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miércoles, 28 de febrero de 2018

Historias de andar, reales como la literatura misma



El Pla de la Calma
Me apeo del tren en la estación de Sant Martí de Centelles y voy derecho al Ayuntamiento.
Está vacío a estas horas de la mañana y me atienden enseguida. Pregunto por la ruta que sube al Pla de la Calma, si tienen algún mapa o algún folleto.
–No, lo siento –se disculpa la funcionaria después de consultar a un compañero que ni siquiera ha levantado la vista de los papeles que está leyendo.
–La ruta del GR-5, lo leí en una guía –les informo con toda humildad–, y que sale del barrio de l'Avencó, junto a un restaurante...
–Ah, sí, ya sé dónde dice –asiente con la mejor de las sonrisas la funcionaria, que vuelve la vista hacia su compañero en busca de ayuda y corroboración. Ni una ni otra cosa obtiene, pues sigue él ensimismado en su labor. 
–Entonces podrá indicarme... 
–Pero, mire –me interrumpe ella muy amablemente–, vaya mejor a preguntar a la oficina de turismo de Aiguafreda... Allí le informarán.
–¿Aiguafreda?
–Sí, es el pueblo de al lado, no tiene más que bajar por esta misma calle y pasar el río. Está ahí mismo.
En efecto, solo el río separa a los dos pueblos, tendido el de Sant Martí de Centelles en la ladera de la izquierda, y el de Aiguafreda en la de la derecha. El río se pasa por el Pont de l'Abella, un magnífico puente de piedra con arcos de hechura neoclásica que está ahora ahogado literalmente por la autopista que cruza por encima. Hasta da un poco de miedo atravesarlo si se mira hacia arriba, con las enormes vigas de hierro y hormigón a pocos metros de la cabeza.
Sigo las indicaciones y no tardo en dar con la oficina de turismo. Pero, ay, está cerrada. Y en los mapas que hay pegados en las cristaleras, ni rastro de la ruta que busco. No me queda más remedio que probar en el ayuntamiento, el de Aiguafreda (la funcionaria del de Sant Martí de Centelles lo ha dejado bien claro: son dos pueblos, cada uno con su propio ayuntamiento). Lo descarto, sin embargo. Si en uno no tenían información, por qué iba a ser diferente en el otro.
Y lo del poeta, mejor no haberlo sacado a relucir, aunque a punto estuviera de hacerlo (la candorosa sonrisa de la funcionaria me disuadió): que Joan Maragall era muy aficionado a visitar el Montseny, al que ascendía por el sendero que va desde el pueblo de Aiguafreda hasta el Pla ('Llano') de la Calma, y que allí, en una masía, la de La Figuera, se reunía, a principios del pasado siglo XX, con un grupo de intelectuales y artistas. Lo leí en la misma guía a la que hice mención en el ayuntamiento, una guía de rutas literarias, y también, y fue lo que más me llamó la atención (y casi podría decirse que el motivo principal por el que hoy he venido aquí), que el poeta hacía el camino a lomos de un burro.
Los poetas, tan amigos de los burros, Juan Ramón Jiménez y Platero, Tomás de Iriarte y su burro flautista, Stevenson y Modestine, la burra en la que viajó por el sur de Francia... Pero quién se acuerda hoy de los poetas, que ya no tienen predicamento, y de los burros, que solo salen en las fábulas antiguas, y ni eso siquiera porque casi nadie las lee, tampoco los niños en las escuelas... Conque cómo van a ocuparse de ellos, de los poetas y de los burros, y mucho menos en los ayuntamientos.
Y en estas figuraciones llego al fin al restaurante que figuraba en la guía como punto de partida. Está también cerrado, y no se ve a nadie en las inmediaciones. Se conservan allí a escasos metros unos pous de glaç (pozos de hielo), que son unas construcciones cilíndricas de piedra en las que se almacenaba el hielo recogido durante el invierno, hielo natural que, convenientemente troceado, se comercializaba luego en los meses de calor. Me detengo a observarlos un buen rato, en espera de que aparezca alguien a quien preguntar.
No encuentro la señal del GR-5, ni ninguna otra indicación, de modo que opto por la solución más fácil: seguir el camino que, tras bordear un camping, asciende por la ladera de la izquierda, que parece la más propicia, pues es la única soleada.
Tampoco el camping da señales de vida, ni el camino, que discurre solitario por la hondonada. Hay un desvío señalizado a la derecha hacia unas canteras, y poco después, en una encrucijada, un cartel admonitorio que reza así: Zona de adiestramiento de perros de caza. Pero no se oyen ladridos, ni disparos de escopeta, ni nada.
El camino, ancho y espacioso, con las roderas de algún vehículo bien marcadas en los sitios más húmedos, asciende a continuación serpenteando por la ladera. Tras los primeros repechos, que son duros y empinados, llega el sol, una delicia a estas horas. Y el canto tímido y esporádico de algún pájaro mañanero, y las vistas del valle allá abajo, y la repentina aparición, enfrente hacia el mediodía, de un edificio colgado en lo más alto de un cerro –la iglesia de Santa María de Tagamanent, lo leí en la guía–, y por todas partes el silencio.
La vida a todo esto reclama un tentempié, que las cuestas se suceden sin parar y van ya para dos horas de caminata.
Avisto luego de improviso una cantera. ¿Me habré equivocado? ¿Terminará aquí el camino su recorrido? ¿Serían roderas de camiones las que antes he visto? Hay dos operarios trabajando a la entrada.
–¿Es este el camino del Pla de la Calma? –les pregunto.
–Sí, este es –me responden un tanto sorprendidos, no tanto, me parece, por la pregunta en sí como por el hecho de verme allí.
–¿Y falta mucho?
Se miran los dos un instante, y me miran:
–Mucho, mucho, no... –vuelven a mirarse–. Una hora y media hasta el Bellit –y creo advertir en sus palabras, por el tono, como una pizca de compasión y no sé si también de desconfianza.
¿El Bellit han dicho? ¿Me habrán entendido bien? No recuerdo que la guía hiciera referencia a ese término, pero no es cuestión de volver atrás para preguntárselo, será otro nombre, el de algún otro paraje de por aquí... A lo mejor es que han calculado mal, o tirado por lo alto... Un burro, lo bien que iría. Y cómo cambiaría todo, lo bonito que se vería el paisaje, y lo tranquilo que se subiría, cómodamente sentado sobre la albarda y tirando del ronzal para que el animal no se desmandara y fuera siempre al mismo paso, cansino pero sin desfallecer en las cuestas arriba, con un trotecillo alegre en los rellanos, pausado y contenido siempre, que los burros son de natural apacible y manso, poco dados a las expansiones arriesgadas, y se parecen en eso a los poetas, de ahí las simpatías que en ellos han despertado a lo largo de la historia...
