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miércoles, 26 de julio de 2017

Historias del metro

1
Tres mujeres van cargadas de bolsas y hacen mohínes de resignación y aspavientos de cansancio. Una de ellas viste un suéter amarillo con una inscripción en inglés en la espalda –Look at this, reza– y un escudo o emblema o logotipo publicitario en la parte delantera Una de sus acompañantes le dice algo al oído. La mujer del suéter amarillo se lleva los dedos a la boca y hace chisssttt. La otra sonríe. A continuación se ponen las tres muy serias.
La del suéter amarillo hurga en una bolsa de El Corte Inglés y luego pregunta la hora dándose golpecitos en la muñeca. Sus amigas se encogen de hombros, alzan pesadamente los ojos, se estiran la falda al tiempo que aprovechan para ponerse más cómodas, relajadas, ausentes. A la mujer del suéter amarillo le oyen decir todos los viajeros que están a su alrededor que le gustaría tener un caballo en un pueblo de las afueras para pasear sobre él los fines de semana. Un día de estos se lo va a decir a su novio, le hace tanta ilusión.

2
–Oye, ¿y los ángeles de la guarda? Los que decían antes que asistían a los niños, que estaban siempre pendientes de nosotros, volando sin parar o suspendidos en el aire con sus alitas para protegernos de cualquier peligro, así los pintaban en las estampas... ¿Te acuerdas? Dicen que ya no los hay, porque no se atreven a volar del cielo a la tierra, por miedo a los satélites esos que se pasean por la atmósfera, y a las naves espaciales, y a los aviones...

3
–Pues sí, tengo un pequeño olivar, en una parcela que compró mi padre hace ya muchos años, por la parte de Tarragona, cuarenta árboles en total, y créame si le digo que cada uno tiene su carácter y su comportamiento, exactamente igual que las personas, sí señor, que parece mentira, y sus dolencias y debilidades, basta con prestarles un poco de atención para darse cuenta, y por lo mismo necesita cada cual sus cuidados, este un poco más de agua porque siempre está sediento, aquel que no le dé tanto el sol de cara, el otro que no le molesten las hormigas, el de más allá que le poden a menudo... Los hay además querenciosos, de la hierba seca abajo protegiéndoles el tronco, o del riego con aspersor, y algunos hasta se permiten sus rarezas, como el que no soporta a los pájaros, o el que arruga las hojas si ladran los perros, o el que se encoge y deja caer los limones ante de madurar si no le pongo un rodrigón en cada rama... Por eso, para tenerles bien atendidos, los he bautizado a todos con nombres de personajes de la historia, músicos y hombres de ciencias, filósofos y emperadores, navegantes y literatos...: Mozart, Newton, Lope de Vega, Pitágoras, Magallanes, Napoleón Bonaparte, Gengis Kan...

