Parece que también este año, pese a la sombra del coronavirus, habrá campamentos de verano, y podrán los niños disfrutar una temporada del contacto con naturaleza. Que ese ha sido tradicionalmente uno de sus atractivos principales, y acaso el más valorado a la hora de elegir.
También el de más provecho para los niños, provenientes en su gran mayoría de un entorno urbano ajeno a los ciclos de la vida natural. Niños que a lo mejor no saben lo que es dormir al aire libre, ni han visto nunca de cerca una vaca o una oveja, ni son capaces de distinguir un pino de una encina.
Lo bien que les irá a estos niños acostumbrarse a andar por el monte, buscar las sombras en la hora del calor, beber agua en un arroyo, escuchar el canto de los pájaros, observar las peripecias de un insecto... Y aprender de paso algo de la vida en el campo: la importancia de mirar al cielo, el paso de las horas marcado por la luz del sol, los variados entretenimientos que la naturaleza ofrece para pasar el tiempo. Claro que no les vendría mal tampoco aprender además algo de vocabulario, los nombres de los pájaros, por ejemplo, y a distinguir siquiera algunos, los más comunes, y lo mismo los árboles, que les sonarán de haberlos visto y estudiado en los libros de la escuela, el roble o el gorrión, pero seguro que les cuesta identificarlos en la realidad.
Podrían hacerse así una idea de lo que fue la infancia campesina que conocieron y vivieron todavía en algunos casos las generaciones anteriores, la de los padres tal vez vez no, pero sí la de los abuelos, que de niños tenían muchas veces que dejar de ir a la escuela para atender las labores del campo, y que en llegando a los catorce años se vieron obligados a ponerse a trabajar y a olvidarse para siempre de los libros.
(La Razón, 20 de julio de 2020)
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jueves, 30 de julio de 2020
martes, 14 de julio de 2020
De copas y libros
Que, aplicado a las
circunstancias actuales, remite, como casi todo en estos tiempos de la nueva
normalidad, a la pandemia que no cesa. Y, en concreto, a las normas dictadas
para prevenirla y hacerle frente en dos ámbitos de la vida que muy poco tienen
que ver entre sí: el de los locales de ocio nocturno y el de las bibliotecas (quede
para otra ocasión lo de las escuelas).
A los primeros se les permitió
ya abrir, con determinadas limitaciones de aforo, en la tercera fase de la
desescalada; las segundas continúan cerradas al público y se limitan a ofrecer
el servicio de préstamo y devolución de libros.
Puede uno entender que los
locales de ocio nocturno forman parte del engranaje del turismo y, por
consiguiente, de la reactivación económica, y que, en este terreno, la cultura
lleva siempre las de perder. Pero si de lo que se trata es de prevenir
contagios y detener la propagación del virus, es decir, si prevalecieran las
razones sanitarias, la cosa cambia. Porque, tomando en consideración estas
últimas razones, a nadie se le escapan las enormes diferencias entre unos y
otras. La distancia de seguridad, pongamos por caso, y la obligación de llevar
mascarilla, ¿dónde se guarda mejor? El riesgo de contagio, ¿dónde es más fácil,
en el ruidoso movimiento de uno de esos locales o en la quietud silenciosa de
una biblioteca? Que los libros, al tocarlos, pueden contagiar, dicen, y por eso
hay que reservarlos vía telemática y no está permitido que el usuario acceda a
las estanterías, ¿pero qué ocurre con las copas y los vasos y las mesas de una
discoteca?
Por no entrar en
consideraciones de otra índole, como la función social de lugar de estudio y
fomento de la lectura que cumplen las bibliotecas públicas, que en 2018 –últimos datos disponibles– acumularon en Catalunya un total de
9.648.051 libros prestados, con 24,5 millones de visitantes.
(La Razón, 13 de julio de 2020)
viernes, 10 de julio de 2020
En la residencia (y II)
–Sola
estaba fuera y sola estoy también aquí. Somos muchos, cerca de cuarenta, pero
estamos solos. Y eso es lo peor de todo, la soledad. Y el no tener ilusión por
lo que vaya a venir. Como si el día de mañana no existiera, ¿sabe usted? Que
casi podría decir que vive una de lo que ha sido, todo el santo día dándole
vueltas a la memoria. No me acuerdo ya de lo que hice ayer pero cada vez se me
representan más a lo vivo las cosas del pasado, que se me ponen ahí delante
como si las estuviera viendo.