Los recodos y revueltas no acaban nunca, y el alto que se adivina ya cercano por entre las ramas de los árboles –encinas, robles y pinos– se aleja otra vez como si fuera un espejismo al coronar cada repecho, y la distancia con respecto a la iglesia colgada en el cerro que se ha convertido en punto de referencia se mantiene invariable...
En algunos tramos de la umbría hay pequeños charcos de agua helada, y retazos blanquecinos por la escarcha.
La espalda se queja de la mochila y a los pies les vendrían bien un descanso: las dos tentaciones más comunes que el caminante experimentado suele vencer con un poco de paciencia.
Más trabajo cuesta rechazar la del reloj, que ha corrido más de la hora y media advertida por los de la cantera.
Y en estas, un claro en el monte, y el camino que se remansa y se apresta a llegar al alto tras una leve pendiente, y la raya azul del horizonte allí mismo al alcance de la mano confundida con el perfil del llano que se extiende hospitalario ante la vista. Y a la izquierda, de cara al mediodía, a unos doscientos metros escasos, una masía.
Un indicador clavado en el suelo anuncia su nombre: El Bellit. Me acerco hasta donde lo permite la discreción. Corretearán gallinas por delante, y se oirá a lo mejor balar a alguna oveja, o mugir a alguna vaca. La chimenea no ahúma, pero no es esa una señal significativa, porque la calefacción habrá desplazado a la leña. Entonces lo distingo, asomando detrás de un tractor. Es un burro, de color negro, y se mueve; estará entretenido con cualquier cosa, no tendrá nada que hacer y pasará el tiempo holgazaneando por el corral.   
Y quién sabe, acaso sea un descendiente, o pariente lejano incluso, de aquel que prestara sus servicios hace ya más de cien años al poeta Joan Maragall.
¿Y si me acercara a la masía a preguntarlo? Pero salen a relucir los buenos modales (y el recuerdo de la visita al ayuntamiento), y desisto.
¡El Pla de la Calma! No hay duda: el paisaje hace honor al nombre, y la calma se palpa con los cinco sentidos. Contribuye a ello también la mañana, una mañana espléndida de invierno, y el cielo azul, y el aire limpísimo, todas esas cosas que invitan a creer que un Dios bondadoso creó el mundo.
El camino va a parar a otro, el que discurre por el llano, y en el mismo cruce aparecen por fin las señales salvadoras, blancas y rojas, del GR-5. Si lo sigo hacia arriba, en dirección nordeste, llegaré, se avistan ya no muy lejos, a las cimas del Montseny. Pero temo que me engañen las distancias y opto por tomarlo en sentido contrario, rumbo a la iglesia subida en el cerro, que es además por donde he de volver.
El panorama es magnífico: al norte, brillando al sol, los picos nevados del Pirineo; al sur, difuminada un poco por una ligera neblina, la comarca del Vallés, con la sierra de Collserola al fondo y la franja azulada del mar cerrando el horizonte; al oeste, la serranía de Montserrat.
A los dos lados del camino, amplias praderías tachonadas de encinas que, a tenor de los carteles que conminan a los viandantes a llevar atados los perros, se aprovechan todavía como pastos para el ganado.
Lo corroboran algunos cercados al abrigo del aire del norte que a buen seguro se construyeron en su día para servir como aprisco.
¡La estampa bucólica que compondría ahora un rebaño que asomara por entre las encinas, con la paz de estas soledades rota por los silbidos del pastor y el tranquilo sonar de las esquilas!
De frente viene una pareja joven perfectamente equipada –gorros que abrigan y dan lustre, pantalones y anorak a juego y bien ceñidos, gafas negras con destellos azulados, bastones de senderismo o trekking o marcha nórdica, que servidor no los distingue...–, que me conceden un distraído saludo y prosiguen impasibles su garboso andar.
Luego de un suave descenso se llega a una masía, Ca l'Agustí de nombre. Situada en un entorno idílico de verdor y silencio, y restaurada por la Diputación de Barcelona, ofrece a los visitantes la recreación de un día en la vida campesina del siglo XVIII.
Las bondades del paisaje sosiegan el ánimo y las leyes y costumbres de la naturaleza van abriendo el apetito, conque ha llegado el momento de cumplir con uno mismo.
Busco un lugar cómodo y apacible, y lo encuentro al pie de una encina y tras unas piedras que lo resguardan de las indiscreciones del camino.
¡El bocadillo, siempre agradecido y generoso, y más al aire libre que respiran las montañas! ¿Por qué los poetas no han cantado nunca sus propiedades y virtudes, las del bocadillo, que son tantas? ¿Cuándo se alzará una voz que lo encumbre al lugar que se merece? Y si se han escrito odas al tomate, y a la ciruela, y al limón y la naranja, y al maíz, y al caldillo de congrio, y a la alcachofa, y a la cebolla, y al pan, y a las papas fritas, ¿por qué no una dedicada a ensalzar el bocadillo?
Confortado así por estas saludables reivindicaciones, y para escabullirme al sopor del sol benigno del invierno, acudo al amparo del café en otra masía cercana, El Bellver, que ofrece servicio de bar y restaurante en un altozano.
En la entrada soy testigo de una curiosa escena, con el hostelero y un cliente como protagonistas:
–Disculpe que le haya hecho salir hasta aquí –oigo que dice el primero–, pero es que dentro no tenemos internet.
–Ya, ya me lo ha parecido –asiente el segundo.
–Por culpa del burro, ¿sabe usted? –informa el hostelero.
–¿El burro?
–Sí, el burro, que nos ha roído el cable de la conexión. Allí lo escarbó –confirma, señalando el lugar de la fechoría–, donde aquellas hierbas levantadas. ¡La madre que lo parió!
¡Este sí que es un burro de la misma estirpe que el del poeta! ¡Un burro que no contento con su condición de dócil servidumbre aspira, quién sabe si como reminiscencia de las conversaciones que oyeran sus antepasados, a las mieles del conocimiento, y olfateando por entre las hierbas le vino alguna señal!
Pero deben de haberlo recluido en el establo, como castigo, porque no se le ve por ninguna parte.
De modo que, resignado a no tener el gusto de conocerle, me tengo que conformar con las vistas que se disfrutan desde la masía.
Que son espectaculares, para quedarse allí un buen rato si el tiempo no apremiara. Otro tanto sucede luego más abajo, en el punto donde confluyen la carretera que comunica con el pueblo de Tagamanent, el desvío hacia la iglesia –un cuarto de hora de empinada ascensión– y el GR-5. Y es una lástima, porque he de optar por este último, que, transformado en estrecho sendero, se apresura de inmediato a adentrarse en la espesura.
Quede para otro día la iglesia, y la ruta que se anuncia con un listón de color verde (no había reparado antes en él) por debajo de las rayas blancas y rojas en los hitos del GR, la ruta de otro poeta, Jacint Verdaguer, que fue al parecer un gran andarín.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Notas de lectura


