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lunes, 16 de diciembre de 2019

Prestigio del pesimismo


Los budistas sostienen que hay ciento veintiún estados de conciencia, y que, entre estos, solo tres están relacionados con la desgracia y la tristeza.
Y qué extraño y curioso que esos tres estados sean el centro de interés del noventa por ciento, y me quedo corto, de la literatura y el arte occidentales de los dos últimos siglos. Pues, en efecto, si hay un sentimiento que defina esa literatura y ese arte, y la cultura toda en general, no es otro que el pesimismo. Un pesimismo que, según las modas y corrientes, se reviste o se adorna con diferentes nombres y ropajes: soledad, tristeza, desengaño, desencanto, melancolía, desesperanza (y desesperación), desazón, congoja, pesadumbre, desasosiego, decepción, rebeldía, insatisfacción, fracaso, tedio, hastío, resentimiento, frustración, dolor, zozobra, infelicidad, angustia, inadaptación... Especialmente en la literatura, desde el Romanticismo hasta nuestros días, y muy en particular en el caso de la novela moderna, que alguien definió como "la búsqueda de valores auténticos por parte de un individuo problemático en un mundo degradado".
En efecto, el mundo que en ella se describe y retrata es esencialmente, si no caótico, por lo menos inquietante y turbulento; de ahí que prevalezca en la mayoría de los casos una perspectiva desengañada y pesimista, además de crítica. Baste con repasar algunos de los autores de más renombre, que reflejan en sus obras la crisis de valores de la sociedad contemporánea: el fracaso amoroso que conduce al suicidio en Los sufrimientos del joven Werther, de Goethe; la insatisfacción interior que lleva a la protagonista al mismo final en Madame Bovary, de Flaubert; las situaciones angustiosas por las que pasan la mayoría de los personajes de Dostoievski; el sentimiento del absurdo que preside las creaciones de Kafka y de Camus; el encumbramiento, en fin, de la figura del antihéroe, del perdedor, del inadaptado, como personaje central de la narración y emblema o símbolo representativo de la sociedad.
     (La Razón, 9 de diciembre de 2019)


lunes, 9 de diciembre de 2019

Sesentones


Nacimos en la década de los cincuenta del siglo pasado -¡tempus fugit!-, cuando ya las penurias de la posguerra habían amainado y el alcalde de Villar del Río le daba la bienvenida a Mr. Marshall.
Muchos veníamos del campo, y dejamos la servidumbre del arado para ponernos a estudiar, que era un pasaporte, casi un seguro de vida, porque un título, nos decían en casa, abría muchas puertas. Había que sacarse el  de bachillerato, o por lo menos el cuarto y reválida, y para eso estaban las academias nocturnas, que permitían compaginar los libros y el trabajo. Con todo, las escaleras para subir no eran muy estrechas y un aprendiz podía llegar con un poco de suerte y constancia a sentarse en los despachos de la planta con mejores vistas. (Aun así se nos notaba que éramos de pueblo, y ser de pueblo y haber tenido una infancia campesina, de la que ahora tanto nos enorgullecemos, por lo que nos enseñó, imprimía carácter.)
Nos dejamos el pelo largo porque queríamos ser rebeldes y parecernos a los Beatles y los Rolling, y llevados del optimismo o la ingenuidad, en algún momento llegamos a pensar que el mundo estaba bien hecho. Eran tiempos de despistada juventud, pero teníamos la impresión, más bien la seguridad, de que íbamos a vivir mejor que nuestros padres. No habíamos perdido del todo la fe en algunas utopías, pero, por si acaso, había que presentarse a las oposiciones o buscar un trabajo fijo de los que duraban para siempre. Y cuando vino la democracia, ya la edad nos aconsejaba que era hora de tomarnos la vida en serio, esto es, de ir pensando en la entrada para el piso, los plazos de los muebles y esas cosas.
Hoy andamos con el tema de la jubilación, que es final de trayecto y principio de otro cuyo trazado y duración resulta aventurado predecir.

