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miércoles, 30 de agosto de 2017

Palabras que se apagan

Son muchas, y de todos los ámbitos, particularmente del léxico rural.
He aquí, como muestra, algunas:
la casa
alacena: armario, generalmente empotrado en la pared, con puertas y estantes, que sirve para guardar alimentos y enseres de cocina
hornilla: cavidad donde se hace la lumbre, en la parte baja de la cocina
portal: espacio dentro de la casa situado tras la puerta de entrada y del que arrancan otras dependencias, como la cocina y la escalera que da acceso al piso superior
vasar: pequeño anaquel o mueble colgado en la pared, donde se colocan vasos, platos y otros enseres de cocina
aledaños de la casa
corral: espacio, normalmente cerrado, delante o alrededor de la casa, para diversos usos, como encerrar las gallinas o el carro
cuadra: establo para el ganado, especialmente el vacuno y ovino
cuarterón: ventanuco en una puerta o en el pajar; también, contraventana de madera
leñero: sitio donde se guarda o se apila la leña
muladar/muradal: lugar donde se amontonan los desperdicios
pajar: sitio donde se guarda la paja y la hierba, henil, tenada
pesebre: especie de cajón de madera, pegado a la pared, donde se les pone la comida a las vacas y las caballerías
portillera: puerta que da paso al corral o a las fincas rústicas
enseres
aguamanil: jarro con pico para echar el agua en la palangana
almirez: mortero de cocina; solían ser de bronce
arca: mueble rectangular de notables dimensiones, de madera de roble, en que se guardaban comestibles, granos, el pan, etc.
artesa: cajón de madera que se va haciendo más estrecho hacia el fondo, que sirve para amasar el pan y otros usos
azafate: canastilla para los utensilios de la costura, y también para llevar la oblada que se ofrece en la misa
balde: cubo de cinc con asa, de forma y tamaño parecidos a los del cubo, que se usa para recoger y llevar agua
barreño: vasija de barro o metal, sin asas, de bastante capacidad, más ancha por la boca que por el asiento
barril: vasija de barro, de gran vientre y cuello muy estrecho, para guardar y beber el agua, botijo
canasta, to: cesto de mimbres, con dos asas
candil: utensilio para alumbrar, con un recipiente de aceite en el que se empapa una torcida o mecha, y un gancho para colgarlo
cántaro: vasija grande de barro, estrecha de boca, ancha por la barriga y estrecha por el pie, y con una o dos asas
capazo: espuerta de esparto o de palma
cobertor: manta de lana para la cama, colcha
cobertera: tapadera de cualquier vasija de la cocina
costurero: caja, canastilla o especie de bolsa grande de tela atada a la cintura para guardar los útiles de costura
escudilla: cazuela de barro pequeña
espita: tubo corto que se abre o se cierra por el giro de una llave o palanca y que se pone en el agujero por donde se vacía un tonel
fardel: saco pequeño de tela que llevaban los pastores y caminantes
farol: especie de candil, encerrado entre cuatro paredes de cristal, con una abertura superior
garrafón: recipiente de vidrio, de cuello corto, protegido por un revestimiento, que sirve para guardar el vino u otros licores
jofaina: palangana, vasija en forma de taza, muy ancha y poco profunda, que sirve para lavarse la cara y las manos
masera: artesa grande con patas de madera que sirve para amasar
morral: especie de saco o mochila de cuero que usan los pastores para llevar la comida
odre: utensilio para elaborar la manteca
palancana/palangana: jofaina
palanganero: soporte, de hierro o de madera, en que se coloca la palangana
pilón: pesa de hierro de la romana
pocillo: tacita pequeña, para medir ingredientes de pastelería o para tomar el café
pote: vasija de hierro, redonda y panzuda, con dos asas pequeñas  a los lados y tres patas
puchero: recipiente de barro, más hondo que ancho, con un asa lateral
romana: instrumento para pesar; está formada por un platillo y un brazo largo con las medidas inscritas en sus dos caras, del que se cuelga el pilón o pesa, que es el que se lee y da el peso en el momento en que el brazo se mantiene en equilibrio horizontal; mientras se efectúa la medida, la romana se cuelga o se sujeta en el aire por un gancho
talega, go: saco o bolsa, ancha y corta, de lienzo basto u otra tela, que sirve para guardar y llevar las cosas
tanque: recipiente cilíndrico de latón, con un asa, utilizado para llevar agua o leche
tartera: cazuela de barro
tomiza: cuerda de esparto
trébede: cerco de hierro con tres pies que sirve para poner al fuego sartenes u otros recipientes
varal: palo largo y grueso, seco y no flexible, para diversos usos
zurrón: bolsa grande de pellejo o de cuero usada por los pastores para llevar la comida
labores y ocupaciones agrícolas
trilla: mies extendida en redondo en la era; época en que se trilla
trillar: triturar la mies en la era y separar la paja del grano
uncir: atar a las vacas al yugo
gavilla: haz de mies, después de segada
aperos, arreos y herramientas
arado: instrumento para labrar la tierra
azada: instrumento formado por una lámina cuadrangular de hierro, con mango largo de madera, para cavar tierras blandas
azadón: instrumento formado por una pala de hierro algo curva, más larga que ancha, para romper tierras duras, cortar las raíces de los piornos, etc.
azuela: herramienta de carpintero para desbastar la madera
cordel: cuerda, más delgada que la soga, para atar cargas de hierba o leña
costal: saco grande de tela para guardar granos o piensos
criba: cuero agujereado y fijo en un aro de madera que sirve para limpiar el trigo u otras semillas
guadaña: instrumento para segar a ras de tierra
horca: utensilio en forma de palo con dos guinchos o dientes del mismo material; herramienta con mango de madera y, sobrepuestas de hierro, dos, tres, cuatro o cinco púas o dientes
hoz: instrumento para segar la hierba o la mies, compuesto por un mago corto de madera y una hoja curva de acero con el filo interior cortante
reja: instrumento de hierro en forma puntiaguda con que termina el arado y que sirve para romper y levantar la tierra
soga: cuerda gruesa de esparto
yugo: instrumento de madera mediante el cual se unen por el cuello o la cabeza las dos vacas o bueyes de una yunta
de las caballerías
albarda: pieza que protege el lomo de la caballería por los dos costados
alforjas: tira ancha de material resistente rematada en una bolsa grande de paño en cada extremo para transportar una carga
cabestro: cuerda o ronzal que se ata a la cabeza o al cuello de la caballería para guiarla  o asegurarla
ramal, ronzal: cuerda atada a la cabezada de una caballería
¡jo!, ¡so!: voz para detener a las caballerías
pastoreo
choza, zo: cabaña donde duermen los pastores
esquilar: cortar la lana a las ovejas
hatajo: grupo pequeño de ganado
hato: porción de ganado; ropa y otros objetos que uno tiene para el uso ordinario
majada: puerto de montaña para el ganado trashumante
redil: aprisco cerrado con estacas o redes