miércoles, 19 de julio de 2017

Libros que dejaron huella

Hablo de los libros que, por una u otra razón, más me impresionaron cuando los leí.
Así ocurrió, en la adolescencia y primera juventud, con los que siguen: La vida sale al encuentro, de José Luis Martín Vigil, una historia de amor que nos parecía un sueño imposible a los que padecíamos las penurias de los internados; El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez, que devoré con devoción un día en el monte guardando las vacas, en la edición de la vieja colección Austral, de color azul la portada por pertenecer a la serie de 'Novelas y cuentos en general' (la serie verde correspondía a 'Ensayos y Filosofía'; la anaranjada, a 'Biografías y vidas novelescas'; la negra, a 'Viajes y reportajes'; la amarilla, a 'Libros políticos y documentos del tiempo'; la violeta, a 'Teatro y poesía'; la gris, a 'Clásicos'; la roja, a 'Novelas policíacas de aventura y femeninas'; la marrón, a 'Ciencia y técnica. Clásicos de la ciencia'); Viaje a La Alcarria, de Cela, que me enseñó a mirar los caminos y el paisaje con ojo literario; Los cipreses creen en Dios, de José Mª Gironella, todo un descubrimiento, por el tema de la guerra civil y por las peripecias de la familia Alvear en Gerona; El extranjero, de Albert Camus, en la edición del libro de bolsillo de Alianza (¡con títulos míticos en su catálogo!), y que entendí bien gracias a las anotaciones que había escrito a lápiz en los márgenes la persona que me lo prestó.
De algunos años más tarde recuerdo especialmente los cuentos de Ignacio Aldecoa, que conocí gracias a la antología La tierra de nadie y otros relatos de la colección RTV (cien títulos que aparecieron semanalmente a finales de la década de 1960 al precio de 25 pesetas y cuyas cubiertas variaban también de color según el contenido: La tía Tula, de Unamuno, y Cien obras maestras de la pintura fueron los dos primeros), los relatos de Julio Cortázar, Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll (lo leí en tres tardes de invierno de aquel larguísimo servicio militar), Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, Hambre, de Knut Hamsun (de la colección Reno de Plaza y Janés, en papel áspero y páginas pegadas con cola que se desprendían una a una en cadena y no había manera de arreglar, desencuadernados todos por la mitad antes de acabar de leerlos), Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa, A este lado del paraíso, de Scott Fitzgerald, Ficciones, de Borges, que, como les ha sucedido a tantos letraheridos, marcó un antes y un después...
Y ya más acá en los últimos años, Guerra y paz, de Tolstoi, al que no tardaré en volver, Les hores, de Josep Pla, El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio (por las razones que expuse en este blog no hace mucho), La muerte de Ivan Ilich, también de Tolstoi, lectura imprescindible sobre el dolor y la muerte, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, asimismo imprescindible por tantos conceptos, La marcha Radetzky, de Joseph Roth En la belleza ajena, de Adam Zagajewski, novela y libro de memorias y ensayo a la vez, Benito Cereno, de Melville, El último encuentro, de Sándor Márai, Los adioses, de Onetti, La lección del maestro, de Henry James...
Cualquiera de estos últimos sería buen remedio para mitigar los calores y otras inclemencias del presente verano.


miércoles, 5 de julio de 2017

En el valle de Riaño, julio de 1987


            (En recuerdo de todos los que, hace ahora treinta años, en julio de 1987, se vieron obligados por la fuerza a abandonar sus casas y la tierra en que habían nacido, anegada para siempre desde esa fecha por las aguas de un pantano)

