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miércoles, 1 de julio de 2015

Vacaciones de verano

Levantarme cuando quisiera, después de misa por supuesto, o a media mañana; leer un rato en casa en el corredor; holgazanear un poco por ahí sin hacer nada; bañarme en la represa del molino al mediodía; acercarme después de comer hasta la plaza del Medio Lugar y ver pasar por allí, sentado a la sombra de las acacias, a los que fueran a trabajar; tumbarme luego a leer otra vez debajo de un fresno hasta que me cansara; echar una partida a los bolos o darle unas patadas al balón cuando bajara el sol; escuchar música en la radio al oscurecer, a ser posible en compañía de alguna rapaza; cenar y salir a dar una vuelta y acostarme tarde, lo más tarde que fuera posible… 
Esa era la vida que tenía prevista por si algún día yo también era veraneante (o sea, de los que venían al pueblo a pasar el verano sin más obligación que esa) y no me hacían madrugar para ir al campo a recoger la hierba o al monte a guardar las vacas o a las eras a preparar la trilla.
Aunque bien mirado tampoco estas tareas importaban mucho, porque estábamos de vacaciones y siempre quedaban ratos libres y los veranos eran muy largos y de color azul como la tinta de los sueños adolescentes.

martes, 30 de junio de 2015

Etimologías curiosas

Deambulando de acá para allá por las páginas del diccionario, puede entretenerse uno preguntando por la etimología de las palabras, y la curiosidad, que es siempre bien recibida en cualquier libro, quedará en más de una ocasión sorprendida y satisfecha.
Sirvan como botón de muestra las seis palabras siguientes:

adefesio. De la expresión latina ad Ephesios, ‘a los habitantes de Éfeso’, título de una epístola dirigida por san Pablo a los habitantes de esa ciudad de Asia Menor (actual Turquía), en la que, durante su predicación, había sufrido grandes penalidades. Empleada hasta el siglo XVI como locución adverbial con el significado de ‘en balde’ o ‘disparatadamente’, pasó a significar después ‘prenda de vestir o adorno ridículo’ y ‘persona de aspecto feo o ridículo’.

bigote. Del alemán bi God, ‘por Dios’, especie de juramento empleado a manera de apodo para llamar a las personas con bigote, algo que era habitual entre los antiguos pueblos germánicos. Cuenta además la leyenda que, antes de entrar en batalla, los soldados se llevaban la mano al susodicho bigote, símbolo de la hombría y el valor, y proferían esas dos palabras, bi God, para darse ánimos e infundirse coraje.

busilis. O sea, el punto en que radica la dificultad o el interés de una cosa. Viene de la expresión latina in diebus illis, inicio frecuente de los textos latinos del evangelio que se leían en la misa; alguien que no entendía su significado (‘en aquellos días’) debió de suprimir las dos primeras sílabas –in die- y amalgamar las restantes –bus illis: busilis-, formando así la nueva palabra, ‘busilis’.

espabilar (o despabilar). Originariamente, “quitar la pavesa o la parte ya quemada del pabilo o mecha a velas y candiles”. El pabilo, la mecha de la vela, es palabra que proviene del latín papyrus, ‘papiro’, planta cuya hojas se empleaban con esa función. Modernamente, equivale a “avivar y ejercitar el entendimiento o el ingenio de alguien, hacerle perder la timidez o la torpeza”.

mamotreto. Del latín mammothreptus, y este del griego μαμμόθρεπτος, literalmente 'criado por su abuela', y de ahí, ‘gordinflón’, ‘abultado’, por la creencia popular de que las abuelas crían niños gordos y lucidos. En castellano se usó primero para designar un libro o un cuaderno grande y pesado, por lo general de poco provecho.

pontífice. Del latín pontifex –icis, literalmente “el que hace puentes”, y que designaba en un principio al alto funcionario romano encargado de cuidar el puente del río Tíber. San Bernardo, en la Edad Media, explicó que el pontífice es el puente entre Dios y los hombres, entre el cielo y la tierra, y de ahí que el arco iris, el puente celeste, sea el símbolo del pontificado.

