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lunes, 14 de octubre de 2019

La Barcelona de Rovira i Trias


En abril de 1859, hace ahora 150 años, el Ayuntamiento de Barcelona convocaba un concurso para elegir el proyecto de ensanche de la ciudad. En octubre de ese mismo año se resolvió el concurso, al que concurrieron trece proyectos, y resultó ganador por unanimidad el de Antoni Rovira i Trias.  Pero el Ministerio del Interior desestimó la decisión del consistorio barcelonés y apostó por el plan Cerdà, que fue el que se llevó a cabo. 
El proyecto de Rovira i Trias proponía una estructura radial formada por seis grandes avenidas que, partiendo de una gran plaza central, la actual Plaza de Catalunya, conectaban con los pueblos de la periferia: Sants, Sarrià, Gràcia, Sant Andreu y Sant Martí.  Y para que la integración de estos pueblos resultara más armónica, los espacios comprendidos entre las avenidas se subdividían en barrios y sectores bien diferenciados que formaban una especie de malla o red alrededor del núcleo urbano, tal como se había hecho en la reforma de algunas capitales europeas, como Viena o París.
Pero si el nombre de Rovira i Trias no va ligado al Ensanche, sí perdura en numerosas obras de la ciudad, como los mercados de Sant Antoni, Hostafrancs, el Born, la Barceloneta o la Concepción, la fuente de las Tres Gracias en la Plaza Real o el campanario de la plaza Vila de Gràcia. Y en Gràcia, precisamente, y para honrar su memoria y la importancia de su legado, el consistorio barcelonés le dedicó una plaza, que aún hoy conserva todo el sabor y el encanto de una plaza de barrio, con el añadido de que en los establecimientos que la circundan pueden los vecinos satisfacer todas las necesidades de la vida cotidiana. Edificada en 1861, está presidida por una escultura de bronce del arquitecto con una placa a sus pies que reproduce su proyecto fallido, la Barcelona que pudo haber sido y no fue.

                       (La Razón, 7 de octubre de 2019)

lunes, 7 de octubre de 2019

Ni lápices ni relojes


Rescato dos noticias de este verano que con la algarabía de las vacaciones pasaron desapercibidas.
La primera: Ikea retira sus lápices de madera. Se habían convertido en un símbolo de la casa, que los entregaba gratuitamente al cliente con cada compra. ¿Las razones de tal decisión? Según la propia multinacional sueca, la necesidad de adaptarse a los nuevos hábitos del consumidor, que, de acuerdo con los resultados de una encuesta realizada al efecto, se manifestó mayoritariamente en favor de las nuevas tecnologías. Conque ese viejo artilugio de grafito recubierto de madera que empezó a fabricarse allá por el siglo XVIII, al baúl de las antiguallas. Y tendrán razón, cómo se le va a ocurrir a nadie a estas alturas ponerse a apuntar su lista de productos en un papel teniendo siempre a mano el teléfono móvil. Aunque a uno le dan ganas de coger una libreta, ponerse uno de esos icónicos lápices en la oreja como hacían los antiguos tenderos y pasearse por la tienda anotando precios y productos para contrarrestar los efectos de la susodicha encuesta.
La segunda: Los colegios británicos retiran los relojes analógicos de las aulas porque los alumnos no entienden lo que dicen las manecillas, esto es, que no saben leer la hora. Acostumbrados como están a los formatos digitales, cómo van a poder interpretar el significado de esas agujas que se mueven tan despacio. De modo que adiós al reloj de la pared que ponía orden en el tiempo de las aulas, y se acabó el mirar las manecillas deseando que corrieran más deprisa para acabar pronto la clase, o al revés, que fueran más despacio en el trance siempre comprometedor de los exámenes. Aunque, al parecer, esto último ha sido otro de los motivos esgrimidos para retirarlos, dado que su presencia en las aulas no contribuía a mantener relajados a los alumnos; al contrario, les causaban un estrés innecesario.  

