Seguidores

lunes, 9 de noviembre de 2015

Latines

No hace mucho, el corrector del word me dio el alto al escribir: no aceptaba la expresión latina in medias res ("en medio del asunto", "en mitad del argumento"), y proponía tan campante sustituirla por ‘medias reses’ (peccata minuta al fin y al cabo, debió de considerar quien lo programó).
¡Pobre latín! Lo destierran de los planes de estudio en la enseñanza, lo desdeñan en los currículos, la liturgia eclesiástica no tuvo en su día reparos en excomulgarlo y lo maltratan ahora en las redes.
O tempora!, o mores!
Por cierto que la referida expresión la ha visto uno con demasiada frecuencia escrita así, *in media res, lo que no deja de ser también un agravio, máxime teniendo en cuenta que los infractores son por regla general personas, como se decía antes, con estudios.
No es la única, sin embargo, así que aprovecho de paso la ocasión para reivindicar el buen nombre y la escritura correcta de algunas otras, descuidadas por parte de quienes recurren a ellas para, supuestamente, ennoblecer el estilo y engalanar las ideas: grosso modo ("aproximadamente", "en líneas generales", "más o menos"), y no *a grosso modo; motu proprio ("por propio movimiento", "voluntariamente"), y no *motu propio o, peor aún, *de motu propio; statu quo ("en la situación actual", "estado de cosas": 'mantener el statu quo'), y no *status quo; urbi et orbi ("a la ciudad y al mundo", aplicado a la bendición papal), y no *urbi et orbe.
Pero disculpémoslo: un lapsus linguae, y no digamos un lapsus calami, lo tiene cualquiera.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Hora de lectura. Otra vuelta de tuerca, de Henry James

La empecé la otra noche (llevaba, descuido imperdonable, desde finales de abril esperando turno en el bullicioso desorden de la mesa) y esta mañana ha vuelto a ocupar su lugar en el silencioso retiro de la estantería. Y sí, las expectativas se han cumplido, y el buen sabor de la primera vez se ha visto confirmado, incluso superado. Es lo que tienen los buenos libros, que mejoran con los años, y lo mismo les pasa a las relecturas, que segundas veces siempre fueron buenas.
Sin duda, Otra vuelta de tuerca es una lección magistral de arte narrativo, y las razones son muchas y variadas: el punto de vista, primero el de un narrador llamémosle introductorio o intermediario, y luego el de la joven institutriz protagonista, siguiendo el viejo esquema del manuscrito encontrado; el juego de la ambigüedad, que tiene en vilo al lector y le sobresalta cuando menos lo espera; la sutileza en la descripción y caracterización de personajes (un movimiento, una mirada, una palabra, un ademán...: todo es significativo); la atmósfera de misterio, ya desde la primera línea, el misterio de la acción, pero también el que envuelve a los personajes, a casi todos (el enigmático patrón, un joven dechado de la elegancia y caballero ideal que deslumbra a la candorosa institutriz, y particularmente esta misma, convertida en única voz narrativa y protagonista atormentada de los hechos, y con ella, los dos niños que tiene bajo su cargo, y los habitantes todos -incluidos los fantasmas que se aparecen- de la vieja mansión victoriana a la que llega temerosa una tarde de junio); la cadencia morosa de la frase y el bien graduado y sabio ritmo de la narración; los detalles, los matices, la dosificación del suspense, los avisos que van modulando el desarrollo de la trama, anticipándolo a veces, o dando pistas, que a lo mejor luego resultan ser inocuas... Y las ya mencionadas apariciones, leitmotiv y piedra angular del relato: ¿en verdad tienen lugar o son producto de la imaginación de la protagonista? ¿Es ella la única que las percibe, o también los niños, que, para no acongojarla, fingen lo contrario? En fin, una delicia -y si se me permite la rima inoportuna-, un festín.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Historias de andar, reales como la literatura misma

