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miércoles, 6 de mayo de 2020

Ya ni sé qué día fue


Lo que sí sé, porque lo he recordado más de una vez estos días, es lo que hice aquel último día, y es lo que ahora voy a contar.
A eso de las diez salí con el mejor humor del mundo a comprar el periódico y me senté a leerlo en un banco de la plaza Molina. El cielo estaba azul y, aunque soplaba un airecillo fresco, daba gusto estar allí. Justo enfrente tenía a cuatro integrantes de los Testigos de Jehová que aguantaban de pie con la mejor cara en espera de atender a algún curioso, las mesas de las dos cafeterías que hay al lado estaban todas ocupadas y por el ascensor y las escaleras del tren no paraba de entrar y salir gente.
Compré el pan, entré en el bar de siempre a tomar un café, lo despaché enseguida porque solo había sitio en la barra y encima el otro periódico que leo estaba en posesión de otro parroquiano que no tenía pinta de soltarlo pronto, y pasé por el banco. Era mi intención hablar con la directora, pero como no había pedido cita previa y tenía dos personas delante, me contenté con las gestiones del cajero.
De vuelta en casa, me acababa de acomodar en el sillón con el libro ya dispuesto cuando me recuerdan por teléfono que urge renovar las existencias de fruta y verduras. Acudo presto a ejecutar la orden o el encargo, compruebo que todo lo que llevaba en la lista de la cabeza está en el carro, pago con dinero recién salido del banco, la cajera me pregunta solícita si necesito bolsa, le doy las gracias y misión cumplida.
Por la tarde a primera hora fui a devolver un libro a la biblioteca, y me llamó la atención que las salas de estudio estuvieran llenas: los exámenes del segundo trimestre, pensé.
Bajé luego dando un paseo, y en la Plaza de Gala Placidia, tomada por los niños que acababan de salir del colegio, me crucé con un escritor al que admiro mucho, Javier Cercas. Le veo de vez en cuando por el barrio, y siempre que eso ocurre pienso lo mismo: que ojalá le conociera personalmente y pudiera detenerme a charlar un rato con él.
En los tilos que dan sombra y ornato a la Rambla de Cataluña prendía el primer verdor de la primavera, y se adivinaba en el aire un casi imperceptible aroma. También, conforme bajaba, iba creciendo el trajín de los viandantes y el bullicio del tráfico.
Saludé al amigo con el que había quedado y entramos en una cafetería a tomar algo. No había ninguna mesa libre y optamos por acomodarnos en una de las que se ofrecen fuera al cobijo de unos toldos.
Pasó el tiempo en un santiamén, y, ya subiendo, en las inmediaciones de la Diagonal, tropecé con dos antiguos compañeros de profesión y evocamos algunos lances.
Y aún me dio tiempo, antes de llegar a casa, de llamar por el móvil a otro amigo para acordar los últimos detalles del largo paseo que nos iba a ocupar –privilegio de los retirados–la mañana del día siguiente. Que, ahora que me acuerdo, era la del 13 de marzo, fecha en que el Gobierno anunció el estado de alarma, de resultas del cual se impuso el confinamiento, y hasta hoy.

  (La Razón, 4 de mayo de 2020)

lunes, 20 de abril de 2020

Primavera aplazada


Es primavera, dice el calendario, y sí, el aire ha traído sus aromas y la luz dibuja con más claridad las cosas, pero, sorprendida, se ha quedado ahí fuera, esperando a que el mundo se recomponga.
Entró por las calles y, al encontrarlas desiertas, se dio media vuelta y se volvió a su escondrijo, que tiene uno en cada bosque, por si se hubiera equivocado de estación y no fuera aún su tiempo.
Y allí está, recogida en su casa como nosotros y en conversación consigo misma. Por lo que ha escuchado decir a los pájaros cuando, al volver de sus correrías, se lo cuentan a los árboles, sabe ya que nadie anda tampoco por los montes y que no se oye ni una voz ni un paso en los caminos.
No lo han hablado entre ellos, porque no les hace falta, pero todos han decidido hacer lo mismo: los pájaros, que organizarán conciertos en todos los sitios públicos, y particularmente en los parques y los patios de las escuelas que ahora están vacíos, para cuando otra vez vuelvan a tener quien los escuche; los árboles, que tardarán el tiempo que haga falta hasta echar los brotes más tiernos y lucir las hojas más nuevas; los caminos, que aprovecharán para alfombrar de flores las orillas y estudiar la manera de orientar mejor a los viajeros.
Es primavera, lo sabemos, aunque este año la hemos recibido a lo mejor como esas margaritas tempranas que, al oír zumbar a las primeras abejas, asomaron entre la hierba antes de tiempo y, sorprendidas de madrugada por un aire frío intempestivo que sopló de golpe, amanecieron con la cabeza ladeada y los pétalos mustios.
Pero igual que le ocurrió al poeta Antonio Machado cuando vio que, "con las lluvias de abril y el sol de mayo", le habían salido al olmo viejo y "hendido por el rayo" algunas hojas nuevas, también nosotros esperamos "hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera".