     (La Razón, 2 de diciembre de 2019)

domingo, 1 de diciembre de 2019

Lecturas populares


En España se lee muy poco, según constatan unánimemente las estadísticas, y a la hora de buscar las causas, no son pocos los que, sobre todo en estos últimos años, lo achacan a esos cachivaches tecnológicos que todo el mundo lleva consigo a todas partes y que, dicen, han venido a sustituir a los libros.
Y aquí  entraría, como tristísimo corolario, el goteo casi continuo de librerías que no han tenido más remedio que bajar la persiana. O de editoriales como Círculo de Lectores, que en la década de 1990 llegó a contar con más de un millón y medio de socios y que desde 1962, año en que se fundó, puso lo que suele llamarse "buena literatura" al alcance del gran público. Porque ahí, en la separación el abismo, más bien entre los rumbos de la primera y los gustos del segundo estriba en buena parte la cuestión, que viene de lejos y resulta la mar de intrincada.
Subliteratura: ese era el término que los críticos y sociólogos, siempre algo pedantuelos, de los años 70 empleaban para referirse a las lecturas populares, como si fuera posible ponerle puertas al campo literario, o como si tuviera alguien la prerrogativa de acotar la finca y marcar las lindes de lo que es bueno y lo que no. Etiquetaban así las novelas del Oeste (unas 2600) de Marcial Lafuente Estefanía, las novelas rosa de Corín Tellado (la escritora en castellano más leída después de Cervantes, y a la que Vargas Llosa no tuvo reparo en dedicar elogiosas palabras) y los best sellers en general. Algunos hasta se atrevieron a meter también en el mismo saco a las novelas policíacas (Simenon, A. Christie), de aventuras (Verne), de ciencia ficción...
¡Tiempos aquellos, cuando el metro era la biblioteca ambulante más grande del mundo y la gente entretenía los largos trayectos leyendo libros y no picoteando el móvil...!

     (La Razón, 25 de noviembre de 2019)

lunes, 25 de noviembre de 2019

Palabras que se apagan


Recientemente, la Real Academia Española, siempre atenta a cumplir con su lema ("Limpia, fija y da esplendor"), ha tenido a bien abrir las puertas del diccionario a 229 palabras que andaban por ahí sin cobijo institucional. Algunas de evidente actualidad, como zasca, arboricidio, antitaurino o casoplón, otras de procedencia foránea, como brioche, brunch o annus horribilis, y un catalanismo: casteller.
No es que las nuevas les quiten el sitio, porque en el diccionario caben todas, pero también las hay que se despiden. Compañeras de toda la vida y muy antiguas, que se quedan las pobres olvidadas porque la gente no se acuerda de ellas y caen en desuso, que es el final más triste y doloroso para una palabra. Con el riesgo que eso supone de que los señores académicos les cuelguen en su correspondiente entrada del diccionario el cartelito de ant. (antiguo, anticuado, antiguamente) o desus. (desusado), terribles abreviaturas que anticipan el desastre inminente, fatídicas etiquetas que proclaman como un sambenito imborrable su trágico destino.
Las causas son múltiples y variadas, pues la lengua es un organismo vivo y, como tal, en constante renovación. Muchas de las palabras olvidadas lo son porque aquellos objetos o conceptos a los que dan nombre han dejado de tener vigencia o están en trance de desaparecer. Tal es el caso, por ejemplo, de algunos oficios (arriero, chamarilero, trapero), de muebles o enseres domésticos (jofaina, alacena, vasar, cántaro, fardel) o de la escuela (ábaco, encerado, pizarrín, tintero) y de vocablos empleados como improperio (zote, zoquete, gaznápiro, mastuerzo, mequetrefe, papanatas, zascandil) o para expresar determinados estados de ánimo (cáspita, diantre, pardiez, recórcholis). Y lo mismo ocurre con las referidas a labores y utensilios tradicionales de la agricultura y ganadería: trillar, uncir, arado, guadaña, hoz, yugo, alforja...
Dos curiosidades, para terminar: la palabra más larga del diccionario es electroencefalografista, y la más buscada de las que no están, "cocreta".

   (La Razón, 18 de noviembre de 2019)

lunes, 18 de noviembre de 2019

Casi un jardín botánico



Y en el corazón de Barcelona, en el edificio de la vieja Universidad, la UB la llaman ahora, donde pasa desapercibido para los viandantes, lo cual nada tiene de extraño, escondido como está tras los altos muros que lo separan de la calle. Hablo del jardín que rodea por detrás el histórico recinto del alma máter que alberga actualmente las facultades de Filología y de Matemáticas.
No sé si a los estudiantes que ahora acuden a sus aulas en busca del saber les ocurrirá lo mismo, pero pasó uno allí tres años y apenas lo frecuentó. Preferíamos la atmósfera turbia y vocinglera del bar ubicado en el sótano al silencio ameno de aquella isla verde, y nos interesaban más otras cosas: los libros, que leíamos con suma devoción en ediciones de bolsillo; el cine que daban en las salas de arte y ensayo; la política, que era un tema serio de conversación y tenía el prestigio de la clandestinidad...
Y fue una pena, porque el jardín ofrecía –y ofrece, pues está abierto a la ciudadanía– una amplia variedad de árboles y arbustos procedentes de todo el mundo, entre ellos algunas especies dignas de ser contempladas, como un tejo y un gingko centenarios, declarados de interés local por el Ayuntamiento. Una docena de paneles explicativos ilustran al paseante sobre las utilidades de aquellos que, desde tiempos ancestrales, forman parte de nuestra cultura: el olivo, la encina, el laurel, la morera, el algarrobo, el almez ("lledoner")... Y hay palmeras, higueras, acacias, adelfas, aloes, araucarias de Norfolk, magnolias, bellasombras de América del Sur, evónimos de Japón, casuarinas y grevilleas de Australia, alcanforeros de China, un tilo de Holanda, un azufaifo, un ciprés triste, un roble cerris... Además de los ficus gigantes que ennoblecen el patio de Letras.
De manera que, para huir del ruido y buscar sosiego en la naturaleza, no hace falta ir muy lejos.