Pero el olvido afecta a todos los rincones del vocabulario:
pesos y medidas
arroba: medida de peso equivalente a 11,502 kg
cántaro: medida de capacidad, equivalente a unos 16 litros, usada sobre todo para el vino
celemín: medida de capacidad para áridos, equivalente a 4,625 litros
fanega: medida de capacidad, equivalente a 12 celemines o 55,5 litros
libra: medida tradicional de peso que en Castilla equivalía a 460 gramos
onza: medida tradicional de peso equivalente a 28,7 gramos
quintal: medida tradicional de peso, equivalente a 46 kg; en el sistema métrico, unidad de peso equivalente a 100 kg
indumentaria
alpargata: calzado de tela con el piso de cáñamo o de goma, propio del verano
balandrán: especie de bata larga, de tela, que se les ponía a los niños en casa para comer
moquero: pañuelo para limpiarse los mocos
pelliza: prenda de abrigo, especie de chaquetón, con el cuello y las bocamangas reforzadas de otra tela y bolsillos laterales ocultos
saya: falta, y prenda interior femenina
tapabocas: especie de bufanda ancha que se lleva alrededor del cuello y con el que se protege la cara y la cabeza
toquilla: pañuelo de punto, generalmente de lana, usado por las mujeres como abrigo
otros
abalorio: objeto de adorno personal, vistoso y de poco valor
aguinaldo: regalo que se da el día de los Reyes
cachivache: trasto, objeto o utensilio inútil o estropeado
cantina: establecimiento público donde se sirven comidas y bebidas, taberna
carrillo: mejilla
¡cáspita!: interjección para denotar extrañeza o admiración
chasco: decepción: llevarse un buen chasco
confites: dulces en forma de bolitas de diferentes tamaños y colores
cuarto: en plural, dinero: tiene muchos cuartos
encerado: tablero empleado en las escuelas para escribir con tiza
lumbre: fuego: hacer lumbre
mollete: panecillo ovalado
perillán: aplicado a los niños y con sentido afectuoso, pícaro, astuto
perras: monedas, en general: me dieron cuatro perras por él
real: moneda equivalente a 25 céntimos de peseta: no valer un real: valer muy poco; por cuatro reales: por muy poco dinero
tunante, ta: pícaro, bribón, taimado
tuno, na: astuto, taimado, granuja

miércoles, 2 de agosto de 2017

Distancias episcopales (curso 1965-66)