La vi por primera vez esta mañana temprano, sentada en un banco de piedra a la entrada de su casa. Parecía ausente, como si nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor le importara, y tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera levantó la cabeza cuando nos acercamos.
–¡Señora, señora! –le grité.
No se movió. Iba vestida toda de negro y en la cabeza llevaba un pañuelo también negro que le cubría hasta media frente y le hacía sombra sobre los ojos. Soplaba un poco el cierzo y se tapaba los hombros con un manto de lana cuyos extremos sujetaba entre las manos.
–¿Qué está haciendo aquí? ¡Todos se han marchado ya! –le advertí.
Abrió despacio los ojos, me miró un momento y enseguida volvió a cerrarlos. Me fijé en sus manos, amarillas y arrugadas, que se entretenían con los hilos del manto.
–Tiene que irse, señora –le dije, acercándome.
Como si le costase un gran esfuerzo, su mirada fue ascendiendo lentamente desde el suelo hasta llegar a encontrarse con la mía.
–¿Por qué voy a tener que irme? –me contestó la anciana con voz firme.
Su casa era una de las que estaba previsto derribar y demoler esta misma mañana. Su casa y las dos de al lado, que eran las únicas que quedaban por ese lado del pueblo.
–¡Las máquinas llegarán de un momento a otro! –la informé.
–Lo sé –me contestó, sin que ni una arruga de su rostro se alterase.
–¿Y sabe que tiene que desalojar la casa, como han hecho todos? –le insistí.
–Yo no voy a marcharme de mi casa –contestó.
Traté entonces de mostrarme amable y conciliador:
–Nosotros, señora, nos limitamos a cumplir órdenes…
–Le digo que yo no me voy de mi casa –me replicó en tono cortante sin dejarme terminar.
–Todos se han ido –continué.
–Allá cada uno –respondió con seguridad–. Yo ya soy vieja y nada se me ha perdido por esos mundos de Dios. Conque no pienso marchar.
–Algún familiar tendrá usted  –le dije.
–Y eso qué –objetó–. Aquí nací, aquí he vivido siempre, y aquí pienso morir.
–Mire, señora –volví a recordarle– que las máquinas le van a tirar la casa hoy mismo.
–Pues que la tiren –dijo–. A mí me enterrarán debajo. Como se lo digo. Casi lo estoy deseando. Y que las aguas del maldito pantano me tapen a mí también.
Parecía decidida a cumplir lo que sus palabras anunciaban. Miré a mis hombres, y todos estaban tan perplejos como yo. Otros se han resistido, pero eran hombres y mozos, con los cuales sabemos bien cómo hemos de emplearnos.
–Señora –volví a insistir–, tiene que abandonar esta casa.
--Y yo le digo que no lo haré.
–Señora, hágase cargo –y traté de parecer amable inclinándome para palmearle afectuosamente el hombro.
–No me toque –me rechazó con un movimiento brusco. 
Estaba empezando a impacientarme. Para que no se me notara y calmarme un poco, miré por la ventana de la cocina.
Me llamó la atención que todo estaba en orden: una tartera de sopas encima de la trébede, la lumbre de la hornilla recién atizada, las cazuelas y los platos en la alacena, las colchonetas en los escaños, una silla junto al fuego… Nada indicaba que la dueña de aquella casa tuviera la menor intención de abandonarla.
–¿Qué mira? –preguntó la anciana sin volver siquiera la cabeza.
–¿Por qué no entra en su casa –le propuse–, prepara sus cosas y nosotros la ayudamos a llevarlas?
–¿Y por qué voy a hacerlo? –me interrumpió–. Ni tengo nada que preparar ni voy a ir a ningún sitio.
–¿Pero no ha visto –le dije– que ya todos en el pueblo, incluso los que ayer se subían a los tejados, se están marchando?
Se encogió de hombros.
–¿No oyó tampoco repicar las campanas del campanario? –proseguí–. Fue la señal para dejar el pueblo.
