que se pensaba que podría ser la televisión una herramienta didáctica!

                   (La Razón, 12 de noviembre de 2018)


lunes, 12 de noviembre de 2018

Filosofía



El Congreso aprobó recientemente que la filosofía vuelva a ser asignatura obligatoria en el bachillerato. Es una buena noticia. Y lo hizo además por unanimidad. Otra buena noticia, casi un milagro. Se conoce que esta vez los señores diputados dejaron de lado las razones políticas, siempre endebles y acomodaticias, y se guiaron por las, digámoslo así, filosóficas, que son, por naturaleza, sólidas y duraderas.
En la primera adolescencia estaba uno deseando llegar a los cursos en que se impartía filosofía, convencido de que iba a encontrar en ella una especie de elixir mágico con que remediar males y carencias, algún maravilloso conocimiento que permitía entender cabalmente todas las cosas. Estudiar filosofía equivalía a entrar en un mundo superior y reservado a quienes poseían los secretos de una ciencia que para todo tenía una explicación.
Acaso los adolescentes conectados de ahora no compartan esa ingenua convicción, pero dicen que la filosofía está de moda fuera de las aulas, y que mucha gente acude a ella y la demanda para aliviar las dolencias del vivir alborotado. Es otra buena noticia, y un buen síntoma. Porque la filosofía no curará a lo mejor las heridas de la vida, pero sí servirá al menos para mitigar el sentimiento de intemperie y la general desorientación que nos aquejan.
También, eso seguro, para aprender el arte de razonar y poner en práctica lo que la palabra en su sentido etimológico significa: amante de la sabiduría. Dio ejemplo de esto último uno de los grandes filósofos, Sócrates, que, mientras le preparaban la cicuta, aprendía un solo para flauta. "¿De qué te va a servir?", le preguntaron. Y respondió: "Para saberla antes de morir". Fue esta su última enseñanza. Otra es la de su frase más conocida, "Solo sé que no sé nada", toda una lección de humildad, pues sin duda el primer paso en el camino del saber es el reconocimiento de la propia ignorancia.

                                                       (La Razón, 5 de noviembre de 2018)

                                      

lunes, 5 de noviembre de 2018

A vueltas con el nomenclátor


El de Barcelona, que lo quieren alterar otra vez. Por la Avenida de Borbó en esta ocasión. Les desazona al parecer, a los que mandan en el Ayuntamiento, ese rótulo, y lo van a cambiar por 'Els Quinze', en recuerdo de los quince céntimos que costaba el tranvía que llegaba hasta allí a principios del siglo XX. Antes fue un almirante y ahora es una dinastía ("con una huella particularmente infausta y desafortunada en España y Cataluña", Pisarello dixit). Pero quién sabe, a lo mejor el día menos pensado la toman con otros de menor rango en el escalafón. Los escritores, por ejemplo. Hay precedentes. En Sabadell, sin ir más lejos, y hace poco más de un año. El poeta Antonio Machado fue el señalado. Por "españolista", argumentaron desde el consistorio. Se armó un revuelo y los impulsores del desaguisado no tuvieron más remedio que recular. Hasta se organizó luego un acto de desagravio, y ellos medio se apuntaron.

Claro que en Barcelona lo van a tener, si es que les da por ahí, muy complicado. Porque son más de sesenta los escritores en lengua castellana a los que la capital catalana ha honrado dedicándoles una calle, una plaza, un paseo o un jardín. Repartidos por toda la ciudad, y en todos los distritos, excepto el Eixample. Se lleva la palma el de Horta-Guinardó, que no tiene barrio sin su calle con nombre de escritor: Alfons el Savi, Campoamor, Jorge Manrique, Juan Valera, Calderón de la Barca, en la que confluye Alcalde de Zalamea... Le sigue Nou Barris, donde abundan los poetas: Antonio Machado, García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández... Vienen luego Gràcia (Bécquer, Pérez Galdós, Quevedo...), Sant Andreu (Garcilaso, Rubén Darío...), Sant Martí (Espronceda, Lope de Vega...) y Ciutat Vella: Jovellanos, Cervantes... Que da nombre también a un parque y que trajo a su don Quijote a Barcelona, de la que dijo, entre otros elogios, que era "archivo de la cortesía".