Al señor obispo de León, que por tener tantísimas ocupaciones no encontró nunca tiempo para darles a sus feligreses de La Braña el gusto de recibirle, le conocí yo algunos años más tarde siendo estudiante en el seminario.
Mejor dicho, le vi de lejos pasar por la explanada de tierra que separaba el edificio del montículo de pinos que él mismo había mandado plantar allí para aislarnos del mundo y que nos llegase de paso algún aire aromático que respirar.
Y aunque de lejos como he dicho, aparentaba porte de señor, lucía siempre sombrero negro de ala holgada y sabía llevar la cabeza alta y en armonía con el cargo.
Y si le descomponía el paso algún ademán imprevisto se le adivinaba entre los zapatos relucientes y la sombra de la sotana el intermitente fogonazo morado de los calcetines.
De sus paseos con el rector del seminario por aquella explanada, aparte de la compostura del gesto y la pareja armonía de la zancada, nos llamaba especialmente la atención –y solo por eso nos entreteníamos en espiarlos desde los ventanales del salón de estudios la manera tan escrupulosa con que restauraban el protocolo al llegar al final de cada vuelta.
Que era de ver con qué airosa discreción y preciso movimiento, con qué finura y elegancia cortesanas esperaba el rector a que volviese sobre sus pasos el señor obispo para colocarse él con habilísima destreza en su flanco izquierdo.
Pues tanta presteza y maña se daba en hacerlo que no había tenido tiempo el señor obispo de echarle una mirada de reojo que ya le tenía a su lado con el hilo dispuesto para seguir hilvanando la conversación.
¿De qué hablarán? –nos preguntábamos.
Pues de teología, de qué van a hablar –decía Marcelo.
¿De teología? Estos hablan de dinero, te lo digo yo –le corregía Fidalguín.
Eso, y de cómo rebajarnos la ración en las comidas –opinaba Eusebio.
A lo mejor es que se están confesando uno al otro –aventuraba Martín.
En aquel preciso momento llegó Armando, que ya entonces estaba al corriente de cualquier asunto o noticia de interés en relación con la historia pública y privada de León, y fue él quien nos informó cumplidamente de que la primera autoridad de la diócesis era además Procurador en Cortes por designación directa del Jefe del Estado y miembro del Consejo del Reino, lo que le obligaba al parecer a desplazarse a Madrid cada vez que las susodichas cortes se reunían, desplazamiento que realizaba siempre en el mismo Mercedes de color negro en que le subían al seminario.
Os digo –intervino Ricardo que de lo que hablan es de fútbol, de qué si no.
Era bien conocida por todos la afición al fútbol del señor rector, socio
según decían del Real Madrid, y de los recalcitrantes.
Tanto, que los resultados del equipo de don Santiago Bernabeu incidían semanalmente en la marcha del seminario, pues el buen o mal humor del que regía sus destinos se avenía con ellos.
Se le notaba ya el domingo en el sermón de la misa mayor cómo se presentaba la jornada: si subía con agilidad al púlpito y movía mucho los brazos al hablar era signo de que el Real Madrid iba a cosechar por la tarde una nueva victoria; si, por el contrario, ascendía al púlpito con desgana y predicaba sin convicción, no había más que repasar el calendario y la clasificación para comprobar que el partido se presentaba difícil. Pero el termómetro infalible era el de los jueves por la tarde, que no teníamos clase y nos llevaban de paseo por la carretera de Asturias arriba hasta La Copona. Íbamos desde primera hora los quinientos o más seminaristas engalanando el arcén en filas bien ordenadas de dos, contando los camiones que pasaban (según la dirección que llevaran, para arriba hacia Asturias o para abajo en dirección a León, ganaban unos o perdían otros) y jugando a adivinar el último número de las matrículas.
También podíamos aprovechar esa tarde de los jueves para pedirle permiso al señor rector y bajar a León.
El pretexto era lo de menos –un familiar en el hospital, la urgencia de unos zapatos nuevos, el paso accidental de una tía monja por la estación..., pues el asentimiento, impartido en silencio con una mirada que no escondía la desconfianza, o la seca negativa en forma de reiterados vaivenes de cabeza dependían estrictamente del último resultado del equipo de su devoción.