"Ante todo, diré que los árboles se producen de varias maneras, porque unos, sin auxilio del hombre, brotan espontáneamente y cubren en grande extensión los campos y las corvas márgenes de los ríos, como los tiernos mimbres, las flexibles retamas, los álamos y los sauces, coronados de blanquecina verdura. Otros nacen de sembradura, como los altos castaños y el roble de Júpiter, gigante de los bosques, y las encinas que daban oráculos a los griegos".
Virgilio, Geórgicas

"Me pregunto de qué color es la lluvia. No he encontrado ni en la Biblia ni en la literatura griega ningún adjetivo. Los autores se abstuvieron".
Josep Pla, Un petit món del Pirineu (Obras Completas XXVII)

"Comprender la felicidad que supone saber que el suelo que nos sostiene no puede ser mayor que los dos pies que lo cubren".
F. Kafka, Aforismos de Zürau

"De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación".
J. L. Borges, El libro (en Borges oral)

"Los días se diferencian, pero la noche tiene un único nombre".
Elias Canetti, Apuntes I

"...rosa del campo, donde la naturaleza sola es hortelana".
Fray Luis de León, Exposición al Cantar de los Cantares

"Un tal Aristóteles de Bolonia, en Italia, trasladaba una iglesia entera desde su emplazamiento a otro situado unos 50 metros más allá, y en lo alto de la iglesia, en el campanario, iba su hijo pequeño haciendo repicar la campana. ¡Quién fuera él! Creo que cosa más bella y graciosa no le ha vuelto a suceder a niño alguno en el mundo".
Álvaro Cunqueiro, Repique de campanas (en Los otros rostros)

"Los ríos son caminos que marchan, y que llevan adonde se quiere ir".
B. Pascal, Pensamientos

