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lunes, 13 de enero de 2020

Nada se tiraba

Todavía, a los de mi generación, nos tocó vivir los últimos años de aquella época en que no se tiraba nada. Incluso si se compraba algo nuevo, cualquier aparato un molinillo de café, una plancha, ¡una radio!..., no se deshacía nadie del viejo, por si acaso. Lo mismo sucedía con las herramientas y utensilios, y por supuesto con la ropa.
Eso daba lugar a que se guardara todo, principalmente en el desván, donde se amontonaban infinidad de cachivaches y trastos inútiles.
Y a que se coleccionaran, en las despensas o en el cuarto oscuro que había en todas las casas, tarros de cristal, papel de envolver, cuerdas, trozos de alambre, cajas de zapatos..., de todo.
Como si se tuviera miedo de que la vida empezase a ir para atrás en vez de hacerlo para adelante, como si en lugar de progresar se fuese a retroceder, como si, escondido detrás del futuro brillante que se presentía y deseaba, acechara, presto a volver, el pasado de miseria y privaciones del que aún todos se acordaban.
Por si eso pasa, se pensaba, mejor estar preparados, pues todo lo que ahora damos por usado, inútil y viejo quién sabe si algún día, si las cosas se ponen mal y reculamos, nos volverá a hacer falta.
Adam Zagajewski (Lvov, actual Ucrania, 1945) anota en una de sus obras (En la belleza ajena) esta misma actitud y disposición de ánimo al evocar su infancia, transcurrida en los malhadados años de la posguerra europea en Gliwice, ciudad polaca a la que sus padres fueron repatriados al término de la contienda.
Y así era también como recibíamos los niños los regalos que nos dejaban los Reyes Magos en la ventana. Que eran más bien pocos, y casi siempre los mismos, pero había que tratarlos con mimo y delicadeza porque sabíamos que no íbamos a tener más en todo el año.

      (La Razón, 6 de enero de 2020)

martes, 7 de enero de 2020

La novela de la vida


Cada vida es una novela, y cada cual tiene la suya, y la va escribiendo capítulo a capítulo, uno por día.
Como el novelista, sabe uno ya, al escribir por la mañana las primeras líneas, lo que va a pasar, porque la vida es más o menos previsible. Pero siempre puede haber alguna sorpresa, algún incidente que no estaba contemplado en el guión. Si no tuviéramos la sospecha, o la esperanza, de que eso fuera a suceder, la vida carecería de interés, y lo mismo pasa con la novela, que se necesita al menos una pizca de intriga para mantener la atención del lector.
En las novelas conviene aderezar los hechos con una pequeña dosis de suspense, para no aburrir, y otro tanto ocurre en la vida si no queremos que se vuelva esta monótona y gris, que es como suelen ser la mayoría. ¿Dónde saltará la sorpresa? ¿Será al doblar la esquina o al volver desprevenidos por la tarde a casa? ¿Transcurrirán las horas como de costumbre o asistiremos a algún lance imprevisto?
Cada cual tiene su novela, sí, y lo que en ella ha ocurrido y vaya a ocurrir le absorbe de continuo toda la atención. La repasa cuando recuerda y la prevé cuando piensa en lo que está por venir, pero no puede corregirla ya, ni tachar siquiera un solo renglón, y tampoco avanzarla, y mucho menos escribirla a su gusto y conforme a sus deseos.
Esa novela, la que más nos importa porque es la que cuenta el afán nuestro de cada día, a la vez que la escribimos la vamos también leyendo. Y llega un momento, con el paso de los años, en que no hace uno otra cosa que pasar las hojas, y la relectura de la propia vida se convierte en una de las ocupaciones favoritas, particularmente si se es propenso a la vanidad de la melancolía.  

      (La Razón, 30 de diciembre de 2019)