              (La Razón, 11 de noviembre de 2019)

lunes, 11 de noviembre de 2019

Los días


Que pueden ser de muchas clases, según el cristal desde el que se los mire: azules (los de la infancia), grises (los de los lunes), negros (los que van por túneles), si es por el color; de diario (es decir, de entre semana, de trabajo, de cutio) o de guardar (esto es, feriados, de precepto, del Señor), si se atiende a las obligaciones; serenos, encapotados, borrascosos, dependiendo del estado anímico; rectos o lineales, curvos o torcidos, redondos o con esquinas, según el trayecto y la forma del verbo en que se conjuguen... Eso sin contar con que algunos son demasiado claros para lo oscuras que suelen ser las vidas, y muchos demasiado largos para las pocas cosas que nos traen o lo escasamente que los aprovechamos.
No pasan los días por ti, decimos, como cumplido y consuelo; mañana será otro día, en son de promesa y esperanza; un día es un día, cuando nos apartamos de lo acostumbrado; ...que son dos días, la advertencia que ensombrece la previa invitación.
Pero dicen los que todo lo ven negro que no, que es conveniente llevar las cosas al día, pues que todo puede cambiar de un día para otro (y más teniendo en cuenta que las cosas acostumbran a empeorar de día en día y que un día sí y otro no ocurre en el mundo una desgracia), y que es verdad que lo más trabajoso es llevar el día a día pero que no queda otra. Y así va pasando cada cual su tiempo, día y noche afanándose para cuando se presente el día de mañana, todo el santo día dándole vueltas a lo mismo, y un día sí y otro también hasta el día del juicio por la tarde haciendo cábalas.
Aunque quién sabe si el día menos pensado... Y ese es el gran misterio que estos días de atrás nos recuerdan cada año.
               (La Razón, 4 de noviembre de 2019)



domingo, 3 de noviembre de 2019

La buena letra


En los currículos y programas educativos que ahora rigen hablo de los referidos a la enseñanza de la Lengua se proponen un sinnúmero de objetivos, procedimientos y actividades sobre la comunicación, el funcionamiento de la lengua (la gramática es palabra tabú en esos ámbitos), las tipologías textuales, la búsqueda de información y el manejo de las nuevas tecnologías, todo con gran aparato terminológico y pomposa retórica, pero ni una palabra, ni la más leve alusión a lo que tradicionalmente se ha venido considerando signo inequívoco del paso por la escuela: el cuidado de la escritura, el trazo esmerado de los renglones, la buena letra.
Esa buena letra de la que hacían gala las generaciones anteriores a la EGB de los primeros setenta, y muy particularmente las de origen campesino que a duras penas aguantaban en la escuela hasta los catorce años, o acudían a ella por temporadas, cuando las labores del campo o las ocupaciones ganaderas se lo permitían.
Saber hacer bien las cuentas y tener buena letra (escribir sin faltas de ortografía era el súmmum, y cometer más de las permitidas se consideraba poco menos que un deshonor): bastaba con eso, nada había más importante, ningún otro conocimiento podía equipararse a esas dos destrezas, las únicas competencias básicas así las llaman ahora que valía la pena adquirir, el único título del que podían alardear, y en verdad que lo hacían, modestamente y aunque fuera para sus adentros nada más.
A los responsables de los programas educativos y a la clase dirigente pedagógica habría que recordarles el respeto ancestral que en todas las culturas y civilizaciones se ha tenido siempre por la buena letra, o sea, la caligrafía, término este que es anatema para el recién mentado "establishment".
Claro que, dirán algunos, para qué sirve la buena letra si ya nadie escribe en papel, solo en teclados... Pero ese es ya otro cantar.

        (La Razón, 28 de octubre de 2019)