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miércoles, 1 de enero de 2020

Las virtudes del silencio


El silencio es oro, dice la sabiduría popular, y también que un silencio vale más que mil palabras.
En silencio germinan las semillas y el saber, dicen los poetas, en silencio llega la noche y cambian las estaciones, de silencio están hechos los surcos de la memoria y del dolor.
En los libros se habla del silencio del campo, que sosiega el ánimo, del de las iglesias, que invita al recogimiento, del de las bibliotecas, que predispone a una vida mejor... Y del silencio de Dios, que es motivo de congoja porque parece ignorar el sufrimiento de su pueblo: "Entonces me llamarán, y no responderé", se lee en los Proverbios, y el profeta Isaías se queja así: "Eres verdaderamente un Dios que se esconde".
La mayoría de las vidas transcurren en silencio y sin llamar la atención se van cuando les llega la hora.
Como la de san José, por ejemplo, que es el santo silencioso por excelencia, pues siendo como fue testigo de la vida de Jesús, nunca dice nada. Un ángel le revela que María va a dar a luz un hijo, y él acepta el misterio sin poner ninguna objeción. En Belén, calla ante los pastores y el prodigio de la estrella que guía a los Reyes Magos, y obedece sin rechistar cuando, en sueños, un ángel le ordena marchar a Egipto para escapar de Herodes. Jesús se pierde, él y María lo buscan angustiados y, cuando lo encuentran en el templo discutiendo con los doctores, es la madre la que le recrimina por haberse quedado allí sin haberles avisado. Y así hasta su muerte, de la que nada se dice tampoco en los evangelios.
San José, que parece casi un santo a su pesar, es quizá por ello el más humilde (lo mismo que su profesión de carpintero) y también el más digno de admiración de toda la corte celestial.
   (La Razón, 26 de diciembre de 2019)

lunes, 23 de diciembre de 2019

Internados


Allá por los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, los niños de los pueblos teníamos que escoger, en llegando a los diez u once años, entre ir a estudiar o quedarnos en casa (en realidad eran los padres o la familia los que elegían, pero a los efectos es igual). Lo primero significaba marchar a la capital de la provincia, o más lejos aún, e ingresar como alumnos internos en un seminario de curas o en un colegio de frailes; lo segundo, aguantar en la escuela hasta los catorce años y continuar luego arando las tierras y cuidando de los animales.
Para mejorar y llegar a ser alguien no hay más salida que los estudios, nos decían, y comparaban para ilustrarlo la vida de un maestro y la de un pastor, o la de un cura y la de un minero.
De gran peso eran también y muy persuasivas las razones que esgrimían los frailes que pasaban por los pueblos reclutando discípulos: un colegio con salas de estudio, salón de juegos, dormitorios con las camas en doble fila, biblioteca, duchas y dos campos de fútbol, uno para los pequeños y otro reglamentario para los mayores; esto, lo de los campos de fútbol, especialmente el reglamentario, con red en las porterías y raya blanca en las áreas, el medio campo y las bandas, solía ser el argumento definitivo.
Conque casi todos acabamos estudiando para curas en el seminario o para frailes oblatos, agustinos, dominicos, etc., en el colegio respectivo.
La vida en aquellos internados era triste como un lunes perpetuo y tediosa hasta la grisura más descolorida, pero allí aprendimos el valor del esfuerzo y de allí salimos con una más que notable formación, humanística sobre todo. Y pocos días tan felices como aquel en que, después de tres meses interminables, volvimos por primera vez a casa de vacaciones, que fue por estas fechas.
   (La Razón, 16 de diciembre de 2019)

