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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Noviembre y unas notas

Noviembre

Ahora que el invierno extiende
con revuelo de hojas y tardes
el lento trajín de unos meses
espesos, domésticos, graves

y en tiempo oscuro de sartenes
el fuego de la memoria arde
-un presentimiento de nieve
vistiendo de silencio el aire-

y el cielo por lucir enciende
en el techo alto de las calles
un suelo pisado de andenes

y el viejo arte de vivir parte
a un destierro de días breves
que el tedio hace interminables...
                 (De Cien lecciones de cosas)

Notas

1  Que dieran un cupo de palabras a cada hablante y al no poder bajo ninguna circunstancia sobrepasarlo las fueran estos ahorrando, como el dinero, para el día de mañana, de ahí la necesidad de ser parcos al hablar, y de recurrir a los gestos o a los nombres y verbos más escuetos e imprescindibles... Y que hubiera por eso mismo alguna tienda o mercado clandestinos de compraventa de palabras.

2 Una sombra con ojos que llama por las noches a la puerta.

3  Huyendo de la propia vida... Quiere despojarse de ella, borrar el pasado y que no quede ni rastro de su persona. Que nadie le reconozca, ni él mismo cuando se mire en el espejo.
Así hasta no acordarse ni de su nombre.

4  Dice que ya no sabe escribir, se le ha olvidado, que lo ha intentado muchas veces y que ya ni siquiera se acuerda del alfabeto, que escribe y solo le salen garabatos.

5  La vejez, aconseja Cicerón, es el tiempo de retirarse y vivir con uno mismo.

6 Leonardo da Vinci -lo recuerda y anota Cunqueiro- quería, mediante sus máquinas voladoras, traer nieve desde los Alpes, en los días calurosos del verano, y dejarla caer sobre las ciudades, para refrescarlas.

7 Los periódicos hay que empezarlos por el final, y pasar las hojas al revés, de atrás hacia adelante: es la única manera de leer primero las noticias importantes.

8 Llegar a una casa donde no te espera nadie y marchar sin que nadie te despida.

9 Frente al disparate, la mentira y el vocerío humanos, la dignidad de la naturaleza -el árbol, la piedra, la lluvia- y la calma de las cosas -el vaso, la silla, el libro-, siempre prestas, una y otras, a servirnos bien.

10 Firmar al fin las paces con uno mismo.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Curiosidades de la lengua

Palabras que se usan exclusivamente en plural: afueras, albricias (expresión de alegría ante algún hecho o noticia favorables), anales (relación cronológicamente ordenada de los hechos acaecidos año por año durante un tiempo), andas (y angarillas, para transportar una imagen, por ejemplo), anteojos, añicos, arras, bártulos, cosquillas, enseres, entendederas, entrañas, exequias, fauces, gajes (ya se sabe, gajes del oficio, molestias o perjuicios que ocasiona una ocupación), gárgaras, modales (los buenos modales), nupcias (y esponsales y desposorios), ojeras, prismáticos, trizas, víveres, zarandajas (cosas sin valor o de importancia secundaria)...

Palabras que suelen emplearse en plural: alforjas, alicates, alrededores, andurriales, antípodas, aperos (los de labranza, por ejemplo), estribaciones, finanzas, gafas, honorarios (y emolumentos, y haberes, y fondos), prolegómenos, riendas, tenazas, tijeras...
Y muchas que tienen que ver con la comida (callos, comestibles, espaguetis, migas, natillas, provisiones, vituallas...) y con la vestimenta: bombachos, calcetines, calzoncillos, leotardos, medias, pantalones, tejanos, tirantes, vaqueros...

Palabras que se emplean únicamente en singular: abogacía, ajedrez, baloncesto (y balonmano), caos, cariz, cenit, electricidad, fútbol, gimnasia, grima, oxígeno, salud, sed (y hambre), tez, tino, zodíaco... También los puntos cardinales: norte, sur, este, oeste...

Palabras que no varían en plural: análisis, atlas, beis (el color), brindis, cactus, caries, chasis, crisis, dosis, hipótesis, oasis, pelvis, rictus, síntesis, virus... Lo mismo algunos días de la semana (lunes, martes, miércoles, jueves, viernes) y los terminados en doble consonante o x: bíceps, fórceps, tríceps, clímax, dúplex, tórax... Otro tanto ocurre con una serie de términos cuando se aplican a personas: aguafiestas, bocazas, calzonazos, bragazas, chapuzas, gilipollas, manazas, manitas...