lunes, 29 de junio de 2015

Efemérides literarias

Leopardi, el poeta de la infelicidad

El 29 de junio, día de san Pedro, del año 1798 nació en Recanati uno de los más grandes poetas italianos y europeos, Giacomo Leopardi.
Pasó su infancia y adolescencia poco menos que recluido en su casa, bajo la férula de los padres y mortificado por la impresión de sentirse siempre relegado, menospreciado y excluido. En las pocas ocasiones en que traspasaba la puerta, se limitaba a vagar en soledad por las calles y alrededores del tranquilo pueblo de Recanati.
En la noche amiga se desahogaba con la luna y las estrellas, eternas confidentes:

            Oh, tú, graciosa luna, bien recuerdo
            que sobre esta colina, ahora hace un año,
            angustiado venía a contemplarte:
            y tú te alzabas sobre aquel boscaje
            como ahora, que todo lo iluminas:
            mas trémulo y nublado por el llanto
            que asomaba a mis párpados, tu rostro
            se ofrecía a mis ojos, pues doliente
            era mi vida: y aún lo es, no cambia,
            oh mi luna querida […]

Pese a la vitalidad que desbordaba su interior, la existencia de Leopardi fue un páramo áspero de infelicidad, amargura e infortunio. Y, como ocurre siempre, su extremada sensibilidad no le reportó sino dolor y desventura.
Apartado del mundo, y como única defensa frente a las ofensas de la vida, no le quedó otra salida que la de “acurrucarse” (palabra que le gustaba mucho) en sí mismo en espera de que el paso del tiempo fuese atemperando todas las intemperies.
Con el alma aterida por el sufrimiento, rotas las ilusiones y privado de sosiego, buscó refugio en los libros y en la literatura, y estas fueron las dos grandes pasiones con las que logró al menos asirse a la supervivencia.
La melancolía tiñó sin tregua su escritura y su mirada, como la que trasluce este poema memorable en el que expresó su deseo de aprehender el infinito, de envolverse en la honda quietud de un mundo sin límites, de anegarse en la inmensidad de lo eterno:

            Siempre caro me fue este yermo collado
            y este seto que priva a la mirada
            de tanto espacio del último horizonte.
            Mas sentado, contemplando, imagino
            más allá de él espacios sin fin,
            y sobrehumanos silencios; y una quietud hondísima
            me oculta el pensamiento.
            Tanta que casi el corazón se espanta.
            Y como oigo expirar el viento en la espesura
            voy comparando ese infinito silencio
            con esta voz; y pienso en lo eterno,
            y en las estaciones muertas, y en la presente viva,
            y en la música. Así que en esta
            inmensidad se anega el pensamiento:
            y naufragar es dulce en este mar.

La enfermedad –en forma de misteriosa e inmisericorde tuberculosis- minó pronto su salud, había temporadas en que no podía ni siquiera leer –apenas sus ojos podían soportar la luz- y, por si fuera poco, hubo de soportar la afrenta de un cuerpo deforme con una joroba en la espalda.
Derrotado por el destino y acostumbrado a la compañía de la enfermedad, él mismo llegó a decir que vivía en Recanati como en un sepulcro (su primera salida, a Roma, y con el renuente permiso paterno, tuvo lugar en 1822, cuando Leopardi contaba ya 24 años) y que se había hecho viejo antes de ser joven.
Las estancias prolongadas en Florencia, Pisa y Nápoles atemperaron su soledad, pero no la desdicha íntima: “Ya no me considero nada”, escribió. Y como el pájaro solitario que da título a uno de sus poemas, optó finalmente por apartarse de la vida y mantenerse alejado de los demás, de los hombres-pájaros que festejan las alegrías de la existencia convocados por el tañido de las campanas.
Las mismas campanas que acaso tañeran por él cuando la muerte vino a llamar a su puerta de Nápoles el 14 de junio de 1837, quince días antes de que el poeta cumpliera los 39 años. Una muerte que él había presentido, y no pocas veces deseado, como la hora de reposar:
           
