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martes, 23 de junio de 2020

Como un sueño


Tanto lo había deseado que le parecía imposible que algún día fuera a suceder. Andar por los caminos, perderse en el monte. Lo que antes era la rutina del fin de semana convertido ahora en todo un acontecimiento. Tres meses como tres siglos esperando que llegara. Una brecha en el tiempo que no terminaba de cicatrizar.
Salir a la carretera. Las molestias del tráfico, que han dejado de serlo. El coche como un aliado. Le salvaguarda y le lleva. Para qué correr, no hay prisa por llegar si el viaje se hace en libertad. Ahí está el espectáculo siempre nuevo y cambiante del paisaje. Solo cuando se pierde una cosa se aprende a valorarla. En los conductores que le adelantan advierte un gesto de complicidad.
Le recibió, al bajar del coche, una de esas tardes del mes de junio que son sin duda una de las mayores maravillas del mundo natural.
Los primeros pasos, como un niño que estrenara unos zapatos nuevos. Y le vienen al recuerdo los primeros días, cuando desde el balcón veía a los que caminaban encogidos por la calle, mirando al suelo, como temerosos de estar infringiendo alguna norma y que alguien les pudiera llamar la atención. Y la primera vez que se atrevió a salir, con una bufanda por escudo, zigzagueando de la acera a la calzada.
El silencio del camino que regala el milagro de la calma. El aire hablando en voz baja con las hojas nuevas de los árboles. Los olores que la lluvia, tan aplicada esta primavera, le ha sacado al monte.
Pero ningún regalo comparable al de la libertad.
Los pájaros, que cantan por estar vivos, qué mejor motivo, y una lección que podríamos aprender. En una encrucijada se desvió de la ruta. Le costó abrirse paso por entre la maleza hasta llegar al alto.
Se tumbó sobre la hierba y, mirando al cielo, se entretuvo durante un rato en ponerles nombres a las nubes como hacía cuando era niño: ¡una isla, una cordillera, una torre, un rebaño...! Y por unos momentos, al despertar, le pareció que el coronavirus ya no estaba allí.
    (La Razón, 15 de junio de 2020)




