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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Los mejores títulos de obras literarias

No son pocos los que han hecho fortuna, y algunos se han convertido incluso en frases de referencia a la hora de ataviar con elegancia y originalidad la misma o parecida idea que, en su día, y como emblema o compendio de la obra que encabezaban, pretendieron sugerir. Este, por ejemplo, de una novela de Miguel Delibes, La sombra del ciprés es alargada (¡con música de endecasílabo!), empleado metafóricamente para aludir a todo aquello que alcanza gran proyección o extiende considerablemente su radio de influencia. O este otro, Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, con que se designa cualquier hecho del que ya antes de suceder se conocían los suficientes avisos y presagios como para ser adivinado. O este tercero, Pido la paz y la palabra, del poeta Blas de Otero, que ni hecho a propósito como eslogan de ideal requerimiento o consigna universal de estandarte reivindicativo.
Los más, sin embargo, se bastan y sobran para ocupar un lugar en la historia -la historia de la cultura, que es de todas las historias la más frágil, y tan proclive al olvido como la Historia con mayúscula- con la forma única e irrepetible que les dio el autor, o con la cadencia y sonoridad que desprenden sus palabras, o con el concepto que evocan o la sensación y la imagen que despiertan.
Como a uno le gustan las listas, he aquí los títulos que, a mi modesto entender, y clasificados por géneros, se llevan la palma.
Empiezo por el de la novela, que es el más fértil (los títulos se ordenan alfabéticamente):

Alguien voló sobre el nido del cuco, de K. Kesey.
Buenos días, tristeza, de F. Sagan.
Cumbres borrascosas, de E. Brontë.
De qué hablamos cuando hablamos de amor, de R. Carver.
En busca del tiempo perdido (y dentro de los siete títulos que incluye, A la sombra de las muchachas en flor), de M. Proust.
El cartero siempre llama dos veces, de J. M. Cain.
El corazón de las tinieblas, de J. Conrad.
El corazón es un cazador solitario, de C. McCullers.
El coronel no tiene quien le escriba (que constituye un perfecto endecasílabo), de G. García Márquez, y del mismo autor, Cien años de soledad, por no hablar de sus libros de cuentos, como, por ejemplo, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada.
El espía que surgió del frío, de J. Le Carré.
El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.
El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton.
El hombre que miraba pasar los trenes, de G. Simenon.
El hombre sin atributos, de R. Musil.
El miedo del portero al penalti, de P. Handke.
El nombre de la rosa, de U. Eco.
El obsceno pájaro de la noche, de J. Donoso.
El ruido y la furia, de W. Faulkner.
Historia de un idiota contada por él mismo, de F. de Azúa.
La insoportable levedad del ser, de M. Kundera.
Las almas muertas, de N. Gogol.
Las uvas de la ira, de J. Steinbeck.
Lo que el viento se llevó, de M. Mitchell.
Los cipreses creen en Dios, de J. Mª Gironella.
Los gozos y las sombras, de G. Torrente Ballester.
Mañana en la batalla piensa en mí (otro perfecto endecasílabo, tomado de un verso de Shakespeare), de J. Marías, y del mismo autor, Corazón tan blanco (robado también a Shakespeare) y Negra espalda del tiempo.
Matar a un ruiseñor, de H. Lee.
Música para camaleones, de T. Capote.
Paisajes después de la batalla, de J. Goytisolo.
¿Por quién doblan las campanas?, de E. Hemingway.
Retrato de grupo con señora, de H. Böll, y del mismo autor, Opiniones de un payaso.
Si te dicen que caí, de J. Marsé, y del mismo autor, estos otros dos: Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse (de nuevo un endecasílabo).
Si una noche de invierno un viajero, de I. Calvino.
Suave es la noche, de F. Scott Fitzgerald.
Tiempo de silencio, de L. Martín Santos.
Viaje al fin de la noche, de L. F. Céline.
Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de L. Sterne.