La
señora Antonia, contraviniendo el reglamento, está sentada en un rincón del
pasillo –la silla la ha traído del
comedor–, de cara al ventanal que da al jardín. Llueve, y ella
contempla en silencio el alboroto que se trae el aire con las hojas y sigue con
detenimiento el recorrido caprichoso de alguna gota de agua en el cristal.
–¡Con
lo que me gustaba a mí sentarme al lado del balcón en mi casa cuando llovía...!
Por eso no me he podido resistir y he venido aquí. Hasta que se den cuenta y me
manden para dentro. ¿Qué cómo me va en la residencia, me pregunta? Se lo
diré... ¿Sabe usted lo que es un guardamuebles? Pues esto lo mismo, solo que de
personas. O sea, un guardaviejos. Viejos que sobran y son un estorbo, como una
servidora. Tres hijos crié, y aquí me tiene. Aunque no quiero decir que tengan
ellos la culpa, no. Son estos tiempos de tanto cambio, y el mundo, que parece
trastornado. Porque antes, ¿sabe usted?, a los viejos, como yo digo, se les
cuidaba en casa, y cuanto más viejos más respeto se les tenía, y en casa
esperaban tranquilamente a que les llegara la hora. Pero, claro, eran otros
tiempos, y de qué nos sirve ahora lamentarnos...
(La Razón, 5 de julio de 2020)
lunes, 6 de julio de 2020
En la residencia (I)
Es por la
tarde, y en la residencia se oye solo el murmullo de la televisión y algún
portazo.
No hay
visitas, no se puede salir al jardín y el señor Ramón se ha pasado todo el día
dando vueltas de un sitio para otro sin saber qué hacer. Antes, por la mañana, leía
un rato el periódico, luego coloreaba los dibujos de unas láminas, más tarde
asistía con desgana a la sesión de ejercicios corporales, después de comer echaba
un poco de siesta, a continuación jugaba una partida de cartas y otra al dominó
y a la hora de las visitas se apostaba lo más cerca de la entrada que podía. En
vano, porque nunca tenía ninguna y acababa por irse a la sala a ver la
televisión hasta la hora de cenar.
–Ya
ve usted, aquí solos todo el día. Y así todos estos meses, que ya no sabe uno
qué pensar. Casi cincuenta años de trabajo en la fábrica, desde que a los
quince entré como aprendiz y la dejé siendo encargado, y ya ve. No es que me
queje, que a otros les ha ido peor, lo sé, pero es que esto no es vida. Me
atienden, sí, y me dan de comer y todo lo que usted quiera, pero estoy sujeto a
todas horas, desde que me levanto hasta que me acuesto. Mismamente como un
pajarín enjaulado, eso es, que le dan el agua y el alpiste pero no puede volar.
Que hay que vivirlo para saber lo que es esto, un día y otro día haciendo
siempre las mismas cosas. Y ahora con lo del dichoso coronavirus, encerrados
que casi no nos dejan salir de la habitación. Para que luego digan algunos que
hasta tengo suerte de poder estar aquí. ¡Si los de antes, mi padre por ejemplo,
o mi abuelo, levantaran la cabeza y vieran dónde acabamos ahora cuando llegamos
a viejos...!
(La Razón, 29 de junio de 2020)
miércoles, 1 de julio de 2020
Primavera desatendida
Vino este año más callada
que de costumbre y, encerrados como estábamos en casa, nadie salió a recibirla
a los caminos. Entró de puntillas por las calles y, al verlas desiertas, se
volvió a su escondrijo a consultar el calendario, por si se había equivocado de
fecha. Pero nos trajo los días buenos, vistió los árboles y el campo, multiplicó
los pájaros y se esforzó luego todo lo que pudo por hacernos más llevadero el
largo tiempo de espera.
No la cantan ya los
poetas, que son todos de sensibilidad urbana y en cuanto oyen hablar de las
cosas del campo apagan el ordenador.
Tampoco la describen los
niños en sus redacciones escolares, porque no es un tema que propicie una
reflexión sobre valores, actitudes y normas, y mucho menos sobre estereotipos y
prejuicios socioculturales, que es lo que se estila.