viernes, 10 de abril de 2020

A este lado de la pared


¿De qué se puede escribir en un tiempo como el que estamos viviendo? Más aún, ¿tiene sentido decir algo que no procure algún consuelo, que no traiga alguna ayuda o infunda siquiera alguna esperanza? Y también, ¿a quién le va a importar lo que uno pueda decir si no contribuye en algo a aliviar o entender o sobrellevar lo que está pasando?
Tenía aquí medio preparados unos cuantos asuntos, que considerados ahora parecen ya como de otra época, como si en el intervalo en que fueron esbozados y el presente en que se revisan hubiera habido algún socavón en el devenir de la historia, o el mundo hubiera padecido algún trastorno, o sin darnos cuenta estuviéramos todos siendo víctimas de algún mal sueño engañoso.
Este, por ejemplo, sobre diversos términos que se han apoderado del léxico actual (que se habían apoderado, me he apresurado mentalmente a corregir): reinventarse, ponerse las pilas, cambiar de chip, planes con niños, momentazo, hoja de ruta, empoderamiento, líneas rojas, calidad de vida (ganar en), desconectar (del mundo, del trabajo, de los problemas...), librar el partido más importante de la vida..., con una sección aparte para esa inexplicable afición por los diminutivos: veranito, fallito, puntito...
Y llevado por la querencia de las cosas de la lengua, un pequeño repertorio de expresiones con la fórmula estar que: está que trina, está que se sube por las paredes, está que muerde, está que rabia, está que bota, está que pega saltos, está que bufa, está que echa rayos, está que no vive...
Y otro, en pañales también, sobre construcciones con la fórmula no...ni...: no entender ni jota, no decir ni pío, no decir ni mu, no tener ni idea, no saber ni torta, no caber ni un alfiler...
También este, sobre el modo como aplicamos a veces los adjetivos a sustantivos con los que, en apariencia al menos, poco tienen que ver, y cómo de la unión de uno y otro salen expresiones bien curiosas. Por ejemplo: círculo vicioso, punto flaco, mentira piadosa, sana alegría, ciencias puras, de pura cepa, de rabiosa actualidad...
Y pariente del anterior, un apartado que, desatendido desde el primer día, luce título vistoso, Expresiones curiosas, pero tiene aún el escaparate casi vacío: presencia de ánimo, cargarse de razón, armarse de paciencia...
La paciencia que ahora necesitamos, y el ánimo y la razón de los que tendremos que armarnos cuando pasemos al otro lado de la pared que ahora se nos ha puesto delante.