Me detengo a continuación en el de la poesía:

Desolación de la quimera, de L. Cernuda, y del mismo autor, Un río, un amor y Donde habite el olvido, tomado de la rima LXVI de Bécquer.
Espadas como labios, de V. Aleixandre
España, aparta de mí este cáliz, de C. Vallejo.
La voz a ti debida, de P. Salinas, título tomado de la Égloga III de Garcilaso de la Vega.
Las flores del mal, de Ch. Baudelaire.
Les dones i els dies (Las mujeres y los días), de G. Ferrater.
Sin esperanza, con convencimiento, de Á. González.
Una temporada en el infierno, de A. Rimbaud.

Le toca ahora la vez al teatro:

Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, de F. García Lorca.
Eloísa está debajo de un almendro, de E. Jardiel Poncela.
La importancia de llamarse Ernesto, de O. Wilde.
La vida es sueño, de P. Calderón de la Barca, y de este mismo autor, Casa con dos puertas, mala es de guardar y La dama duende.
Las bicicletas son para el verano, de F. Fernán Gómez.
Lo que pasa en una tarde, de F. Lope de Vega.
Los árboles mueren de pie, de A. Casona.
Mirando hacia atrás con ira, de J. Osborne.
Seis personajes en busca de un autor, de L. Pirandello.
Un tranvía llamado deseo, de T. Williams.

No me es posible omitir tampoco estos cinco, pertenecientes a distintos géneros literarios: Adiós a todo eso, autobiografía de R. Graves; Del asesinato considerado como unas de las bellas artes, ensayo de T. de Quincey; Habla, memoria, autobiografía de V. Nabokov; Menosprecio de corte y alabanza de aldea, libro de carácter didáctico escrito en el siglo XVI por Antonio de Guevara; y el muy curioso y original Viaje alrededor de mi cuarto, de X. de Maistre, del siglo XVIII.

Y, por último, mi preferido, que, acaso por clásico, merece el privilegio de figurar él solo en un estante: Los trabajos y los días, de Hesíodo.




miércoles, 13 de septiembre de 2017

Descripción

Descripción

            I
La oveja, negra.
La mula, terca.
La calma, tensa.

La manga, ancha.
La tabla, rasa.
La pista, falsa.

La tapia, sorda.
La cabra, loca.
La vista, gorda.


            II
El río, revuelto.
El renglón, derecho.

La mentira, piadosa.
La pregunta, capciosa.

El gato, encerrado.
El saber, callado.

El lector, voraz.
El punto, crucial.

El lugar, común.
El príncipe, azul.


            III
Las horas bajas
las vacas flacas
las noches blancas.

Las aguas turbias
las haches mudas
las penas duras.

            (De Cien lecciones de cosas)