A veces, un nombre adquiere en plural un significado inexistente en singular: celo (interés, cuidado, esmero en hacer algo)/celos (sospecha, inquietud: tener celos de alguien); el dote  o la dote (conjunto de bienes que aporta la mujer al matrimonio o que entrega al convento en que ingresa)/las dotes (cualidades que posee una persona o animal); la esposa (cónyuge)/las esposas (aros de metal unidos por una cadena con los que se sujeta por las muñecas a los presos); la facción (cada uno de los dos bandos que intervienen en una guerra o en un enfrentamiento; grupo de insurrectos o revoltosos; grupo dentro de un partido, movimiento, etc., que se separa del conjunto o se enfrenta a él)/las facciones (cada uno de los rasgos o partes de la cara); seso (madurez, juicio, sensatez)/sesos (masa del tejido cerebral)...

Plurales curiosos:
Los de las letras: a/aes, e/es, í/íes, o/oes, u/úes
Los de algunos monosílabos: no/noes, sí/síes, ñu/ñus o ñúes...
Estos otros: álbum/álbumes, alférez/alféreces, alud/aludes, carcaj/carcajes, revólver/revólveres...;
ay/ayes, convoy/convoyes, grey/greyes, jersey/jerséis, guirigay/guirigáis o guirigayes...;
carácter/caracteres [caractéres], cualquiera/cualesquiera, hipérbaton/hipérbatos, régimen/regímenes, espécimen/especímenes...

Y muy en particular, los de los préstamos de otras lenguas: anorak/anoraks, airbag/airbags, argot/argots, beis/beis, bisté o bistec/bistés o bistecs, bloc/blocs, boicot/boicots, bungaló/bungalós, carné/carnés, chándal/chándales, chef/chefs, chip/chips, claxon/cláxones, clip/clips, club/clubs o clubes, complot/complots, coñac/coñacs, córner/córneres, cruasán/cruasanes, debut/debuts, escáner/escáneres, eslogan/eslóganes esmoquin/esmóquines, entrecot/entrecots, esnob/esnobs, espray/espráis, fagot/fagots, fan/fans, frac/fracs,  fular/fulares, gánster/gánsteres, gay/gais, hámster/hámsteres, iceberg/icebergs, interviú/interviús, kit/kits, láser/láseres, linier/linieres, maillot/maillots, máster/másteres, neceser/neceseres, parqué/parqués, plató/platós, póster/pósteres, robot/robots, samurái o samuray/samuráis, sándwich/sándwiches, suéter/suéteres, test/tests o los test, tic/tics, tique/tiques, tráiler/tráileres, váter/váteres, vermús o vermut/vermús o vermuts, videoclip/videoclips, web/webs...


Y hablando de palabras, no es lo mismo, aunque lo parezca, emplear una u otra preposición en los casos siguientes:
Bajar o subir en el ascensor (y no *por el ascensor), bajar o subir por la escalera.
Cesar en un cargo (y no *de un cargo), dimitir de un cargo (pero qué pocos lo hacen).
Ganar por siete puntos, ganar por tres a uno (y no *de siete, o de tres...).
Sentarse a la mesa para comer (sentarse en la mesa es más incómodo).
Simpatizar con alguien o caerle simpático a alguien (y no simpatizar *a alguien).


miércoles, 25 de octubre de 2017

Nomenclátor de calles de Barcelona: escritores en lengua castellana

A título de curiosidad, estos son, ordenados alfabéticamente, los escritores en lengua castellana a los que la ciudad de Barcelona ha honrado dedicándoles una calle, una plaza, un paseo o un jardín:

Alarcón (Pedro Antonio de Alarcón, Guadix, Granada, 1833-Madrid, 1891, autor de El sombrero de tres picos)
Alfons el Savi (Alfonso X el Sabio, Toledo, 1221-Sevilla, 1284)
Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, Lugo, 1911-Vigo, 1981, que escribió en gallego y en castellano)
Antonio Machado (Sevilla, 1875-Colliure, Francia, 1939)
dels Argensola (de los Argensola, en referencia a los hermanos Bartolomé Leonardo y Lupercio Leonardo de Argensola, poetas los dos y nacidos en Barbastro en 1562 y 1559 respectivamente; Bartolomé falleció en Zaragoza en 1631, y Lupercio en Nápoles en 1613)
Baltasar Gracián (Belmonte, hoy Belmonte de Gracián, Zaragoza, 1601-Tarazona, Zaragoza, 1658)
Bretón de los Herreros (Quel, La Rioja, 1796-Madrid, 1873, poeta y dramaturgo)
Calderón de la Barca (Madrid, 1600-Madrid, 1681; de esta misma calle sale otra que lleva por nombre Alcalde de Zalamea, en homenaje al protagonista de la obra homónima)
Campoamor (Ramón de Campoamor, Navia, Asturias, 1817-Madrid, 1901)
Cervantes (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616; también un passeig de Don Quixot, paseo de Don Quijote)
César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892-París, 1938)
Clara Campoamor (Madrid, 1888-Lausana, Suiza,1972, escritora y defensora de los derechos de la mujer)
Comtessa de Pardo Bazán (Emilia Pardo Bazán, La Coruña, 1851-Madrid, 1921)
Concepción Arenal (Ferrol, 1820-Vigo, 1893, pionera del feminismo español)
Ercilla (Madrid, 1533-Ocaña, Toledo, 1594, autor del poema épico La Araucana)
Espronceda (Almendralejo, Badajoz, 1808-Madrid, 1842)
Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, Granada, 1898-Granada, 1936; y una calle además en recuerdo de Mariana Pineda, ejecutada en 1831 por bordar una bandera constitucional y que inspiró una de las obras teatrales del poeta)
Fernán Caballero (seudónimo de Cecilia Böhl de Faber, Morges, Suiza, 1796-Sevilla, 1877, autora de novelas costumbristas como La Gaviota)
Francisco Giner (Ronda, Málaga, 1839-Madrid, 1915, filósofo, pedagogo y ensayista, impulsor de la Institución Libre de Enseñanza)
Gabriel Miró (Alicante, 1879-Madrid, 1930)
Gabriel y Galán (Frades de la Sierra, Salamanca, 1870-Guijo de Granadilla, Cáceres, 1905, poeta de inspiración campesina que gozó de gran popularidad)
Gabriela Mistral (Vicuña, Chile, 1889-Nueva York, 1957, premio Nobel en 1945)
Garcilaso (Garcilaso de la Vega, Toledo, 1501-Niza, Francia, 1536)
Góngora (Luis de Góngora, Córdoba, 1561-Córdoba, 1627)
Gustavo Bécquer (Gustavo Adolfo Bécquer, Sevilla, 1836-Madrid, 1870)
Hartzenbusch (Madrid, 1806-Madrid, 1880, autor de la celebérrima y romántica Los amantes de Teruel)
Iriarte (Tomás de Iriarte, célebre fabulista, Puerto de la Cruz, Tenerife, 1750-Madrid, 1791)
Jacinto Benavente (Madrid, 1866-Madrid, 1954)
Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929-Barcelona, 1990)
Jorge Manrique (Paredes de Nava, Palencia, hacia 1440-Cuenca, 1479, autor de las Coplas a la muerte de su padre)
Jovellanos (Gaspar Melchor de Jovellanos, Gijón, 1744-Puerto de Vega, Asturias, 1811)
Juan de Mena (Córdoba, 1411-Torrelaguna, Madrid, 1456, poeta y autor del Laberinto de Fortuna)
Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881-San Juan, Puerto Rico, 1958)
Juan Valera (Cabra, Córdoba, 1824-Madrid, 1905, autor de Pepita Jiménez)
Leopoldo Alas (más conocido por su seudónimo Clarín, Zamora, 1852-Oviedo, 1901)
Lope de Vega (Madrid, 1562-Madrid, 1635)
Marqués de Santillana (Carrión de los Condes, Palencia, 1398-Guadalajara, 1458, conocido sobre todo por sus serranillas)
Martínez de la Rosa (Granada, 1787-Madrid, 1862, poeta y dramaturgo)
Menéndez y Pelayo (Santander, 1856-Santander, 1912; el famoso polígrafo montañés da también nombre a uno de los institutos de más solera y tradición de la ciudad)
Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936)
Miguel Hernández (Orihuela, Alicante, 1910-Alicante, 1942)
Moratín (Leandro Fernández de Moratín, Madrid, 1760-París, 1828)
Pablo Neruda (Parral, Chile, 1904-Santiago de Chile, 1973)
Jardins de Pedro Muñoz Seca (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1879-Paracuellos de Jarama, Madrid, 1936, dramaturgo)
Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920)
Poeta Boscà (Juan Boscán, Barcelona, 1490-Barcelona, 1542, amigo de Garcilaso de la Vega; también un reconocido instituto lleva su nombre)
Poeta Eduardo Marquina (Barcelona,1879-Nueva York, 1946, dramaturgo además de poeta)
Quevedo (Francisco de Quevedo, Madrid, 1580-Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, 1645)
Ramiro de Maeztu (Vitoria, 1874-Madrid, 1936, ensayista)
Rosalía de Castro (Santiago de Compostela, 1837-Padrón, La Coruña, 1885)
Ros de Olano (Caracas, Venezuela, 1808-Madrid, 1886, escritor romántico)
Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, Nicaragua, 1867-León, Nicaragua, 1916)
Samaniego (Félix María Samaniego, Laguardia, Álava, 1745-Laguardia, 1801, fabulista)
Santa Teresa (Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, Santa Teresa de Jesús, Ávila, 1515-Alba de Tormes, Salamanca, 1582)
Tirso de Molina (seudónimo de fray Gabriel Téllez, Madrid, 1579-Almazán, Soria, 1648)
Trueba (Antonio de Trueba, Galdames, Vizcaya, 1819-Bilbao, 1889, poeta y narrador costumbrista)
Vázquez de Mella (Cangas de Onís, Asturias, 1861-Madrid, 1928, escritor y filósofo, ideólogo del carlismo en la época de la Restauración)
Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, Tailandia, 2003)