                  (La Razón, 30 de septiembre de 2019)

martes, 1 de octubre de 2019

Vuelta a la escuela

No había que comprar libros de texto nuevos, porque únicamente estudiábamos la enciclopedia Álvarez, y por eso no necesitábamos tampoco ni mochila ni nada parecido.
En la pizarra de cantos de madera que llevábamos bajo el brazo nos ponía el señor maestro las cuentas -de las cuatro operaciones, y, en el caso de los más espabilados, la regla de tres simple- y los problemas, por lo común referidos a actividades de compra y venta de los productos de primera necesidad.
Nunca tuvimos estuche, para qué si no hacía falta, en cada mesa o pupitre había, justo en el centro, un agujero redondo, y en él, un recipiente de cristal que hacía las veces de tintero colectivo donde mojábamos la pluma -con mango de madera- para escribir.
El material escolar propiamente dicho y de uso particular lo guardábamos en los cajones de la mesa, cada uno en el suyo: los lápices (lapiceros, los llamábamos, y los mejores eran los que llevaban goma de borrar en la parte superior, y si no, los que venían decorados con la tabla de multiplicar), la goma de borrar, el papel secante para los borrones de tinta, el papel calcante para calcar mapas y otros dibujos especialmente difíciles, las pinturas (de Alpino, de seis, de doce... ¡o de veinticuatro!, que era el no va más, pero estas había que esperar siempre a ver si las traían los Reyes)...
Luego, a principios de la década de los sesenta, como consecuencia a lo mejor del plan de desarrollo famoso, llegaron los bolígrafos, los primeros de todo los de la marca Bic: ¡la ilusión que nos hacían aquellos pequeños estuches de plástico con dos dentro, y de distinto color, rojo y azul, o de tres, azul, rojo y negro!

       (La Razón, 22 de septiembre de 2019)

martes, 24 de septiembre de 2019

Días civilizados

El señor verano, en estos últimos días, abochornado acaso por sus rigores extremos, ha decidido al parecer tomarse unas vacaciones y, como hacían los reyes antiguos, que, cuando se hartaban del barullo de la corte se iban derechos a Babia a ejercitarse en la contemplación de la naturaleza  y las virtudes del silencio, se ha retirado a descansar. 
Y enseguida el otoño, que acecha impaciente todo el año por volver, se ha apresurado a asomar la cabeza con vistas a preparar el terreno y otear un poco el panorama. 
Por delante ha mandado a sus emisarios a poner un poco de orden, la lluvia en primera línea, una lluvia minuciosa como la del verso de Borges, con una luz más limpia de no usada, y un aire que se respira como nuestro cerrando la expedición. 
Las mañanas así recién lavadas invitan a hojear tranquilamente la vida en el café, al lado del ventanal, observando de paso el rito de las gotas, que compiten entre ellas a ver cuál tarda más en caer, cuál aguanta más ahí agarrada con uñas y dientes a la superficie resbaladiza del cristal, cuál se detiene a tiempo o tropieza con algún obstáculo o encuentra algún asidero antes de llegar al precipicio y caer al suelo. 
Los paraguas entre tanto celebran en procesión por la calle la recobrada libertad y continuamente se hacen reverencias unos a otros con deferente cortesía. 
¡Por fin volvemos a casa con los zapatos mojados, por fin hacemos de nuevo las paces con el sol amigo, por fin son otra vez benévolas las primeras horas de la tarde!
(Y adiós a la hermana mosca pendenciera, y al triste aliño indumentario de camisetas y bermudas, y al reclamo inmisericorde de la holganza, y a la felicidad obligatoria y programada de las vacaciones. )
Lo dicho: días civilizados, y lo mismo el clima, la calma y los quehaceres.