                                              (La Razón, 29 de octubre de 2018)

lunes, 29 de octubre de 2018

Diccionario de un leído de aldea


concejo. Reunión abierta de todos los vecinos de un pueblo para tratar asuntos de interés público.
concierto. Vengan al campo al atardecer en primavera si quieren oír un buen concierto de música sinfónica, que toca allí todas las tardes la real orquesta filarmónica de los pajarines, con solos de ruiseñor y acompañamiento de mirlos, currucas, andarríos, verderones, petirrojos, reyezuelos, zorzales,  sietecolores, herrerillos, relinchones, carboneras, pinzones, estorninos, arrendajos, revolinguinas, pitos reales y gorriones. (Y los señores cuervos posados en lo alto de unos chopos observándolo todo desde lejos con displicencia y graznidos de desaprobación.)
concupiscencia. Arder en las brasas de la concupiscencia.
conductor. Para los niños de aldea cuando yo lo era, una profesión casi mágica, y teníamos al que la ejercía en grandísima consideración, como a alguien investido de algún poder misterioso; y por encima de todos, al conductor del coche de línea. 
conferencia. Una de dos: o se pronuncia o se dicta, no caben medias tintas.
conversación. De las más amenas, la que se traen en el hogar los pucheros y la lumbre, porque ni la una ni los otros están callados un momento.
coquetería. La de los árboles cuando se miran en el río.
corito, ta. Desnudo: “Andaban coritos por la casa”.
corneja. Se empeña en aparecer siempre en el lado izquierdo de los caminos y grazna como una corneta desafinada.
correveidile. Persona que lleva y trae cuentos y chismes. En el diccionario es tenida como ejemplo de familia bien avenida: son cinco (corre, ve, y, di, le), llevan juntas varios siglos (desde 1693, según el Diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas) y no tienen intención de separarse.
cosa. 1 La más servicial y obediente de todas las palabras, la que está siempre dispuesta a ocupar el lugar de las demás, la que encubre olvidos y se aviene a sacarnos de un apuro: cualquier cosa es una cosa. 2 Los nostálgicos hablan siempre de las de antes.
coser. ~y cantar. Dos nobles ocupaciones para entretener las tardes de invierno, robándole al sol los hilos de algún rayo en el balcón, o aprovechando el haz de luz que recoge la ventana, o dejándose acompañar por el bisbiseo de la lumbre en la chimenea.
costumbre. 1 Suave es su yugo. 2 La comodidad de ir por el carril de la costumbre.
costurero. En él guardaban mi madre y las mujeres de esta aldea las únicas joyas que solían engalanar sus manos: el dedal, los imperdibles, los broches y corchetes, las tijeras, la cinta de medir, los hilos y el acerico con los alfileres y las agujas de coser.
cresta. Del gallo, de la montaña y de la ola. De las tres, la más altiva y orgullosa es la del gallo, y la única propia y genuina; las otras dos, mera copia y aproximación, se conforman con tratar de imitarla.
cristiano, na. Ser cristiano en los tiempos que corren y en el mundo en que nos ha tocado vivir (véase mundo) lleva camino de convertirse en una estrafalaria y anacrónica herejía. Y qué gusto lo de ser hereje y estrafalario en un mundo uniforme.
cuco. También cuclillo, pero en la aldea es el pecu, así llamado porque fue a la escuela y solo aprendió esas dos letras, que repite incansable las mañana de primavera escondido por el monte: pe-cu, pe-cu…
crítico. ~literario. El que se afana y tiene por oficio encontrar en una obra todas aquellas cosas que el autor nunca pensó ni pretendió poner en ella.
crotorar. Es el sonido que hace la cigüeña cuando choca rápidamente la parte superior del pico contra la inferior: “Ya está la cigüeña machacando el ajo”, decimos en la aldea, porque el ruido del mazo al golpear el ajo en el mortero o el almirez es muy parecido. 
cuello. “¡Te voy a retorcer el cuello”: ¿se lo habrá dicho alguien alguna vez a una botella?
cuerpo. Huésped del alma, le llamaba santa Teresa.
cuervo. 1 El símbolo de la noche. 2 Antes que a la paloma, Noé soltó un cuervo, que no volvió al arca, sino que “estuvo volando, yendo y viniendo, hasta que se secaron las aguas sobre la tierra” (Génesis 8, 7-8). “Después –continúa el relato bíblico- soltó una paloma, para ver si se habían secado las aguas sobre la superficie de la tierra. La paloma, no encontrando dónde posarse, volvió de nuevo al arca, porque las aguas cubrían la superficie de toda la tierra. Noé sacó la mano, la agarró y la metió en el arca. Esperó siete días más y de nuevo soltó la paloma fuera del arca. Y por la tarde volvió, trayendo en su pico una rama de olivo. Así conoció Noé que las aguas no cubrían ya la superficie de la tierra. Esperó otros siete días, y de nuevo soltó la paloma, que ya no volvió más” (Génesis 8, 8-12). Lo que plantea una cuestión: si la paloma volvió porque no encontró dónde posarse, ¿por qué no hizo lo mismo el cuervo? Y otra más: ¿cómo fue capaz el cuervo de aguantar tanto tiempo –días y días enteros- sin posarse, “yendo y viniendo” en el aire? Y por último: ¿por qué Noé se despreocupó del cuervo y nada se nos dice en el libro sagrado sobre su paradero, si se salvó o pereció, si se ahogó en las aguas del diluvio o sobrevivió? A lo mejor de ahí le viene su carácter hosco y retraído y ese acostumbrado vagabundeo que aún practica. 3 Forma parte de su condición no mostrar interés alguno por el género humano, al que tiene estrictamente prohibido agasajar, como lo prueban sus hábitos huraños y lo desentonado de sus graznidos.
culo. Tenía un culo rotundo, enciclopédico.
cuñado, da. ¿Ofende al oído por el timbre de la palabra en sí o por lo que significa?
curioso, sa. Se aplica a la persona que hace las cosas bien, con esmero y cuidado.