De ahí que si la noche anterior, o sea la del miércoles, que era cuando se dirimían los partidos de la Copa de Europa, las cosas le habían ido bien al equipo blanco, la cola de peticionarios se extendía desde la puerta de su despacho hasta la escalera que conducía a los dormitorios.
Que le dieran a uno permiso para bajar la tarde del jueves a León era como un sueño. Podíamos pasear por las calles, detenernos en los escaparates de las librerías, mirar y remirar las carteleras de los cines, darnos una vuelta por la estación de donde salía el coche de línea y asomarnos a la puerta de algún bar a ver si tenía máquina de discos. Y si nos encontrábamos de frente con una chica no teníamos por eso que cambiar de acera ni bajar inmediatamente la vista al suelo o cerrar los ojos hasta que pasara.
Luego al volver al seminario nos parecía que aquella tarde habíamos aprendido muchas cosas y nos sentíamos algo más seguros de nosotros mismos, con un punto de vanidad y orgullo que antes no teníamos, como si hubiéramos intuido que podíamos valernos solos, y mirábamos con una pizca de desdén a los que se habían pasado las horas en la carretera de Asturias, y creíamos que ellos nos miraban a nosotros con envidia.
Volviendo al señor obispo, lo vimos más de cerca un día que nos bajaron a oír misa a la catedral. Nos gustó porque la dijo en latín, y a mí me recordó las de niño en La Braña, con el celebrante de espaldas a los fieles y no de cara como se hacía desde el concilio en el seminario, y a medio vestir además, solo con el alba y la estola, y sentí no tener en las manos el misal, uno de aquellos misales de tapas negras y páginas con reborde de color rojo que daba gusto hojear: lo fino y devoto que hacía entrar en la iglesia con él en la mano, y el arte que se daban en llevarlo las mujeres de La Braña, pegado al vestido que parecía un complemento más del atuendo festivo, lleno de estampas piadosas y oloroso a mantelería fina y a colonia de domingo...
Aquella misma mañana Armando nos aseguró que el señor obispo era del Atlético de Madrid, y entonces entendimos dos cosas que habían ocurrido aquel mismo curso.
La primera, hacía solo una semana, a mediados de mayo, el miércoles que se había jugado la final de la Copa de Europa entre el Real Madrid y el Partizán de Belgrado. El rector interrumpió a medio la lectura en el comedor –desayunábamos, comíamos y cenábamos en silencio, oyendo leer libros piadosos y novelas inofensivas- y nos anunció sonriente, él, que siempre parecía de mal humor, que aquella noche podríamos ver el partido por la televisión en el salón de actos. Estalló en aplausos el comedor y para nada quisimos ya el tiempo de recreo ni mucho menos las clases de aquella tarde, que las pasamos como se pasa un río por el que no baja agua. Pero llegó la hora del partido, que eran las siete y media, y los señores curas encargados de la vigilancia nos llevaron a las salas de estudio y no al salón de actos. A lo mejor es que nos ponen solo el segundo tiempo, nos consolábamos, pero del estudio fuimos a la capilla a rezar el rosario y de allí en fila y en completo silencio a cenar al comedor. Subimos luego a los dormitorios y los señores curas encargados de la vigilancia acechando previsores en las esquinas. Y nos estábamos acostando cuando oímos voces por las escaleras y enseguida la del señor rector que irrumpió en el pasillo pregonando el resultado: “Real Madrid 2, Partizán 1; marcaron Amancio y Serena en la segunda parte”.
La segunda había ocurrido en las vacaciones de Semana Santa de aquel año, que el secretario del obispado escribió el lunes santo a todos los curas de las parroquias para que avisaran a los seminaristas de que volviéramos un día más tarde, o sea, al siguiente de Pascuina:
¿Lo veis como tengo razón que el señor obispo es del Atlético de Madrid? –nos instruía con vehemencia Armando. Por eso le prohibió al rector que nos dejara ver la final de la Copa de Europa. ¿Y sabéis por qué nos dio un día más de vacaciones en Semana Santa? Porque el Domingo de Ramos, si os acordáis, el Atlético le había metido cuatro a uno al Real y...
Si ya os lo tengo dicho –le interrumpió Ricardo: el obispo va a Madrid solo a ver los partidos y luego en la explanada se los cuenta al rector, que no tiene más remedio que aguantarse y escuchar.