lunes, 16 de diciembre de 2019

Prestigio del pesimismo


Los budistas sostienen que hay ciento veintiún estados de conciencia, y que, entre estos, solo tres están relacionados con la desgracia y la tristeza.
Y qué extraño y curioso que esos tres estados sean el centro de interés del noventa por ciento, y me quedo corto, de la literatura y el arte occidentales de los dos últimos siglos. Pues, en efecto, si hay un sentimiento que defina esa literatura y ese arte, y la cultura toda en general, no es otro que el pesimismo. Un pesimismo que, según las modas y corrientes, se reviste o se adorna con diferentes nombres y ropajes: soledad, tristeza, desengaño, desencanto, melancolía, desesperanza (y desesperación), desazón, congoja, pesadumbre, desasosiego, decepción, rebeldía, insatisfacción, fracaso, tedio, hastío, resentimiento, frustración, dolor, zozobra, infelicidad, angustia, inadaptación... Especialmente en la literatura, desde el Romanticismo hasta nuestros días, y muy en particular en el caso de la novela moderna, que alguien definió como "la búsqueda de valores auténticos por parte de un individuo problemático en un mundo degradado".
En efecto, el mundo que en ella se describe y retrata es esencialmente, si no caótico, por lo menos inquietante y turbulento; de ahí que prevalezca en la mayoría de los casos una perspectiva desengañada y pesimista, además de crítica. Baste con repasar algunos de los autores de más renombre, que reflejan en sus obras la crisis de valores de la sociedad contemporánea: el fracaso amoroso que conduce al suicidio en Los sufrimientos del joven Werther, de Goethe; la insatisfacción interior que lleva a la protagonista al mismo final en Madame Bovary, de Flaubert; las situaciones angustiosas por las que pasan la mayoría de los personajes de Dostoievski; el sentimiento del absurdo que preside las creaciones de Kafka y de Camus; el encumbramiento, en fin, de la figura del antihéroe, del perdedor, del inadaptado, como personaje central de la narración y emblema o símbolo representativo de la sociedad.
     (La Razón, 9 de diciembre de 2019)


lunes, 9 de diciembre de 2019

Sesentones


Nacimos en la década de los cincuenta del siglo pasado -¡tempus fugit!-, cuando ya las penurias de la posguerra habían amainado y el alcalde de Villar del Río le daba la bienvenida a Mr. Marshall.
Muchos veníamos del campo, y dejamos la servidumbre del arado para ponernos a estudiar, que era un pasaporte, casi un seguro de vida, porque un título, nos decían en casa, abría muchas puertas. Había que sacarse el  de bachillerato, o por lo menos el cuarto y reválida, y para eso estaban las academias nocturnas, que permitían compaginar los libros y el trabajo. Con todo, las escaleras para subir no eran muy estrechas y un aprendiz podía llegar con un poco de suerte y constancia a sentarse en los despachos de la planta con mejores vistas. (Aun así se nos notaba que éramos de pueblo, y ser de pueblo y haber tenido una infancia campesina, de la que ahora tanto nos enorgullecemos, por lo que nos enseñó, imprimía carácter.)
Nos dejamos el pelo largo porque queríamos ser rebeldes y parecernos a los Beatles y los Rolling, y llevados del optimismo o la ingenuidad, en algún momento llegamos a pensar que el mundo estaba bien hecho. Eran tiempos de despistada juventud, pero teníamos la impresión, más bien la seguridad, de que íbamos a vivir mejor que nuestros padres. No habíamos perdido del todo la fe en algunas utopías, pero, por si acaso, había que presentarse a las oposiciones o buscar un trabajo fijo de los que duraban para siempre. Y cuando vino la democracia, ya la edad nos aconsejaba que era hora de tomarnos la vida en serio, esto es, de ir pensando en la entrada para el piso, los plazos de los muebles y esas cosas.
Hoy andamos con el tema de la jubilación, que es final de trayecto y principio de otro cuyo trazado y duración resulta aventurado predecir.

     (La Razón, 2 de diciembre de 2019)

domingo, 1 de diciembre de 2019

Lecturas populares


En España se lee muy poco, según constatan unánimemente las estadísticas, y a la hora de buscar las causas, no son pocos los que, sobre todo en estos últimos años, lo achacan a esos cachivaches tecnológicos que todo el mundo lleva consigo a todas partes y que, dicen, han venido a sustituir a los libros.
Y aquí  entraría, como tristísimo corolario, el goteo casi continuo de librerías que no han tenido más remedio que bajar la persiana. O de editoriales como Círculo de Lectores, que en la década de 1990 llegó a contar con más de un millón y medio de socios y que desde 1962, año en que se fundó, puso lo que suele llamarse "buena literatura" al alcance del gran público. Porque ahí, en la separación el abismo, más bien entre los rumbos de la primera y los gustos del segundo estriba en buena parte la cuestión, que viene de lejos y resulta la mar de intrincada.
Subliteratura: ese era el término que los críticos y sociólogos, siempre algo pedantuelos, de los años 70 empleaban para referirse a las lecturas populares, como si fuera posible ponerle puertas al campo literario, o como si tuviera alguien la prerrogativa de acotar la finca y marcar las lindes de lo que es bueno y lo que no. Etiquetaban así las novelas del Oeste (unas 2600) de Marcial Lafuente Estefanía, las novelas rosa de Corín Tellado (la escritora en castellano más leída después de Cervantes, y a la que Vargas Llosa no tuvo reparo en dedicar elogiosas palabras) y los best sellers en general. Algunos hasta se atrevieron a meter también en el mismo saco a las novelas policíacas (Simenon, A. Christie), de aventuras (Verne), de ciencia ficción...
¡Tiempos aquellos, cuando el metro era la biblioteca ambulante más grande del mundo y la gente entretenía los largos trayectos leyendo libros y no picoteando el móvil...!