lunes, 15 de junio de 2020

Diccionario de un leído de aldea


M
madera. Está hecha de una materia natural y es buena, confiada, noble y sin doblez.
maleta. Había antes maletas que, de tanto viajar en tren, se equivocaban de estación. (Las de hoy optan más bien por perderse en los aeropuertos.)
mandarina. Mondarina, decía mi madre, corrigiendo con gracia y tino la forma de la palabra de acuerdo con el fruto al que designa, tan fácil de mondar.
mano. 1 Dudaba entre poner la mano en el fuego o agarrarse a un clavo ardiendo. 2 Es la palabra a la que más espacio y atención dedica el diccionario. Y nada tiene de extraño: se valen también de ella los animales (muy en particular el elefante, al que le sirve de trompa) y puede encontrarse a cualquiera de los dos lados del que habla o trata de orientarse, en el mazo del mortero, en las paredes recién pintadas (una sola o más de una), en los juegos de azar… La mano es capaz de hacerse pasar por habilidad y tacto (con los niños, por ejemplo), por influencia y poder (verbigracia en una empresa), teniendo en esto ventaja la izquierda, particularmente si se trata de resolver con astucia situaciones difíciles. Ser la mano derecha de alguien reporta quizá más beneficios que ser mano de obra, y tenerla de santo para encontrar remedios eficaces cuando haya necesidad es aún mejor que tenerla, habitual y simplemente, buena. Varía mucho según sea el calificativo que se le aplique: mano blanda, mano diestra, mano dura, mano larga, mala mano, de primera o de segunda mano… Del mismo modo es diferente si se va por ahí con ellas cruzadas, vacías, llenas, con una en el corazón o una sobre la otra, con una delante y otra detrás o con las dos en la cabeza. Si dejar a alguien de la mano no está bien, peor es encontrarle luego dejado de la de Dios, y acaso sea preferible que algo se nos vaya de las manos a que se lo quitemos a otro de las suyas. Y si nunca está bien que dos lleguen o vengan a las manos, más reprobable es untárselas a un tercero con ánimo de obtener secretos beneficios; y si se ve uno obligado a lavárselas, que sea en verdad porque no ve claro el asunto, no vaya a suceder que, por desentenderse y no querer saber nada, se las aten por la fuerza al inocente.           
mañana. Esta de marzo, azul y, de tan clara, sin esquinas.
mapa. Por donde viajan los niños (y los pobres).
mar. Ver el mar fue durante toda su vida el sueño de mis abuelos, pero se murieron, como tantos otros campesinos de su misma edad y condición, sin verlo cumplido. Y eso que lo tenían en Ribadesella a 140 kilómetros por carretera.
marear. Todavía hay personas que se resisten a viajar en automóvil porque tienen miedo a marearse.
margarita. Algunas margaritas silvestres se habían asomado entre la hierba para ver si llegaba ya la primavera. Anoche bajó la helada y han amanecido hoy las pobres con la cabecilla ladeada, el tallo tembloroso, diminutas, vueltos sus pétalos abrasados al suelo, avergonzadas de su temprana temeridad. 
mariposa. Cuenta las sílabas de un verso y se posa en una flor, y así se pasa todo el día, haciendo rimas.
máscara. La cáscara con que se cubren algunas personas (véase cáscara).
médico. Hasta hace un par de siglos, matasanos.
memoria.  1 El río de la vida. 2 Las veredas de la memoria son amarillas, el color del tiempo viejo y olvidado. 3 La memoria, que es olvidadiza y en ocasiones traicionera, porque no siempre está atenta y con demasiada frecuencia se distrae…: por eso omite y descuida muchas más cosas de las que recuerda. 4 “Si la memoria no me engaña…”: curiosa manera de quitarse la responsabilidad de encima y echarle la culpa a otro. 5 ¡La memoria, que tantas ilusiones inventa con el fin de consolarnos! 6 "Déjame en paz, memoria; no me cuentes mi vida" (Miguel d'Ors, La imagen de su cara)
meñique. En el dedo meñique guardan las manos por la noche todas las caricias que no han regalado durante el día (véase caricia).
mercado. Sócrates, en la puerta del mercado de Atenas: “¡Cuántas cosas hay aquí que yo no necesito”, y se marchó.
metáfora. Un ejemplo: el burro de un pastor atado a la puerta de una cantina.
metamorfosis. No cambian las montañas, pero sí los ojos que las admiran; es el mismo cielo, pero no el cristal con que se observa; andamos los mismos caminos, pero son otros los pasos que nos guían.