            Descansarás por siempre,
            cansado corazón. Murió el engaño
            que eterno yo creí. Murió. Bien siento
            que de amados engaños
            no solo la esperanza, el ansia ha muerto.
            Reposa ya. Bastante
            palpitaste. No valen cosa alguna
            tus afanes, ni es digna de suspiros
            la tierra. Aburrimiento
            es tan solo la vida, y fango el mundo.
            Cálmate. Desespera
            por última vez [...]
                                                          
*Los títulos de los poemas reproducidos son, por orden de aparición, A la luna, El infinito y A sí mismo, y las traducciones se deben, respectivamente, a Luis Martínez de Merlo, Antonio Colinas y Diego Navarro.

viernes, 26 de junio de 2015

Lecturas para el verano

Ahora que están llegando, con motivo de los 500 años de la publicación de su segunda parte, tantas nuevas ediciones del Quijote, qué mejor que aprovechar el tiempo bueno para leerlo otra vez. De entre estas nuevas ediciones, dos son particularmente recomendables: la primera, dirigida por Francisco Rico y que acaba de aparecer en la Biblioteca Clásica de la RAE, por ser sin duda la de referencia en el ámbito académico; la segunda, a cargo de Andrés Trapiello, por ser la pionera en trasladar el Quijote al castellano actual, y haberlo hecho en forma tan esmerada y cuidadosa que en nada desmerece del original. De modo que ya no hay disculpa para no leer el Quijote, este verano o cuando sea. 
A mis alumnos, cuando tocaba Cervantes, les decía siempre, con gesto un poco grave, aquello que antes circulaba tanto por las aulas y los libros: que el Quijote había que leerlo tres veces, y que la primera hacía reír, la segunda, pensar, y la tercera, llorar.
Esto les impresionaba sobremanera, y siempre había alguno que se atrevía a preguntarme si yo lo había leído ya las tres veces.
Invariablemente, mi respuesta era que iba por la tercera, la de llorar. Lo cual les intrigaba, y seguramente se quedaban con las ganas de que les diera más detalles.
Bien es verdad que algunos, los más desconfiados, se lo tomaban a veces un poco a broma, y sonreían, mirándome, yo creo que con la esperanza de pillarme en falso, y que yo me riera también.
Disipada la sorpresa, acababa proponiéndoles que podían empezar ya con la primera lectura, la de reír, pero no parecía gustarles mucho la idea, y al final llegábamos a la conclusión de que ya tendrían tiempo, y que si no era en las próximas vacaciones ya vendrían otras, de mayores, en que se pondrían a ello.
Y hecho el pacto y más o menos sellada la promesa, les contaba lo que se cuenta en el Quijote, que es lo primero que hay que contarles siempre a los alumnos cuando se les habla de un libro, la historia, el argumento, las peripecias de los personajes –y no, como proponen los manuales y las programaciones didácticas, la estructura, las técnicas narrativas, las interpretaciones, el estilo y otras aburridísimas zarandajas-, deteniéndome, como es natural, en los episodios más conocidos o que podían despertar en ellos un mayor interés, ponderaba las virtudes y cualidades de la obra, traducida a todas las lenguas y leída desde su aparición hace cinco siglos por millones y millones de personas de los cinco continentes -después de la Biblia, les remarcaba, el libro más leído en todo el mundo-, y a continuación, antes de que se apagara la llama del aliciente, pasaba a leerles, con la entonación y los honores que el ingenioso hidalgo y su escudero se merecen, una buena selección de los mejores y más entretenidos lances, a ver si así les engatusaba y bajaban luego a la biblioteca a pedir un ejemplar.   