lunes, 22 de octubre de 2018

Sin Nobel de Literatura


Tocaba por estas fechas, pero este año nos vamos a quedar sin Nobel de Literatura. Por culpa, según parece, del marido de una de las señoras académicas del jurado, que se ha apuntado también a lo de los abusos y corruptelas. Con la imagen de circunspección y seriedad que transmitía la noble institución de la Academia Sueca. Pero se conoce que de puertas para dentro en todas partes cuecen habas. O a lo mejor es que el marido de marras, seguramente convencido de que la literatura es copia y espejo de la vida, lo único que quiso fue brindar un argumento a futuros candidatos: filtración de nombres, oscuras intrigas económicas, agresiones sexuales...
En fin, que este año no ha habido quinielas con el nombre del galardonado, y los eternos aspirantes (Murakami, por ejemplo, porque Philip Roth nos dejó en primavera) no pasarán el mal trago de la decepción, y las editoriales habrán de aguardar doce meses a que a una de ellas le caiga el maná, y hasta octubre que viene los señores académicos podrán seguir leyendo -es un suponer- a todos los candidatos.
No es la primera vez que esto sucede desde que en 1901 se otorgó el primer galardón, pero los huecos se debieron siempre, excepto el de 1935, a causas mayores: 1914 y 1918, por la Primera Guerra Mundial, y de 1940 a 1943, por la Segunda.
Pero quién sabe, acaso esta pausa les sirve para recapacitar y a partir de ahora se dejan de componendas y no vuelven a preocuparse por si contentan o no a un determinado país o régimen político y desechan las anteojeras ideológicas a la hora de votar. Que de todo ha habido. Por ejemplo, olvidarse de Galdós y premiar a Echegaray. Aunque, para olvidos, los de Tolstoi, Proust, Ibsen, Kafka, Nabokov... Y el de Borges, clamoroso. Claro que también hubo quien rechazó el premio: Pasternak, obligado por el gobierno soviético, en 1958, y Sartre, en 1964.
Nada, que como no va a haber un premio Nobel que comprar, este año toca volver a los clásicos.