miércoles, 1 de abril de 2020

Diccionario de un leído de aldea


I
ideal. Cultivar un huerto, y que los ángeles unzan la yunta y nos lo aren, como a san Isidro, mientras uno lee a la sombra.
idealista. “Un idealista es un hombre que, partiendo de que una rosa huele mejor que una col, deduce que una sopa de rosas tendrá también mejor sabor”. (E. Hemingway)
ilusión. 1 En nuestro tiempo, los niños la pierden cada vez más temprano; a los jóvenes, en cambio, apenas se les brinda esa oportunidad (no se pierde lo que no se tiene). 2 Y las ilusiones perdidas, ¿qué habrá sido de ellas?
imagen. Como la piedra desprendida de la cima de la montaña va al fondo del valle, donde encuentra reposo, así también…
improperio. Los que se lanzan como si fueran lanzas.
infancia. 1 En la infancia se es feliz por dos motivos: o porque se espera seguir siéndolo, o porque se sueña con serlo algún día. 2 Véase paraíso.
infusa. ciencia ~. Para la teología, el conocimiento recibido directamente de Dios; para los que no llegan tan alto, saber no adquirido mediante el estudio. Tengan razón la primera o los segundos, a todos nos habría gustado, en especial en la edad adolescente cuando teníamos que vérnoslas con los libros, que hubiera bajado del cielo como el maná de los israelitas en el desierto y se hubiera posado sobre nuestras cabezas y hubiera entrado siquiera un rato a alumbrar un poco nuestro entendimiento. 
intelectual. 1 Encargado de redimir a la clase obrera (véase clase). 2 Enemigo público de la televisión. 3 Personaje por lo general vanidoso, petulante, egocéntrico y alejado de la realidad (la cual, afortunadamente, suele ir siempre muy por delante de los rígidos esquemas mentales de todo aquel que pretende interpretarla).
invento. Alguien debería inventar una máquina que contara las palabras que uno ha dicho, y cuántas veces cada una. O un diccionario en el que, al abrirlo, apareciera, al lado de cada palabra, el número de veces que la hemos usado a lo largo de la vida. Así podríamos saber no solo cuáles han sido las más empleadas, sino también aquellas que, por las razones que sean, no hemos usado nunca. Periódicamente, una vez al mes por ejemplo, sería conveniente hacer una especie de estadística o recuento parcial, y repetir la misma operación al término de un año. Tendríamos ocasión así de verificar que son muchísimas más las que sistemáticamente relegamos que aquellas a las que, con mayor o menor asiduidad, recurrimos, y que son miles y miles las que se pasan meses y años sin que nadie se acuerde de su existencia. Y entonces a lo mejor, solo por compasión, nos proponemos hacer todo lo posible por sacarlas de esa vida tan aburrida que llevan en los diccionarios y airearlas un poco.    
ironía. Hay quien opina que a partir de los cincuenta años deja de cotizarse como un valor moral y literario.
isla. Nube de tierra (véase nube).
izquierda. ~de izquierdas. El que puede decir públicamente que lo es si quiere quedar bien (véase derecha).

J
jaculatoria. Larga y estrecha como una jaculatoria, que dijera el tío Patricio de una su tierra de labranza que sembraba las más de las veces de trigo trechel (también llamado marzal).
jarabe. Los jarabes, si se revuelven, son rebajas.
jubilado, da. 1 Suena ya tan mal como cuñado o cuñada: mejor decir retirado o retirada. 2 Muchos, al adquirir esta condición, ven que se les acaba el tiempo y quieren vivir lo no vivido hasta entonces.
juicio. “Nadie en su sano juicio…”, decimos, pero, ¿a qué adjetivo podríamos acudir  para expresar justamente lo contrario de sano: enfermizo, dañado, decaído…? 
jurisconsulto, ta. Por otro nombre abogado, persona que estudia, interpreta y profesa la ciencia del derecho; jurisperito, jurisprudente.

lunes, 16 de marzo de 2020

Nuestros mayores


Los que van ya por allá arriba con los ochenta o noventa bien cumplidos, y los que irían si aún estuvieran aquí... Padecieron la guerra y sobrellevaron las penurias de aquellos años cuarenta tan oscuros en silencio y con nobleza y dignidad, la misma dignidad con que luego nos lo empezaron a contar.
Les quedaron las heridas, pero no las exhibieron, y aunque las llevaron toda su vida en la memoria prefirieron que el tiempo las fuera cerrando, con la esperanza de que las generaciones siguientes no tuvieran que pasar por lo que ellos pasaron.
La tierra daba poco, y a muchos no les quedó más remedio que renunciar a la tradición del arado para subirse con una maleta de madera al tren del jornal asegurado en los bloques a medio construir de la capital. Algunos hasta tuvieron que cruzar fronteras y acostumbrarse a hablar en una lengua distinta a la que oían ateridos de nostalgia por las noches en la radio.
Nadie les habló nunca de derechos, solo de obligaciones, y en la escuela de la vida aprendieron mucho antes los deberes y las responsabilidades que las libertades y reivindicaciones. Motivos no les faltaron para exigir y reclamar, pero las circunstancias les obligaron a conjugar otros verbos, como aguantar y conformarse y resistir.
No todos pudieron ir a la escuela, pero se desvivieron por que sus hijos tuvieran estudios, convencidos como estaban de que con ellos se les abrirían las puertas de un futuro mejor.
Su destino fue el trabajo. Y como el dinero que entraba en casa llegaba lo justo, había que buscar la manera de estirar el ahorro para atender las necesidades y pagar la letra del piso, lo que obligaba a obrar milagros cada día en la cocina y en la cesta de la compra.
Fue así como levantaron un país, y es la suya una lección que no deberíamos olvidar.
  (La Razón, 8 de marzo de 2020)