miércoles, 30 de agosto de 2017

Palabras que se apagan

Son muchas, y de todos los ámbitos, particularmente del léxico rural.
He aquí, como muestra, algunas:
la casa
alacena: armario, generalmente empotrado en la pared, con puertas y estantes, que sirve para guardar alimentos y enseres de cocina
hornilla: cavidad donde se hace la lumbre, en la parte baja de la cocina
portal: espacio dentro de la casa situado tras la puerta de entrada y del que arrancan otras dependencias, como la cocina y la escalera que da acceso al piso superior
vasar: pequeño anaquel o mueble colgado en la pared, donde se colocan vasos, platos y otros enseres de cocina
aledaños de la casa
corral: espacio, normalmente cerrado, delante o alrededor de la casa, para diversos usos, como encerrar las gallinas o el carro
cuadra: establo para el ganado, especialmente el vacuno y ovino
cuarterón: ventanuco en una puerta o en el pajar; también, contraventana de madera
leñero: sitio donde se guarda o se apila la leña
muladar/muradal: lugar donde se amontonan los desperdicios
pajar: sitio donde se guarda la paja y la hierba, henil, tenada
pesebre: especie de cajón de madera, pegado a la pared, donde se les pone la comida a las vacas y las caballerías
portillera: puerta que da paso al corral o a las fincas rústicas
enseres
aguamanil: jarro con pico para echar el agua en la palangana
almirez: mortero de cocina; solían ser de bronce
arca: mueble rectangular de notables dimensiones, de madera de roble, en que se guardaban comestibles, granos, el pan, etc.
artesa: cajón de madera que se va haciendo más estrecho hacia el fondo, que sirve para amasar el pan y otros usos
azafate: canastilla para los utensilios de la costura, y también para llevar la oblada que se ofrece en la misa
balde: cubo de cinc con asa, de forma y tamaño parecidos a los del cubo, que se usa para recoger y llevar agua
barreño: vasija de barro o metal, sin asas, de bastante capacidad, más ancha por la boca que por el asiento
barril: vasija de barro, de gran vientre y cuello muy estrecho, para guardar y beber el agua, botijo
canasta, to: cesto de mimbres, con dos asas
candil: utensilio para alumbrar, con un recipiente de aceite en el que se empapa una torcida o mecha, y un gancho para colgarlo
cántaro: vasija grande de barro, estrecha de boca, ancha por la barriga y estrecha por el pie, y con una o dos asas
capazo: espuerta de esparto o de palma
cobertor: manta de lana para la cama, colcha
cobertera: tapadera de cualquier vasija de la cocina
costurero: caja, canastilla o especie de bolsa grande de tela atada a la cintura para guardar los útiles de costura
escudilla: cazuela de barro pequeña
espita: tubo corto que se abre o se cierra por el giro de una llave o palanca y que se pone en el agujero por donde se vacía un tonel
fardel: saco pequeño de tela que llevaban los pastores y caminantes
farol: especie de candil, encerrado entre cuatro paredes de cristal, con una abertura superior
garrafón: recipiente de vidrio, de cuello corto, protegido por un revestimiento, que sirve para guardar el vino u otros licores
jofaina: palangana, vasija en forma de taza, muy ancha y poco profunda, que sirve para lavarse la cara y las manos
masera: artesa grande con patas de madera que sirve para amasar
morral: especie de saco o mochila de cuero que usan los pastores para llevar la comida
odre: utensilio para elaborar la manteca
palancana/palangana: jofaina
palanganero: soporte, de hierro o de madera, en que se coloca la palangana
pilón: pesa de hierro de la romana
pocillo: tacita pequeña, para medir ingredientes de pastelería o para tomar el café
pote: vasija de hierro, redonda y panzuda, con dos asas pequeñas  a los lados y tres patas
puchero: recipiente de barro, más hondo que ancho, con un asa lateral
romana: instrumento para pesar; está formada por un platillo y un brazo largo con las medidas inscritas en sus dos caras, del que se cuelga el pilón o pesa, que es el que se lee y da el peso en el momento en que el brazo se mantiene en equilibrio horizontal; mientras se efectúa la medida, la romana se cuelga o se sujeta en el aire por un gancho
talega, go: saco o bolsa, ancha y corta, de lienzo basto u otra tela, que sirve para guardar y llevar las cosas
tanque: recipiente cilíndrico de latón, con un asa, utilizado para llevar agua o leche
tartera: cazuela de barro
tomiza: cuerda de esparto
trébede: cerco de hierro con tres pies que sirve para poner al fuego sartenes u otros recipientes
varal: palo largo y grueso, seco y no flexible, para diversos usos
zurrón: bolsa grande de pellejo o de cuero usada por los pastores para llevar la comida
labores y ocupaciones agrícolas
trilla: mies extendida en redondo en la era; época en que se trilla
trillar: triturar la mies en la era y separar la paja del grano
uncir: atar a las vacas al yugo
gavilla: haz de mies, después de segada
aperos, arreos y herramientas
arado: instrumento para labrar la tierra
azada: instrumento formado por una lámina cuadrangular de hierro, con mango largo de madera, para cavar tierras blandas
azadón: instrumento formado por una pala de hierro algo curva, más larga que ancha, para romper tierras duras, cortar las raíces de los piornos, etc.
azuela: herramienta de carpintero para desbastar la madera
cordel: cuerda, más delgada que la soga, para atar cargas de hierba o leña
costal: saco grande de tela para guardar granos o piensos
criba: cuero agujereado y fijo en un aro de madera que sirve para limpiar el trigo u otras semillas
guadaña: instrumento para segar a ras de tierra
horca: utensilio en forma de palo con dos guinchos o dientes del mismo material; herramienta con mango de madera y, sobrepuestas de hierro, dos, tres, cuatro o cinco púas o dientes
hoz: instrumento para segar la hierba o la mies, compuesto por un mago corto de madera y una hoja curva de acero con el filo interior cortante
reja: instrumento de hierro en forma puntiaguda con que termina el arado y que sirve para romper y levantar la tierra
soga: cuerda gruesa de esparto
yugo: instrumento de madera mediante el cual se unen por el cuello o la cabeza las dos vacas o bueyes de una yunta
de las caballerías
albarda: pieza que protege el lomo de la caballería por los dos costados
alforjas: tira ancha de material resistente rematada en una bolsa grande de paño en cada extremo para transportar una carga
cabestro: cuerda o ronzal que se ata a la cabeza o al cuello de la caballería para guiarla  o asegurarla
ramal, ronzal: cuerda atada a la cabezada de una caballería
¡jo!, ¡so!: voz para detener a las caballerías
pastoreo
choza, zo: cabaña donde duermen los pastores
esquilar: cortar la lana a las ovejas
hatajo: grupo pequeño de ganado
hato: porción de ganado; ropa y otros objetos que uno tiene para el uso ordinario
majada: puerto de montaña para el ganado trashumante
redil: aprisco cerrado con estacas o redes