                                      (La Razón, 15 de octubre de 2018)

lunes, 15 de octubre de 2018

Pensiones


Referiré un par de historias, verídicas y transcurridas en España: la primera oída en la niñez y la segunda leída en los periódicos.
1 Camina apoyado en dos muletas y a duras penas se puede valer por sí mismo. Va ya por los sesenta arriba y lleva tiempo, más de diez años, en ese estado. Sentado a la puerta de su casa ve pasar los días y las gentes que se afanan. Los conoce bien, los días y sus afanes, porque son los mismos que, hasta que le rindió la enfermedad, ocuparon toda su vida: arar y sembrar las tierras, segar la hierba de los prados, atender a los animales... Lo justo para ir tirando y guardar algún ahorro. De estos últimos tira ahora, qué remedio. Pero no se puede quejar, porque vive en su casa con una hermana, soltera como él, que cuida además un pequeño huerto y media docena de gallinas. Por eso respondió como respondió a la carta en que se le comunicaba que le había sido concedida una pensión: "que no podía aceptarla, que otros habría que la necesitaran más que él". Así con estas mismas palabras lo escribió sin titubear y muy convencido de que llevaba razón.
2 Su nombre es conocido más allá de los círculos en que se mueve, está acostumbrado a salir en los periódicos y en los últimos años se ha asomado alguna que otra vez a las pantallas de la televisión. A lo largo de su carrera profesional, dilatada en el tiempo y ligada inexorablemente a las finanzas, ha tenido siempre por horizonte las ventanas de un despacho. Le avalan su gestión y un sinfín de cargos. De algunos, muy a su pesar, se ha visto obligado a desprenderse. A otros, los más sustanciosos, se sigue aferrando. ¿Qué va a hacer él si no puede seguir ejerciendo? Pero la edad no perdona, y las intrigas, y los nombramientos que aguardan... En fin, que las circunstancias mandan, le ha llegado la hora de irse a casa y la empresa en pago a sus servicios le remunera con una generosa pensión dicen las malas lenguas que millonaria.

                                (Publicado en La Razón el 8 de octubre de 2018)