–Sí las oí –contestó-. Pero no repicaban, tocaban a muerto.
–Señora, por última vez…
Me miró en silencio con una tristeza que le subía de lo más hondo de sus ojos.
–Ya nunca más volverán a tocar las campanas –susurró–. Se han quedado mudas.
El sol apareció de pronto por encima de los tejados. La anciana entrecerró los ojos y se ajustó una vez más el manto sobre los hombros. Durante un buen rato nos quedamos así en silencio, ella sentada en el banco de piedra, inmóvil y absorta, las arrugas del rostro imperturbables, y yo allí de pie, mirándola, sin saber qué hacer, ni qué decir, y mis cuatro hombres detrás impacientes y perplejos esperando una orden, una indicación, algo.
–Señora –le dije al fin con firmeza y autoridad–, recoja sus cosas y venga con nosotros.
Volvió a mirarme, y de nuevo le asomó a los ojos aquella tristeza infinita que parecía tan vieja como ella.
–Mire que si no lo hace voluntariamente… –la conminé.
–No se atreverán –me atajó.
–No tendremos más remedio –le aseguré.
–¿A una pobre vieja? –dijo con un hilo de voz.
Ordené a mis hombres que entraran en la casa, recogieran lo que vieran de valor, la ropa y los objetos personales, y lo sacaran fuera.
La anciana se levantó, agarró el bastón que tenía colgado detrás de la puerta y, blandiéndolo en el aire, empezó a proferir insultos y amenazas a voz en grito. Me vi entonces en la necesidad de sujetarla y obligarla a tomar asiento, que trabajo me costó, en el escaño del portal.
–No se molesten en sacar nada –murmuró con voz entrecortada al cabo de un rato–. Lo único que quiero ya lo tengo yo metido en un par de bolsas ahí en ese cuarto.
Uno de mis hombres trajo las dos bolsas.
–¿Esto es todo, señora? –le pregunté solícito.
–Todo. Lo demás lo llevo aquí –dijo, señalando la frente–, bien guardado.
Se echó a llorar. Lloraba en silencio, y las lágrimas le bajaban por el rostro muy despacio hasta caerle sobre el regazo.
Al cabo se levantó, cogió las dos bolsas y salió. Caminaba agachada, con pasos menudos y apoyándose en el bastón.
–Ya me voy, ya me voy –iba murmurando entre dientes, y sin dejar de llorar.
Cuando cruzó la portillera de la entrada se volvió, recorrió toda la casa con la mirada y se santiguó. Estuvo así unos momentos y luego siguió calle adelante.
Esperamos a que doblara la esquina y después, tal como se nos había ordenado, recorrimos el pueblo inspeccionando y vigilando las casas que iban a ser demolidas, sin novedad alguna digna de ser reseñada.
A la anciana, en contra de lo que temíamos, no la volvimos a ver: como si hubiera desaparecido.
Pero esta tarde, acabado ya el servicio y de regreso al cuartel, la encontramos de nuevo, en la orilla de la carretera, a un par de kilómetros del pueblo. Estaba sentada en el suelo, recostada la espalda en un chopo, inmóvil y con el bastón y las dos bolsas al lado.
Mandé detener el vehículo y me apeé. Al acercarme a ella, vi que tenía la misma expresión absorta y como ausente de por la mañana. Tampoco levantó la vista. Solamente entreabrió los ojos, hizo un ademán de arrebujarse bajo el manto y agachó aún más la cabeza.
–Ya me he ido, ¿qué quiere ahora? –dijo con voz temblorosa.
–¿Pero qué hace aquí, sola? –me interesé con solicitud.
–Nada, descansar un poco –me respondió.
Me ofrecí a llevarla en nuestro vehículo a alguna parte. Como si no me hubiera oído, se levantó, cogió las dos bolsas y, apartándome con el bastón, pasó junto a mí y se puso a andar carretera adelante.
Este es el caso, mi teniente, que quería referirle, y el motivo por el que solicité verle a usted con tanta urgencia.                                    