microrrelato. Suspiro de relato. Se me han ocurrido así de pronto estos dos, Luna robada y El primer recuerdo. El primero es una variante de la entrada 2 de luna (véase): Este era un niño que una tarde subió a la montaña más alta y esperó allí a que saliera la luna. Y cuando llegó donde él estaba, la cogió y la guardó en la mochila. A ver qué decían ahora en casa cuando les pidiera algo, pensó. El segundo, como reza el título, podría ser mi primer recuerdo: Recordaré siempre las primeras palabras que dije nada más nacer: –¡Qué frío! ¡Con lo bien que se estaba ahí dentro!
miedo. 1 El de la gota de lluvia que se agarra desvalida con todas sus fuerzas a la rama. 2 El del hilo cuando se resiste a pasar por el ojo de la aguja.
miel. La luz de color miel de las tardes de otoño.
milagro. Solo los que han sufrido una desgracia creen, y por poco tiempo la mayoría de las veces, en los milagros.
minuto. Las horas pasan, los minutos marchan en fila india, los segundos huyen a la desbandada.
mirada. Esas que por discreción desviamos cuando a medio camino se encuentran con los ojos de la persona a quien iban dirigidas, ¿adónde van, y quién las apaga del todo?
misterio. 1 Por ejemplo: ¿quién descubrió el mar? Otro: ¿de qué color es el cristal con que mira Dios las cosas? Y uno más: ¿quién mató a Caín? 2 La ciencia y la razón son sus enemigas, y amenazan con enterrarle.
modestia. Es tan modesta que nadie repara en ella, ni se acuerda de practicarla.
mojigato, ta. La palabra en sí es simpática, y muy curiosa etimológicamente por cuanto es fruto de la unión de mojo y gato, dos formas distintas de nombrar al mismo animal. Se aplica a las personas de naturaleza en apariencia humilde y mansa, pero en realidad astuta y traicionera, y no pareciendo bastante con mencionar el nombre del felino una sola vez se optó por repetirlo, para que no hubiera dudas al respecto y quedara bien claro el significado.  
montaña. Los huesos de la tierra.   
monte. El sol no se fía de los que andan por los montes y por eso de vez en cuando aparta las hojas de los árboles con el dedo.
moño. Límite o línea roja, como se dice ahora de la indignación.
moquero. Pañuelo para limpiarse los mocos.
morcilla. Para buena, la reventona.
morir. Morir durante un paseo solitario bajo la nieve, acaso sea esa una de las maneras más dignas y bellas de pasar ese trance.
mosca. Las de septiembre son las más impertinentes y ofensivas porque se saben las últimas de la estirpe.
muerte. 1 Lo más terrible de la muerte es la certeza absoluta de que nunca nadie nos contará cómo nos sobrevino, ni lo que se dijo de nosotros después. 2 La fecha más trascendental de nuestra vida, que jamás sabremos. 3 Con qué naturalidad y despreocupación hablamos de ella cuando no nos atañe, ni a los nuestros. 4 Ese hueco inquietante y esa cifra desconocida en el paréntesis que póstumamente resume una vida (1952-   ). 5 “…pero más intensa es la muerte, la alta recompensa de la vida” (J. Keats).
mujer. Sostiene un amigo que, a una determinada edad, lo que más aprecian los hombres en las mujeres no es ya la belleza sino la bondad.
mula. Es terca por no dejar en mal lugar al dicho (véase terco, ca).
muletilla. La mula, para sostener la carga; la muleta, para apoyar el cuerpo; la muletilla, para aguantar el tejado de la conversación.  
mundo. 1 El mundo hay que mirarlo cada día con ojos nuevos. Ya lo dijo el poeta John Keats: “La costumbre corrompe toda dicha”. 2 No decir nunca: “el mundo en el que nos ha tocado vivir”. 3 ¿Cómo quedará el mundo cuando hayan sucedido en él todos los acontecimientos?
murera. Pequeño montón de tierra que en sus ratos de entretenimiento levantan los ratones en los prados o el pasto (de mur, nombre antiguo de ratón, del latín mus, muris, de donde también musgaño, murciélago, propiamente “ratón ciego” y musaraña, “ratón araña”).
musaraña. 1 Animalejo muy parecido al ratón. Etimológicamente, “ratón araña”, por la creencia popular de que su mordedura es venenosa como la de la araña. 2 Nubecilla que imaginamos en el aire o que se pone ante los ojos, muy útil para distraer la atención.
musgaño. Pequeño mamífero insectívoro, parecido a un ratón (véase murera).
música. Un espino en primavera alborotado de ruiseñores al atardecer. 