Pero el olvido afecta a todos los rincones del vocabulario:
pesos y medidas
arroba: medida de peso equivalente a 11,502 kg
cántaro: medida de capacidad, equivalente a unos 16 litros, usada sobre todo para el vino
celemín: medida de capacidad para áridos, equivalente a 4,625 litros
fanega: medida de capacidad, equivalente a 12 celemines o 55,5 litros
libra: medida tradicional de peso que en Castilla equivalía a 460 gramos
onza: medida tradicional de peso equivalente a 28,7 gramos
quintal: medida tradicional de peso, equivalente a 46 kg; en el sistema métrico, unidad de peso equivalente a 100 kg
indumentaria
alpargata: calzado de tela con el piso de cáñamo o de goma, propio del verano
balandrán: especie de bata larga, de tela, que se les ponía a los niños en casa para comer
moquero: pañuelo para limpiarse los mocos
pelliza: prenda de abrigo, especie de chaquetón, con el cuello y las bocamangas reforzadas de otra tela y bolsillos laterales ocultos
saya: falta, y prenda interior femenina
tapabocas: especie de bufanda ancha que se lleva alrededor del cuello y con el que se protege la cara y la cabeza
toquilla: pañuelo de punto, generalmente de lana, usado por las mujeres como abrigo
otros
abalorio: objeto de adorno personal, vistoso y de poco valor
aguinaldo: regalo que se da el día de los Reyes
cachivache: trasto, objeto o utensilio inútil o estropeado
cantina: establecimiento público donde se sirven comidas y bebidas, taberna
carrillo: mejilla
¡cáspita!: interjección para denotar extrañeza o admiración
chasco: decepción: llevarse un buen chasco
confites: dulces en forma de bolitas de diferentes tamaños y colores
cuarto: en plural, dinero: tiene muchos cuartos
encerado: tablero empleado en las escuelas para escribir con tiza
lumbre: fuego: hacer lumbre
mollete: panecillo ovalado
perillán: aplicado a los niños y con sentido afectuoso, pícaro, astuto
perras: monedas, en general: me dieron cuatro perras por él
real: moneda equivalente a 25 céntimos de peseta: no valer un real: valer muy poco; por cuatro reales: por muy poco dinero
tunante, ta: pícaro, bribón, taimado
tuno, na: astuto, taimado, granuja

miércoles, 2 de agosto de 2017

Distancias episcopales (curso 1965-66)