miércoles, 1 de agosto de 2018

Latines


A don Emérito le traté por vez primera hace ya una buena alforja de años, cuando estaba yo aún saliendo de la edad rapaz. Fue por el verano, en el pueblo, y con ocasión de pasear algunas tardes por la carretera con un tío cura y dos monjas, primas lejanas de mi padre. No era raro en esos paseos que se hablara a ratos de cosas altas del espíritu y de cosas bajas mundanas. Las monjas, como no estaban acostumbradas a andar por el campo, veían a Dios en cualquier detalle, en un roble copudo, en unas flores a la orilla de un arroyuelo, en una puesta de sol…, y don Emérito, con la aquiescencia del tío cura, las amonestaba y les advertía que corrían peligro de caer en panteísmo. Recuerdo que una de las monjas nada más oírlo preguntó si eso era una herejía y don Emérito le contestó que sí, y de las que pasaban inadvertidas, que eran las peores.
Y mira por dónde el discurrir de la casualidad me lo hizo tropezar este mismo verano pasado una mañana azul del mes de julio en la plaza de las Palomas de León.
–¿Quo vadis? –me preguntó después de saludarme con inusitada afabilidad.
Le hice un gesto vago y él me señaló con el mentón un banco vacío.
–Se conserva usted muy bien, don Emérito.
–La mesa regalada y la sana holganza. Ah, y los buenos libros que dan provecho. ¡Mens sana in corpore sano!
Don Emérito se acomodó a sus anchas en el banco, espantó con un aspaviento un corro de palomas y se puso a hurgar en las profundidades de la sotana.
–¿No se la quita nunca?
–¡Quia! ¿Me ves a mí disfrazado con el clergyman ese del Corte Inglés, o en atuendo de jubilado menestral?
De algún bolso disimulado por allá dentro extrajo goloso un paquete de Ducados.
In diebus illis fumaba cuarterón, y mira con lo que me tengo que conformar ahora.    
Aspiraba con fruición el humo y en el rostro se le dibujaba el ademán solemne de las hondas cavilaciones del espíritu.
–Pero, a sus años, tiene que mirar por la salud…
–Ñoñeces de los médicos, que andan empañados en que vivamos siempre en cuaresma. Gracias al tabaco tengo la cabeza bien ventilada, los pulmones no lo sé. Y si te rige la de aquí arriba lo demás también.
Don Emérito refunfuñó por lo bajo y se revolvió con pesadumbre para aplastar la colilla en el suelo.
–Pasa lo mismo que con el peso –continuó con tono quejoso–. ¿A qué santo tanta aprensión con las redondeces de la cintura? Acuérdate de que el mismísimo Tomás de Aquino apoyaba en la ladera de su estómago los libros cuando leía, y hasta dicen que el papel en que escribió la Summa. No de la dieta sino de la abundancia brotan los frutos de la sabiduría. ¡Primum vivere, deinde philosofari! 
Se quedó callado un momento y exclamó luego con voz tronante:
–¡Veinte kilos dice el galeno del hospital de Regla que me sobran, habrase visto ignorancia tanta! Se consagra el patrón escuálido de lo que encoge y se condena la chicha sabrosa que desborda: o tempora!, o mores!  
–Es que, don Emérito…–le interrumpí con tiento, y muy oportunamente, porque él, como averiguándome el pensamiento, prosiguió de esta manera:
–Sí, ya sé que la doctrina predica la frugalidad, y que no se aviene esta con un estómago generoso como el mío… Y que si el decoro clerical, y que si patatín y que si patatán… ¡Pamplinas! Lo único que lamento es esta figura con geometría de tonel que el espejo me devuelve, y que es la que tiene la culpa de que se me haya estropeado la buena caída de la sotana.
Un grupo de jubilados apostados en torno a un banco próximo se estaba empeñando en abrir un foro de discusión que principió con la política municipal y amenazaba con encumbrarse a la nacional, y don Emérito se soliviantó. Algunos transeúntes se detenían un momento, calibraban el alcance y contenido del improvisado debate, posaban fugazmente la vista en la sotana de don Emérito y se alejaban calle Mayor arriba sin tenerlas todas consigo.
–¡Anda, vámonos de aquí! –me conminó agarrándome del codo.
Por quién sabe qué secreta querencia pusimos rumbo sin mediar palabra ni previo acuerdo en dirección a los aledaños del Húmedo, y por el camino se me vino a la mente preguntarle a don Emérito si al fin su reiterada porfía por formar parte del cabildo catedralicio con el cargo de canónigo sochantre había obtenido el resultado apetecido, pero me detuve ahí, en el mero pensamiento, por si acaso se alteraba su andar pacífico.
–¿Entramos? –le invité al pasar por delante de una concurrida taberna que lucía en el cristal una copiosa lista de ofrecimientos.
–Que me place.
Lo hicimos después de dejar que escurriera el tropel atropellado de una jarca algo atolondrada de mozuelos.
–Dos copinas de orujo –se adelantó don Emérito al ademán del camarero–. Pero del bueno, ¿eh?
Y a renglón seguido, para calmar el mohín de sorpresa que a lo mejor no había sabido yo disimular:
–El orujo arranca las telarañas del esófago y orea los rincones del cerebro, ¿lo sabías?
Bebió la suya de un trago luego de alzarla fugazmente al techo como si fuera un cáliz:
In vino veritas –proclamó-. Ya lo dijo el sabio.
El camarero se acercó solícito, pero don Emérito le disuadió con toda la autoridad de su mano extendida:
Festina lente, Eutiquiano, que no ha bajado todavía la del desayuno.
Se ensimismó a continuación mientras rebuscaba otra vez en la sotana con qué entretener los dedos.