lunes, 8 de junio de 2020

Escenas de la vida cotidiana


De la vida cotidiana que llevábamos antes. La vida previsible que teníamos aprendida de memoria porque nos parecía que iba a durar siempre. La vida que dejamos atrás no hace ni siquiera tres meses y que ahora nos parece tan lejana.
La añoramos, y nos gustaría que lo que ha pasado fuera solo un paréntesis y que las cosas volvieran a su sitio. Que se recuperase el guion interrumpido y las imágenes discurrieran de nuevo ante nuestros ojos. Las imágenes de aquellas viejas escenas que, de tan comunes y repetidas, apenas nos llamaban la atención:
El café a media mañana en compañía del periódico, sin duda uno de los ritos distintivos de nuestra civilización.
El grupo de turistas arremolinados en torno a un guía.
La doble fila de niños cogidos de la mano que caminan por la acera con formalidad adulta escoltados por sus maestras.
La pareja de jóvenes que aborda con una sonrisa a los transeúntes pidiéndoles un minuto de tiempo para contestar a unas preguntas, y qué pocos les dan esa limosna.
Los empleados que salen a fumar a la calle con la mirada perdida y la expresión ausente.
Los escolares cargados de móviles y mochilas que hacen cola desganados en la entrada de un museo.
Los jubilados que se van turnando en la ocupación de los bancos de la plaza... Aunque aparentemente entretenidos en inspeccionar el cielo y observar a los viandantes, lo que más les gusta es perderse por los caminos de la memoria.
La pequeña algarabía de las entradas y salidas de los colegios.
La animación de las palomitas en los vestíbulos de los cines.
La sobremesa de los restaurantes.
El paseo tranquilo, no este de la desescalada, entre imperativo y protocolario, también reglamentado, y las filigranas que hacen algunos para esquivar y no encontrarse de frente, y el recuento de los que llevan o no mascarillas.

      (La Razón, 7 de junio de 2020)

miércoles, 3 de junio de 2020

Notas de lectura


"Aquí hay fuentes frescas, aquí, Licóride, prados blandos; aquí está el bosque; aquí moriría contigo de pura vejez" (Virgilio, Bucólicas).

"He llegado con tanto retraso al mundo que me he desorientado para siempre" (W. Shakespeare, Antonio y Cleopatra)

"Peligrosos son los viejos que conservan el recuerdo de las cosas pasadas y han perdido el de las muchas veces que las cuentan" (Montaigne, Ensayos)

"La esperanza, el mejor consuelo de nuestra condición imperfecta..." (E. Gibbon, Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano)

"La melancolía es la felicidad de estar triste"  (Victor Hugo)

Felipe II, cuando estaba en su palacio de Lisboa, echaba de menos a los ruiseñores, “aunque algunos pocos decía en una carta muy sentida, se oyen algunas veces de una ventana mía”.
Y su hija, que era la destinataria, le contestó así a vuelta de correo: “Tenga cuidado, padre, de no caer en el pecado de melancolía”.