miércoles, 1 de enero de 2020

Las virtudes del silencio


El silencio es oro, dice la sabiduría popular, y también que un silencio vale más que mil palabras.
En silencio germinan las semillas y el saber, dicen los poetas, en silencio llega la noche y cambian las estaciones, de silencio están hechos los surcos de la memoria y del dolor.
En los libros se habla del silencio del campo, que sosiega el ánimo, del de las iglesias, que invita al recogimiento, del de las bibliotecas, que predispone a una vida mejor... Y del silencio de Dios, que es motivo de congoja porque parece ignorar el sufrimiento de su pueblo: "Entonces me llamarán, y no responderé", se lee en los Proverbios, y el profeta Isaías se queja así: "Eres verdaderamente un Dios que se esconde".
La mayoría de las vidas transcurren en silencio y sin llamar la atención se van cuando les llega la hora.
Como la de san José, por ejemplo, que es el santo silencioso por excelencia, pues siendo como fue testigo de la vida de Jesús, nunca dice nada. Un ángel le revela que María va a dar a luz un hijo, y él acepta el misterio sin poner ninguna objeción. En Belén, calla ante los pastores y el prodigio de la estrella que guía a los Reyes Magos, y obedece sin rechistar cuando, en sueños, un ángel le ordena marchar a Egipto para escapar de Herodes. Jesús se pierde, él y María lo buscan angustiados y, cuando lo encuentran en el templo discutiendo con los doctores, es la madre la que le recrimina por haberse quedado allí sin haberles avisado. Y así hasta su muerte, de la que nada se dice tampoco en los evangelios.
San José, que parece casi un santo a su pesar, es quizá por ello el más humilde (lo mismo que su profesión de carpintero) y también el más digno de admiración de toda la corte celestial.
   (La Razón, 26 de diciembre de 2019)

lunes, 23 de diciembre de 2019

Internados


Allá por los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, los niños de los pueblos teníamos que escoger, en llegando a los diez u once años, entre ir a estudiar o quedarnos en casa (en realidad eran los padres o la familia los que elegían, pero a los efectos es igual). Lo primero significaba marchar a la capital de la provincia, o más lejos aún, e ingresar como alumnos internos en un seminario de curas o en un colegio de frailes; lo segundo, aguantar en la escuela hasta los catorce años y continuar luego arando las tierras y cuidando de los animales.
Para mejorar y llegar a ser alguien no hay más salida que los estudios, nos decían, y comparaban para ilustrarlo la vida de un maestro y la de un pastor, o la de un cura y la de un minero.
De gran peso eran también y muy persuasivas las razones que esgrimían los frailes que pasaban por los pueblos reclutando discípulos: un colegio con salas de estudio, salón de juegos, dormitorios con las camas en doble fila, biblioteca, duchas y dos campos de fútbol, uno para los pequeños y otro reglamentario para los mayores; esto, lo de los campos de fútbol, especialmente el reglamentario, con red en las porterías y raya blanca en las áreas, el medio campo y las bandas, solía ser el argumento definitivo.
Conque casi todos acabamos estudiando para curas en el seminario o para frailes oblatos, agustinos, dominicos, etc., en el colegio respectivo.
La vida en aquellos internados era triste como un lunes perpetuo y tediosa hasta la grisura más descolorida, pero allí aprendimos el valor del esfuerzo y de allí salimos con una más que notable formación, humanística sobre todo. Y pocos días tan felices como aquel en que, después de tres meses interminables, volvimos por primera vez a casa de vacaciones, que fue por estas fechas.
   (La Razón, 16 de diciembre de 2019)

lunes, 16 de diciembre de 2019

Prestigio del pesimismo


Los budistas sostienen que hay ciento veintiún estados de conciencia, y que, entre estos, solo tres están relacionados con la desgracia y la tristeza.
Y qué extraño y curioso que esos tres estados sean el centro de interés del noventa por ciento, y me quedo corto, de la literatura y el arte occidentales de los dos últimos siglos. Pues, en efecto, si hay un sentimiento que defina esa literatura y ese arte, y la cultura toda en general, no es otro que el pesimismo. Un pesimismo que, según las modas y corrientes, se reviste o se adorna con diferentes nombres y ropajes: soledad, tristeza, desengaño, desencanto, melancolía, desesperanza (y desesperación), desazón, congoja, pesadumbre, desasosiego, decepción, rebeldía, insatisfacción, fracaso, tedio, hastío, resentimiento, frustración, dolor, zozobra, infelicidad, angustia, inadaptación... Especialmente en la literatura, desde el Romanticismo hasta nuestros días, y muy en particular en el caso de la novela moderna, que alguien definió como "la búsqueda de valores auténticos por parte de un individuo problemático en un mundo degradado".
En efecto, el mundo que en ella se describe y retrata es esencialmente, si no caótico, por lo menos inquietante y turbulento; de ahí que prevalezca en la mayoría de los casos una perspectiva desengañada y pesimista, además de crítica. Baste con repasar algunos de los autores de más renombre, que reflejan en sus obras la crisis de valores de la sociedad contemporánea: el fracaso amoroso que conduce al suicidio en Los sufrimientos del joven Werther, de Goethe; la insatisfacción interior que lleva a la protagonista al mismo final en Madame Bovary, de Flaubert; las situaciones angustiosas por las que pasan la mayoría de los personajes de Dostoievski; el sentimiento del absurdo que preside las creaciones de Kafka y de Camus; el encumbramiento, en fin, de la figura del antihéroe, del perdedor, del inadaptado, como personaje central de la narración y emblema o símbolo representativo de la sociedad.
     (La Razón, 9 de diciembre de 2019)