Pero será siempre la
estación más bonita del año, porque con ella vuelve la vida al mundo natural,
que es nuestro espejo.
Ayer se despidió, y nos
deja el mundo un poco mejor de lo que a su llegada lo encontró, con los niños
jugando otra vez en los parques, las calles llenas de gente y las fechas azules
del verano asomadas a la ventana del calendario (y allá en mi tierra la flor
del espino albar, la más guapa de todas porque es la más humilde y
natural).
Y en hora buena vuelvas,
primavera...
Aunque, cuando eso
ocurra, habrán pasado ya doce meses, y seremos un poco más viejos, y se nos
habrán ido cayendo por el camino algunas hojas, quién sabe si de las amarillas
que caen a su debido tiempo o de las verdes que se desprenden de las ramas
cuando aún no les corresponde, pero, pase lo que pase, te estaremos esperando
con renovadas ilusiones y pondremos en tu llegada las mismas esperanzas que
ponen los pájaros y los árboles y las fuentes.
martes, 23 de junio de 2020
Como un sueño
Tanto
lo había deseado que le parecía imposible que algún día fuera a suceder. Andar
por los caminos, perderse en el monte. Lo que antes era la rutina del fin de
semana convertido ahora en todo un acontecimiento. Tres meses como tres siglos
esperando que llegara. Una brecha en el tiempo que no terminaba de cicatrizar.
Salir
a la carretera. Las molestias del tráfico, que han dejado de serlo. El coche como
un aliado. Le salvaguarda y le lleva. Para qué correr, no hay prisa por llegar
si el viaje se hace en libertad. Ahí está el espectáculo siempre nuevo y
cambiante del paisaje. Solo cuando se pierde una cosa se aprende a valorarla. En
los conductores que le adelantan advierte un gesto de complicidad.
Le
recibió, al bajar del coche, una de esas tardes del mes de junio que son sin
duda una de las mayores maravillas del mundo natural.
Los
primeros pasos, como un niño que estrenara unos zapatos nuevos. Y le vienen al recuerdo
los primeros días, cuando desde el balcón veía a los que caminaban encogidos
por la calle, mirando al suelo, como temerosos de estar infringiendo alguna
norma y que alguien les pudiera llamar la atención. Y la primera vez que se
atrevió a salir, con una bufanda por escudo, zigzagueando de la acera a la
calzada.
El
silencio del camino que regala el milagro de la calma. El aire hablando en voz
baja con las hojas nuevas de los árboles. Los olores que la lluvia, tan
aplicada esta primavera, le ha sacado al monte.
Pero
ningún regalo comparable al de la libertad.
Los
pájaros, que cantan por estar vivos, qué mejor motivo, y una lección que
podríamos aprender. En una encrucijada se desvió de la ruta. Le costó abrirse
paso por entre la maleza hasta llegar al alto.
Se
tumbó sobre la hierba y, mirando al cielo, se entretuvo durante un rato en
ponerles nombres a las nubes como hacía cuando era niño: ¡una isla, una
cordillera, una torre, un rebaño...! Y por unos momentos, al despertar, le
pareció que el coronavirus ya no estaba allí.
(La Razón, 15 de junio de 2020)
lunes, 15 de junio de 2020
Diccionario de un leído de aldea
M
madera.
Está hecha de una materia natural y es buena, confiada, noble y sin doblez.
maleta.
Había antes maletas que, de tanto viajar en tren, se equivocaban de estación. (Las
de hoy optan más bien por perderse en los aeropuertos.)
mandarina.