lunes, 25 de mayo de 2020

Diccionario de un leído de aldea


L
labio. El silencio tiene labios.
labrar. Verbo que ha dejado ya de conjugarse: ni el labrador labra la tierra, ni los jóvenes un sólido porvenir, ni el advenedizo una buena reputación, ni los honrados trabajadores una segura fortuna.
lagartija. La encargada de tomar nota de la temperatura en muros, tapias, caminos, pedregales y descampados.
lágrima. 1 Miraba con lupa sus lágrimas, por ver si eran verdaderas. 2 Con un hilo de lágrimas se ataron sus ojos al despedirse.
laguna. Que se hable de sus lagunas confirma que la memoria es un río.
latido. Acompasar los del corazón a los del reloj, o viceversa.
latín. Algunos teólogos sostienen que es la única lengua que se habla en el paraíso, aprendida instantáneamente y de forma natural por los que allí llegan.
lectura. 1 Vicio legal del que se puede disfrutar en público, así la definió no recuerdo ahora quién. 2 Veneno dulce y saludable. 3 “No hay dolor en la vida que no lo puedan curar dos horas de lectura” (Montaigne). 4 Cuentan que san Agustín, siendo obispo de Hipona, visitó en cierta ocasión al futuro san Ambrosio y le encontró leyendo en soledad y absoluto silencio, de lo que se quedó muy asombrado. ¡Lo nunca visto, que alguien leyera únicamente con los ojos y sin mover siquiera los labios! Y tanto le llamó el hecho la atención que lo anotó en su libro más conocido, Confesiones: "Cuando leía sus ojos se desplazaban sobre las páginas y su mente buscaba el sentido, pero su voz y su lengua no se movían".
leer. 1 Leer, leí no sé dónde, es el único vicio solitario que, practicado en público, se convierte en virtud (véase solitario). 2 Véase ojo.
leguleyo, ya. Persona que se tiene por legista, esto es, letrado y perito en jurisprudencia, y solo sabe las leyes de memoria.
leído. 1 Vale, referido al título de este libro, por amigo de los libros, única y exclusivamente. 2 ‘Es una persona muy leída’: ¡Con qué aprecio, consideración y respeto se pronunciaba esta frase antes en los pueblos, y particularmente en las familias pobres y modestas en cuyas casas no había libros! 
leña. 1 Con las manos, con piedras afiladas, con hachas, con sierras… Cortar la leña: una necesidad, una labor y una tradición tan antigua como el ser humano. 2 La leña, cuanto más verde, más negro echa el humo.
leñador. “¿Sabéis lo que dicen los árboles cuando un leñador entra en el bosque?: ¡Mirad, el mango del hacha es de los nuestros!” (Escrito en una pared de Belfast).
leporino. Tiene su gracia que guardemos con las liebres ese único parecido del labio superior hendido.
levantar. 1 No acaba de levantar el día: cuando está nublado y el sol no se hace el amo del cielo. 2 Tarda en levantar la niebla: cuando a esta le cuesta trabajo descoserse de los montes.
libélula. Insecto con apariencia y modales de helicóptero que tiene por misión sobrevolar en el buen tiempo las orillas de los arroyos y los ríos. Muy parecido, pero de menor tamaño y apariencia filiforme, es el caballito del diablo, que tiene la particularidad de plegar sus dos pares de alas reticulares cuando se posa, a diferencia de la libélula, que las mantiene horizontales.
libertad. ~de expresión. ¡Libertad de expresión: mecagüen la libertad de expresión!
libre. ¡Libre como la burra del guarda!, para ponderar la libertad del que hace lo que le da la gana, sin limitaciones ni ataduras.
librepensador, ra. ¡Llegar a ser libre y a pensar por uno mismo libremente!
libro. 1 Los libros, a partir, más o menos, de los doce años, habría que prohibirlos: es la única manera de que los adolescentes se interesen por la lectura. 2 Muchos no tuvimos en casa otro libro que el misal, el devocionario de rezos y novenas y la vida de algún santo. 3 Ningún libro ha sido escrito para ser comentado (a pesar de lo que creen algunos especímenes del gremio profesoral). 4 ¡Un libro en el que las palabras no se estén quietas, sino que fluyan como las aguas de un río, y que, lo mismo que estas a las hojas, así también arrastren ellas al lector y lo lleven corriente abajo hasta la desembocadura de la última página! 5 Los libros, que sin pedir nada a cambio, están siempre dispuestos a rescatarnos del aburrimiento y la mediocridad.
literatura. La mejor es la que está regada por la vida.
llorar. Lloraba todas las noches por el día recién terminado, que no iba a volver más.
llovedizo, za. Que ha caído inesperadamente, como una hoja.
lluvia. 1 La civilización viene con la lluvia. 2 "Amenaza lluvia", dicen. ¿A quién? ¿Al labrador? ¿Al turista?
luciérnaga. Adorno y centinela de la noche y los caminos, réplica terrenal de las estrellas.
lugareño, ña. Nos lo llaman los que creen que han dejado de serlo o se afanan por no aparentarlo.
lumbre. 1 Los pastores hacían las lumbres en el campo para calentarse la soledad y enseñarles los caminos de la tierra a las estrellas. 2 No hay interlocutor más paciente y comprensivo que la lumbre. 3 ¿Me das lumbre?, cuando le pedimos a alguien el mechero o las cerillas para encender el cigarrillo.
luna. 1 El pan de los poetas, y si son pobres y están enamorados –dones ambos que les son intrínsecos-, su única ofrenda y promesa, cotidianamente reiterada. 2 Reina de la noche, eterna peregrina, dispensadora de la humedad y del rocío, le cantaban los poetas antiguos. 3 El niño la observaba en cuanto se asomaba por detrás del monte, pegada a la raya oscura que cerraba por aquel lado el horizonte; tan pegada, que parecía que estuviera allí mismo, y que, al subir, se fuera rozando contra las peñas y los árboles más altos. Lo tenía decidido: en cuanto se hiciera un poco mayor y no le diera miedo andar él solo de noche por los caminos, subiría al monte, la esperaría escondido detrás de un roble y, si era fácil despegarla del cielo y no pesaba mucho, la traería para casa metida en un saco.  
lúnula. La media luna que asoma en la raíz de las uñas.
luz. 1 La del sol, la de la bombilla y la de la razón. 2 La del amanecer, tan tímida y asustada que parece que no se atreve a asomarse, temerosa de lo que en el mundo haya podido ocurrir durante la noche. 3 entre dos luces. Las dos que se saludan al ser de día o las dos que se despiden una de la otra al anochecer.