miércoles, 14 de febrero de 2018

La corteza de la nieve



Modestina posó la pizarra, el cuaderno y el estuche encima de la mesa de la cocina.
La pizarra estaba rota por las dos esquinas inferiores y del cuaderno apenas si le quedaban media docena de hojas sin escribir. Ni una ni otro les servirían a sus dos hermanos pequeños, pero sí el estuche, que aparentaba casi nuevo todavía, y lo que en él guardaba: la goma de borrar, el lapicero con la tabla de multiplicar grabada en la madera, la regla de medir, el afilador…
No había sentido nada especial aquella tarde del catorce de junio señalada como sábado en el calendario de la pared, ni siquiera cuando doña Blasa la llamó a su mesa para entregarle la cartilla escolar y despedirse de ella:
–Que tengas mucha suerte, y que seas tan buena en la vida que ahora empiezas como lo has sido en la escuela que hoy acabas –le dijo, poniéndose de pie para que todas lo oyeran bien, y dándole la mano con mucha ceremonia. Modestina se puso colorada y no sabía dónde mirar, porque aquellas palabras le parecieron importantes y le hizo mucha impresión que la maestra, siempre tan seria, le sonriera de aquella manera, y sobre todo que invitara a sus compañeras a levantarse y aplaudirla.
Sabía bien que era el último día, que en septiembre ya no volvería, que los libros y las lecciones se habían terminado, pero llevaba tanto tiempo pensando en ello y esperándolo que le pareció lo más natural, como el florecer de los árboles o el arrancar al final del mes la hoja del calendario.   
En abril había cumplido los catorce años, y eran ya pocas las de su edad que aún iban entonces a la escuela. Acaso por eso aquella tarde, al cruzar por última vez sus puertas, lo único que experimentó fue un ligero sentimiento de alivio, y allá en el fondo una escondida tristeza.
El verano trajo el olvido y la despreocupación, los días azules, los vestidos de colores, dos coletas en el pelo, unos zapatos nuevos…
Después llegó septiembre. Otilia y Rosarito se fueron a estudiar con las Asuncionistas a Vitoria (además de estudiar, ayudaban en la cocina y colaboraban en las tareas de limpieza, y así el colegio no les cobraba nada), Lupe lo hizo a Plasencia, con las Siervas, Pilarina y Rogata marcharon las dos a servir y a estudiar corte y confección a León, a Jovita la llevaron unos familiares a Madrid y allí estudiaba taquigrafía y mecanografía.
Solo ella y Jacinta se quedaron en La Braña.
También se marchó Gaudencio, que no le soltaba nunca la mirada cuando se encontraban y todos los domingos la esperaba en las eras a la hora del baile y no se apartaba de ella hasta que llegaban las diez y había que volver a casa.
La víspera de su partida la acompañó al salir del rosario calle arriba, y allí en la esquina de su casa se despidieron cogidos de la mano. Si él se hubiera decidido le habría dejado que la besara, pero Gaudencio aquella noche parecía muy inquieto y apenas habló, y las veces que lo hizo las palabras le salían a trompicones, como si no acertara a escogerlas, y enseguida se volvía a quedar callado y a remover los pies por el suelo.
–Te escribiré –le dijo, volviendo momentáneamente sobre sus pasos cuando ya se habían dicho el último adiós con la mano.
Empezaron las clases del nuevo curso, veía pasar por la calle, en silencio y recién peinadas, a las que habían sido sus compañeras, oía la algarabía del recreo y el vocerío alegre de las cinco de la tarde y le parecía todo algo muy lejano, vivo solo en algún rincón de la memoria.
Cambió las horas marcadas de la escuela por la rutina pacífica de la casa, las advertencias de doña Blasa por las campanadas del reloj de la cocina, el hábito previsible de las lecciones y el cuaderno por la monotonía tranquila de las labores domésticas.
Y poco a poco, sin que ella se diera cuenta, aquella ilusión de hacerse mayor y terminar la escuela que había llevado tanto tiempo anudada al pensamiento se le fue apagando y borrándose en el olvido.
Las amigas ausentes le escribieron cartas. Todas le decían que se acordaban mucho de ella y de La Braña, y Otilia y Rosarito la invitaban a unirse con ellas, que les habían dicho las monjas que había una plaza libre.
Modestina lo consultó en casa. El padre, ocupado en los preparativos de la marcha con el rebaño a Extremadura, apenas le prestó atención.
–Tienes que ayudar a tu madre, ya lo sabes –se excusó.
La madre, que no andaba del todo bien de salud, tardó en contestarle:
–Yo sola no puedo llevar la casa y atender a tus hermanos, y cuidar de los animales y las tierras los nueve meses que tu padre está en Extremadura…
Fue pasando el invierno, y aunque por Navidad volvieron a verse, las cartas tardaban cada vez más en llegar.
Los domingos, Modestina y Jacinta iban un rato antes del mediodía a la cantina con Teótimo, a hablar un rato y tomar una coca-cola, y allí se juntaban con Amalia, que iba a cumplir los veinte años, y con Marciano, que no había bajado a Extremadura porque en marzo le tocaba ir a cumplir el servicio militar al Sahara. Por la tarde se reunían los cinco en una casa y bailaban con la música del tocadiscos y jugaban a las cartas, y los días que hacía bueno bajaban paseando por la carretera hasta enfrente de la ermita.
En verano regresaron a La Braña las amigas. Tenían todas la cara blanca, lo mismo que las manos y las piernas, y estaban más altas y más guapas. Salían juntas como siempre, pero ellas enseguida se ponían a hablar de exámenes y de notas, de tiendas y de escaparates, de las películas que habían ido a ver al cine y de las revistas que ojeaban en los quioscos. Modestina entonces callaba, un poco avergonzada de no poder participar en la conversación, y tampoco sabía muy bien qué contestar cuando le preguntaban cómo había pasado el invierno, si no se le había hecho un poco largo y aburrido allí en el pueblo.
El que no volvió fue Gaudencio. Le habían dado únicamente quince días de vacaciones y los iba a aprovechar para empezar a estudiar latín en la academia, que quería presentarse al examen de cuarto y reválida para tener el bachillerato elemental. Todo esto lo sabía Modestina porque el propio Gaudencio se lo decía en una carta que le entregó Teótimo, y en la que se despedía dándole un beso y mandándole muchísimos recuerdos. Guardó la carta en el cajón del armario de su habitación escondida entre la ropa para que nadie la leyera y estaba dispuesta a contestarle enseguida.
Le pidió las señas a Teótimo y aprovechó para manifestarle su extrañeza:
–Teótimo, ¿tú sabes por qué Gaudencio no me manda a mí la carta?
A principios de octubre se fue Jacinta con las monjas Asuncionistas de Vitoria a ocupar el puesto que le habían ofrecido a ella un año antes, y a Teótimo le colocó un pariente lejano que vivía en Bilbao en una fábrica de tornillos de Baracaldo.
La salud de su madre empeoró con la llegada de las noches húmedas del otoño, y tuvo ella que empezar a ocuparse del ganado, y de no dejar descuidadas las tierras, y de recoger la leña, y algunas noches de ayudar a sus hermanos a hacer las cuentas en la pizarra.
Con Amalia se veía un rato a la entrada y a la salida del rosario, y los domingos iban juntas de paseo o se sentaban en el teleclub a ver la televisión desgranando pipas sin parar hasta que llenaban la mesa de montoncitos. Amalia volvía también por las noches, pero Modestina no podía porque casi siempre las películas eran de dos rombos y el señor cura vigilaba que nadie menor de dieciocho años las viese.
–Que estamos las dos solas –le suplicó Amalia en una ocasión–, y no tenemos otra diversión…
–Y en abril cumplí los quince años –recalcó Modestina.
–Por eso mismo –la atajó el señor cura, que se mostró inflexible.
Los días pasaban muy despacio, y le pesaba la soledad; tanto, que más de una tarde, a la hora en que salían de la escuela, se hubiera ido con las mayores –al fin y al cabo les llevaba solo dos o tres años– si ellas se lo hubieran propuesto.
La que sí le propuso una idea fue Amalia una tarde a primeros de noviembre:
–Que ha estado aquí la modista de Prioro y dice que podemos bajar a aprender con ella a su casa. Es por las tardes, tres días por semana, y nos saldría muy barato.
Modestina lo habló con su madre, que se avino sin mayores objeciones.
Empezaron con mucha ilusión. Comían en cuanto los hermanos de Modestina salían de la escuela y luego se iban las dos por la vereda, con el costurero a la cintura y una vara en la mano. Al acabar, como las tardes eran ya menguadas y el monte se llenaba enseguida de sombras y rumores desconocidos, volvían por la carretera, con la confianza, raras veces cumplida, de que subiera algún coche o el camión de la mina.
Amalia le hablaba por el camino de lo que tenía pensado hacer cuando Marciano volviera del servicio militar, y se lamentaba de que le hubiera tocado ir tan lejos.
–Si estuviera más cerca vendría de permiso alguna vez, pero así…
Modestina la escuchaba en silencio.
–Cuando se licencie buscará un trabajo en la capital, que lo de pastor es muy esclavo. Y el jornal no se puede comparar. Marciano me ha dicho que en la construcción pagan buenas semanadas, y él conoce a uno de Riaño que está de encargado de una obra en Madrid… Imagínate, Modestina, irnos a vivir nada menos que a la capital de España, que se dice bien…
–¿Y os casaréis cuando Marciano vuelva?
–Bueno, cuando vuelva, así tan pronto, no, que lo primero es buscarse una colocación y asegurarse un porvenir… Pero sí, en cuanto él se coloque tendremos que empezar a mirar un piso, con lo que dicen que cuestan, Dios mío, y luego nos iremos ya los dos para Madrid… Solo de pensarlo se me saltan las lágrimas de felicidad… Pero no quiero hablar mucho de esto, porque me pongo a soñar, y dicen que los sueños, si piensas mucho en ellos, no se cumplen. Que basta que una se haga la ilusión y la pinte y la lleve bien dibujada en la cabeza para que después pase cualquier cosa y todo se escurra como el agua en un cesto…
–Mujer, no siempre va a pasar eso.
–De un hilo, Modestina, de un hilo depende muchas veces todo, la vida si me apuras… Y ya sabes lo fácil que es que un hilo se rompa…
–Oye, pero en África, en el Sahara, no hay guerra, ¿verdad?
–Pues claro que no, qué cosas dices, Dios nos libre…
Modestina se acordaba entonces de Gaudencio, que le había escrito por fin poniendo en el sobre su nombre, pero que no había contestado aún la carta que ella le había enviado hacía ya más de tres semanas. En esa carta se despedía mandándole un beso, y le decía también que se acordaba mucho de él y que le escribiera pronto y le contara todo lo que hacía, en el trabajo y en la academia por las noches.
No tardó el invierno en abrir el zurrón de los fríos, y la nieve de cumplir con su costumbre de preservar el descanso de los caminos y arrebujar el sueño de los montes.   
Las tardes que la nieve las retenía en La Braña, Amalia y Modestina, sentadas las dos junto a la lumbre, cosían y ensayaban a cortar la tela siguiendo el patrón de la revista que la modista de Prioro les había prestado.
–Y tú, Modestina, ¿qué has pensado para el día de mañana?
–No lo sé.
–¿Te vas a quedar siempre en La Braña?
Modestina no sabía qué responder.
–A mí me gustaría estudiar, y trabajar luego en algo que me gustara, y vivir en una ciudad, y tener amigas, y viajar…
La lumbre se apagaba y Modestina avivaba el fuego soplando con el fuelle, y, mientras lo hacía, no era capaz de apartar sus ojos de las brasas que se iban allí lentamente consumiendo.
Después acompañaba a Amalia hasta su casa.
Una tarde, al volver, se entretuvo mirando la nieve. La mortecina luz de la bombilla que colgaba en la esquina de la calle se repartía por su superficie en mil destellos diminutos que se encendían y se apagaban sin cesar. Extendió la mano para que, con la helada, quedara allí grabada su huella.
A la mañana siguiente, al descorrer las contraventanas, vio que la vereda abierta en la calle estaba otra vez tapada y las ramas desnudas de los árboles se habían vuelto a vestir de blanco. Cubierta por la nieve nueva, la corteza que ella había palpado la noche anterior se iría a lo mejor poco a poco reblandeciendo, o se quedaría así, dura y helada, hasta que la lluvia o la primavera la derritieran. Y sobre la nieve blanda que ella veía caer desde la ventana se formaría también otra corteza, a lo mejor aquella misma noche, si el cielo se quedaba raso y estrellado y bajaba la helada.
Cerró las contraventanas. No quería que aquella tristeza que se le metía a veces dentro y le tardaba luego un rato largo en salir le viniera tan pronto aquella mañana. 

