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martes, 4 de agosto de 2020

Los colores del verano

Los veranos de antes del coronavirus, que estiraban el tiempo y encogían el calendario. Se preveían con antelación en todas partes y eran un paréntesis anunciado que parecía, al entrar en él, que iba a tardar mucho en cerrarse. Adonde primero llegaban era a las escuelas, y los niños los llenaban de soles amarillos los últimos días de clase y los llevaban luego en la mochila bien aprendidos para casa.
Eran veranos luminosos y libres. La gente hacía planes que indefectiblemente se cumplían. Las fechas que se anotaban en las agendas se daban por seguras e inamovibles. Vacaciones, y abolidos los horarios. Las acostumbradas consignas: adiós a la rutina, el merecido descanso, también hay que disfrutar de la vida... Viajes que te sorprenderán, países que no puedes dejar de visitar, rutas con encanto. La promesa de que uno cumplirá lo que se ha propuesto y la seguridad de que al fin tendrá tiempo para hacer lo que más le gusta. Las mañanas que se pasan sin darse cuenta, la hora de la siesta con el runrún del Tour de Francia en la televisión, el paseo cuando baja el sol, las noches que no tienen prisa y qué más da si siempre amanece a la misma hora.
No asomaba ningún peligro por el horizonte, los riesgos estaban controlados y la incertidumbre vivía tranquila en las páginas del diccionario.
El verano de este año ya sabemos un poco cómo va a ser, con la sombra del tan nombrado sobrevolando por encima. Una sombra que se cierne también, de momento al menos, sobre los que están por venir, y piensa uno, tomando como referencia las dos últimas catástrofes de la historia contemporánea, si serán azules como los de los felices veinte que siguieron a la I Guerra Mundial y la gripe española, o más bien grises como los de los años cuarenta del siglo pasado tras la II Guerra Mundial. 

  (La Razón, 27 de julio de 2020)

jueves, 30 de julio de 2020

Campamentos de verano

Parece que también este año, pese a la sombra del coronavirus, habrá campamentos de verano, y podrán los niños disfrutar una temporada del contacto con naturaleza. Que ese ha sido tradicionalmente uno de sus atractivos principales, y acaso el más valorado a la hora de elegir.
También el de más provecho para los niños, provenientes en su gran mayoría de un entorno urbano ajeno a los ciclos de la vida natural. Niños que a lo mejor no saben lo que es dormir al aire libre, ni han visto nunca de cerca una vaca o una oveja, ni son capaces de distinguir un pino de una encina.
Lo bien que les irá a estos niños acostumbrarse a andar por el monte, buscar las sombras en la hora del calor, beber agua en un arroyo, escuchar el canto de los pájaros, observar las peripecias de un insecto... Y aprender de paso algo de la vida en el campo: la importancia de mirar al cielo, el paso de las horas marcado por la luz del sol, los variados entretenimientos que la naturaleza ofrece para pasar el tiempo. Claro que no les vendría mal tampoco aprender además algo de vocabulario, los nombres de los pájaros, por ejemplo, y a distinguir siquiera algunos, los más comunes, y lo mismo los árboles, que les sonarán de haberlos visto y estudiado en los libros de la escuela, el roble o el gorrión, pero seguro que les cuesta identificarlos en la realidad.
Podrían hacerse así una idea de lo que fue la infancia campesina que conocieron y vivieron todavía en algunos casos las generaciones anteriores, la de los padres tal vez vez no, pero sí la de los abuelos, que de niños tenían muchas veces que dejar de ir a la escuela para atender las labores del campo, y que en llegando a los catorce años se vieron obligados a ponerse a trabajar y a olvidarse para siempre de los libros.

 (La Razón, 20 de julio de 2020)