miércoles, 11 de octubre de 2017

De pies y manos

pie. 1 ¿Qué les habrá hecho el pie a los eruditos para que en los libros que escriben amontonen encima de él esos rimeros de notas de letra tan menuda? ¡Cómo va a leerlos nadie luego si de tanto como le pesan apenas puede dar un paso y cuesta Dios y ayuda pasar de página! 2 Por querer parecerse al original y primigenio, le ha tocado también ocupar el sitio de abajo y cargar con todo el peso, al pie de la montaña, al de la lámpara, al de los árboles y las plantas y al de las ilustraciones y fotografías. 3 Creer a pie juntillas, seguir al pie de la letra… o buscarle los tres pies al gato. 4 Andar a pie, que es lo más sano y lo más viejo, y aguantar a pie firme aunque alguien nos haya puesto a los de los caballos, y sortear a pie enjuto zozobras y peligros. 5 Mejor andar con los de plomo que estar en el de guerra. 6 Además de su recinto habitual, que son los calcetines y las medias, los pies se pueden sacar de las alforjas, del plato y del tiesto. 7 Malo el que los arrastra y el que se levanta con el izquierdo, el que tiene uno dentro y otro fuera, el que lo pierde, y malo asimismo el que no se tiene en él, el que no lo da con bola, el que se ve obligado a ponerlos en polvorosa (y gritar aquello de: "pies, ¿para qué os quiero?"), el que no sabe de cuál cojea y los que por no tener no tienen ni cabeza. Claro que es peor aún cuando uno lo tiene ya en el estribo o le sacan con ellos por delante. 