                                                          (De Años de guardar)




miércoles, 7 de febrero de 2018

El último viaje



Así estaba, envuelto en un manto blanco para no pasar frío, cuando en la pasada Navidad tocaba emprender la vuelta.
Fue su último viaje, y lo hizo, como siempre, dócil y servicial, sin poner ningún reparo ni escatimar esfuerzos, ofreciendo generoso toda su comodidad.
Pero llegó ya la hora de la despedida. Se ha hecho viejo y cualquier día le van a prohibir circular. Que contamina mucho, dicen las autoridades.
Y si no puede salir a las carreteras, ¿qué va a hacer? ¿Estarse parado todo el tiempo en el garaje sin ver la luz del día?
Juntos hemos pasado veinte años, y en amigable compañía hemos ido perezosos al trabajo, y alegres de vacaciones, y aventureros en los viajes (¡los más de mil kilómetros a Friburgo, de una tirada, y en cuatro ocasiones!).
Siempre durante estos veinte años me sirvió bien, y nunca me puso en un aprieto, incluso tuvo la delicadeza de no meterse en averías.
Y ahora le van a dejar en un taller para el desguace, a él, tan fiel y fiable y compañero.
Te retiran de la circulación, viejo Volvo, pero no de mi memoria, en la que tendrás siempre reservada una plaza libre. Por lo menos hasta que yo también me haga viejo y tenga, como tú, que retirarme.

martes, 30 de enero de 2018

Palabras y expresiones castellanas de origen bíblico (y III)



pagano, na. Del latín paganus, 'aldeano', y este derivado de pagus, 'aldea'. La resistencia del medio rural a la cristianización explica el origen de esta palabra, empleada en la Biblia para designar a la persona que no es cristiana o no ha sido bautizada.

pan. el pan, o el pan nuestro, de cada día: algo habitual o frecuente (Mateo 6, 11: "El pan nuestro de cada día dánosle hoy..."). Son asimismo de uso común, aunque no figuren en el DRAE, las expresiones siguientes: ganarse el pan con el sudor de la frente, frase tomada de las palabras de Dios a Adán después de que este le hubiera desobedecido, imponiéndole la condena del trabajo para comer y subsistir (Génesis 3, 19: "Ganarás el pan con el sudor de tu frente..."); no solo de pan vive el hombre, advertencia sobre el hecho de que el ser humano tiene más necesidades, además de las meramente alimenticias (Mateo 4, 4: "No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios").

paño. paño de lágrimas: persona en quien se puede encontrar atención, consuelo o ayuda. Es más que probable que esta expresión tenga su origen en el paño de la Verónica, por alusión a la mujer que, según la tradición católica, tendió a Jesús un velo, lienzo o paño en el viacrucis para que enjugara el sudor y la sangre. En esa tela (el paño, el lienzo o el velo de la Verónica) quedó milagrosamente impresa la faz de Cristo, el llamado Santo Rostro. La escena descrita no aparece, sin embargo, en la Biblia.

paraíso. En el Antiguo Testamento, jardín, conocido también como paraíso terrenal, en el que Dios colocó a Adán y Eva. Además de la referencia del Génesis, Jesús, poco antes de morir, alude a él cuando contesta así al 'buen ladrón' crucificado a su lado: "Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23, 43).

pascua. Del latín pascuum 'lugar de pastos, alimento de los animales', en referencia a la terminación del ayuno cuaresmal en esas fechas. Para los hebreos, es la fiesta solemne con que conmemoran su liberación del cautiverio en Egipto (pesach  'paso, tránsito'). En la Iglesia católica, fiesta en que se conmemora la resurrección de Jesucristo, llamada también pascua florida; fiestas de Navidad, Epifanía y Pentecostés, y tiempo comprendido entre la Navidad y el día de Reyes. cara de pascua, o cara de pascuas: cara risueña y apacible; dar las Pascuas: felicitar a alguien en el tiempo de ellas, particularmente la de Navidad; de Pascuas a Ramos: de tarde en tarde; estar alguien como una pascua, o como unas pascuas: estar muy alegre y contento; hacer la pascua a alguien: fastidiarlo, perjudicarlo; santas pascuas: expresión con la que se da a entender que hay que conformarse con lo dicho o hecho.

pastor. el Buen Pastor: Jesucristo (Juan 10, 11: "Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas").

Pentecostés. Del griego pentekosté 'quincuagésima'. Fiesta de los judíos en memoria de la ley que Dios les dio en el monte Sinaí, que se celebraba cincuenta días después de la Pascua del Cordero. Festividad cristiana en que se conmemora la venida del Espíritu Santo que se celebra el quincuagésimo día después de la Pascua de Resurrección.

piedra. piedra de escándalo: origen o motivo de escándalo (Romanos 9, 32-33: "Tropezaron con la piedra de escándalo, según está escrito: 'He aquí que pongo en Sión una piedra de tropiezo, una piedra de escándalo...'"); tirar la primera piedra: ser el primero en censurar o condenar algo, en el sobrentendido de que quien lo hace tampoco está libre de falta. La expresión, que no figura en el DRAE, está tomada del pasaje en que Jesús evita que una mujer adúltera sea lapidada, avergonzando de paso a los acusadores: "El que de vosotros no tenga pecado, que tire la primera piedra" (Juan 8, 7). 

polvo. sacudir el polvo de los pies, o de los zapatos: apartarse de un lugar digno de castigo y de aborrecimiento. Los judíos, al regresar de un país pagano, tenían por costumbre sacudirse las sandalias y la ropa antes de entrar en Palestina, para no contaminar su tierra con el polvo de los países extranjeros (Mateo 10, 14: "Si no os reciben o no escuchan vuestras palabras, saliendo de aquella casa o de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies").

querubín. Del hebreo kerub[im].  Espíritu celeste que integra el segundo de los nueve coros en que se ordenan los ángeles (Ezequiel 10, 14: "Cada uno tenía cuatro caras. La primera era de querubín..."). También, persona de singular belleza.

río. bañarse en el río Jordán: remozarse, rejuvenecerse (Mateo 3, 5-6: "Acudían a él [Juan Bautista] de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región del Jordán; ellos confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán").

rollo. rollo macabeo: se dice de una persona o cosa aburrida, o de un discurso largo y pesado. La expresión tiene su origen en los libros I y II de los Macabeos, los cuales, además de estar escritos en rollos de pergamino, relatan con tal detalle la lucha de la familia de los Macabeos  contra el dominio de Antioco IV Epifanes que su lectura resulta muy pesada y aburrida, por la gran cantidad de datos, fechas, genealogías, batallas y lugares que se citan.