miércoles, 26 de julio de 2017

Historias del metro

1
Tres mujeres van cargadas de bolsas y hacen mohínes de resignación y aspavientos de cansancio. Una de ellas viste un suéter amarillo con una inscripción en inglés en la espalda –Look at this, reza– y un escudo o emblema o logotipo publicitario en la parte delantera Una de sus acompañantes le dice algo al oído. La mujer del suéter amarillo se lleva los dedos a la boca y hace chisssttt. La otra sonríe. A continuación se ponen las tres muy serias.
La del suéter amarillo hurga en una bolsa de El Corte Inglés y luego pregunta la hora dándose golpecitos en la muñeca. Sus amigas se encogen de hombros, alzan pesadamente los ojos, se estiran la falda al tiempo que aprovechan para ponerse más cómodas, relajadas, ausentes. A la mujer del suéter amarillo le oyen decir todos los viajeros que están a su alrededor que le gustaría tener un caballo en un pueblo de las afueras para pasear sobre él los fines de semana. Un día de estos se lo va a decir a su novio, le hace tanta ilusión.

2
–Oye, ¿y los ángeles de la guarda? Los que decían antes que asistían a los niños, que estaban siempre pendientes de nosotros, volando sin parar o suspendidos en el aire con sus alitas para protegernos de cualquier peligro, así los pintaban en las estampas... ¿Te acuerdas? Dicen que ya no los hay, porque no se atreven a volar del cielo a la tierra, por miedo a los satélites esos que se pasean por la atmósfera, y a las naves espaciales, y a los aviones...