mano. 1 Dudaba entre poner la mano en el fuego o agarrarse a un clavo ardiendo. 2 Es la palabra a la que más espacio y atención dedica el diccionario. Y nada tiene de extraño: se valen también de ella los animales (muy en particular el elefante, al que le sirve de trompa) y puede encontrarse a cualquiera de los dos lados del que habla o trata de orientarse, en el mazo del mortero, en las paredes recién pintadas (una sola o más de una), en los juegos de azar… La mano es capaz de hacerse pasar por habilidad y tacto (con los niños, por ejemplo), por influencia y poder (verbigracia en una empresa), teniendo en esto ventaja la izquierda, particularmente si se trata de resolver con astucia situaciones difíciles. Ser la mano derecha de alguien reporta quizá más beneficios que ser mano de obra, y tenerla de santo para encontrar remedios eficaces cuando haya necesidad es aún mejor que tenerla, habitual y simplemente, buena. Varía mucho según sea el calificativo que se le aplique: mano blanda, mano diestra, mano dura, mano larga, mala mano, de primera o de segunda mano…; o, refiriéndose a las dos a la vez, manos libres, limpias, sucias o muertas. Del mismo modo es diferente si se va por ahí con ellas cruzadas, vacías, llenas, con una en el corazón o una sobre la otra, con una delante y otra detrás o con las dos en la cabeza. Y enumera con pormenor el diccionario las posibilidades que ofrece una sola, a saber: abrirla, alzarla o levantarla, apretarla, bajarla, cargarla y descargarla, darla y estrecharla, frotárselas uno mismo, meterla en algún sitio, pedirla en matrimonio, ponérsela encima a alguien o tendérsela, ponerla en el fuego o en el pecho… Y las dos a la par: llevárselas a la cabeza, no saber uno lo que se trae entre ellas o dónde las tiene, besárselas a alguien, pillarle con ellas en la masa… Si dejar a alguien de la mano no está bien, peor es encontrarle luego dejado de la de Dios, y acaso sea preferible que algo se nos vaya de las manos a que se lo quitemos a otro de las suyas. Y si nunca está bien que dos lleguen o vengan a las manos, más reprobable es untárselas a un tercero con ánimo de obtener secretos beneficios; y si se ve uno obligado a lavárselas, que sea en verdad porque no ve claro el asunto, no vaya a suceder que, por desentenderse y no querer saber nada, se las aten por la fuerza al inocente.          


miércoles, 27 de septiembre de 2017

Los mejores títulos de obras literarias

No son pocos los que han hecho fortuna, y algunos se han convertido incluso en frases de referencia a la hora de ataviar con elegancia y originalidad la misma o parecida idea que, en su día, y como emblema o compendio de la obra que encabezaban, pretendieron sugerir. Este, por ejemplo, de una novela de Miguel Delibes, La sombra del ciprés es alargada (¡con música de endecasílabo!), empleado metafóricamente para aludir a todo aquello que alcanza gran proyección o extiende considerablemente su radio de influencia. O este otro, Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, con que se designa cualquier hecho del que ya antes de suceder se conocían los suficientes avisos y presagios como para ser adivinado. O este tercero, Pido la paz y la palabra, del poeta Blas de Otero, que ni hecho a propósito como eslogan de ideal requerimiento o consigna universal de estandarte reivindicativo.
Los más, sin embargo, se bastan y sobran para ocupar un lugar en la historia -la historia de la cultura, que es de todas las historias la más frágil, y tan proclive al olvido como la Historia con mayúscula- con la forma única e irrepetible que les dio el autor, o con la cadencia y sonoridad que desprenden sus palabras, o con el concepto que evocan o la sensación y la imagen que despiertan.
Como a uno le gustan las listas, he aquí los títulos que, a mi modesto entender, y clasificados por géneros, se llevan la palma.
Empiezo por el de la novela, que es el más fértil (los títulos se ordenan alfabéticamente):

Alguien voló sobre el nido del cuco, de K. Kesey.
Buenos días, tristeza, de F. Sagan.
Cumbres borrascosas, de E. Brontë.
De qué hablamos cuando hablamos de amor, de R. Carver.
En busca del tiempo perdido (y dentro de los siete títulos que incluye, A la sombra de las muchachas en flor), de M. Proust.
El cartero siempre llama dos veces, de J. M. Cain.
El corazón de las tinieblas, de J. Conrad.
El corazón es un cazador solitario, de C. McCullers.
El coronel no tiene quien le escriba (que constituye un perfecto endecasílabo), de G. García Márquez, y del mismo autor, Cien años de soledad, por no hablar de sus libros de cuentos, como, por ejemplo, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada.
El espía que surgió del frío, de J. Le Carré.
El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.
El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton.
El hombre que miraba pasar los trenes, de G. Simenon.
El hombre sin atributos, de R. Musil.
El miedo del portero al penalti, de P. Handke.
El nombre de la rosa, de U. Eco.
El obsceno pájaro de la noche, de J. Donoso.
El ruido y la furia, de W. Faulkner.
Historia de un idiota contada por él mismo, de F. de Azúa.
La insoportable levedad del ser, de M. Kundera.
Las almas muertas, de N. Gogol.
Las uvas de la ira, de J. Steinbeck.
Lo que el viento se llevó, de M. Mitchell.
Los cipreses creen en Dios, de J. Mª Gironella.
Los gozos y las sombras, de G. Torrente Ballester.
Mañana en la batalla piensa en mí (otro perfecto endecasílabo, tomado de un verso de Shakespeare), de J. Marías, y del mismo autor, Corazón tan blanco (robado también a Shakespeare) y Negra espalda del tiempo.
Matar a un ruiseñor, de H. Lee.
Música para camaleones, de T. Capote.
Paisajes después de la batalla, de J. Goytisolo.
¿Por quién doblan las campanas?, de E. Hemingway.
Retrato de grupo con señora, de H. Böll, y del mismo autor, Opiniones de un payaso.
Si te dicen que caí, de J. Marsé, y del mismo autor, estos otros dos: Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse (de nuevo un endecasílabo).
Si una noche de invierno un viajero, de I. Calvino.
Suave es la noche, de F. Scott Fitzgerald.
Tiempo de silencio, de L. Martín Santos.
Viaje al fin de la noche, de L. F. Céline.
Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de L. Sterne.