miércoles, 28 de junio de 2017

El libro que les gustaba a los ratones (Fábula sin moraleja)

X, que dedica a escribir buena parte de las horas, no muchas, que su trabajo le deja libres, termina un libro. Tres años le ha llevado hacerlo. Se lo da a leer a los amigos, y todos coinciden en que está muy bien y le animan por ello a publicarlo. También el autor en su fuero interno cree que, efectivamente, el libro no carece de determinados aciertos y valores.
Vuelve a mecanografiar cuidadosamente el manuscrito y envía sendas copias a las dos editoriales que le merecen más respeto. Las dos gozan de un alto prestigio y lucen en sus respectivos catálogos los nombres de los autores más afamados y mejor considerados por la crítica y el público lector. Sabe que su libro no tiene demasiadas posibilidades, pero también que, si se lo rechazan, no se va a llevar un gran disgusto: es muy difícil que un autor novel, a no ser que vaya precedido por la aureola de un premio o de algún gran escándalo, publique en esas editoriales. Una de las dos se lo devuelve al cabo de un mes, con una breve nota exculpatoria, y a la otra se ve obligado a reclamárselo vía telefónica.
Él en persona viaja a la capital y lleva estos mismos manuscritos –no se nota en ellos la huella de ningún dedo, a lo mejor ni los han leído, ha llegado a pensar a otras dos editoriales que, según su criterio, ocupan asimismo un importante puesto en el escalafón. Las dos le prometen contestación. De una recibe una llamada telefónica: que puede pasar a recoger el original, le informa una secretaria. También de la otra le llaman por teléfono, para una entrevista personal. Toma el tren el día señalado y allá acude rebosante de esperanza: es criterio inamovible de la editorial, le comunica afable el director adjunto, no publicar autores sin obra conocida, por lo que se ve obligado a devolverle el original.
Entretanto, ha enviado por correo dos copias más a otras tantas editoriales. De una le contestan que exigen tener publicaciones anteriores para publicarle el libro; de la otra, que al no ser él un autor conocido del público lector, no pueden arriesgarse a publicarlo. Escoge la copia en mejor estado y acude con ella en mano al despacho del director de la única editorial de cierta solvencia que tiene su sede en la ciudad en la que él reside. Es la última baza que está dispuesto a jugar, la última oportunidad que se ha dado a sí mismo antes de rendirse. El director le disuade allí mismo: solo publican autores con éxito comercial asegurado, autores que de una manera u otra se hayan labrado ya un nombre en el mundo de la letra impresa.
Herido en su orgullo, decide costearse él mismo la edición. Con los ahorros y un pequeño crédito que le concede el banco en el que tiene domiciliada la nómina, le llegará. Un amigo le diseña la portada. Tapa blanda y papel de mediana calidad para abaratar costes. Sale el libro por fin, razonablemente bien editado, y el autor decide presentarlo en sociedad en un acto público que tiene lugar en la capital de provincia donde reside y de la que es originario. Se llena el local más de lo que es habitual en este tipo de actos (en los dos periódicos provinciales se ha anunciado, si bien de forma escueta, el acto, en uno de ellos incluso ha aparecido una breve nota biográfica del recién estrenado novelista, en una emisora local le han hecho una fugaz entrevista), el autor firma unos cincuenta ejemplares –a familiares, amigos y conocidos en su gran mayoría y el libro echa a andar con no demasiados malos presagios.
El autor, que ha de encargarse también de la distribución, efectúa un primer reparto de ejemplares por las librerías de la ciudad. Lo mismo hace en aquellos núcleos de población, pertenecientes a la comarca en la que transcurre la acción de la novela, que cuentan con establecimientos de librería. Con el resto de los aproximadamente mil ejemplares editados no sabe bien qué hacer. Son veintitantas cajas y ocupan mucho sitio. Finalmente, opta por llevarlas todas al desván de la casa que un amigo le ofrece en un pueblo cercano. Allí irá a buscar los libros conforme lleguen las demandas de compra.
En la casa, que es una casa de las de antes, espaciosa y hospitalaria, se aposenta de tarde en tarde algún ratón. Y coincide la llegada de las cajas de los libros con la estancia en ella de una cuadrilla, se conoce que reincidentes y veteranos en ese tipo de intrusiones. Como la casa se queda largas temporadas sola, sin nadie que la habite, particularmente en invierno, a los ratones les da por aficionarse al arca donde se guardan los comestibles. Empiezan con los más desprotegidos y a la vista, rompen las barreras de seguridad del papel y los paños, se atreven después con las galletas y el chocolate. Y así hasta que los primeros en abrir la casa, alarmados, toman las debidas precauciones, guardando las provisiones de manera que los roedores no puedan dar con ellas. Es así como, guiados por el instinto de supervivencia, exploran el desván. Las cajas de libros, indefensas, se convierten en su primer objetivo. Roen la base y, una a una, acceden a la mayor parte. Mordisquean primero la portada y la contraportada, acaso más sabrosas por tener más consistencia, y luego, libro a libro, van probando todas las páginas: en una, una esquina; en otra, el reborde; en otra, un párrafo; en otra, un diálogo; en otra, una metáfora particularmente acertada; en otra, la parte más interesante de una escena, o el meollo mismo del nudo, o una observación aguda sobre la psicología y el modo de proceder de un personaje, o un detalle revelador del inminente desenlace…
Cuando el autor sube un día al desván en busca de media docena de ejemplares que una librería le ha solicitado, se encuentra con que todos los libros tienen la señal de los ratones, que, a su manera, los han leído sin dejar ninguno intacto.
Sin saber cómo, la noticia se propaga por la ciudad y llega a los periódicos, que se interesan por ella. Llaman al escritor para hacerle una entrevista, pero él declina realizar  declaraciones. Lo mismo les contesta a las emisoras de radio.
La sorpresa se produce cuando en las librerías empieza a entrar gente preguntando por el libro.
El libro ese, el de los ratones –dicen, porque no recuerdan o no saben el título.
La edición está agotada –informa el autor a las solicitaciones de los libreros.
Un par de editoriales se interesan por el libro. Una de ellas, la de la capital de provincia en que el autor reside y cuyo director le había manifestado que únicamente publicaban autores con éxito comercial asegurado. La otra, una de las que le habían también rechazado el original mecanografiado.
El autor les da largas. Insisten ambas, y con idéntico señuelo: la promesa añadida de que le publicarán asimismo cualquier otra novela que escriba. Con previo compromiso por escrito, ofrece una,  y con adelanto de los derechos de autor si fuera necesario, propone la otra. Pero el autor responde que ya lo pensará.
Los críticos literarios se interesan por él y el autor les contesta en una entrevista que al fin concede a uno de los más importantes periódicos del país y que este publica a toda página en su suplemento literario, unánimemente considerado por el público lector como el más fiable y de mayor prestigio, que, antes de publicarlo, esperará a conocer el dictamen de los ratones. Por cierto que a los ratones se alude en el titular de la mencionada entrevista: El libro que les gusta a los ratones.


