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viernes, 30 de septiembre de 2016

Etimologías curiosas

azorar. De azor. Sobresaltar, asustar, conturbar, aludiendo al efecto que tiene sobre las aves la persecución del azor. (De modo que una persona azorada se siente igual que, por ejemplo, una paloma cuando es perseguida por un azor.)

capilla. Del latín medieval capella, 'capa pequeña o capucha', diminutivo de cappa 'capa', por alusión al trozo de su capa que san Martín de Tours dio a un pobre y al oratorio que se construyó en el lugar donde guardaban esta reliquia; y en recuerdo del calor que esa capa le procuró al pobre se llama veranillo de san Martín al corto período de buen tiempo que suele dispensar la atmósfera en fechas cercanas a la festividad del santo, que se celebra el 11 de noviembre.

cónyuge. Es palabra de la familia de yugo, y proviene del latín coniux, -ugis, formado a partir de iugum; literalmente, 'el que lleva el mismo yugo'.

galimatías. Del francés galimatias, y este del griego katà Matthaîon, 'según Mateo', por la manera, intrincada y prolija, con que este evangelista describe la genealogía de Jesús al comienzo de su evangelio.

murciélago. Proviene, por metátesis (cambio de lugar de un sonido en una palabra), de murciégalo, compuesto a su vez por ampliación de mur ciego, 'ratón ciego'.

santiamén. De las palabras latinas [...Spiritus]Sancti, Amen '[...Espíritu] Santo, amén', con que terminan algunas oraciones de la Iglesia; en su origen, la expresión 'en un santiamén' quería dar idea de la extraordinaria rapidez con que eran pronunciadas tales palabras.

simposio. Del griego sympósion, 'festín, reunión en la que se bebe'.

tutía. Variante de atutía, ungüento empleado con fines medicinales. La expresión no hay tutía (o no hay tu tía, falsa separación de la original) equivale, pues, a 'no hay remedio' o 'no tiene solución'. 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Efemérides literarias

Herman Melville nació en Nueva York el 1 de agosto de 1819 y murió en la misma ciudad el 28 de septiembre de 1891. Trabajó en los más variados oficios hasta enrolarse en un buque ballenero, en el que permaneció cinco años embarcado. Fruto de esta experiencia son algunas de sus mejores novelas, como Moby Dick (1851), que narra el azaroso viaje de un barco ballenero, el Pequod, y de su capitán Ahab en busca de la legendaria y feroz ballena blanca, Moby Dick. Sobre esta obra, que fue recibida en su tiempo con indiferencia, escribió Jorge Luis Borges:

En el invierno de 1851 Melville publicó Moby Dick, la novela infinita que ha determinado su gloria. Página por página, el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos: al principio el lector puede suponer que su tema es la vida miserable de los arponeros de ballenas; luego, que el tema es la locura del capitán Ahab, ávido de acosar y destruir la Ballena Blanca; luego, que la Ballena y Ahab y la persecución que fatiga los océanos del planeta son símbolos y espejos del Universo. [...] Los críticos prefieren limitarse a una interpretación moral de la obra. Así, E. M. Forster: “Angustiado y concretado en palabras, el tema espiritual de Moby Dick es, más o menos, este: una batalla contra el Mal, prolongada excesivamente o de un modo erróneo".

De tema y escenario marineros son también Benito Cereno (1855) y Billy Budd, marinero, publicada póstumamente en 1924. Las dos se leen con sumo gusto, particularmente la primera, Benito Cereno, basada en hechos reales y construida a partir de las memorias de un capitán mercante americano de nombre Delano. De factura muy elaborada, no falta en ella ninguno de los ingredientes que caracterizan los relatos marineros: la aventura, la crueldad de la vida a bordo, el exotismo de los escenarios y, por encima de todo en este caso, el misterio... Un misterio que atrapa al lector desde el primer momento y mantiene la tensión narrativa hasta el final, para lo cual Melville recurre con maestría a los más sabios procedimientos. La novela está contada desde el punto de vista del capitán Delano, que con intenciones humanitarias aborda un día de 1799 en las costas chilenas un carguero español que transporta esclavos negros. El carguero presenta un lastimoso estado que Delano, ignorante de lo sucedido, achaca a algún terrible temporal sufrido en la travesía, pero un sinfín de detalles, en particular el extraño comportamiento del capitán español, Benito Cereno, y también de la tripulación, insinúan constantemente que detrás de las apariencias se esconde algún secreto.