Me detengo a continuación en el de la poesía:

Desolación de la quimera, de L. Cernuda, y del mismo autor, Un río, un amor y Donde habite el olvido, tomado de la rima LXVI de Bécquer.
Espadas como labios, de V. Aleixandre
España, aparta de mí este cáliz, de C. Vallejo.
La voz a ti debida, de P. Salinas, título tomado de la Égloga III de Garcilaso de la Vega.
Las flores del mal, de Ch. Baudelaire.
Les dones i els dies (Las mujeres y los días), de G. Ferrater.
Sin esperanza, con convencimiento, de Á. González.
Una temporada en el infierno, de A. Rimbaud.

Le toca ahora la vez al teatro:

Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, de F. García Lorca.
Eloísa está debajo de un almendro, de E. Jardiel Poncela.
La importancia de llamarse Ernesto, de O. Wilde.
La vida es sueño, de P. Calderón de la Barca, y de este mismo autor, Casa con dos puertas, mala es de guardar y La dama duende.
Las bicicletas son para el verano, de F. Fernán Gómez.
Lo que pasa en una tarde, de F. Lope de Vega.
Los árboles mueren de pie, de A. Casona.
Mirando hacia atrás con ira, de J. Osborne.
Seis personajes en busca de un autor, de L. Pirandello.
Un tranvía llamado deseo, de T. Williams.

No me es posible omitir tampoco estos cinco, pertenecientes a distintos géneros literarios: Adiós a todo eso, autobiografía de R. Graves; Del asesinato considerado como unas de las bellas artes, ensayo de T. de Quincey; Habla, memoria, autobiografía de V. Nabokov; Menosprecio de corte y alabanza de aldea, libro de carácter didáctico escrito en el siglo XVI por Antonio de Guevara; y el muy curioso y original Viaje alrededor de mi cuarto, de X. de Maistre, del siglo XVIII.

Y, por último, mi preferido, que, acaso por clásico, merece el privilegio de figurar él solo en un estante: Los trabajos y los días, de Hesíodo.




miércoles, 13 de septiembre de 2017

Descripción

Descripción

            I
La oveja, negra.
La mula, terca.
La calma, tensa.

La manga, ancha.
La tabla, rasa.
La pista, falsa.

La tapia, sorda.
La cabra, loca.
La vista, gorda.


            II
El río, revuelto.
El renglón, derecho.

La mentira, piadosa.
La pregunta, capciosa.

El gato, encerrado.
El saber, callado.

El lector, voraz.
El punto, crucial.

El lugar, común.
El príncipe, azul.


            III
Las horas bajas
las vacas flacas
las noches blancas.

Las aguas turbias
las haches mudas
las penas duras.

            (De Cien lecciones de cosas)