jueves, 25 de junio de 2015

Instrucciones para bien andar

Andar o caminar, da igual, los dos verbos significan lo mismo, pero mejor el primero, más sencillo y popular, porque es lo que siempre han hecho las gentes sin más medios ni recursos para ir de un lado a otro que sus pies: andar errante, se dice.
Andar a la buena de Dios, andar por ahí, andar de acá para allá…
Andar por los caminos, y no caminar por los caminos. Esto último, el caminar, ha sido siempre menos plebeyo y más aristocrático: caminar es distraerse, caminar es pasear, caminar es entretener el tiempo los que no saben en qué emplearlo o pueden permitirse el lujo de pasarlo sin hacer nada, malgastándolo, matándolo… Caminan los pudientes, los ociosos, los tristes y apesadumbrados…. No se imagina nadie que en una novela se pudiera decir de otro modo lo que hacen los personajes en cuestión: El señor y la señora caminan todas las tardes un ratito por los alrededores de la ciudad. Pero, en cambio, no se ha visto nunca a un pobre que camine, los pobres andan y nada más, de manera que tampoco se podría escribir nunca: El pastor camina todo el día tras el rebaño. Caminar, además, parece que exige un porte, y una distinción, y una buena apariencia, incluso en el vestir. Dice uno caminar y lo asocia sin querer con el bastón de madera fina y puño de plata, y con el sombrero o la sombrilla en el caso de las damas, y con calzado aparente…
En fin, que mejor andar, que no exige etiqueta, y no requiere aprendizaje, ni técnica, ni reglas, ni entrenamiento, y está además al alcance de cualquier bolsillo.
Y soy de los que opinan que lo mejor es andar solo (mejor incluso que bien acompañado, al decir de los más entendidos; y si a alguien le parece esto una rareza y te pregunta, respóndele lo que respondió el otro cuando se vio en la misma situación: “¿Solo? No, voy conmigo”).
Nunca tampoco se ha de tener prisa. Entre otras ventajas, porque cuanto más despacio se va, más cosas se ven.
Es muy conveniente y necesario olvidar todo lo que se lleva dentro y mirar únicamente lo que hay fuera: borrar la historia y concentrarse en la geografía, dicho sea en forma sentenciosa.
Cuando uno anda no compite con nadie; por consiguiente, no hay meta, ni trofeo, ni resultado, ni clasificación, pero sí un trago de agua fresca, y la sombra de un árbol, y la respiración del campo, y la caricia del aire, y la canción de una fuente, y los aromas de las plantas, y las conversaciones de los pájaros, y los colores de la luz, y la música del silencio; y la libertad, y el placer –nunca la necesidad- de llegar, y el gusto de descansar. ¡Conque ya se ve que es imposible atender a todo lo anterior y mantener una conversación o un acompañamiento al mismo tiempo!
Para andar se puede llevar en la mano un palo, una cachava, un cayado, una vara (las de avellano son las mejores), pero nunca unos bastones de esos relucientes que convierten al que los maneja en un esquiador extraterrestre.
Ah, y las mejores ideas vienen siempre a la cabeza cuando se anda, como si estuvieran aguardando a que pasáramos para salir de su escondite.
O como si los caminos fueran también ellos pensadores solitarios y nos agradecieran así la compañía, cediéndonos generosamente sus pensamientos más limpios y altos.
Andar y andar y andar… Acaso sea esa la única meta, el único fin, el único destino. Andar, ir, marcharse… 


martes, 23 de junio de 2015

Momentos felices

Momentos felices

Lo cuenta el gran Álvaro Cunqueiro (junto con Josep Pla, entre los mayores prosistas –si no los mayores ellos– de la literatura castellana del siglo XX, y eso que ninguno de los dos tenía el castellano como lengua materna) en uno de los artículos publicados en el periódico vespertino La Noche de Santiago de Compostela y recogidos en el libro “Los días” en La Noche (“Los días”, porque ese era el título de la serie que firmó entre 1959 y 1962).
Fechado el día 4 de noviembre de 1960, lleva por título Mientras llueve, y refiere en él que un ilustre erudito chino del siglo XVIII, de nombre Ching Shengran, se vio obligado, durante una excursión, a permanecer encerrado diez días con un amigo en un templo, a causa de las lluvias. Tuvo así ocasión la pareja de cumplir el que para los chinos era uno de los ideales de felicidad desde que el poeta Su Tung-po lo hubiera expresado en uno de sus poemas, allá por el siglo XI: que dos amigos pasaran las horas de la noche en la misma habitación y cada uno en su cama, ligeramente embriagados, oyendo llover.
Recordando al poeta, el erudito y su amigo se entretuvieron, mientras disfrutaban del sonido de la lluvia, en redactar una lista de los treinta y tres posibles momentos felices de la vida de un hombre, lista que fue posteriormente aceptada y reconocida por los sabios de China como “el clásico de la felicidad”.
Cunqueiro escoge algunos de esos momentos, nueve en concreto, y de entre esos nueve yo me he permitido seleccionar estos tres:

Escuchar a nuestros hijos que recitan los clásicos tan de corrido como el cantar del agua que se vierte de una jarra. ¡Ah!, ¿no es esto felicidad?