Mondarina, decía mi madre, corrigiendo con gracia y tino la forma de la palabra
de acuerdo con el fruto al que designa, tan fácil de mondar.
mano. 1
Dudaba entre poner la mano en el fuego o agarrarse a un clavo ardiendo. 2 Es la
palabra a la que más espacio y atención dedica el diccionario. Y nada tiene de
extraño: se valen también de ella los animales (muy en particular el elefante, al
que le sirve de trompa) y puede encontrarse a cualquiera de los dos lados del
que habla o trata de orientarse, en el mazo del mortero, en las paredes recién
pintadas (una sola o más de una), en los juegos de azar… La mano es capaz de
hacerse pasar por habilidad y tacto (con los niños, por ejemplo), por
influencia y poder (verbigracia en una empresa), teniendo en esto ventaja la
izquierda, particularmente si se trata de resolver con astucia situaciones
difíciles. Ser la mano derecha de alguien reporta quizá más beneficios que ser
mano de obra, y tenerla de santo para encontrar remedios eficaces cuando haya
necesidad es aún mejor que tenerla, habitual y simplemente, buena. Varía mucho
según sea el calificativo que se le aplique: mano blanda, mano diestra, mano dura,
mano larga, mala mano, de primera o de segunda mano… Del mismo modo es
diferente si se va por ahí con ellas cruzadas, vacías, llenas, con una en el
corazón o una sobre la otra, con una delante y otra detrás o con las dos en la
cabeza. Si dejar a alguien de la mano no está bien, peor es encontrarle luego
dejado de la de Dios, y acaso sea preferible que algo se nos vaya de las manos
a que se lo quitemos a otro de las suyas. Y si nunca está bien que dos lleguen
o vengan a las manos, más reprobable es untárselas a un tercero con ánimo de
obtener secretos beneficios; y si se ve uno obligado a lavárselas, que sea en
verdad porque no ve claro el asunto, no vaya a suceder que, por desentenderse y
no querer saber nada, se las aten por la fuerza al inocente.
mañana.
Esta de marzo, azul y, de tan clara, sin esquinas.
mapa.
Por donde viajan los niños (y los pobres).
mar.
Ver el mar fue durante toda su vida el sueño de mis abuelos, pero se murieron,
como tantos otros campesinos de su misma edad y condición, sin verlo cumplido.
Y eso que lo tenían en Ribadesella a 140 kilómetros por carretera.
marear.
Todavía hay personas que se resisten a viajar en automóvil porque tienen miedo
a marearse.
margarita.
Algunas margaritas silvestres se habían asomado entre la hierba para ver si
llegaba ya la primavera. Anoche bajó la helada y han amanecido hoy las pobres
con la cabecilla ladeada, el tallo tembloroso, diminutas, vueltos sus pétalos
abrasados al suelo, avergonzadas de su temprana temeridad.
mariposa.
Cuenta las sílabas de un verso y se posa en una flor, y así se pasa todo el
día, haciendo rimas.
máscara.
La cáscara con que se cubren algunas personas (véase cáscara).
médico.
Hasta hace un par de siglos, matasanos.
memoria. 1
El río de la vida. 2 Las veredas de la memoria son amarillas, el color del
tiempo viejo y olvidado. 3 La memoria, que es olvidadiza y en ocasiones
traicionera, porque no siempre está atenta y con demasiada frecuencia se
distrae…: por eso omite y descuida muchas más cosas de las que recuerda. 4 “Si
la memoria no me engaña…”: curiosa manera de quitarse la responsabilidad de
encima y echarle la culpa a otro. 5 ¡La memoria, que tantas ilusiones inventa
con el fin de consolarnos! 6 "Déjame en paz, memoria; no me cuentes mi
vida" (Miguel d'Ors, La imagen de su
cara)
meñique.
En el dedo meñique guardan las manos por la noche todas las caricias que no han
regalado durante el día (véase caricia).
mercado.
Sócrates, en la puerta del mercado de Atenas: “¡Cuántas cosas hay aquí que yo
no necesito”, y se marchó.
metáfora. Un ejemplo: el burro de un pastor atado a la puerta de una cantina.
metamorfosis. No cambian las montañas,
pero sí los ojos que las admiran; es el mismo cielo, pero no el cristal con que
se observa; andamos los mismos caminos, pero son otros los pasos que nos guían.
microrrelato.
Suspiro de relato. Se me han ocurrido así de pronto estos dos, Luna robada y El primer recuerdo. El primero es una variante de la entrada 2 de
luna (véase): Este era un niño que una tarde subió a
la montaña más alta y esperó allí a que saliera la luna. Y cuando llegó donde
él estaba, la cogió y la guardó en la mochila. A ver qué decían ahora en casa
cuando les pidiera algo, pensó. El segundo, como reza el título, podría ser mi
primer recuerdo: Recordaré siempre las primeras palabras que dije nada más
nacer: –¡Qué frío! ¡Con lo bien que se estaba ahí dentro!
miedo. 1
El de la gota de lluvia que se agarra desvalida con todas sus fuerzas a la rama.