miércoles, 30 de agosto de 2017

Palabras que se apagan

Son muchas, y de todos los ámbitos, particularmente del léxico rural.
He aquí, como muestra, algunas:
la casa
alacena: armario, generalmente empotrado en la pared, con puertas y estantes, que sirve para guardar alimentos y enseres de cocina
hornilla: cavidad donde se hace la lumbre, en la parte baja de la cocina
portal: espacio dentro de la casa situado tras la puerta de entrada y del que arrancan otras dependencias, como la cocina y la escalera que da acceso al piso superior
vasar: pequeño anaquel o mueble colgado en la pared, donde se colocan vasos, platos y otros enseres de cocina
aledaños de la casa
corral: espacio, normalmente cerrado, delante o alrededor de la casa, para diversos usos, como encerrar las gallinas o el carro
cuadra: establo para el ganado, especialmente el vacuno y ovino
cuarterón: ventanuco en una puerta o en el pajar; también, contraventana de madera
leñero: sitio donde se guarda o se apila la leña
muladar/muradal: lugar donde se amontonan los desperdicios
pajar: sitio donde se guarda la paja y la hierba, henil, tenada
pesebre: especie de cajón de madera, pegado a la pared, donde se les pone la comida a las vacas y las caballerías
portillera: puerta que da paso al corral o a las fincas rústicas
enseres
aguamanil: jarro con pico para echar el agua en la palangana
almirez: mortero de cocina; solían ser de bronce
arca: mueble rectangular de notables dimensiones, de madera de roble, en que se guardaban comestibles, granos, el pan, etc.
artesa: cajón de madera que se va haciendo más estrecho hacia el fondo, que sirve para amasar el pan y otros usos
azafate: canastilla para los utensilios de la costura, y también para llevar la oblada que se ofrece en la misa
balde: cubo de cinc con asa, de forma y tamaño parecidos a los del cubo, que se usa para recoger y llevar agua
barreño: vasija de barro o metal, sin asas, de bastante capacidad, más ancha por la boca que por el asiento
barril: vasija de barro, de gran vientre y cuello muy estrecho, para guardar y beber el agua, botijo
canasta, to: cesto de mimbres, con dos asas
candil: utensilio para alumbrar, con un recipiente de aceite en el que se empapa una torcida o mecha, y un gancho para colgarlo
cántaro: vasija grande de barro, estrecha de boca, ancha por la barriga y estrecha por el pie, y con una o dos asas
capazo: espuerta de esparto o de palma
cobertor: manta de lana para la cama, colcha
cobertera: tapadera de cualquier vasija de la cocina
costurero: caja, canastilla o especie de bolsa grande de tela atada a la cintura para guardar los útiles de costura
escudilla: cazuela de barro pequeña
espita: tubo corto que se abre o se cierra por el giro de una llave o palanca y que se pone en el agujero por donde se vacía un tonel
fardel: saco pequeño de tela que llevaban los pastores y caminantes
farol: especie de candil, encerrado entre cuatro paredes de cristal, con una abertura superior
garrafón: recipiente de vidrio, de cuello corto, protegido por un revestimiento, que sirve para guardar el vino u otros licores
jofaina: palangana, vasija en forma de taza, muy ancha y poco profunda, que sirve para lavarse la cara y las manos
masera: artesa grande con patas de madera que sirve para amasar
morral: especie de saco o mochila de cuero que usan los pastores para llevar la comida
odre: utensilio para elaborar la manteca
palancana/palangana: jofaina
palanganero: soporte, de hierro o de madera, en que se coloca la palangana
pilón: pesa de hierro de la romana
pocillo: tacita pequeña, para medir ingredientes de pastelería o para tomar el café
pote: vasija de hierro, redonda y panzuda, con dos asas pequeñas  a los lados y tres patas
puchero: recipiente de barro, más hondo que ancho, con un asa lateral
romana: instrumento para pesar; está formada por un platillo y un brazo largo con las medidas inscritas en sus dos caras, del que se cuelga el pilón o pesa, que es el que se lee y da el peso en el momento en que el brazo se mantiene en equilibrio horizontal; mientras se efectúa la medida, la romana se cuelga o se sujeta en el aire por un gancho
talega, go: saco o bolsa, ancha y corta, de lienzo basto u otra tela, que sirve para guardar y llevar las cosas
tanque: recipiente cilíndrico de latón, con un asa, utilizado para llevar agua o leche
tartera: cazuela de barro
tomiza: cuerda de esparto
trébede: cerco de hierro con tres pies que sirve para poner al fuego sartenes u otros recipientes
varal: palo largo y grueso, seco y no flexible, para diversos usos
zurrón: bolsa grande de pellejo o de cuero usada por los pastores para llevar la comida
labores y ocupaciones agrícolas
trilla: mies extendida en redondo en la era; época en que se trilla
trillar: triturar la mies en la era y separar la paja del grano
uncir: atar a las vacas al yugo
gavilla: haz de mies, después de segada
aperos, arreos y herramientas
arado: instrumento para labrar la tierra
azada: instrumento formado por una lámina cuadrangular de hierro, con mango largo de madera, para cavar tierras blandas
azadón: instrumento formado por una pala de hierro algo curva, más larga que ancha, para romper tierras duras, cortar las raíces de los piornos, etc.
azuela: herramienta de carpintero para desbastar la madera
cordel: cuerda, más delgada que la soga, para atar cargas de hierba o leña
costal: saco grande de tela para guardar granos o piensos
criba: cuero agujereado y fijo en un aro de madera que sirve para limpiar el trigo u otras semillas
guadaña: instrumento para segar a ras de tierra
horca: utensilio en forma de palo con dos guinchos o dientes del mismo material; herramienta con mango de madera y, sobrepuestas de hierro, dos, tres, cuatro o cinco púas o dientes
hoz: instrumento para segar la hierba o la mies, compuesto por un mago corto de madera y una hoja curva de acero con el filo interior cortante
reja: instrumento de hierro en forma puntiaguda con que termina el arado y que sirve para romper y levantar la tierra
soga: cuerda gruesa de esparto
yugo: instrumento de madera mediante el cual se unen por el cuello o la cabeza las dos vacas o bueyes de una yunta
de las caballerías
albarda: pieza que protege el lomo de la caballería por los dos costados
alforjas: tira ancha de material resistente rematada en una bolsa grande de paño en cada extremo para transportar una carga
cabestro: cuerda o ronzal que se ata a la cabeza o al cuello de la caballería para guiarla  o asegurarla
ramal, ronzal: cuerda atada a la cabezada de una caballería
¡jo!, ¡so!: voz para detener a las caballerías
pastoreo
choza, zo: cabaña donde duermen los pastores
esquilar: cortar la lana a las ovejas
hatajo: grupo pequeño de ganado
hato: porción de ganado; ropa y otros objetos que uno tiene para el uso ordinario
majada: puerto de montaña para el ganado trashumante
redil: aprisco cerrado con estacas o redes