lunes, 9 de marzo de 2020

Bisiestos


Los años bisiestos no son sino un ajuste cronológico que se instauró en la época de Julio César para recuperar las aproximadamente seis horas no contabilizadas anualmente en relación con el Sol y que, sumadas cada cuatro años, acumulan las 24 que forman un día.
El nombre proviene del latín bisextus, 'dos veces el sexto', y se aplicaba en la antigua Roma al día que se agregaba entre el 23 y el 24 de febrero para corregir el mencionado desfase. Ese día repetido era, según el cómputo latino, el sexto antes del mes de marzo.
No obstante, dado que nuestro planeta tarda exactamente 365 días, 5 horas, 48 minutos y 56 segundos en dar una vuelta completa alrededor del Sol, la modificación introducida por el calendario juliano no resultaba del todo precisa, y el ajuste definitivo no se produjo hasta el calendario gregoriano del siglo XVI, aún vigente.
La leyenda ha venido asociando los años bisiestos con los malos augurios, y hasta hay un refrán, hoy ya en desuso, que advierte: "Año bisiesto, año siniestro". Y la superstición popular suele acudir a determinados hechos infaustos, como el hundimiento del Titanic en 1912, el comienzo de la Guerra Civil en 1936, la construcción del campamento de Auschwitz en 1940 y los asesinatos de Gandhi (1948), Luther King (1968) y John Lenon (1980), que efectivamente ocurrieron en años bisiestos, para corroborarlo. Pero ¿qué año no se ha librado de cargar con alguna página negra que emborrona su calendario? 
Otra cosa bien distinta es la que atañe a quienes han nacido un 29 de febrero, que, en rigor, solo cada cuatro años podrían conmemorar su natalicio, como fue el caso del músico Giacomo Rossini y lo es del actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y otro tanto les ocurre a los que en la misma fecha celebran su onomástica, la de san Hilario, que solo es santo cada cuatro años.

   (La Razón, 1 de marzo de 2020)

lunes, 2 de marzo de 2020

Gatos


¡La descuidada elegancia de sus movimientos, y ese palaciego distanciamiento con que miran pasar las cosas!
Profundamente hastiados de todo lo que les rodea, convencidos de que el mundo extraño y plebeyo en el que viven carece del más mínimo interés, resignados a pasarse la vida rememorando sin descanso las glorias de su reino perdido, deambulan de aquí para allá con olímpica galbana.
Hace ya muchísimo tiempo que abandonaron la pretensión de entender las razones por las que el curso del destino se cebó con ellos; la confianza en una hecatombe o en un brusco viraje universal que ponga todo patas arriba y restituya el orden primigenio de las cosas es ya solo una vaga promesa de consuelo a la que no prestan interés.
Viven entretanto entregados al sopor, en la añoranza perpetua de su condición perdida, sin dejar por un momento de alardear de su superior naturaleza.
Si han aceptado que los hayamos conceptuado de domésticos y les hayamos asignado ese papel decorativo es porque así, sin saberlo nosotros, se sienten ellos en su papel, monarcas absolutos de la ensoñación, soberanos indolentes de las alfombras junto al fuego, señores de las mejores vistas al sol en los rincones más exclusivos de las casas.
Creemos que nos dan compañía y, acostumbrados como están a ser servidos, ni se molestan en apartarse a nuestro paso; solicitamos su atención y se dignan apenas abrir con desgana un párpado; les acariciamos el lomo y reviven ellos los halagos del séquito que les acompañaba a todas partes; los llamamos con mimo por su nombre y se arrullan en los placeres del vasallaje; les dejamos la comida en el plato y paladean de gusto al reafirmarse en su prosapia de príncipes bien servidos.
Se aburren en fin soberanamente y entran y salen de las habitaciones con sigilo y discreción porque así lo hacían habitualmente en las siete vidas anteriores por sus aposentos dinásticos.

 (La Razón, 23 de febrero de 2020)