Al señor obispo de León, que por tener tantísimas ocupaciones no encontró nunca tiempo para darles a sus feligreses de La Braña el gusto de recibirle, le conocí yo algunos años más tarde siendo estudiante en el seminario.
Mejor dicho, le vi de lejos pasar por la explanada de tierra que separaba el edificio del montículo de pinos que él mismo había mandado plantar allí para aislarnos del mundo y que nos llegase de paso algún aire aromático que respirar.
Y aunque de lejos como he dicho, aparentaba porte de señor, lucía siempre sombrero negro de ala holgada y sabía llevar la cabeza alta y en armonía con el cargo.
Y si le descomponía el paso algún ademán imprevisto se le adivinaba entre los zapatos relucientes y la sombra de la sotana el intermitente fogonazo morado de los calcetines.
De sus paseos con el rector del seminario por aquella explanada, aparte de la compostura del gesto y la pareja armonía de la zancada, nos llamaba especialmente la atención –y solo por eso nos entreteníamos en espiarlos desde los ventanales del salón de estudios la manera tan escrupulosa con que restauraban el protocolo al llegar al final de cada vuelta.
Que era de ver con qué airosa discreción y preciso movimiento, con qué finura y elegancia cortesanas esperaba el rector a que volviese sobre sus pasos el señor obispo para colocarse él con habilísima destreza en su flanco izquierdo.
Pues tanta presteza y maña se daba en hacerlo que no había tenido tiempo el señor obispo de echarle una mirada de reojo que ya le tenía a su lado con el hilo dispuesto para seguir hilvanando la conversación.
¿De qué hablarán? –nos preguntábamos.
Pues de teología, de qué van a hablar –decía Marcelo.
¿De teología? Estos hablan de dinero, te lo digo yo –le corregía Fidalguín.
Eso, y de cómo rebajarnos la ración en las comidas –opinaba Eusebio.
A lo mejor es que se están confesando uno al otro –aventuraba Martín.
En aquel preciso momento llegó Armando, que ya entonces estaba al corriente de cualquier asunto o noticia de interés en relación con la historia pública y privada de León, y fue él quien nos informó cumplidamente de que la primera autoridad de la diócesis era además Procurador en Cortes por designación directa del Jefe del Estado y miembro del Consejo del Reino, lo que le obligaba al parecer a desplazarse a Madrid cada vez que las susodichas cortes se reunían, desplazamiento que realizaba siempre en el mismo Mercedes de color negro en que le subían al seminario.
Os digo –intervino Ricardo que de lo que hablan es de fútbol, de qué si no.
Era bien conocida por todos la afición al fútbol del señor rector, socio
según decían del Real Madrid, y de los recalcitrantes.
Tanto, que los resultados del equipo de don Santiago Bernabeu incidían semanalmente en la marcha del seminario, pues el buen o mal humor del que regía sus destinos se avenía con ellos.
Se le notaba ya el domingo en el sermón de la misa mayor cómo se presentaba la jornada: si subía con agilidad al púlpito y movía mucho los brazos al hablar era signo de que el Real Madrid iba a cosechar por la tarde una nueva victoria; si, por el contrario, ascendía al púlpito con desgana y predicaba sin convicción, no había más que repasar el calendario y la clasificación para comprobar que el partido se presentaba difícil. Pero el termómetro infalible era el de los jueves por la tarde, que no teníamos clase y nos llevaban de paseo por la carretera de Asturias arriba hasta La Copona. Íbamos desde primera hora los quinientos o más seminaristas engalanando el arcén en filas bien ordenadas de dos, contando los camiones que pasaban (según la dirección que llevaran, para arriba hacia Asturias o para abajo en dirección a León, ganaban unos o perdían otros) y jugando a adivinar el último número de las matrículas.
También podíamos aprovechar esa tarde de los jueves para pedirle permiso al señor rector y bajar a León.
El pretexto era lo de menos –un familiar en el hospital, la urgencia de unos zapatos nuevos, el paso accidental de una tía monja por la estación..., pues el asentimiento, impartido en silencio con una mirada que no escondía la desconfianza, o la seca negativa en forma de reiterados vaivenes de cabeza dependían estrictamente del último resultado del equipo de su devoción.