2 El del hilo cuando se resiste a pasar por el ojo de la aguja.
miel.
La luz de color miel de las tardes de otoño.
milagro.
Solo los que han sufrido una desgracia creen, y por poco tiempo la mayoría de
las veces, en los milagros.
minuto.
Las horas pasan, los minutos marchan en fila india, los segundos huyen a la
desbandada.
mirada.
Esas que por discreción desviamos cuando a medio camino se encuentran con los
ojos de la persona a quien iban dirigidas, ¿adónde van, y quién las apaga del
todo?
misterio. 1
Por ejemplo: ¿quién descubrió el mar? Otro: ¿de qué color es el cristal con que
mira Dios las cosas? Y uno más: ¿quién mató a Caín? 2 La ciencia y la razón son
sus enemigas, y amenazan con enterrarle.
modestia.
Es tan modesta que nadie repara en ella, ni se acuerda de practicarla.
mojigato, ta.
La palabra en sí es simpática, y muy curiosa etimológicamente por cuanto es
fruto de la unión de mojo y gato, dos formas distintas de nombrar al mismo
animal. Se aplica a las personas de naturaleza en apariencia humilde y mansa,
pero en realidad astuta y traicionera, y no pareciendo bastante con mencionar
el nombre del felino una sola vez se optó por repetirlo, para que no hubiera
dudas al respecto y quedara bien claro el significado.
montaña.
Los huesos de la tierra.
monte.
El sol no se fía de los que andan por los montes y por eso de vez en cuando
aparta las hojas de los árboles con el dedo.
moño.
Límite –o
línea roja, como se dice ahora– de la indignación.
moquero.
Pañuelo para limpiarse los mocos.
morcilla.
Para buena, la reventona.
morir.
Morir durante un paseo solitario bajo la nieve, acaso sea esa una de las
maneras más dignas y bellas de pasar ese trance.
mosca.
Las de septiembre son las más impertinentes y ofensivas porque se saben las
últimas de la estirpe.
muerte.
1 Lo más terrible de la muerte es la certeza absoluta de que nunca nadie nos
contará cómo nos sobrevino, ni lo que se dijo de nosotros después. 2 La fecha más
trascendental de nuestra vida, que jamás sabremos. 3 Con qué naturalidad y
despreocupación hablamos de ella cuando no nos atañe, ni a los nuestros. 4 Ese
hueco inquietante y esa cifra desconocida en el paréntesis que póstumamente
resume una vida (1952- ). 5 “…pero más
intensa es la muerte, la alta recompensa de la vida” (J. Keats).
mujer. Sostiene
un amigo que, a una determinada edad, lo que más aprecian los hombres en las
mujeres no es ya la belleza sino la bondad.
mula.
Es terca por no dejar en mal lugar al dicho (véase terco, ca).
muletilla.
La mula, para sostener la carga; la muleta, para apoyar el cuerpo; la
muletilla, para aguantar el tejado de la conversación.
mundo. 1
El mundo hay que mirarlo cada día con ojos nuevos. Ya lo dijo el poeta John
Keats: “La costumbre corrompe toda dicha”. 2 No decir nunca: “el mundo en el
que nos ha tocado vivir”. 3 ¿Cómo quedará el mundo cuando hayan sucedido en él
todos los acontecimientos?
murera. Pequeño
montón de tierra que en sus ratos de entretenimiento levantan los ratones en
los prados o el pasto (de mur, nombre antiguo de ratón, del latín mus, muris,
de donde también musgaño, murciélago, propiamente “ratón ciego” y musaraña,
“ratón araña”).
musaraña.
1 Animalejo muy parecido al ratón. Etimológicamente, “ratón araña”, por la
creencia popular de que su mordedura es venenosa como la de la araña. 2 Nubecilla
que imaginamos en el aire o que se pone ante los ojos, muy útil para distraer
la atención.
musgaño.
Pequeño mamífero insectívoro, parecido a un ratón (véase murera).
música.
Un espino en primavera alborotado de ruiseñores al atardecer.
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