lunes, 18 de mayo de 2020

Vocabulario de una pandemia


No son pocas las palabras y expresiones que han pasado a formar parte del vocabulario cotidiano desde que llegó a nosotros el vendaval que sacude el mundo.
A las cosas, para que existan, se les ha de poner un nombre. El de la amenaza que nos atemoriza ya lo tenía, pero plaga y peste era ir para atrás, a la Edad Media, así que pandemia, que hay que explicar el significado porque no es lo mismo que epidemia.
Confinamiento, otra palabra que ha vuelto. También ella sufría lo que designa, pues raras eran las veces que salía del diccionario. Lo que nombra parecía cosa del pasado, y apenas nadie la usaba. Ahora define nuestro estado y circunstancia, y hasta los niños la conocen. Había otras, encierro, o reclusión, o aislamiento, pero no sonaban tan bien, por lo de las connotaciones que arrastran.
Otro tanto ocurre con la cuarentena, que es el aislamiento preventivo a que se somete durante un período de tiempo, por razones sanitarias, a las personas enfermas o portadoras de una enfermedad. Aunque al adjetivo preventivo habría que añadirle este otro, vigilado, pues concurre asimismo esta circunstancia, y se han impuesto por ello denuncias a los infractores. Cuarentena es palabra añeja, y acaso sea esa la razón por la que algunos la desdeñan, y quién sabe si también por las reminiscencias bíblicas que despierta: los cuarenta días y cuarenta noches que duró el diluvio universal, los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, los cuarenta días que comprende la cuaresma...
Nadie había oído hablar del dichoso bicho, coronavirus, un nombre que no le pega porque si bien se mira es bonito. A lo mejor para otra cosa, una medicina por ejemplo, o una de esas averías que tienen los ordenadores, o algún invento nuevo, pero llamarle así a un microbio tan maligno... Tampoco suena mal el nombre de la enfermedad, la covid-19, o el covid-19, que los dos géneros son correctos, aunque la Real Academia de la Lengua prefiere el femenino.
No sabemos si la vida que nos aguarda cuando esto pase será como la de antes, o si habremos de adaptarnos a esa nueva normalidad de la que hablan. Y ya de entrada sorprende la expresión, porque la normalidad, para serlo, presupone un hábito o costumbre, una forma de vida a la que se ajustan los quehaceres ordinarios, y cómo va entonces a ser nueva si previamente no se ha ejercitado. Pero la realidad hay que vestirla, y no lucen igual todas las telas.
La desescalada, así han bautizado a la situación en que hace bien poco acabamos de entrar, que ha sido posible, entre otras cosas, porque la curva se está aplanando, la curva de los contagios, se entiende; desescalada, que equivale a disminución o relajamiento, es vocablo incorporado del inglés y no lo registra el diccionario de la Real Academia.
Y con la desescalada, la previsión del futuro, cuadriculado en cuatro fases, regidas cada una por una serie de normas, entre las que destacan las franjas horarias para salir a la calle.
Se mantiene, no obstante, la obligación de respetar la distancia de seguridad. La distancia social se le llama también, pese al equívoco de la expresión, que solía emplearse casi siempre hasta ahora en sentido sociológico, para aludir a la diferencia entre los distintos estamentos.