lunes, 9 de diciembre de 2019

Sesentones


Nacimos en la década de los cincuenta del siglo pasado -¡tempus fugit!-, cuando ya las penurias de la posguerra habían amainado y el alcalde de Villar del Río le daba la bienvenida a Mr. Marshall.
Muchos veníamos del campo, y dejamos la servidumbre del arado para ponernos a estudiar, que era un pasaporte, casi un seguro de vida, porque un título, nos decían en casa, abría muchas puertas. Había que sacarse el  de bachillerato, o por lo menos el cuarto y reválida, y para eso estaban las academias nocturnas, que permitían compaginar los libros y el trabajo. Con todo, las escaleras para subir no eran muy estrechas y un aprendiz podía llegar con un poco de suerte y constancia a sentarse en los despachos de la planta con mejores vistas. (Aun así se nos notaba que éramos de pueblo, y ser de pueblo y haber tenido una infancia campesina, de la que ahora tanto nos enorgullecemos, por lo que nos enseñó, imprimía carácter.)
Nos dejamos el pelo largo porque queríamos ser rebeldes y parecernos a los Beatles y los Rolling, y llevados del optimismo o la ingenuidad, en algún momento llegamos a pensar que el mundo estaba bien hecho. Eran tiempos de despistada juventud, pero teníamos la impresión, más bien la seguridad, de que íbamos a vivir mejor que nuestros padres. No habíamos perdido del todo la fe en algunas utopías, pero, por si acaso, había que presentarse a las oposiciones o buscar un trabajo fijo de los que duraban para siempre. Y cuando vino la democracia, ya la edad nos aconsejaba que era hora de tomarnos la vida en serio, esto es, de ir pensando en la entrada para el piso, los plazos de los muebles y esas cosas.
Hoy andamos con el tema de la jubilación, que es final de trayecto y principio de otro cuyo trazado y duración resulta aventurado predecir.

     (La Razón, 2 de diciembre de 2019)

domingo, 1 de diciembre de 2019

Lecturas populares


En España se lee muy poco, según constatan unánimemente las estadísticas, y a la hora de buscar las causas, no son pocos los que, sobre todo en estos últimos años, lo achacan a esos cachivaches tecnológicos que todo el mundo lleva consigo a todas partes y que, dicen, han venido a sustituir a los libros.
Y aquí  entraría, como tristísimo corolario, el goteo casi continuo de librerías que no han tenido más remedio que bajar la persiana. O de editoriales como Círculo de Lectores, que en la década de 1990 llegó a contar con más de un millón y medio de socios y que desde 1962, año en que se fundó, puso lo que suele llamarse "buena literatura" al alcance del gran público. Porque ahí, en la separación el abismo, más bien entre los rumbos de la primera y los gustos del segundo estriba en buena parte la cuestión, que viene de lejos y resulta la mar de intrincada.
Subliteratura: ese era el término que los críticos y sociólogos, siempre algo pedantuelos, de los años 70 empleaban para referirse a las lecturas populares, como si fuera posible ponerle puertas al campo literario, o como si tuviera alguien la prerrogativa de acotar la finca y marcar las lindes de lo que es bueno y lo que no. Etiquetaban así las novelas del Oeste (unas 2600) de Marcial Lafuente Estefanía, las novelas rosa de Corín Tellado (la escritora en castellano más leída después de Cervantes, y a la que Vargas Llosa no tuvo reparo en dedicar elogiosas palabras) y los best sellers en general. Algunos hasta se atrevieron a meter también en el mismo saco a las novelas policíacas (Simenon, A. Christie), de aventuras (Verne), de ciencia ficción...
¡Tiempos aquellos, cuando el metro era la biblioteca ambulante más grande del mundo y la gente entretenía los largos trayectos leyendo libros y no picoteando el móvil...!

     (La Razón, 25 de noviembre de 2019)