martes, 14 de julio de 2020

De copas y libros


Que, aplicado a las circunstancias actuales, remite, como casi todo en estos tiempos de la nueva normalidad, a la pandemia que no cesa. Y, en concreto, a las normas dictadas para prevenirla y hacerle frente en dos ámbitos de la vida que muy poco tienen que ver entre sí: el de los locales de ocio nocturno y el de las bibliotecas (quede para otra ocasión lo de las escuelas).
A los primeros se les permitió ya abrir, con determinadas limitaciones de aforo, en la tercera fase de la desescalada; las segundas continúan cerradas al público y se limitan a ofrecer el servicio de préstamo y devolución de libros.
Puede uno entender que los locales de ocio nocturno forman parte del engranaje del turismo y, por consiguiente, de la reactivación económica, y que, en este terreno, la cultura lleva siempre las de perder. Pero si de lo que se trata es de prevenir contagios y detener la propagación del virus, es decir, si prevalecieran las razones sanitarias, la cosa cambia. Porque, tomando en consideración estas últimas razones, a nadie se le escapan las enormes diferencias entre unos y otras. La distancia de seguridad, pongamos por caso, y la obligación de llevar mascarilla, ¿dónde se guarda mejor? El riesgo de contagio, ¿dónde es más fácil, en el ruidoso movimiento de uno de esos locales o en la quietud silenciosa de una biblioteca? Que los libros, al tocarlos, pueden contagiar, dicen, y por eso hay que reservarlos vía telemática y no está permitido que el usuario acceda a las estanterías, ¿pero qué ocurre con las copas y los vasos y las mesas de una discoteca?
Por no entrar en consideraciones de otra índole, como la función social de lugar de estudio y fomento de la lectura que cumplen las bibliotecas públicas, que en 2018 últimos datos disponibles acumularon en Catalunya un total de 9.648.051 libros prestados, con 24,5 millones de visitantes.
 (La Razón, 13 de julio de 2020)

viernes, 10 de julio de 2020

En la residencia (y II)


Sola estaba fuera y sola estoy también aquí. Somos muchos, cerca de cuarenta, pero estamos solos. Y eso es lo peor de todo, la soledad. Y el no tener ilusión por lo que vaya a venir. Como si el día de mañana no existiera, ¿sabe usted? Que casi podría decir que vive una de lo que ha sido, todo el santo día dándole vueltas a la memoria. No me acuerdo ya de lo que hice ayer pero cada vez se me representan más a lo vivo las cosas del pasado, que se me ponen ahí delante como si las estuviera viendo.
La señora Antonia, contraviniendo el reglamento, está sentada en un rincón del pasillo la silla la ha traído del comedor–, de cara al ventanal que da al jardín. Llueve, y ella contempla en silencio el alboroto que se trae el aire con las hojas y sigue con detenimiento el recorrido caprichoso de alguna gota de agua en el cristal.
–¡Con lo que me gustaba a mí sentarme al lado del balcón en mi casa cuando llovía...! Por eso no me he podido resistir y he venido aquí. Hasta que se den cuenta y me manden para dentro. ¿Qué cómo me va en la residencia, me pregunta? Se lo diré... ¿Sabe usted lo que es un guardamuebles? Pues esto lo mismo, solo que de personas. O sea, un guardaviejos. Viejos que sobran y son un estorbo, como una servidora. Tres hijos crié, y aquí me tiene. Aunque no quiero decir que tengan ellos la culpa, no. Son estos tiempos de tanto cambio, y el mundo, que parece trastornado. Porque antes, ¿sabe usted?, a los viejos, como yo digo, se les cuidaba en casa, y cuanto más viejos más respeto se les tenía, y en casa esperaban tranquilamente a que les llegara la hora. Pero, claro, eran otros tiempos, y de qué nos sirve ahora lamentarnos...


 (La Razón, 5 de julio de 2020)

lunes, 6 de julio de 2020

En la residencia (I)


Es por la tarde, y en la residencia se oye solo el murmullo de la televisión y algún portazo.
No hay visitas, no se puede salir al jardín y el señor Ramón se ha pasado todo el día dando vueltas de un sitio para otro sin saber qué hacer. Antes, por la mañana, leía un rato el periódico, luego coloreaba los dibujos de unas láminas, más tarde asistía con desgana a la sesión de ejercicios corporales, después de comer echaba un poco de siesta, a continuación jugaba una partida de cartas y otra al dominó y a la hora de las visitas se apostaba lo más cerca de la entrada que podía. En vano, porque nunca tenía ninguna y acababa por irse a la sala a ver la televisión hasta la hora de cenar.
–Ya ve usted, aquí solos todo el día. Y así todos estos meses, que ya no sabe uno qué pensar. Casi cincuenta años de trabajo en la fábrica, desde que a los quince entré como aprendiz y la dejé siendo encargado, y ya ve. No es que me queje, que a otros les ha ido peor, lo sé, pero es que esto no es vida. Me atienden, sí, y me dan de comer y todo lo que usted quiera, pero estoy sujeto a todas horas, desde que me levanto hasta que me acuesto. Mismamente como un pajarín enjaulado, eso es, que le dan el agua y el alpiste pero no puede volar. Que hay que vivirlo para saber lo que es esto, un día y otro día haciendo siempre las mismas cosas. Y ahora con lo del dichoso coronavirus, encerrados que casi no nos dejan salir de la habitación. Para que luego digan algunos que hasta tengo suerte de poder estar aquí. ¡Si los de antes, mi padre por ejemplo, o mi abuelo, levantaran la cabeza y vieran dónde acabamos ahora cuando llegamos a viejos...!