De ahí que si la noche anterior, o sea la del miércoles, que era cuando se dirimían los partidos de la Copa de Europa, las cosas le habían ido bien al equipo blanco, la cola de peticionarios se extendía desde la puerta de su despacho hasta la escalera que conducía a los dormitorios.
Que le dieran a uno permiso para bajar la tarde del jueves a León era como un sueño. Podíamos pasear por las calles, detenernos en los escaparates de las librerías, mirar y remirar las carteleras de los cines, darnos una vuelta por la estación de donde salía el coche de línea y asomarnos a la puerta de algún bar a ver si tenía máquina de discos. Y si nos encontrábamos de frente con una chica no teníamos por eso que cambiar de acera ni bajar inmediatamente la vista al suelo o cerrar los ojos hasta que pasara.
Luego al volver al seminario nos parecía que aquella tarde habíamos aprendido muchas cosas y nos sentíamos algo más seguros de nosotros mismos, con un punto de vanidad y orgullo que antes no teníamos, como si hubiéramos intuido que podíamos valernos solos, y mirábamos con una pizca de desdén a los que se habían pasado las horas en la carretera de Asturias, y creíamos que ellos nos miraban a nosotros con envidia.
Volviendo al señor obispo, lo vimos más de cerca un día que nos bajaron a oír misa a la catedral. Nos gustó porque la dijo en latín, y a mí me recordó las de niño en La Braña, con el celebrante de espaldas a los fieles y no de cara como se hacía desde el concilio en el seminario, y a medio vestir además, solo con el alba y la estola, y sentí no tener en las manos el misal, uno de aquellos misales de tapas negras y páginas con reborde de color rojo que daba gusto hojear: lo fino y devoto que hacía entrar en la iglesia con él en la mano, y el arte que se daban en llevarlo las mujeres de La Braña, pegado al vestido que parecía un complemento más del atuendo festivo, lleno de estampas piadosas y oloroso a mantelería fina y a colonia de domingo...
Aquella misma mañana Armando nos aseguró que el señor obispo era del Atlético de Madrid, y entonces entendimos dos cosas que habían ocurrido aquel mismo curso.
La primera, hacía solo una semana, a mediados de mayo, el miércoles que se había jugado la final de la Copa de Europa entre el Real Madrid y el Partizán de Belgrado. El rector interrumpió a medio la lectura en el comedor –desayunábamos, comíamos y cenábamos en silencio, oyendo leer libros piadosos y novelas inofensivas- y nos anunció sonriente, él, que siempre parecía de mal humor, que aquella noche podríamos ver el partido por la televisión en el salón de actos. Estalló en aplausos el comedor y para nada quisimos ya el tiempo de recreo ni mucho menos las clases de aquella tarde, que las pasamos como se pasa un río por el que no baja agua. Pero llegó la hora del partido, que eran las siete y media, y los señores curas encargados de la vigilancia nos llevaron a las salas de estudio y no al salón de actos. A lo mejor es que nos ponen solo el segundo tiempo, nos consolábamos, pero del estudio fuimos a la capilla a rezar el rosario y de allí en fila y en completo silencio a cenar al comedor. Subimos luego a los dormitorios y los señores curas encargados de la vigilancia acechando previsores en las esquinas. Y nos estábamos acostando cuando oímos voces por las escaleras y enseguida la del señor rector que irrumpió en el pasillo pregonando el resultado: “Real Madrid 2, Partizán 1; marcaron Amancio y Serena en la segunda parte”.
La segunda había ocurrido en las vacaciones de Semana Santa de aquel año, que el secretario del obispado escribió el lunes santo a todos los curas de las parroquias para que avisaran a los seminaristas de que volviéramos un día más tarde, o sea, al siguiente de Pascuina:
¿Lo veis como tengo razón que el señor obispo es del Atlético de Madrid? –nos instruía con vehemencia Armando. Por eso le prohibió al rector que nos dejara ver la final de la Copa de Europa. ¿Y sabéis por qué nos dio un día más de vacaciones en Semana Santa? Porque el Domingo de Ramos, si os acordáis, el Atlético le había metido cuatro a uno al Real y...
Si ya os lo tengo dicho –le interrumpió Ricardo: el obispo va a Madrid solo a ver los partidos y luego en la explanada se los cuenta al rector, que no tiene más remedio que aguantarse y escuchar.