               (La Razón, 15 de septiembre de 2019)

lunes, 16 de septiembre de 2019

Baños de bosque


Así podría traducirse lo que los japoneses denominan "shinrin-yoku", una curiosa y muy recomendable actividad que consiste en dar un largo y tranquilo paseo por el bosque. Claro que para que el paseo surta los efectos deseados ha de ir acompañado de una serie de ejercicios inspirados en la tradición budista y sintoísta que propugna la comunicación sensorial con la naturaleza como medio para alcanzar una vida más serena y relajada. Dichos ejercicios, que el paseante puede llevar a cabo por sí solo o bajo la supervisión de monitores expertos, se resumen en estos seis principios básicos: "Respira, relájate, camina, toca, escucha y recupérate".
Seis principios que ni pintados para combatir la ansiedad y el estrés de la vida moderna, de ahí que millones de japoneses recurran habitualmente a esta terapia natural, tan fácil de aplicar. Conque muy bien podría dedicarse alguno de estos últimos días del verano a perderse un rato en cualquier bosque y ponerlos en práctica.
Los tres primeros no necesitan aprendizaje y basta con un poco de concentración. El cuarto es un acto de reconocimiento y sociabilidad con los habitantes del bosque, que son animados y no inertes, y así tocamos como si saludáramos el tronco rugoso del roble y de la encina, o el liso del haya y el abedul, o el áspero y resinoso del pino, y todos a su modo nos corresponden. El quinto no requiere más que una pizca de atención y es una fiesta para el oído, por lo ameno y variado del repertorio: los gorgoritos y el parloteo de los pájaros, la charla que se trae de continuo el aire con las hojas, el momentáneo estrépito de un vuelo, el chasquido de una rama, el son del agua en algún arroyo escondido, las consignas secretas que intercambian aves, árboles y animales para defender su territorio...
En fin, que un buen baño de bosque y como nuevos para enfrentarse al síndrome posvacacional.


                                               (La Razón, 9 de septiembre de 2019)

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Variaciones sobre el tema de la aguja


1
Cansado de buscar, se quedó al fin dormido en lo más oscuro del pajar. Y al despertar, allí estaba la aguja.

2
Con las prisas, me salté unas cuantas páginas del planteamiento y a mitad del nudo perdí el hilo. Por suerte, la aguja estaba en el desenlace.

3
Estaba leyendo, perdí el hilo y encontré la aguja: estaba en el pajar.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Libreta de apuntes


Leer
1
Leer en voz alta, como dicen que se leía siempre hasta allá por el siglo X y como se hacía también en las hilas de los pueblos de la montaña de León las noches de invierno, por turno el lector, y los que escuchaban atendían mientras tanto y sin levantar la vista a la labor que les tenía ocupados, la costura en el caso de las mujeres y la reparación de alguna herramienta en el de los hombres.
Y cómo delata la buena prosa una lectura en voz alta, y qué pocas obras salen indemnes del envite.
2
Releer: recordar, redescubrir, reaprender, reaprehender, redisfrutar y repasar tantas cosas como se habían ya olvidado.

Escenas costumbristas de la vida urbana
1
Un partido de fútbol en que veintidós jugadores -y da igual que sean menos-, la mayoría con barriga o medio cojos, compiten amistosamente por reverdecer glorias pasadas.
2
Un perro tirando de su amo atado a la muñeca por el parque.
3
Un ama de casa que se abre paso por la acera como si condujera un blindado en dirección a las trincheras enemigas (los turistas las llevan detrás, fierecillas domesticadas rezongando en voz baja sin parar).

Profesores de instituto
Es profesión noble, aunque oscura al decir del tópico, y la han ennoblecido aún más algunos ilustres de la pluma que dedicaron a ella alguna parte de su vida, como Antonio Machado, que es el patrón del cuerpo, o Gerardo Diego, autor del poema (Brindis se titula) que se lee todavía hoy en muchos institutos para solemnizar la despedida por jubilación de algún miembro del claustro.