sábado. Del latín sabbatum, este del griego sábbaton, y este del hebreo sabbat 'descanso'.  Sexto día de la semana, festivo para el judaísmo, que lo considera el séptimo, por ser el que Dios descansó después de la creación (Génesis 2, 2-3: "Dios dio por terminada su obra el séptimo día, y en este día descansó de toda su obra. Dios bendijo el día séptimo y lo santificó..."). Sábado de Gloria: Sábado Santo.

salomón. Hombre de gran sabiduría, por alusión a Salomón, rey de Israel y de Judá, e hijo de David.
           
salomónico, ca. Referido a Salomón. Dicho de una decisión, de una sentencia o de una solución, que intenta satisfacer parcialmente a todas las partes en conflicto, con propósito de justicia y ecuanimidad. La expresión procede del Libro I de los Reyes (3, 16-28), donde se relata el famoso juicio emitido por el rey Salomón al acudir a él dos mujeres que reclamaban ser las madres del mismo niño. Salomón ordenó que el niño fuese partido en dos mitades y que se le diese una a cada madre, ante lo cual una de ellas le pidió entre sollozos que no lo hiciera, que antes prefería que se lo entregasen a la otra mujer. El rey dedujo que la que así había reaccionado era la verdadera madre (la otra había aceptado la sentencia) y ordenó que le entregasen a ella el niño.

samaritano, na. Natural de Samaria, región de Palestina. Se aplica a la persona que ayuda a otra desinteresadamente, por alusión a la parábola del 'buen samaritano' (Lucas 10, 30-37), en la que Jesús contrapone la ayuda y los cuidados que prestó un samaritano a un hombre malherido que encontró accidentalmente de camino, contraponiéndola a la que habían adoptado anteriormente un sacerdote y un levita que, al ver al mismo hombre, habían pasado de largo .

sansón. Hombre muy forzudo, por alusión a Sansón, juez de Israel, dotado de una fuerza prodigiosa (Jueces 13-16).

satán, satanás. Persona diabólica, por alusión a Satán o Satanás, príncipe de los demonios en la tradición judeocristiana, nombrado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

semita.  Según la tradición bíblica, descendiente de Sem, hijo de Noé.

seno. seno de Abraham: en la doctrina católica y judaica, lugar donde estaban detenidas las almas de los justos esperando a ser redimidas por Jesucristo; en el catolicismo, limbo destinado a los justos del Antiguo Testamento (Lucas 16, 22-23: "Murió el pobre, y los ángeles le llevaron al seno de Abraham").

sepulcro. santo sepulcro: sepulcro en el que estuvo sepultado Jesucristo; sepulcros blanqueados: expresión metafórica, no recogida en el DRAE, para designar a los hipócritas y farsantes (Mateo 23, 27: "¡Ay de vosotros maestros de la ley y fariseos hipócritas, que sois como sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre!").

serafín. Del hebreo serafim 'nobles príncipes', 'ángeles alados'. Cada uno de los espíritus bienaventurados que forman el primer coro celestial.

setena. pagar alguien con las setenas: sufrir un castigo superior a la culpa cometida. La expresión proviene del episodio del Génesis en que Caín, tras recibir la maldición divina y ser condenado a llevar una vida errante, expone su temor a que cualquiera que le encuentre le mate. A lo que Dios contesta: "No será así; si alguien mata a Caín, lo pagará siete veces", es decir, como se puede leer en algunas traducciones antiguas, "con las setenas" (Génesis 4, 15).

simonía. Del bajo latín medieval simonia, derivado del nombre de Simón el Mago, personaje que ofreció dinero a los apóstoles con el propósito de obtener el don de conferir el Espíritu Santo mediante la imposición de las manos. De ahí que se utilice para designar la compra o venta de cosas espirituales, como los sacramentos, o de cosas temporales unidas a las espirituales, como los beneficios o cargos eclesiásticos.

sodomita. Del latín sodomita, 'habitante de Sodoma', y este del hebreo sedom, Sodoma, ciudad que, según la Biblia, fue arrasada por Dios en castigo de la vida depravada de sus habitantes (Génesis 19, 24-25: "Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego del Señor desde el cielo. Y destruyó estas ciudades y toda la vega, todos los habitantes de las ciudades y toda la vegetación del suelo"). Natural de Sodoma, antigua ciudad de Palestina; que practica la sodomía. Sodoma y Gomorra: expresión acuñada, que el DRAE no recoge, para referirse a un lugar en el que abundan los vicios y la perversión.

tabernáculo. Lugar donde los hebreos tenían colocada el arca del Testamento (Éxodo 26, 1: "Harás el tabernáculo con diez cortinas de lino torzal de púrpura violeta, escarlata y carmesí, con querubines artísticamente bordados").

tierra. tierra de promisión,  o tierra prometida: la que Dios prometió al pueblo de Israel (Génesis 15, 18); por extensión, tierra muy fértil y abundante.

vaca. vacas flacas: período de escasez; vacas gordas: período de abundancia. Ambas expresiones provienen del episodio bíblico en que José interpreta los sueños del faraón de Egipto, al que se le aparecen en sueños, sucesivamente, siete vacas gordas (siete años de prosperidad y buenas cosechas) y siete vacas flacas (siete años de miseria y malas cosechas) pastando en las orillas del Nilo (Génesis 41, 1-36).

valle. valle de Josafat: lugar en el que se desarrollará el juicio final (Joel 4, 1-2: "Porque en aquel tiempo, cuando yo restaure Judá y Jerusalén, reuniré a todas las naciones y las haré bajar al valle de Josafat, y allí las juzgaré..."); hasta el valle de Josafat: hasta el día del juicio final, para dar a entender que dos personas no esperan volver a verse ni a tratarse mientras vivan; valle de lágrimas: este mundo, aludiendo a las penalidades que se pasan en él, expresión recogida de la salve, e inspirada a su vez en un verso de los Salmos.

vestidura. rasgarse las vestiduras: escandalizarse, mostrar indignación (Mateo 26, 63-65: "El sumo sacerdote [Caifás] le dijo: ¡Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el mesías, el hijo de Dio! Jesús contestó: Tú lo has dicho... Entonces el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y dijo: ¡Ha blasfemado!").  Entre los hebreos, era, además,  una forma de manifestar el duelo, como hace Jacob al enterarse de que su hijo José ha sido despedazado por una fiera (Génesis 37, 34), o Job cuando un mensajero le trae la noticia de que todos sus hijos han muerto, sepultados bajo los muros de la casa (Job 1, 20).

viacrucis. Del latín via crucis 'camino de la cruz'. Representación, en un camino o en las paredes de una iglesia, de las principales escenas de la pasión de Jesucristo; rezo con que se conmemoran los pasos del Calvario; sucesión de adversidades y sufrimientos.

voz. dar voces en el desierto: cansarse en balde, trabajar inútilmente; la voz que clama en el desierto: se aplica al que se esfuerza en vano por dar consejos o advertencias. Las dos expresiones provienen del episodio en que Juan Bautista comienza su predicación: "Por aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea y diciendo: Convertíos, porque está cerca el reino de Dios. Este es aquel que el profeta Isaías había anunciado cuando dijo: Voz que grita en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos" (Mateo 3, 1-3).


miércoles, 24 de enero de 2018

¿Sin palabras?