Una de las obras más conocidas y valoradas hoy de Herman Melville es Bartleby, el escribiente (1856), que, en palabras otra vez de Borges, que la tradujo al español, "define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento o, como ahora malamente se dice, psicológicas". Bartleby, el protagonista, escribiente en una oficina, es, al contrario de sus compañeros, el empleado modélico: puntual en el trabajo, metódico, servicial... Hasta que, extrañamente, un día en que su superior y patrón le ordena examinar un documento, responde: “Preferiría no hacerlo.” A partir de ese momento, a cada requerimiento para examinar su trabajo, Bartleby, sereno y sin inmutarse, contesta invariablemente con la misma frase. Sin embargo, continúa trabajando con la misma dedicación y eficiencia que siempre. Su superior descubre al cabo que no abandona nunca la oficina y que se queda en ella por la noche; que, en realidad, Bartleby vive en la oficina. Decide entonces actuar...:

            Al dirigirme a mi casa, iba pensando en lo que haría con Bartleby. Al fin me resolví: lo interrogaría con calma, la mañana siguiente, acerca de su vida, etc., y si rehusaba contestarme francamente y sin reticencias (y suponía que él preferiría no hacerlo), le daría un billete de veinte dólares, además de lo que le debía, diciéndole que ya no necesitaba sus servicios; pero que en cualquier otra forma en que necesitara mi ayuda, se la prestaría gustoso, especialmente le pagaría los gastos para trasladarse al lugar de su nacimiento dondequiera que fuera. Además, si al llegar a su destino necesitaba ayuda, una carta haciéndomelo saber no quedaría sin respuesta.
            La mañana siguiente llegó.
            Bartleby –dije, llamándolo comedidamente.
            Silencio.
            Bartleby –dije en tono aún más suave, venga, no le voy a pedir que haga nada que usted preferiría no hacer. Sólo quiero conversar con usted.
            Con esto, se me acercó silenciosamente.
            ¿Quiere decirme, Bartleby, dónde ha nacido?
            Preferiría no hacerlo.
            ¿Quiere contarme algo de usted?
            Preferiría no hacerlo.
       
Omito lo que ocurre a continuación y, claro está, preferiría no contar el desenlace.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Vocablos de no muy buena reputación

Basta con atenerse a las formadas por un verbo seguido de una o varias palabras para reunir, por ejemplo, un curioso repertorio de calificativos en el que, bajo una inofensiva apariencia de mera descripción más o menos ocurrente, asoma la punta afilada del escarnio o la desconsideración: cantamañanas, pintamonas, lameculos, soplagaitas, meapilas, tiralevitas, cascarrabias, tragaldabas, vendehúmos, perdonavidas, correveidile, mandamás, metomentodo...
Lo mismo sucede en determinados nombres de oficios que se van quedando en el diccionario, remisos los hablantes a recurrir a ellos por el tufillo denigratorio que desprenden: picapleitos (abogados), matasanos (médicos), chupatintas (oficinistas), sacamuelas (en origen, los antecesores de los dentistas), destripaterrones (gañanes o jornaleros de la tierra)..., y los más genéricos, como pelagatos o ganapanes.
Aunque sin ánimo ofensivo, están constituidos de la misma forma, con un verbo más un complemento directo, no pocos nombres de animales: quebrantahuesos, saltamontes, correcaminos, andarríos, aguzanieves, chotacabras, correlimos, picapinos...
Hay también alguno muy curioso de plantas formado del mismo modo, como tapaculo (el escaramujo, en el pueblo 'garamito', o sea, el fruto del rosal silvestre), arrancamoños (el cadillo), matalobos (el acónito), abrepuños, atrapamoscas, matacandiles, quitameriendas... 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Otoño