     (La Razón, 25 de noviembre de 2019)

lunes, 25 de noviembre de 2019

Palabras que se apagan


Recientemente, la Real Academia Española, siempre atenta a cumplir con su lema ("Limpia, fija y da esplendor"), ha tenido a bien abrir las puertas del diccionario a 229 palabras que andaban por ahí sin cobijo institucional. Algunas de evidente actualidad, como zasca, arboricidio, antitaurino o casoplón, otras de procedencia foránea, como brioche, brunch o annus horribilis, y un catalanismo: casteller.
No es que las nuevas les quiten el sitio, porque en el diccionario caben todas, pero también las hay que se despiden. Compañeras de toda la vida y muy antiguas, que se quedan las pobres olvidadas porque la gente no se acuerda de ellas y caen en desuso, que es el final más triste y doloroso para una palabra. Con el riesgo que eso supone de que los señores académicos les cuelguen en su correspondiente entrada del diccionario el cartelito de ant. (antiguo, anticuado, antiguamente) o desus. (desusado), terribles abreviaturas que anticipan el desastre inminente, fatídicas etiquetas que proclaman como un sambenito imborrable su trágico destino.
Las causas son múltiples y variadas, pues la lengua es un organismo vivo y, como tal, en constante renovación. Muchas de las palabras olvidadas lo son porque aquellos objetos o conceptos a los que dan nombre han dejado de tener vigencia o están en trance de desaparecer. Tal es el caso, por ejemplo, de algunos oficios (arriero, chamarilero, trapero), de muebles o enseres domésticos (jofaina, alacena, vasar, cántaro, fardel) o de la escuela (ábaco, encerado, pizarrín, tintero) y de vocablos empleados como improperio (zote, zoquete, gaznápiro, mastuerzo, mequetrefe, papanatas, zascandil) o para expresar determinados estados de ánimo (cáspita, diantre, pardiez, recórcholis). Y lo mismo ocurre con las referidas a labores y utensilios tradicionales de la agricultura y ganadería: trillar, uncir, arado, guadaña, hoz, yugo, alforja...
Dos curiosidades, para terminar: la palabra más larga del diccionario es electroencefalografista, y la más buscada de las que no están, "cocreta".

   (La Razón, 18 de noviembre de 2019)

lunes, 18 de noviembre de 2019

Casi un jardín botánico



Y en el corazón de Barcelona, en el edificio de la vieja Universidad, la UB la llaman ahora, donde pasa desapercibido para los viandantes, lo cual nada tiene de extraño, escondido como está tras los altos muros que lo separan de la calle. Hablo del jardín que rodea por detrás el histórico recinto del alma máter que alberga actualmente las facultades de Filología y de Matemáticas.
No sé si a los estudiantes que ahora acuden a sus aulas en busca del saber les ocurrirá lo mismo, pero pasó uno allí tres años y apenas lo frecuentó. Preferíamos la atmósfera turbia y vocinglera del bar ubicado en el sótano al silencio ameno de aquella isla verde, y nos interesaban más otras cosas: los libros, que leíamos con suma devoción en ediciones de bolsillo; el cine que daban en las salas de arte y ensayo; la política, que era un tema serio de conversación y tenía el prestigio de la clandestinidad...
Y fue una pena, porque el jardín ofrecía –y ofrece, pues está abierto a la ciudadanía– una amplia variedad de árboles y arbustos procedentes de todo el mundo, entre ellos algunas especies dignas de ser contempladas, como un tejo y un gingko centenarios, declarados de interés local por el Ayuntamiento. Una docena de paneles explicativos ilustran al paseante sobre las utilidades de aquellos que, desde tiempos ancestrales, forman parte de nuestra cultura: el olivo, la encina, el laurel, la morera, el algarrobo, el almez ("lledoner")... Y hay palmeras, higueras, acacias, adelfas, aloes, araucarias de Norfolk, magnolias, bellasombras de América del Sur, evónimos de Japón, casuarinas y grevilleas de Australia, alcanforeros de China, un tilo de Holanda, un azufaifo, un ciprés triste, un roble cerris... Además de los ficus gigantes que ennoblecen el patio de Letras.
De manera que, para huir del ruido y buscar sosiego en la naturaleza, no hace falta ir muy lejos.

              (La Razón, 11 de noviembre de 2019)