Hablar, conversar, dialogar, departir, charlar, platicar, parlamentar, comentar, bromear;
contar, decir, relatar, explicar, novelar;
informar, anunciar, advertir, avisar;
llamar, nombrar;
opinar, perorar, conferenciar, discursear;
ofrecer, proponer, invitar;
cantar, entonar, tararear, recitar, declamar;
rezar;
farfullar, balbucir, susurrar, murmurar;
consolar, compadecer, tranquilizar, animar, confortar, alentar;
convencer, atraer, seducir, persuadir, disuadir;
argumentar, razonar, probar;
tratar, convenir, pactar, acordar;
querer;
confesar, desahogarse, sincerarse, revelar;
implorar, pedir, rogar, requerir, suplicar, apelar, invocar, solicitar, demandar;
ordenar, mandar, exigir;
intrigar, cotillear, urdir, maquinar;
calumniar, difamar, insultar, escarnecer, injuriar, ofender, ultrajar, zaherir, maldecir, traicionar, condenar;
perdonar;
defender, acusar, reprochar, censurar, criticar, amonestar, recriminar, regañar, reprender;
confundir, desconcertar, aturdir, avergonzar;
distraer, alegrar, entretener, divertir, aburrir;
alabar, elogiar, encomiar, celebrar;
saber:
¿nos resultaría tan fácil, sin palabras?


miércoles, 17 de enero de 2018

Palabras y expresiones castellanas de origen bíblico (II)


eccehomo. Imagen de Jesucristo como lo presentó Pilatos al pueblo, azotado y coronado de espinas; persona de aspecto lastimoso por las heridas y magulladuras que tiene. Del latín ecce homo, 'he aquí el hombre' (Juan 19, 5: "Jesús salió fuera, llevando la corona y el manto de púrpura, y Pilato les dijo: ¡Ahí tenéis al hombre!). 

edén. Palabra hebrea con que se designa el paraíso terrenal, es decir, la morada del primer hombre antes de desobedecer a Dios.

escriba. Entre los hebreos, doctor e intérprete de la ley. Los escribas son citados tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo.

estatua. quedarse hecho una estatua: quedarse paralizado por el espanto o la sorpresa. Es probable que su origen sea la expresión bíblica convertirse en una estatua de sal, tal como le ocurrió a la mujer de Lot cuando, desobedeciendo a Dios, se dio la vuelta para mirar cómo era destruida por el fuego la ciudad de Sodoma (Génesis 19, 15-26).

evangelio. Historia de la vida, doctrina y milagros de Jesucristo, contenida en los cuatro relatos atribuidos a los cuatro evangelistas y que componen el primer libro del Nuevo Testamento; cada uno de esos cuatro libros. Procede del latín evangelium, y este del griego euangélion  'la buena nueva, el buen anuncio'.
           
fariseo. Seguidor de una secta judaica que cumplía rigurosamente con los aspectos externos de la Ley, pero no sus preceptos y su espíritu; por extensión, hipócrita. En los Evangelios se hacen numerosas referencias a ellos, resaltando la hipocresía con que observan los preceptos de la religión / farisaico, ca. Propio de los fariseos. fariseísmo. Actitud hipócrita.

faz. la santa faz: imagen del rostro de Jesús. Según la tradición católica, en el camino del Calvario, una mujer (que más tarde sería llamada Verónica, del griego Berenike, 'portadora de la victoria', aunque la etimología popular hizo derivar erróneamente el nombre del latín verum, 'verdadero', y del griego eikon, 'imagen': 'la verdadera imagen') se quitó su velo o pañuelo para secar la cara de Jesucristo, cuya imagen quedó así impresa, conservándose además milagrosamente como objeto de culto a lo largo de los siglos. Este episodio, sin embargo, y pese a representar una de las estaciones del viacrucis, no se relata en los Evangelios. Sí se alude a él, en cambio, en el Evangelio apócrifo de Nicodemo, del siglo II.


filisteo. De un pueblo que ocupaba la costa mediterránea al norte de Egipto y que luchó contra los israelitas. Se le menciona en el Antiguo Testamento, y el gigante Goliat (v. davídico) era uno de sus caudillos. Se aplica también a la persona de espíritu vulgar, de escasos conocimientos y poca sensibilidad artística o literaria.

galileo, a. Natural de Galilea, en Palestina; nombre que despectivamente se dio antiguamente a Jesucristo y a los cristianos (Mateo 26, 69: "Pedro estaba fuera sentado en el atrio. Se le acercó una criada y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el galileo").

gehena. Infierno, lugar de castigo eterno (Mateo 23, 33: "Serpientes, raza de víboras, ¿cómo escaparéis al juicio de la gehena?"). El término hebreo ge hinnom, del que proviene el latín gehenna, designaba un topónimo maldito a causa de los ritos paganos celebrados allí.

gentil. Entre los judíos, y aplicado a una persona o a una comunidad, que profesa otra religión, pagano. En el Nuevo Testamento, san Pablo es llamado el Apóstol de los gentiles.

Gólgota.  Término arameo ('lugar de la calavera') equivalente a calvario.

herodes. Hombre cruel con los niños (Mateo 2, 16-18: "Entonces Herodes, al ver que los magos se habían burado de él, montó en cólera y mandó matar a todos los niños de Belén y de todo su territorio, de dos años para abajo..."). / andar, o ir, de Herodes a Pilatos: ir de una persona a otra, ir de mal en peor un asunto.

hijo. hijo pródigo: hijo que regresa al hogar paterno, después de haberlo abandonado por un tiempo. Proviene de la parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32).

holocausto. Entre los israelitas, sacrificio en que la víctima se quemaba por completo: "Toma ahora a tu hijo, al que tanto amas, Isaac, vete al país de Moria, y ofrécemelo allí en holocausto", le ordena Dios a Abraham (Génesis 22, 2).

hosanna. Exclamación de júbilo que se usa en los salmos y en la liturgia cristiana y judía.

humo. subírsele a alguien el humo a las narices: irritarse, enfadarse. Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana, afirma que es "frase de la Escritura", y cita el libro de Job: "De sus narices sale humo, como de una caldera hirviente al fuego" (Job 41, 12). 

ida. la ida del cuervo: marcha o partida de alguien que se desea que sea definitiva. Alude a la salida del cuervo que soltó Noé, y que no volvió (Génesis 8, 6-7: "Al cabo de cuarenta días, Noé abrió la ventana que había hecho en el arca y soltó un cuervo, el cual estuvo volando, yendo y viniendo, hasta que se secaron las aguas sobre la tierra").