3
–Pues sí, tengo un pequeño olivar, en una parcela que compró mi padre hace ya muchos años, por la parte de Tarragona, cuarenta árboles en total, y créame si le digo que cada uno tiene su carácter y su comportamiento, exactamente igual que las personas, sí señor, que parece mentira, y sus dolencias y debilidades, basta con prestarles un poco de atención para darse cuenta, y por lo mismo necesita cada cual sus cuidados, este un poco más de agua porque siempre está sediento, aquel que no le dé tanto el sol de cara, el otro que no le molesten las hormigas, el de más allá que le poden a menudo... Los hay además querenciosos, de la hierba seca abajo protegiéndoles el tronco, o del riego con aspersor, y algunos hasta se permiten sus rarezas, como el que no soporta a los pájaros, o el que arruga las hojas si ladran los perros, o el que se encoge y deja caer los limones ante de madurar si no le pongo un rodrigón en cada rama... Por eso, para tenerles bien atendidos, los he bautizado a todos con nombres de personajes de la historia, músicos y hombres de ciencias, filósofos y emperadores, navegantes y literatos...: Mozart, Newton, Lope de Vega, Pitágoras, Magallanes, Napoleón Bonaparte, Gengis Kan...

miércoles, 19 de julio de 2017

Libros que dejaron huella

Hablo de los libros que, por una u otra razón, más me impresionaron cuando los leí.
Así ocurrió, en la adolescencia y primera juventud, con los que siguen: La vida sale al encuentro, de José Luis Martín Vigil, una historia de amor que nos parecía un sueño imposible a los que padecíamos las penurias de los internados; El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez, que devoré con devoción un día en el monte guardando las vacas, en la edición de la vieja colección Austral, de color azul la portada por pertenecer a la serie de 'Novelas y cuentos en general' (la serie verde correspondía a 'Ensayos y Filosofía'; la anaranjada, a 'Biografías y vidas novelescas'; la negra, a 'Viajes y reportajes'; la amarilla, a 'Libros políticos y documentos del tiempo'; la violeta, a 'Teatro y poesía'; la gris, a 'Clásicos'; la roja, a 'Novelas policíacas de aventura y femeninas'; la marrón, a 'Ciencia y técnica. Clásicos de la ciencia'); Viaje a La Alcarria, de Cela, que me enseñó a mirar los caminos y el paisaje con ojo literario; Los cipreses creen en Dios, de José Mª Gironella, todo un descubrimiento, por el tema de la guerra civil y por las peripecias de la familia Alvear en Gerona; El extranjero, de Albert Camus, en la edición del libro de bolsillo de Alianza (¡con títulos míticos en su catálogo!), y que entendí bien gracias a las anotaciones que había escrito a lápiz en los márgenes la persona que me lo prestó.
De algunos años más tarde recuerdo especialmente los cuentos de Ignacio Aldecoa, que conocí gracias a la antología La tierra de nadie y otros relatos de la colección RTV (cien títulos que aparecieron semanalmente a finales de la década de 1960 al precio de 25 pesetas y cuyas cubiertas variaban también de color según el contenido: La tía Tula, de Unamuno, y Cien obras maestras de la pintura fueron los dos primeros), los relatos de Julio Cortázar, Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll (lo leí en tres tardes de invierno de aquel larguísimo servicio militar), Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, Hambre, de Knut Hamsun (de la colección Reno de Plaza y Janés, en papel áspero y páginas pegadas con cola que se desprendían una a una en cadena y no había manera de arreglar, desencuadernados todos por la mitad antes de acabar de leerlos), Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa, A este lado del paraíso, de Scott Fitzgerald, Ficciones, de Borges, que, como les ha sucedido a tantos letraheridos, marcó un antes y un después...
Y ya más acá en los últimos años, Guerra y paz, de Tolstoi, al que no tardaré en volver, Les hores, de Josep Pla, El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio (por las razones que expuse en este blog no hace mucho), La muerte de Ivan Ilich, también de Tolstoi, lectura imprescindible sobre el dolor y la muerte, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, asimismo imprescindible por tantos conceptos, La marcha Radetzky, de Joseph Roth En la belleza ajena, de Adam Zagajewski, novela y libro de memorias y ensayo a la vez, Benito Cereno, de Melville, El último encuentro, de Sándor Márai, Los adioses, de Onetti, La lección del maestro, de Henry James...
Cualquiera de estos últimos sería buen remedio para mitigar los calores y otras inclemencias del presente verano.


miércoles, 5 de julio de 2017

En el valle de Riaño, julio de 1987


            (En recuerdo de todos los que, hace ahora treinta años, en julio de 1987, se vieron obligados por la fuerza a abandonar sus casas y la tierra en que habían nacido, anegada para siempre desde esa fecha por las aguas de un pantano)