miércoles, 21 de junio de 2017

Dichos con nombre propio

armarse la de San Quintín Haber una riña o pelea muy violentas. Alude a la batalla de San Quintín, que tuvo lugar el 10 de agosto del año 1557, en la que el ejército español de Felipe II infligió una severa derrota a los franceses. En conmemoración de la victoria, Felipe II mandó construir en El Escorial el monasterio de San Lorenzo, cuya festividad se celebraba precisamente ese mismo día, el 10 de agosto.
el huevo de Colón Se dice de algo que parece difícil o imposible hasta que alguien demuestra que no lo es. Cuentan que después de haber descubierto América, algunos sabios y cortesanos le dijeron a Colón que su hazaña no tenía tanta dificultad como en principio se pensaba. Colón, para rebatirlos y burlarse de ellos, les invitó a que pusieran derecho un huevo cocido. Como respondieran unánimemente que tal cosa era imposible, Colón golpeó entonces ligeramente el huevo contra la mesa y pudo así, al haberse abollado el cascarón, colocarlo de pie. Visto lo cual, no les quedó más remedio que reconocer que, aun siendo muy fácil, a nadie se le había ocurrido hacerlo.
la espada de Damocles En sentido figurado, amenaza persistente de un peligro. Según relatan Horacio y Cicerón, Damocles, un cortesano de Dionisio I, tirano de Siracusa, en el siglo IV a. C., dejó de envidiar las riquezas y felicidad de su rey cuando observó que sobre la cabeza de Dionisio pendía constantemente una puntiaguda espada sostenida únicamente por una crin de caballo.
las verdades de Perogrullo Algo tan obvio y elemental que resulta una simpleza decirlo. La frase completa reza así: Las verdades de Perogrullo, que a la mano cerrada llamaba puño. Perogrullo es un personaje ficticio del folclore popular a quien tradicionalmente se ha atribuido la peculiaridad de presentar obviedades de manera sentenciosa.
más feo que Picio Se dice de una persona extremadamente fea. Se dice que Picio fue un zapatero que vivió en Granada en la primera mitad del siglo XIX. Condenado a muerte, le comunicaron el indulto cuando estaba ya en capilla esperando la ejecución, y fue tal el impacto que la noticia le causó que al poco tiempo se quedó sin pelo, sin cejas, sin pestañas y con la cara deforme y llena de tumores. Para escapar de la vergüenza se retiró a un pueblo de la Alpujarra, de donde fue expulsado por no entrar nunca en la iglesia, pues le daba miedo quitarse el pañuelo con que se tapaba la cabeza y parte del rostro.
más tonto que Abundio/más tonto que Perico el de los palotes Tanto Abundio como Perico el de los palotes son dos personajes proverbiales que simbolizan la necedad. Del primero se decía: Más tonto que Abundio que iba a vendimiar y se llevaba uvas de postre.
más viejo que Matusalén Por alusión al personaje bíblico que, según se cuenta en el Génesis, vivió en total novecientos sesenta y nueve años.
pasar las de Caín Sufrir grandes apuros y contratiempos. La frase proviene del personaje bíblico, hijo de Adán y Eva, que mató a su hermano Abel por envidia y fue condenado por Dios a vagar errante y fugitivo por la tierra.
saber más que Lepe Ser muy perspicaz y despierto. Hace referencia a Pedro de Lepe (1641-1700), obispo de Calahorra y hombre de gran cultura, autor de un conocido catecismo que en su época fue tan popular como el del padre Gaspar de Astete (1537-1601).
tener el baile de san Vito Se aplica a quien no puede parar quieto en ningún sitio.
El baile de de san Vito es el nombre popular de la corea, enfermedad nerviosa que se caracteriza por movimientos desordenados, involuntarios y bruscos. Según la leyenda, san Vito, que murió mártir en el año 303, padeció ese tipo de contracciones a consecuencia de las torturas sufridas.
tener más cuento que Calleja Ser alguien quejicoso o fantasioso, muy dado a falsear o exagerar lo que le afecta particularmente. Alude a un personaje real, Saturnino Calleja Fernández (Burgos, 1853-Madrid, 1915), fundador, en 1875, de la editorial Calleja, muy popular en toda España por sus colecciones de cuentos, especialmente los dirigidos al público infantil, así como por los de carácter pedagógico. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Bueno y malo

Se puede, según el diccionario, realizar una buena o mala acción, nacer con buena o mala estrella, comportarse de buena o mala fe, llevar buena o mala vida, tener buena o mala cabeza, buen o mal gusto, buena o mala mano, buena o mala sombra, buena o mala suerte...
De la misma manera se puede ser una buena alhaja o también una buena pieza, disfrutar de una buena mesa, ser portador de la buena nueva, beneficiarse de una buena paga, codearse con la buena sociedad, estar en buenas manos, recrearse con las buenas letras, convencer con buenas palabras, alcanzar buena muerte...
Es posible asimismo ser una mala pécora, y tener mala conciencia, o mala hostia, o mala idea, o mala leche, o mala lengua, o mala pata, o mala sangre, o mala uva, o mala voluntad, y verse obligado a aguantar las malas lenguas, y ser víctima de las malas artes, o de los malos tratos...
Y se puede en cualquier caso ser una persona buena o una buena persona, la última de las dos en el buen sentido de la palabra bueno y aunque el diccionario no lo recoja (sí recoge hombre bueno, el que actúa como mediador en los actos de conciliación o el que pertenecía al estado llano, y buen hombre, expresión, dice, para llamar o dirigirse a un desconocido).