Un sueño
En la pizzería, de pie junto a la barra, escucho esta conversación entre uno de los camareros y el que aguarda a mi lado. Los dos son muy jóvenes y lucen peinado a lo gallo.
Jo, tío, cuánto tiempo... ¿Qué tal?
Pues mira, tirandillo... responde el camarero. ¿Y tú?
Psssche, así así... -contesta el otro.
¿Tienes curro?
Sí, de escoba en unos almacenes, limpiar y todo eso, tres días a la semana, y los viernes y sábados en un súper, para llevar los pedidos...
Bien, ¿no?
Es lo que hay...
El camarero acude solícito a servir una mesa y se hace una pausa.
Aunque no sé, a lo mejor un día de estos cambian las cosas... prosigue mi vecino cuando el camarero regresa.
¡Anda! ¿Y eso?
Nada, que mañana me voy a entrevistar para un curro decente, de repartidor...
¿De repartidor?
Sí, pero con una furgoneta...
¡Vaya!
Y llevándola yo, yo solo...
Más trabajo, entonces...
Me da igual, la cosa es ir a tus anchas, y conduciendo...
Bueno, si te gusta...
¡Es mi sueño! ¡No te digo nada si se cumpliera!
Puede ser...
¡El primer día en cuanto tenga un rato me doy con ella una vuelta por el barrio, para que se enteren algunos...!
El camarero, requerido en la otra punta de la barra, ensaya un gesto de disculpa.
¿Otra birra? le pregunta nada más volver, pero el interpelado se desentiende del ofrecimiento.
Oye, y tú que entiendes, dime a ver qué careto tengo que ponerme yo mañana, para entrevistarme quiero decir...


lunes, 2 de noviembre de 2015

El libro de las sorpresas

Iba a empezar diciendo que el diccionario es el libro más interesante y divertido que uno puede leer (lo de consultar es otra cosa, y mejor dejarlo para los estudiantes, los estudiosos y los pedagogos que diseñan los programas educativos, que le tienen, hablo de los últimos, una grandísima afición a este verbo, tanta como ojeriza al que se quedó ahí atrás a las puertas del paréntesis), pero rebajo la proclama, no vaya a ser que alguien no me crea: el diccionario está lleno de sorpresas y saberes curiosos.
Con la ventaja de que no es obligada la continuidad, ni se precisa seguir un orden para su lectura; mejor abrirlo al azar, picotear un poco en una página igual que hacen los pájaros cuando se alimentan y proseguir luego, hacia atrás o hacia adelante, a salto de mata, fisgando aquí y allá como quien busca un tesoro.
Descubrimos así que en él puede uno andarse por las ramas, o dormir como un tronco, o echar raíces en un sitio aun teniéndolas por nacimiento en otro que esté en el quinto pino, o ser de buena o pura cepa, o echar leña al fuego de una conversación (hay asimismo quien la hace del árbol caído), o ser un ciruelo, o estar en la higuera, o caerse del guindo, o pedirle peras al olmo, o dormirse en los laureles... ¡Verdades todas como la copa de un pino!
También, que tenga uno pájaros en la cabeza (incluso pueden ser muchos, o que sea la propia cabeza la que se distraiga buscándolos), o matar dos de una pedrada o de un tiro, o cargar con el mochuelo, o marear la perdiz, o pelar la pava, o estar en la edad del pavo, o andar como gallina en corral ajeno (acostarse con las gallinas es igualmente posible), o sentirse como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, o pagar el pato, o contentarse con el chocolate del loro, o ser un mirlo blanco, que ya es raro...
Por hablar solo de los árboles y las aves.

viernes, 30 de octubre de 2015

Efemérides literarias

Pío Baroja

Tal día como hoy, 30 de octubre, pero de 1956, moría en Madrid Pío Baroja, que había nacido en 1872 en San Sebastián.
Estudió Medicina en Madrid, profesión que ejerció por poco tiempo en Cestona (Guipúzcoa). Después se ocupó de un negocio familiar -una panadería-, que abandonó para dedicarse exclusivamente a la literatura y el periodismo. Consagrado como un escritor de éxito, su vida transcurrió entre Madrid y su casona de Itzea, en Vera de Bidasoa, con frecuentes viajes por España y Europa (durante la guerra civil vivió temporalmente en Francia). Murió en Madrid en 1956.
De la lectura asidua de Nietzsche y Schopenhauer le vino acaso su visión pesimista de la vida y el mundo, su actitud individualista y solitaria, su carácter inconformista e independiente y su escepticismo radical acerca de la religión, la política y la sociedad.
Baroja, autor de más de sesenta novelas, expuso con frecuencia sus puntos de vista sobre este género literario: la novela, decía, debe basarse en la observación directa de la realidad, pues el arte es inmensamente inferior a la vida (lo cual no quiere decir que el novelista no pueda imaginar personajes o intrigas); ha de ser también abierta, "un saco en el que cabe todo", según sus propias palabras: acción, descripción de ambientes y paisajes, reflexiones intelectuales y filosóficas... Y como la vida, ha de carecer de una estructura previa; por lo tanto, debe estar abierta a todos los acontecimientos y desarrollarse sin plan alguno. Todo ello con un único objetivo: entretener al lector.