miércoles, 26 de julio de 2017

Historias del metro

1
Tres mujeres van cargadas de bolsas y hacen mohínes de resignación y aspavientos de cansancio. Una de ellas viste un suéter amarillo con una inscripción en inglés en la espalda –Look at this, reza– y un escudo o emblema o logotipo publicitario en la parte delantera Una de sus acompañantes le dice algo al oído. La mujer del suéter amarillo se lleva los dedos a la boca y hace chisssttt. La otra sonríe. A continuación se ponen las tres muy serias.
La del suéter amarillo hurga en una bolsa de El Corte Inglés y luego pregunta la hora dándose golpecitos en la muñeca. Sus amigas se encogen de hombros, alzan pesadamente los ojos, se estiran la falda al tiempo que aprovechan para ponerse más cómodas, relajadas, ausentes. A la mujer del suéter amarillo le oyen decir todos los viajeros que están a su alrededor que le gustaría tener un caballo en un pueblo de las afueras para pasear sobre él los fines de semana. Un día de estos se lo va a decir a su novio, le hace tanta ilusión.

2
–Oye, ¿y los ángeles de la guarda? Los que decían antes que asistían a los niños, que estaban siempre pendientes de nosotros, volando sin parar o suspendidos en el aire con sus alitas para protegernos de cualquier peligro, así los pintaban en las estampas... ¿Te acuerdas? Dicen que ya no los hay, porque no se atreven a volar del cielo a la tierra, por miedo a los satélites esos que se pasean por la atmósfera, y a las naves espaciales, y a los aviones...

3
–Pues sí, tengo un pequeño olivar, en una parcela que compró mi padre hace ya muchos años, por la parte de Tarragona, cuarenta árboles en total, y créame si le digo que cada uno tiene su carácter y su comportamiento, exactamente igual que las personas, sí señor, que parece mentira, y sus dolencias y debilidades, basta con prestarles un poco de atención para darse cuenta, y por lo mismo necesita cada cual sus cuidados, este un poco más de agua porque siempre está sediento, aquel que no le dé tanto el sol de cara, el otro que no le molesten las hormigas, el de más allá que le poden a menudo... Los hay además querenciosos, de la hierba seca abajo protegiéndoles el tronco, o del riego con aspersor, y algunos hasta se permiten sus rarezas, como el que no soporta a los pájaros, o el que arruga las hojas si ladran los perros, o el que se encoge y deja caer los limones ante de madurar si no le pongo un rodrigón en cada rama... Por eso, para tenerles bien atendidos, los he bautizado a todos con nombres de personajes de la historia, músicos y hombres de ciencias, filósofos y emperadores, navegantes y literatos...: Mozart, Newton, Lope de Vega, Pitágoras, Magallanes, Napoleón Bonaparte, Gengis Kan...