La vi por primera vez esta mañana temprano, sentada en un banco de piedra a la entrada de su casa. Parecía ausente, como si nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor le importara, y tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera levantó la cabeza cuando nos acercamos.
–¡Señora, señora! –le grité.
No se movió. Iba vestida toda de negro y en la cabeza llevaba un pañuelo también negro que le cubría hasta media frente y le hacía sombra sobre los ojos. Soplaba un poco el cierzo y se tapaba los hombros con un manto de lana cuyos extremos sujetaba entre las manos.
–¿Qué está haciendo aquí? ¡Todos se han marchado ya! –le advertí.
Abrió despacio los ojos, me miró un momento y enseguida volvió a cerrarlos. Me fijé en sus manos, amarillas y arrugadas, que se entretenían con los hilos del manto.
–Tiene que irse, señora –le dije, acercándome.
Como si le costase un gran esfuerzo, su mirada fue ascendiendo lentamente desde el suelo hasta llegar a encontrarse con la mía.
–¿Por qué voy a tener que irme? –me contestó la anciana con voz firme.
Su casa era una de las que estaba previsto derribar y demoler esta misma mañana. Su casa y las dos de al lado, que eran las únicas que quedaban por ese lado del pueblo.
–¡Las máquinas llegarán de un momento a otro! –la informé.
–Lo sé –me contestó, sin que ni una arruga de su rostro se alterase.
–¿Y sabe que tiene que desalojar la casa, como han hecho todos? –le insistí.
–Yo no voy a marcharme de mi casa –contestó.
Traté entonces de mostrarme amable y conciliador:
–Nosotros, señora, nos limitamos a cumplir órdenes…
–Le digo que yo no me voy de mi casa –me replicó en tono cortante sin dejarme terminar.
–Todos se han ido –continué.
–Allá cada uno –respondió con seguridad–. Yo ya soy vieja y nada se me ha perdido por esos mundos de Dios. Conque no pienso marchar.
–Algún familiar tendrá usted  –le dije.
–Y eso qué –objetó–. Aquí nací, aquí he vivido siempre, y aquí pienso morir.
–Mire, señora –volví a recordarle– que las máquinas le van a tirar la casa hoy mismo.
–Pues que la tiren –dijo–. A mí me enterrarán debajo. Como se lo digo. Casi lo estoy deseando. Y que las aguas del maldito pantano me tapen a mí también.
Parecía decidida a cumplir lo que sus palabras anunciaban. Miré a mis hombres, y todos estaban tan perplejos como yo. Otros se han resistido, pero eran hombres y mozos, con los cuales sabemos bien cómo hemos de emplearnos.
–Señora –volví a insistir–, tiene que abandonar esta casa.
--Y yo le digo que no lo haré.
–Señora, hágase cargo –y traté de parecer amable inclinándome para palmearle afectuosamente el hombro.
–No me toque –me rechazó con un movimiento brusco. 
Estaba empezando a impacientarme. Para que no se me notara y calmarme un poco, miré por la ventana de la cocina.
Me llamó la atención que todo estaba en orden: una tartera de sopas encima de la trébede, la lumbre de la hornilla recién atizada, las cazuelas y los platos en la alacena, las colchonetas en los escaños, una silla junto al fuego… Nada indicaba que la dueña de aquella casa tuviera la menor intención de abandonarla.
–¿Qué mira? –preguntó la anciana sin volver siquiera la cabeza.
–¿Por qué no entra en su casa –le propuse–, prepara sus cosas y nosotros la ayudamos a llevarlas?
–¿Y por qué voy a hacerlo? –me interrumpió–. Ni tengo nada que preparar ni voy a ir a ningún sitio.
–¿Pero no ha visto –le dije– que ya todos en el pueblo, incluso los que ayer se subían a los tejados, se están marchando?
Se encogió de hombros.
–¿No oyó tampoco repicar las campanas del campanario? –proseguí–. Fue la señal para dejar el pueblo.
–Sí las oí –contestó-. Pero no repicaban, tocaban a muerto.
–Señora, por última vez…
Me miró en silencio con una tristeza que le subía de lo más hondo de sus ojos.
–Ya nunca más volverán a tocar las campanas –susurró–. Se han quedado mudas.
El sol apareció de pronto por encima de los tejados. La anciana entrecerró los ojos y se ajustó una vez más el manto sobre los hombros. Durante un buen rato nos quedamos así en silencio, ella sentada en el banco de piedra, inmóvil y absorta, las arrugas del rostro imperturbables, y yo allí de pie, mirándola, sin saber qué hacer, ni qué decir, y mis cuatro hombres detrás impacientes y perplejos esperando una orden, una indicación, algo.
–Señora –le dije al fin con firmeza y autoridad–, recoja sus cosas y venga con nosotros.
Volvió a mirarme, y de nuevo le asomó a los ojos aquella tristeza infinita que parecía tan vieja como ella.
–Mire que si no lo hace voluntariamente… –la conminé.
–No se atreverán –me atajó.
–No tendremos más remedio –le aseguré.
–¿A una pobre vieja? –dijo con un hilo de voz.
Ordené a mis hombres que entraran en la casa, recogieran lo que vieran de valor, la ropa y los objetos personales, y lo sacaran fuera.
La anciana se levantó, agarró el bastón que tenía colgado detrás de la puerta y, blandiéndolo en el aire, empezó a proferir insultos y amenazas a voz en grito. Me vi entonces en la necesidad de sujetarla y obligarla a tomar asiento, que trabajo me costó, en el escaño del portal.
–No se molesten en sacar nada –murmuró con voz entrecortada al cabo de un rato–. Lo único que quiero ya lo tengo yo metido en un par de bolsas ahí en ese cuarto.
Uno de mis hombres trajo las dos bolsas.
–¿Esto es todo, señora? –le pregunté solícito.
–Todo. Lo demás lo llevo aquí –dijo, señalando la frente–, bien guardado.
Se echó a llorar. Lloraba en silencio, y las lágrimas le bajaban por el rostro muy despacio hasta caerle sobre el regazo.
Al cabo se levantó, cogió las dos bolsas y salió. Caminaba agachada, con pasos menudos y apoyándose en el bastón.
–Ya me voy, ya me voy –iba murmurando entre dientes, y sin dejar de llorar.
Cuando cruzó la portillera de la entrada se volvió, recorrió toda la casa con la mirada y se santiguó. Estuvo así unos momentos y luego siguió calle adelante.
Esperamos a que doblara la esquina y después, tal como se nos había ordenado, recorrimos el pueblo inspeccionando y vigilando las casas que iban a ser demolidas, sin novedad alguna digna de ser reseñada.
A la anciana, en contra de lo que temíamos, no la volvimos a ver: como si hubiera desaparecido.
Pero esta tarde, acabado ya el servicio y de regreso al cuartel, la encontramos de nuevo, en la orilla de la carretera, a un par de kilómetros del pueblo. Estaba sentada en el suelo, recostada la espalda en un chopo, inmóvil y con el bastón y las dos bolsas al lado.
Mandé detener el vehículo y me apeé. Al acercarme a ella, vi que tenía la misma expresión absorta y como ausente de por la mañana. Tampoco levantó la vista. Solamente entreabrió los ojos, hizo un ademán de arrebujarse bajo el manto y agachó aún más la cabeza.
–Ya me he ido, ¿qué quiere ahora? –dijo con voz temblorosa.
–¿Pero qué hace aquí, sola? –me interesé con solicitud.
–Nada, descansar un poco –me respondió.
Me ofrecí a llevarla en nuestro vehículo a alguna parte. Como si no me hubiera oído, se levantó, cogió las dos bolsas y, apartándome con el bastón, pasó junto a mí y se puso a andar carretera adelante.
Este es el caso, mi teniente, que quería referirle, y el motivo por el que solicité verle a usted con tanta urgencia.                                    