No aparece en el diccionario, que desterró todos los refranes de sus páginas –y se contaban por miles– en la decimonovena edición, la del año 1970, pero algo tiene que ver con lo anterior este que sigue: Al mal tiempo, buenos libros.

Y hablando del diccionario, la de secretos que contiene y peligros que encierra. Por ejemplo: que el decoro está en el recodo, y que las coderas llevan los recados, y que las rebajas, si se les da la vuelta, son jarabes.
Y que a poco que una letra se descuide la alondra se vuelve una ladrona, y la gacela una acelga, y el molinero un limonero, y acatar se puede transformar en atacar, y febrero en un orfebre, y el guardia en una guarida...
Y en lo que quedarían convertidas algunas palabras si algún día sucumbieran a la tentación de desprenderse de la t: tacto, tajo, tálamo, talud, tarde, tortilla, tortuga, trama, treinta, trío, tronco, tropa, túnica... Y lo mismo atlas, bota, cetro, ciento, culto, entero, inmortal, intestino, libreta, rutina...


miércoles, 7 de junio de 2017

Libreta de apuntes

1
Todos deberíamos tener asignado un día de puertas abiertas, y que los que quisieran pudieran venir a visitarnos y conocernos por dentro. Pero no valdría preparar nada de antemano, ni limpiar y adecentar las dependencias, ni lucir las mejores galas, y estaríamos obligados a enseñarlo todo, hasta los últimos rincones, sin esconder ningún secreto.
2
Esa hoja huérfana en el árbol desnudo que no ha llegado a sentir la primavera.
3
La primavera está muy desprestigiada en la poesía y como tema de redacción escolar, pero revive cada año con la misma viveza y plenitud, incluso en los vertederos y las autovías de las ciudades. Y hay sabios que han llegado a la conclusión de que las tardes de junio deberían incluirse en la lista de las siete maravillas del mundo.
4
Los mirlos, que cantan a la vida, contentos por el simple hecho de estar vivos, y saludan al mundo cada día al amanecer, y también a esos que son sus vecinos y viven extrañamente ocultos a esa hora tras los cristales de la ventana, envueltos todavía en la telaraña del sueño, o amedrentados por las preocupaciones que acechan bajo la almohada, o amodorrados aún por la pastilla sin la cual no se cierran los ojos ni llega la tranquilidad.
Los mirlos que entonan en las ramas o en los tejados su concierto, y solo los árboles y las paredes y las antenas de televisión los escuchan, pero no nosotros, que ni reparamos en ellos, ni mucho menos agradecemos su canto, y ni siquiera levantamos la vista porque salimos de casa presurosos con la cabeza en otro sitio y asediados por tantas dudas y temores y obligaciones que no tenemos tiempo para esas menudencias, oír el canto amoroso y alegre de unos pájaros que lo único que hacen es eso, vivir y cantar.
5
Pero a los mirlos, afortunadamente, les trae sin cuidado lo que hagamos, porque no necesitan nuestra atención, ni esperan el aplauso: cantan para ellos solos y sin esperar ninguna recompensa.
Y lo mismo hacen las nubes, que no se cansan de pasar por el cielo aunque nadie se detenga a mirarlas.
Y la luz que diariamente se nos regala.
6
Lo malo de salir al campo en primavera es que los ojos se tiñen de verde y luego, al posarse en las páginas de los libros, estos se emborronan todos. Y pasa lo mismo con el oído, que vuelve tan afinado de escuchar los cantos de los pájaros que es incapaz de apreciar otra música que no sea la del silencio.
7
-¿Qué es el amor platónico? -pregunta el profesor.
Y enseguida se levanta una mano:
-Yo lo sé: el amor de un señor que se enamoró de su burro que se llamaba Platón y luego escribió un libro que se titulaba Platón y yo.
8
Aunque está uno ya en esa edad en que no puede hacerse ilusiones de volver a tener ilusiones.