–¿Se puede? –y sin esperar la respuesta de Eutiquiano el camarero encendió con estudiada parsimonia otro cigarrillo.
Las volutas del humo le entrecerraban los párpados y, apercibido del carraspeo de un parroquiano contiguo, se apresuró a cambiar de postura y retraer momentáneamente al culpable bajo la palma de la mano.
–¿Para cuándo la jubilación, don Emérito?
Se me quedó mirando con una pizca de suspicacia.
–Para ayer –y se acercó sin más a la puerta, apagó la colilla en el cenicero de la entrada y volvió sacudiendo con garboso meneo la sotana.
Me miraba ahora de soslayo, complacido sin duda por el presumible desconcierto de su lacónica respuesta.
–Me jubilaron –confesó al cabo pesaroso–. Va ya para dos años. Tuve ciertas  diferencias con el obispo y la camarilla episcopal. Peccata minuta, pero ahí me tienen confinado en un convento consolando a un puñado de monjitas. Apartado de la feligresía seglar, que era lo mío. Y también de las clases en el seminario, por incitación a la iconoclastia según el informe del chupatintas diocesano. Pero qué le vamos a hacer: Sic transit gloria mundi!, como dice el Kempis.  
–He oído que sus sermones…
–Sí, ya sé que corren voces por ahí sobre el particular. Cada uno es libre de predicar según sus alcances, y qué tiene de malo hacerlo sobre la vida perdurable de allá arriba, o séase la parcelita en el paraíso, pero sin renunciar a la vida saludable de aquí abajo. O sobre la forma y manera de acomodar el vivir y el razonar, que es en los humanos lo más difícil. Sigo en esto mi máxima favorita: “Iguala con la vida el pensamiento”. Es un verso de Nicolás Fernández de Andrada, un gran poeta. ¿No lo leéis en las aulas? ¿No? ¡Así os salen de lelos y desnortados esos pobres adolescentes, ayunos del latín y de la poesía clásica!         
Seguimos luego hablando un rato de esto y de lo de más allá, hasta que don Emérito consultó el reloj, se llevó acto seguido las manos a la cabeza, soltó un improperio y se despidió con un precipitado abrazo.
Salutem plurimam! –me dijo desde la puerta.
Se fue él y me quedé yo, entretenido en revolver las aguas quietas del tiempo ido. Y por el río de la memoria abajo volví  a aquellos años rapaces en que el calendario litúrgico, el novenario y las festividades religiosas marcaban el paso de las estaciones: los Reyes y el aguinaldo; las candelas; la cuaresma, con el calvario al mediodía nada más salir de la escuela, los santos de luto en los altares y los viernes de ayuno y abstinencia; san José y su correspondiente novena (“Patriarca José bondadoso…”, se cantaba al final); la semana santa de viacrucis, oficios y carracas, que las campanas se quedaban mudas hasta el sábado de gloria; el rosario del mes de mayo; la novena del Sagrado Corazón y las flores del Corpus…
Y el latín, la lengua de Dios, que se bastaba por sí solo para dar realce al ceremonial litúrgico. Un ceremonial que prendía en los ojos niños porque tenía el misterio de los ritos sagrados, la magia de lo desconocido, el hechizo de lo incomprendido. Por eso asistíamos con admirada atención a los oficios religiosos, que no eran como lo son ahora sosos, desangelados y asépticos (sirva como demostración y ejemplo el recuento apresurado de las tareas asignadas a los monaguillos: encender y apagar las velas, acercar y retirar las vinajeras, tocar la esquila, levantarle la punta de la casulla en la consagración al celebrante, sostener la bandeja por debajo de la barbilla de los comulgantes sin rozarles el cuello, cargar con el misal abierto en el atril y cambiarlo del lado de la epístola al del evangelio haciendo a medio camino una genuflexión, preparar el incensario, ayudar a vestir y desvestir al sacerdote en la sacristía…).
¡El latín! La de palabras y expresiones que sin esfuerzo y a fuerza solo de oírlas y repetirlas aprendimos de esa lengua: oremus, repetía el señor cura en la misa levantando los brazos al cielo; acababa el introito y entonaba el gloria in excelsis Deo; lectio epistolae beati Pauli apostoli…, solía principiar la epístola; in illo tempore era el comienzo habitual del evangelio. Y venían luego el credo, y el sanctus, y el dominus vobiscum (et cum spiritu tuo, respondían los fieles) y el sursum corda (habemus ad dominum, era la réplica) del prefacio, y el orate, fratres, y el pater noster, y el agnus Dei (…qui tollis peccata mundi, así continuaba), y el corpus Christi con que se acompañaba el acto de la comunión, y así hasta acabar con el ite, missa est. Lo mismo ocurría por la tarde en el rosario en llegando a la letanía: domus aurea, turris eburnea, ianua coeli, stella matutina…, iba murmurando el señor cura, y ora pro nobis contestábamos desde los bancos.
También los cantos los distinguíamos por el nombre latino: el Pange lingua, el Te Deum, el Libera me, Domine, el Miserere, el Dies irae , el Tantum ergo (…sacramentum: “Tanto negro sacramento”, según cantaba una devota de Pedrosa del Rey, pueblo hoy sepultado bajo las negras aguas de un pantano), el Veni, Creator, el Salve, Regina…, y algún otro que se me queda en el tintero.
Y así otros muchos ejemplos si algunos impostergables quehaceres no me hubieran impedido continuar un rato más en aquella taberna de los aledaños del Húmedo tirando de los hilos del recordar. Pero, ay,  tempus fugit, que diría el susodicho, cuyo reencuentro sirvió para darle un hilván a esos hilos y a este escrito.