miércoles, 28 de junio de 2017

El libro que les gustaba a los ratones (Fábula sin moraleja)

X, que dedica a escribir buena parte de las horas, no muchas, que su trabajo le deja libres, termina un libro. Tres años le ha llevado hacerlo. Se lo da a leer a los amigos, y todos coinciden en que está muy bien y le animan por ello a publicarlo. También el autor en su fuero interno cree que, efectivamente, el libro no carece de determinados aciertos y valores.
Vuelve a mecanografiar cuidadosamente el manuscrito y envía sendas copias a las dos editoriales que le merecen más respeto. Las dos gozan de un alto prestigio y lucen en sus respectivos catálogos los nombres de los autores más afamados y mejor considerados por la crítica y el público lector. Sabe que su libro no tiene demasiadas posibilidades, pero también que, si se lo rechazan, no se va a llevar un gran disgusto: es muy difícil que un autor novel, a no ser que vaya precedido por la aureola de un premio o de algún gran escándalo, publique en esas editoriales. Una de las dos se lo devuelve al cabo de un mes, con una breve nota exculpatoria, y a la otra se ve obligado a reclamárselo vía telefónica.
Él en persona viaja a la capital y lleva estos mismos manuscritos –no se nota en ellos la huella de ningún dedo, a lo mejor ni los han leído, ha llegado a pensar a otras dos editoriales que, según su criterio, ocupan asimismo un importante puesto en el escalafón. Las dos le prometen contestación. De una recibe una llamada telefónica: que puede pasar a recoger el original, le informa una secretaria. También de la otra le llaman por teléfono, para una entrevista personal. Toma el tren el día señalado y allá acude rebosante de esperanza: es criterio inamovible de la editorial, le comunica afable el director adjunto, no publicar autores sin obra conocida, por lo que se ve obligado a devolverle el original.
Entretanto, ha enviado por correo dos copias más a otras tantas editoriales. De una le contestan que exigen tener publicaciones anteriores para publicarle el libro; de la otra, que al no ser él un autor conocido del público lector, no pueden arriesgarse a publicarlo. Escoge la copia en mejor estado y acude con ella en mano al despacho del director de la única editorial de cierta solvencia que tiene su sede en la ciudad en la que él reside. Es la última baza que está dispuesto a jugar, la última oportunidad que se ha dado a sí mismo antes de rendirse. El director le disuade allí mismo: solo publican autores con éxito comercial asegurado, autores que de una manera u otra se hayan labrado ya un nombre en el mundo de la letra impresa.
Herido en su orgullo, decide costearse él mismo la edición. Con los ahorros y un pequeño crédito que le concede el banco en el que tiene domiciliada la nómina, le llegará. Un amigo le diseña la portada. Tapa blanda y papel de mediana calidad para abaratar costes. Sale el libro por fin, razonablemente bien editado, y el autor decide presentarlo en sociedad en un acto público que tiene lugar en la capital de provincia donde reside y de la que es originario. Se llena el local más de lo que es habitual en este tipo de actos (en los dos periódicos provinciales se ha anunciado, si bien de forma escueta, el acto, en uno de ellos incluso ha aparecido una breve nota biográfica del recién estrenado novelista, en una emisora local le han hecho una fugaz entrevista), el autor firma unos cincuenta ejemplares –a familiares, amigos y conocidos en su gran mayoría y el libro echa a andar con no demasiados malos presagios.
El autor, que ha de encargarse también de la distribución, efectúa un primer reparto de ejemplares por las librerías de la ciudad. Lo mismo hace en aquellos núcleos de población, pertenecientes a la comarca en la que transcurre la acción de la novela, que cuentan con establecimientos de librería. Con el resto de los aproximadamente mil ejemplares editados no sabe bien qué hacer. Son veintitantas cajas y ocupan mucho sitio. Finalmente, opta por llevarlas todas al desván de la casa que un amigo le ofrece en un pueblo cercano. Allí irá a buscar los libros conforme lleguen las demandas de compra.
En la casa, que es una casa de las de antes, espaciosa y hospitalaria, se aposenta de tarde en tarde algún ratón. Y coincide la llegada de las cajas de los libros con la estancia en ella de una cuadrilla, se conoce que reincidentes y veteranos en ese tipo de intrusiones. Como la casa se queda largas temporadas sola, sin nadie que la habite, particularmente en invierno, a los ratones les da por aficionarse al arca donde se guardan los comestibles. Empiezan con los más desprotegidos y a la vista, rompen las barreras de seguridad del papel y los paños, se atreven después con las galletas y el chocolate. Y así hasta que los primeros en abrir la casa, alarmados, toman las debidas precauciones, guardando las provisiones de manera que los roedores no puedan dar con ellas. Es así como, guiados por el instinto de supervivencia, exploran el desván. Las cajas de libros, indefensas, se convierten en su primer objetivo. Roen la base y, una a una, acceden a la mayor parte. Mordisquean primero la portada y la contraportada, acaso más sabrosas por tener más consistencia, y luego, libro a libro, van probando todas las páginas: en una, una esquina; en otra, el reborde; en otra, un párrafo; en otra, un diálogo; en otra, una metáfora particularmente acertada; en otra, la parte más interesante de una escena, o el meollo mismo del nudo, o una observación aguda sobre la psicología y el modo de proceder de un personaje, o un detalle revelador del inminente desenlace…
Cuando el autor sube un día al desván en busca de media docena de ejemplares que una librería le ha solicitado, se encuentra con que todos los libros tienen la señal de los ratones, que, a su manera, los han leído sin dejar ninguno intacto.
Sin saber cómo, la noticia se propaga por la ciudad y llega a los periódicos, que se interesan por ella. Llaman al escritor para hacerle una entrevista, pero él declina realizar  declaraciones. Lo mismo les contesta a las emisoras de radio.
La sorpresa se produce cuando en las librerías empieza a entrar gente preguntando por el libro.
El libro ese, el de los ratones –dicen, porque no recuerdan o no saben el título.
La edición está agotada –informa el autor a las solicitaciones de los libreros.
Un par de editoriales se interesan por el libro. Una de ellas, la de la capital de provincia en que el autor reside y cuyo director le había manifestado que únicamente publicaban autores con éxito comercial asegurado. La otra, una de las que le habían también rechazado el original mecanografiado.
El autor les da largas. Insisten ambas, y con idéntico señuelo: la promesa añadida de que le publicarán asimismo cualquier otra novela que escriba. Con previo compromiso por escrito, ofrece una,  y con adelanto de los derechos de autor si fuera necesario, propone la otra. Pero el autor responde que ya lo pensará.
Los críticos literarios se interesan por él y el autor les contesta en una entrevista que al fin concede a uno de los más importantes periódicos del país y que este publica a toda página en su suplemento literario, unánimemente considerado por el público lector como el más fiable y de mayor prestigio, que, antes de publicarlo, esperará a conocer el dictamen de los ratones. Por cierto que a los ratones se alude en el titular de la mencionada entrevista: El libro que les gusta a los ratones.