    (La Razón, 29 de junio de 2020)

miércoles, 1 de julio de 2020

Primavera desatendida


Vino este año más callada que de costumbre y, encerrados como estábamos en casa, nadie salió a recibirla a los caminos. Entró de puntillas por las calles y, al verlas desiertas, se volvió a su escondrijo a consultar el calendario, por si se había equivocado de fecha. Pero nos trajo los días buenos, vistió los árboles y el campo, multiplicó los pájaros y se esforzó luego todo lo que pudo por hacernos más llevadero el largo tiempo de espera.
No la cantan ya los poetas, que son todos de sensibilidad urbana y en cuanto oyen hablar de las cosas del campo apagan el ordenador.
Tampoco la describen los niños en sus redacciones escolares, porque no es un tema que propicie una reflexión sobre valores, actitudes y normas, y mucho menos sobre estereotipos y prejuicios socioculturales, que es lo que se estila.
Pero será siempre la estación más bonita del año, porque con ella vuelve la vida al mundo natural, que es nuestro espejo.
Ayer se despidió, y nos deja el mundo un poco mejor de lo que a su llegada lo encontró, con los niños jugando otra vez en los parques, las calles llenas de gente y las fechas azules del verano asomadas a la ventana del calendario (y allá en mi tierra la flor del espino albar, la más guapa de todas porque es la más humilde y natural). 
Y en hora buena vuelvas, primavera...
Aunque, cuando eso ocurra, habrán pasado ya doce meses, y seremos un poco más viejos, y se nos habrán ido cayendo por el camino algunas hojas, quién sabe si de las amarillas que caen a su debido tiempo o de las verdes que se desprenden de las ramas cuando aún no les corresponde, pero, pase lo que pase, te estaremos esperando con renovadas ilusiones y pondremos en tu llegada las mismas esperanzas que ponen los pájaros y los árboles y las fuentes.
    (La Razón, 22 de junio de 2020)

martes, 23 de junio de 2020

Como un sueño


Tanto lo había deseado que le parecía imposible que algún día fuera a suceder. Andar por los caminos, perderse en el monte. Lo que antes era la rutina del fin de semana convertido ahora en todo un acontecimiento. Tres meses como tres siglos esperando que llegara. Una brecha en el tiempo que no terminaba de cicatrizar.
Salir a la carretera. Las molestias del tráfico, que han dejado de serlo. El coche como un aliado. Le salvaguarda y le lleva. Para qué correr, no hay prisa por llegar si el viaje se hace en libertad. Ahí está el espectáculo siempre nuevo y cambiante del paisaje. Solo cuando se pierde una cosa se aprende a valorarla. En los conductores que le adelantan advierte un gesto de complicidad.
Le recibió, al bajar del coche, una de esas tardes del mes de junio que son sin duda una de las mayores maravillas del mundo natural.
Los primeros pasos, como un niño que estrenara unos zapatos nuevos. Y le vienen al recuerdo los primeros días, cuando desde el balcón veía a los que caminaban encogidos por la calle, mirando al suelo, como temerosos de estar infringiendo alguna norma y que alguien les pudiera llamar la atención. Y la primera vez que se atrevió a salir, con una bufanda por escudo, zigzagueando de la acera a la calzada.
El silencio del camino que regala el milagro de la calma. El aire hablando en voz baja con las hojas nuevas de los árboles. Los olores que la lluvia, tan aplicada esta primavera, le ha sacado al monte.
Pero ningún regalo comparable al de la libertad.
Los pájaros, que cantan por estar vivos, qué mejor motivo, y una lección que podríamos aprender. En una encrucijada se desvió de la ruta. Le costó abrirse paso por entre la maleza hasta llegar al alto.
Se tumbó sobre la hierba y, mirando al cielo, se entretuvo durante un rato en ponerles nombres a las nubes como hacía cuando era niño: ¡una isla, una cordillera, una torre, un rebaño...! Y por unos momentos, al despertar, le pareció que el coronavirus ya no estaba allí.
    (La Razón, 15 de junio de 2020)