Gran parte de sus novelas están asimismo estructuradas en torno a un personaje central, inconformista o aventurero, que viaja constantemente de un lugar a otro. A su lado, multitud de personajes secundarios ayudan, por contraste, a definir o matizar mejor su personalidad.
Por otra parte, su estilo claro y sencillo, antirretórico, de frases cortas y párrafos breves, contribuye, junto con la abundancia de los diálogos, a crear la sensación de vida y naturalidad, que es uno de las características de su producción.
El propio Baroja clasificó buena parte de sus novelas -treinta y cuatro- en trilogías, con un título que alude a algún rasgo común, temático o argumental, compartido por las tres.
La más conocida es sin duda La lucha por la vida, compuesta por La busca (1904), Mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). Las tres obras tienen un mismo protagonista, Manuel Alcázar, y un mismo escenario: el Madrid de principios de siglo, ciudad a la que Manuel tiene que trasladarse cuando aún es un muchacho para ganarse la vida.
Otras novelas que, por una u otra razón, han obtenido un amplio eco son las siguientes:
.Camino de perfección (1902), cuyo protagonista encarna al personaje abúlico y angustiado de la Generación del 98.
.Zalacaín el aventurero (1909), uno de los típicos "hombres de acción" a los que tanto admiraba (él, que fue justo lo contrario, intelectual y sedentario).
.El árbol de la ciencia (1911), tal vez la más representativa en cuento a las ideas de Baroja, cuenta la vida de Andrés Hurtado, personaje inadaptado e inconformista (alter ego del autor en muchos aspectos), desde que comienza sus estudios de Medicina hasta que, tras sucesivos fracasos que culminan con la muerte de su mujer al nacer su primer hijo, se suicida. Su fracaso significa la derrota del que se acoge al árbol de la ciencia, del que pretende entender la vida en lugar de simplemente vivirla ("la verdad es mala para la vida", asegura un personaje). La acción transcurre fundamentalmente en Madrid y en Alcolea, un pueblo manchego del que se sirve Baroja para efectuar un amargo retrato de la España rural.
.Las inquietudes de Shanti Andía (1911), ambientada en el mar.
.Memorias de un hombre de acción (1913-1935), que agrupa veintidós novelas de corte histórico, protagonizadas por Eugenio de Aviraneta, personaje aventurero, tío abuelo de Baroja.
.Desde la última vuelta del camino (1944-1949), sus memorias personales en siete tomos.
           
Baroja es autor también de numerosos cuentos, entre los que sobresalen los reunidos en Vidas sombrías (1900), su primer libro publicado. De él he extraído el que reproduzco a continuación, muy ilustrativo, pese a ser un relato de juventud, tanto de sus querencias temáticas como de su peculiar tono narrativo.

                                                El vago

Apoyado en una farola de la Puerta del Sol, mira entretenido pasar la gente.
Es un hombre ni alto ni bajo, ni delgado ni grueso, ni rubio ni moreno; puede tener treinta años y puede tener cincuenta; no está bien vestido, pero tampoco es un desarrapado.
¿Qué hace? ¿Mira algo? ¿Espera algo? No, no espera nada. De vez en cuando sonríe; pero su sonrisa no es sarcástica, ni su mirada es oblicua.
[...] ¿Es algún empleado? No ¿Tiene rentas? Tampoco ¿Alguna industria? ¡Pchs! Casi, casi es una industria vivir sin trabajar.
Vamos, es un vago. Si, es un vago. Ya veo a los catones de las tiendas de ultramarinos indignarse contra ellos, usando la prosa estúpida de un confeccionador de artículos de periódico de gran circulación. El vago, para todos esos moralistas, es casi un criminal.
El mío, ese de quien hablo, seguramente no lo es; tiene la mirada profunda, la boca burlona, el ademán indolente.
Mira como un hombre que no espera nada de nadie.
Es un espectador de la vida; no es un actor. Es un intelectual.
Un vendedor de periódicos se acerca al farol donde se apoya el vago, y se recuesta en él.
Un farol puede sostener dos espaldas.