Estar bebiendo una noche de invierno, y de pronto sorprenderse del silencio y el intenso frío, y abrir la ventana y ver caer copos de nieve del tamaño de una mano, y ya hay cuatro dedos de nieve en la tierra. ¡Ah!, ¿no es esto felicidad?   

Abrir la ventana y hacer que salga del cuarto un moscardón. ¡Ah!, ¿no es esto felicidad?

Y podría ahora añadir cada cual un momento personal a esa lista de la felicidad.

lunes, 22 de junio de 2015

Palabras castellanas de origen catalán

Aunque en estas cuestiones conviene andar con pies de plomo, parece comprobado que, de entre las lenguas peninsulares, la que más palabras ha aportado al vocabulario del castellano ha sido la catalana.
Anoto a continuación las que, procediendo con toda seguridad del catalán -bien que en algunos casos las haya tomado este de otra-, son de uso más frecuente o conllevan algún motivo de interés o curiosidad. Figura entre paréntesis el término catalán del que se han formado:

1  alioli (allioli, literalmente ‘ajo y aceite’; el equivalente castellano es ajiaceite, que el DRAE define como “composición hecha de ajos machacados y aceite”)
2  añoranza (enyorança)
3  añorar (enyorar)
4  bajel (vaixell, que es en catalán el término común equivalente al ‘barco’ castellano)
5  barraca (barraca)
6  cantimplora (cantimplora)
7  capicúa (cap-i-cua, literalmente ‘cabeza y cola’)
8  chafardero, ra (xafarder, equivalente a ‘chismoso, cotilla’)
9  clavel (clavell)
10 cohete (coet)
11 confite (confit)
12 congoja (congoixa)
13 convite (convit)
14 cordel (cordell)
15 esquirol (esquirol, término que procede de L'Esquirol, localidad barcelonesa de donde eran originarios los obreros que, a fines del siglo XIX, ocuparon el puesto de trabajo de sus vecinos de Manlleu durante una huelga, y de aquí el significado de ‘trabajador que no sigue una huelga o que ocupa el puesto de un huelguista’; la primera acepción de esta palabra en catalán es ‘ardilla’)
16 faena (faena, en catalán antiguo, y actualmente feina)
17 fango (fang)
18 forastero, ra (foraster)
19 granel (granell)
20 grapa (grapa, y este del franco krappa, ‘gancho’)
21 gresca (del catalán antiguo greesca, gresca en catalán actual)
22 guante (guant, y este del franco want)
23 manjar (del catalán antiguo manjar, hoy menjar)
24 mercería (merceria)
25 moscatel (moscatell)
26 muelle (moll, con el significado de ‘obra construida en la orilla de un mar o de un río para facilitar el embarque o desembarque de personas y mercancías’)
27 novel (novell, ‘nuevo, que comienza a practicar un deporte o una profesión’)
28 paella (paella, que, en catalán, además de ‘plato de arroz’, significa también ‘sartén’)
29 papel (paper, y este del latín papyrus)
30 picaporte (picaportes, literalmente 'llama a las puertas', aldaba)
31 pincel (pinzell)
32 porche (porxe)
33 prensa (premsa)
34 reloj (del catalán antiguo y dialectal relotge, hoy rellotge, y este del latín horologium, ‘reloj de sol o de arena’)
35 retal (retall)
36 retrete (retret, literalmente ‘retraído, escondido’; en castellano, originariamente, designaba el “aposento pequeño y recogido en la parte más secreta de la casa y más apartada”, según la definición de Covarrubias)
 37 sastre (sartre, sastre, y este del latín sartor, -oris)
 38 semblante (semblant, y este del latín similans, -antis, con el significado de ‘cara’)
 39 trébol (trébol)
 40 viaje (viatge)