Pero el olvido afecta a todos los rincones del vocabulario:
pesos y medidas
arroba: medida de peso equivalente a 11,502 kg
cántaro: medida de capacidad, equivalente a unos 16 litros, usada sobre todo para el vino
celemín: medida de capacidad para áridos, equivalente a 4,625 litros
fanega: medida de capacidad, equivalente a 12 celemines o 55,5 litros
libra: medida tradicional de peso que en Castilla equivalía a 460 gramos
onza: medida tradicional de peso equivalente a 28,7 gramos
quintal: medida tradicional de peso, equivalente a 46 kg; en el sistema métrico, unidad de peso equivalente a 100 kg
indumentaria
alpargata: calzado de tela con el piso de cáñamo o de goma, propio del verano
balandrán: especie de bata larga, de tela, que se les ponía a los niños en casa para comer
moquero: pañuelo para limpiarse los mocos
pelliza: prenda de abrigo, especie de chaquetón, con el cuello y las bocamangas reforzadas de otra tela y bolsillos laterales ocultos
saya: falta, y prenda interior femenina
tapabocas: especie de bufanda ancha que se lleva alrededor del cuello y con el que se protege la cara y la cabeza
toquilla: pañuelo de punto, generalmente de lana, usado por las mujeres como abrigo
otros
abalorio: objeto de adorno personal, vistoso y de poco valor
aguinaldo: regalo que se da el día de los Reyes
cachivache: trasto, objeto o utensilio inútil o estropeado
cantina: establecimiento público donde se sirven comidas y bebidas, taberna
carrillo: mejilla
¡cáspita!: interjección para denotar extrañeza o admiración
chasco: decepción: llevarse un buen chasco
confites: dulces en forma de bolitas de diferentes tamaños y colores
cuarto: en plural, dinero: tiene muchos cuartos
encerado: tablero empleado en las escuelas para escribir con tiza
lumbre: fuego: hacer lumbre
mollete: panecillo ovalado
perillán: aplicado a los niños y con sentido afectuoso, pícaro, astuto
perras: monedas, en general: me dieron cuatro perras por él
real: moneda equivalente a 25 céntimos de peseta: no valer un real: valer muy poco; por cuatro reales: por muy poco dinero
tunante, ta: pícaro, bribón, taimado
tuno, na: astuto, taimado, granuja