Días de gloria del primer otoño, amarillos como un fulgor añejo.
Las tardes que recogen un tesoro envuelto en luz antes de despedirse.
Sonidos extinguidos del verano: sus ecos van y vienen por el aire.
Las nubes desfilando en escuadrones por un cielo que es de paso y es azul.
El sol que se pasea como un padre que repartiera su benevolencia.
Legiones de hojas desorientadas se ofrecen en limosna a los caminos.
Medio exhausta, la naturaleza se dispone a volver a casa pronto y vivir sosegada un largo tiempo.
Estampas de un clima civilizado, obsequio impagable de la lluvia, pregonan el carril de la costumbre.
Y el gusto por ponerse otra vez ropa y salir a la calle con paraguas, sentarse tranquilamente en un banco de la plaza y tratar de leer sin ira las últimas noticias del periódico.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Por ejemplo (II)

También podría hablar hoy, por ejemplo, de la ropa, la vieja naturalmente, esa que sabe ella sola cómo tiene que ponerse, a la que no hace falta recordarle la imagen que debemos dar, la que lleva años respirando por nuestros poros, la que ha sabido adaptarse con mansedumbre y sin rechistar a las vicisitudes no siempre felices que ha experimentado nuestro cuerpo, la que aun guardada en el armario por no estar de moda sigue aguardando con ilusión el día en que vuelva a salir al aire libre, la que conserva como una huella imborrable el calor y el tacto de nuestra piel.
Del fuego –y en particular el de la lumbre de las casas de los pueblos, que es el mejor interlocutor, el más paciente y comprensivo, el que escuchará siempre con la mejor intención todas nuestras confidencias.
De las estrellas, que para los antiguos babilonios eran "la escritura del cielo".
De las tardes, o mejor dicho, de algunas tardes, esas en que llega uno a casa cansado y satisfecho como si viniera de guardar un rebaño o de labrar una heredad o de segar la mies.
De este haiku del poeta Miguel d'Ors:           
           
            Para el aroma
            nocturno del jazmín
            no hay alambradas.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Cosecha hortense

Le llevan a uno al huerto y le puede allí pasar de todo: que se meta en un berenjenal, que le manden a freír espárragos, que se ponga colorado como un tomate, que le den calabazas o que, más fresco que una lechuga y considerando que en todas partes cuecen habas  –aunque estas sean contadas–, le importe todo un pimiento, o un rábano, o un pepino... Y por supuesto, la patata caliente para el que venga detrás.
En la huerta, más amena y prestigiada, solo de uvas a peras acontece algo digno de mención: dar con la manzana de la discordia por ejemplo –que según dicen es del año de la pera–, o que le ofrezcan a uno naranjas de la China, o caerse del guindo, o que se presente la ocasión de pedirle peras a ese olmo que asoma ahí mismo sus ramas en los límites de la propiedad, a la orilla del monte en que no todo es orégano.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Envidias

Envidiábamos de niños al hijo del dueño del comercio porque tenía de todo a su alcance (caramelos, chocolatinas, cigarros...), y al hijo del cantinero porque podía beber gaseosas y kas cuando quisiera, y al hijo del panadero porque presumía de bollos y rosquillas a la hora de la merienda, y al hijo del señor maestro porque le haría él los deberes o le diría lo que iba a preguntar al día siguiente en la escuela, y al nieto del que decían que era rico porque vivía en la mejor casa, casi un chalé, y al sobrino de un boticario porque su tío tenía coche, y a los de las familias que habían marchado a trabajar a la capital y venían en verano a pasar las vacaciones porque se pasaban todo el día sin hacer nada...
Y creíamos que solo por eso debían estar todos contentos, pero luego, conforme fue pasando el tiempo, hablando un día con este y otro con aquel, resultó que no, que ninguno lo estaba, y que aquello que tanto les envidiábamos no tenía importancia, les daba igual, y que a ellos les pasaba lo mismo que a nosotros, que estaban deseosos de tener otras cosas, no sabían bien cuáles pero distintas a las que tenían, y los que estaban solo un mes o dos, o sea los veraneantes, y esto sí que nos llamó la atención, se aburrían como ostras y hubieran preferido ir al campo con las vacas, o a los prados a recoger la hierba, o a las eras a trillar el centeno, o al monte con el carro a por la leña...