inri. Acrónimo del rótulo latino escrito en la cruz: Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum ('Jesús Nazareno Rey de los Judíos'), empleado en castellano con el significado de 'nota de burla o de afrenta'. / para más, o mayor, inri: para mayor burla o escarnio.

israelita. Natural del antiguo reino de Israel, en Canaán, donde se establecieron los hijos de Jacob (Génesis 35, 9-10: "Dios se apareció de nuevo a Jacob, y le bendijo diciendo: Tu nombre es Jacob, pero ya no te llamarás Jacob; tu nombre será Israel"; también en Gn 49, 28 se habla, refiriéndose a los hijos de Jacob, de las "doce tribus de Israel"). Israelita se usa como equivalente a hebreo (pese a que estos serían, en puridad, los descendientes de Abraham y de su hijo Isaac) y a judío, que originariamente designa a los habitantes del reino de Judá y a todos aquellos hebreos que regresaron del exilio en Babilonia, con sus descendientes.

jeremías. Persona que continuamente se está lamentando. Proviene de Jeremías, nombre del profeta hebreo del siglo VII a. C., célebre por sus lamentaciones, y a quien se le atribuye uno de los libros proféticos de la Biblia. /jeremíaco, ca. Que se lamenta de forma exagerada o excesiva. jeremiada. Lamentación o muestra exagerada de dolor.

jordán. Cosa que remoza, hermosea o purifica. / ir alguien al Jordán: remozarse o convalecer. Proviene del nombre del río Jordán, en Palestina (Marcos 1, 5: "Y acudían a él [Juan Bautista] de la región de Judea y todos los de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el río Jordán").

judas. Hombre traidor. Proviene del nombre de Judas Iscariote, que vendió a Jesús a los judíos. / beso de Judas: beso u otra manifestación de afecto que encubre traición; estar hecho, o parecer alguien, un judas: vestir de forma desastrada, ser un desaseado.

lázaro. Pobre andrajoso, por alusión a Lázaro, el mendigo de la parábola del rico epulón que se relata en el Evangelio de san Lucas. / estar hecho un lázaro: estar cubierto de llagas.

lengua. pegársele a alguien la lengua al paladar: no poder hablar por aturdimiento, vergüenza u otra alteración del ánimo (Salmos 137, 6: "...que mi lengua se me pegue al paladar, / si no me acuerdo de ti...").
levita. Israelita de la tribu de Leví, dedicado al servicio del templo. / levítico, ca. Referido a los levitas; influido por el clero, o supeditado a él.

lucifer. Hombre soberbio, encolerizado y maligno, por alusión a Lucifer, príncipe de los ángeles que se rebelaron contra Dios.

magdalena. Por alusión a María Magdalena, personaje del Nuevo Testamento, se dice de la mujer penitente o visiblemente arrepentida de sus pecados / estar alguien hecho una Magdalena, o llorar como una Magdalena: llorar mucho y desconsoladamente.

maná. Manjar milagroso enviado por Dios en forma de escarcha para alimentar al pueblo de Israel en su peregrinación por el desierto (Éxodo 16, 4-35: "El Señor dijo a Moisés: Mira, voy a hacer llover pan del cielo para vosotros [...] Cuando se evaporó el rocío, apareció sobre la superficie del desierto una cosa menuda, granulada, fina, como escarcha sobre la tierra"). La palabra hebrea de la que proviene, man, significa 'exudación de una variedad de tamarindo'.

mano. lavarse alguien las manos: desentenderse de un asunto o rechazar la responsabilidad que pudiera derivarse de él. Proviene del episodio evangélico en que Jesús comparece ante Pilato y este, tras constatar la intransigencia de los judíos, que prefieren que libere a Barrabás, se lava las manos delante ellos, un gesto simbólico que equivalía a descargar toda responsabilidad en el asunto (Mateo 27, 24: "Viendo Pilato que nada conseguía, sino que aumentaba el alboroto, mandó que le trajeran agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: Soy inocente de esta sangre. ¡Vosotros veréis!").

margarita. echar margaritas a los cerdos, o a los puercos: dar u ofrecer algo valioso o delicado a quien no sabe apreciarlo. Es muy probable que la frase provenga de Mateo 7, 6 ("No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas a los puercos..."), máxime teniendo en cuenta que una de las acepciones de la palabra margarita es 'perla de los moluscos'.

matusalén. Hombre de mucha edad (ser más viejo que Matusalén), por alusión al personaje bíblico (Génesis 5, 27: "Matusalén vivió en total novecientos sesenta y nueve años, y murió").

mesías. Del latín messias, y este del hebreo mesiah, 'ungido'. En el judaísmo, hombre salvador prometido por los profetas al pueblo hebreo; en el cristianismo, hombre enviado por Dios para salvar a la humanidad. / esperar alguien al Mesías: esperar a alguien que ya llegó.
           
miserere. Salmo 50, que, en la traducción de la Vulgata, empieza con esta palabra, equivalente a 'apiádate, ten compasión''; canto solemne que se hace del mismo salmo en Semana Santa. / cólico miserere: obstrucción intestinal aguda.

nazareno, na. Natural de Nazaret, o referido a esa ciudad de Galilea. Se aplica a la imagen de Jesucristo vestida con túnica morada. Penitente que, en las procesiones de Semana Santa, va vestido con túnica, generalmente morada. / el Nazareno: por antonomasia, Jesucristo. / estar alguien hecho un nazareno: estar maltrecho y afligido.

niña. la niña de mis, tus sus, etc., ojos: la persona o cosa a las que se tiene el mayor cariño y aprecio (Salmos 17, 8: "Guárdame como a la niña de tus ojos, / escóndeme bajo la sombra de tus alas...").

nueva. buena nueva: el evangelio: (Marcos, 16, 15: "Id por todo el mundo y predicad la buena nueva a toda la creación").

ojo. alzar, o levantar alguien los ojos al cielo: dirigir súplicas a Dios implorando su favor (Salmos 123: "A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo"); meterse alguien por el ojo de una aguja: ser bullicioso y entrometido, introducirse aprovechando cualquier ocasión para conseguir lo que se desea (Marcos 10, 25: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios"); ojo por ojo, diente por diente: alude a la venganza justiciera, que, de acuerdo con la ley del talión, imperante en la Antigüedad, justifica el castigo según el agravio (Éxodo 21, 23-25: "Pero si se sigue un daño, lo pagarás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe"; Mateo 5, 38: "Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente").

olla. las ollas de Egipto: se utiliza para recordar o referirse a tiempos pasados y mejores, en los que se tenían cubiertas las necesidades primarias. Proviene de cuando los israelitas, en su peregrinación por el desierto, al acentuarse sus penurias, recordaban con nostalgia el tiempo de esclavitud en Egipto: "Toda la comunidad de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos en torno a las ollas de carne y comíamos pan en abundancia! (Éxodo 16, 2-3).