     (La Razón, 17 de mayo de 2020)

miércoles, 6 de mayo de 2020

Ya ni sé qué día fue


Lo que sí sé, porque lo he recordado más de una vez estos días, es lo que hice aquel último día, y es lo que ahora voy a contar.
A eso de las diez salí con el mejor humor del mundo a comprar el periódico y me senté a leerlo en un banco de la plaza Molina. El cielo estaba azul y, aunque soplaba un airecillo fresco, daba gusto estar allí. Justo enfrente tenía a cuatro integrantes de los Testigos de Jehová que aguantaban de pie con la mejor cara en espera de atender a algún curioso, las mesas de las dos cafeterías que hay al lado estaban todas ocupadas y por el ascensor y las escaleras del tren no paraba de entrar y salir gente.
Compré el pan, entré en el bar de siempre a tomar un café, lo despaché enseguida porque solo había sitio en la barra y encima el otro periódico que leo estaba en posesión de otro parroquiano que no tenía pinta de soltarlo pronto, y pasé por el banco. Era mi intención hablar con la directora, pero como no había pedido cita previa y tenía dos personas delante, me contenté con las gestiones del cajero.
De vuelta en casa, me acababa de acomodar en el sillón con el libro ya dispuesto cuando me recuerdan por teléfono que urge renovar las existencias de fruta y verduras. Acudo presto a ejecutar la orden o el encargo, compruebo que todo lo que llevaba en la lista de la cabeza está en el carro, pago con dinero recién salido del banco, la cajera me pregunta solícita si necesito bolsa, le doy las gracias y misión cumplida.
Por la tarde a primera hora fui a devolver un libro a la biblioteca, y me llamó la atención que las salas de estudio estuvieran llenas: los exámenes del segundo trimestre, pensé.
Bajé luego dando un paseo, y en la Plaza de Gala Placidia, tomada por los niños que acababan de salir del colegio, me crucé con un escritor al que admiro mucho, Javier Cercas. Le veo de vez en cuando por el barrio, y siempre que eso ocurre pienso lo mismo: que ojalá le conociera personalmente y pudiera detenerme a charlar un rato con él.
En los tilos que dan sombra y ornato a la Rambla de Cataluña prendía el primer verdor de la primavera, y se adivinaba en el aire un casi imperceptible aroma. También, conforme bajaba, iba creciendo el trajín de los viandantes y el bullicio del tráfico.
Saludé al amigo con el que había quedado y entramos en una cafetería a tomar algo. No había ninguna mesa libre y optamos por acomodarnos en una de las que se ofrecen fuera al cobijo de unos toldos.
Pasó el tiempo en un santiamén, y, ya subiendo, en las inmediaciones de la Diagonal, tropecé con dos antiguos compañeros de profesión y evocamos algunos lances.
Y aún me dio tiempo, antes de llegar a casa, de llamar por el móvil a otro amigo para acordar los últimos detalles del largo paseo que nos iba a ocupar –privilegio de los retirados–la mañana del día siguiente. Que, ahora que me acuerdo, era la del 13 de marzo, fecha en que el Gobierno anunció el estado de alarma, de resultas del cual se impuso el confinamiento, y hasta hoy.

  (La Razón, 4 de mayo de 2020)