Un vago apoyado en un farol es motivo de reflexión. El farol, la ciencia, la rigidez, la luz; el vago, la duda; la indecisión, la sombra.
¡Glorificad a los faroles! ¡No desprecies a los vagos!
Alguno dirá: "¡Bah! Ser vago, cosa facilísima". Error; error profundo; ser vago es casi ser filósofo, es algo más que ser un cualquiera.
¿Que hay vagos a patadas? ¡Qué ha de haber! Tenéis en la clase alta, gomosos, clubman, sportman, más o menos elegantes, más o menos smart , y hasta snobs, si queréis. Todos estos son átomos brillantes de la atmósfera de imbecilidad que recubre a este planeta que habitamos, pero no son vagos. No hay más que mirarlos; andan de prisa, dando zancadas, como si en la vida hubiese algo que valiese la pena de correr, y van siempre pensando en algún caballo, en alguna mujer, en algún perro, en algún amigo, o en otra cosa sin importancia de la misma clase. En las otras capas o costras sociales hay empleados, estudiantes, mendigos, maletas y demás morralla; pero tampoco son vagos perfectos, porque no dejan correr la vida; la emplean en tonterías, en cosas mezquinas; no se dejan arrastrar por el farniente, como el vago tipo, al cual no se le puede achacar más que esa pequeña debilidad de perder la afición al trabajo en la flor de la juventud.
El vago será un bagatela, pero no es una escoria. [...]

El vago del farol y yo nos conocemos, y nos hablamos.
Me protege. Es un hombre que no saluda a nadie. Debe tener pocos amigos; quizá no tenga ninguno. Señal de inteligencia. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez. Creo que es una frase.
¿A inteligente? No le gana nadie.
Se le habla de política…, sonríe; se le habla de literatura…, sonríe; se le habla de cualquier otra cosa…, sonríe.
El otro día dijo uno de él que debía ser un imbécil.
Pero es lo que pasa en estas sociedades sin freno; se empieza a hablar mal de las personas serias, y se llega a hablar mal hasta de los vagos.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Cuatro milagros

Son casi innumerables las acciones que, sin apenas darnos cuenta, de manera automática o inconsciente la mayoría de las veces, realizamos cotidianamente, en casa por ejemplo, y no hace falta que el recuento abarque una jornada entera, bastaría con delimitar un breve intervalo en el diario quehacer, los momentos que siguen al despertar, pongamos por caso, o el habitual primer recorrido con que tomamos posesión del entorno y nos acogemos a él y lo reacomodamos: abrir una ventana, descorrer una cortina, mirar al cielo, amansar un bostezo, palpar un mueble, abrochar un botón, apagar una lámpara, estirar una tela, apartar una silla, recoger una prenda, alinear un cuadro, entornar una puerta, doblar una toalla, arrimar un frasco, mover una alfombra, rodear una mesa, aproximar una planta, curiosear un estante, centrar un jarrón, rectificar un cojín, revisar el sofá, ponerse las gafas, explorar un cajón, acariciar un vaso...

En los preparativos para salir a la calle el proceder es más consciente y aplicado, la espontaneidad se tiñe de advertencia y previsión, la motivación y las miras son asimismo más prosaicas: consultar el reloj, asesorarse en el armario, visitar el espejo, componer la imagen, inspeccionar las nubes, proveerse de adminículos, calzarse los zapatos, repasar el atavío, comprobar los bolsillos, asegurarse de las llaves, verificar las luces, cerrar la puerta, armonizar el gesto...

Y de vuelta a casa, cumplidas las obligaciones o dando por concluida la travesía laboral, al recogerse cada cual dentro en sus más personales parapetos contra el desánimo y la rutina y el cansancio que trae de fuera, es el momento en que suelen acaecer cuatro de esos pequeños milagros nuestros de cada día a los que, de tan acostumbrados, casi nunca prestamos atención: pulsar un interruptor y que baje de arriba la claridad, presionar una tecla y que el aire se llene de música: ¡dos prodigios con solo apretar un botón! El tercero tiene lugar cuando, al abrir el grifo, mana el agua como si allí mismo hubiera una fuente. El cuarto, al pasar las páginas de un libro en el regazo de un sillón.

lunes, 26 de octubre de 2015

Poema

Y como complemento y continuación de lo que el otro día conté aquí sobre el oficio de pastor, este poema:

Carta al padre, pastor trashumante

                                               A Epifania Rodríguez, in memoriam

Una noche de invierno, en la cocina
la pobre lumbre arde.
Los niños y sus toses
buscan el fuego para calentarse.
Miran embelesados las culebras
rojas que mueve el aire,
y suben por los sueños
que no se atreven a contar a nadie.
A la luz de una vela
la madre escribe con el gesto grave,
minuciosa la letra y muy despacio
no sea que la tinta se derrame.
Es la primera carta
desde que aquella tarde
marchó con el rebaño.
Y son tantas las cosas que contarle...
Termina de hilvanar
insegura una frase
y pregunta solícita a los niños
si tienen algo que decirle al padre:
Sí, madre, que en el arca hay poco pan...
                   
                       (De Cien lecciones de cosas)