Seguidores

lunes, 22 de julio de 2019

El verano


A mediados de junio se acababa la escuela y empezaba el verano, que era una sucesión de días azules que no iba a terminar nunca.

El verano entonces, cuando el mundo estaba bien hecho y las horas se detenían lo que les daba la gana en los relojes, eran las cerezas, que coloreaban en apretados racimos en las huertas que rodeaban el pueblo; y si no las teníamos propias, las buscábamos de noche en finca ajena, vigilando uno que no viniera el amo mientras los demás tiraban de las ramas bajeras, que solían ser las más castigadas por la codicia de los viandantes, por eso a veces no había más remedio que trepar tronco arriba hasta la copa, donde se ofrecían siempre las mejores, las más gordas y maduras, también las más dulces, de ahí que fueran las preferidas de los pájaros.

El verano eran los partidos de fútbol, con pelota de goma (los balones de cuero, o de reglamento, tardaron unos años en llegar, y los traía solo algún veraneante para darnos envidia), en las eras al mediodía mientras los mayores dormían la siesta, o los domingos por la tarde en alguna pradería del contorno, con improvisadas porterías de dos palos clavados en el suelo.

El verano eran las labores de la recolección de la hierba y de la trilla en la era, con los ásperos paréntesis en que tocaba guardar el ganado, un día entero de exilio en el monte que se teñía de destierro si caía en festivo o conllevaba la obligación de dormir en el chozo, toda la noche oyendo los cencerros de las vacas que luego al volver a casa seguían resonando sin parar en la cabeza a todas horas hasta bien entrado el sueño.

El verano eran los días que galopaban cada vez más deprisa en el calendario en cuanto septiembre empezaba a amarillear en el horizonte.

                                           (La Razón, 14 de julio de 2019)

lunes, 15 de julio de 2019

Tiempo de eufemismos

Con la Guía de Comunicación Inclusiva para construir un mundo más igualitario, que armó un cierto revuelo cuando se editó el pasado mes de junio, el Ayuntamiento de Barcelona pretende desterrar una serie de expresiones y vocablos susceptibles de herir a determinados colectivos por contener ideas estereotipadas o transmitir prejuicios racistas, étnicos o culturales. Así, "inmigrante ilegal" debería ser sustituido por 'persona migrante', "negrito" o "persona de color", por 'persona negra', y términos como "inválido", "minusválido", "paralítico", "cojo" o "disminuido" se englobarían todos en 'persona con discapacidad física/persona con movilidad reducida'. Del mismo modo,  los ciegos o invidentes serían 'personas ciegas o con ceguera', y los locos o enfermos mentales, 'personas con problemas de salud mental'.
Es la apoteosis de los eufemismos, y los ejemplos vienen de lejos.
Primero fue criada o doncella, luego sirvienta, y ahora es subalterna, o empleada de hogar. Los porteros y porteras de toda la vida han ascendido a conserjes o empleados y empleadas de fincas urbanas. Se acabaron los viejos, que ahora son mayores o ancianos (lato sensu, jubilados), y los pobres, que se han transformado en desfavorecidos o en personas en riesgo de exclusión social, y los gordos, que son obesos o tienen sobrepeso. Y otro tanto ha ocurrido con los asilos, que se han convertido en residencias, las cárceles o prisiones, que han devenido en centros de readaptación social o instituciones correccionales o establecimientos penitenciarios donde se albergan internos, no presos, y los manicomios, un tiempo clínicas mentales y actualmente centros de salud mental.
Tampoco hay ya vejez, solo esa cursilería de la tercera edad.
Por no hablar del cese temporal de convivencia (separación o divorcio), la disfunción eréctil (impotencia), los residuos sólidos urbanos (basura), el tráfico de influencias (soborno), los daños colaterales (muerte de civiles), el crecimiento negativo (pérdidas), la regulación de plantilla o reajuste de personal (despidos) y el reajuste de precios (subida de los mismos).

           (La Razón, 8 de julio de 2019)

lunes, 8 de julio de 2019

Árboles de Barcelona


Si, como es sabido, fue la especie humana la que apareció en la vida de los árboles, y no al revés, los más de 300.000 que hoy adornan y oxigenan la ciudad de Barcelona deberían tener tanto o más derecho que nadie a vivir cómoda y tranquilamente en ella. Y también a respirar sano, y a ser tratados con el debido respeto, y a recibir los cuidados oportunos. Dos terceras partes de esa considerable arquitectura verde, o sea, 200.000, decoran y mitigan los rigores de calles y plazas, 30.000 sombrean los parques y el resto, en torno a 70.000, crecen en las zonas forestales.
Los hay de casi todas las especies: plátanos de sombra (como los 300 ejemplares, plantados hacia mediados del siglo XIX, que se alinean en la Rambla), encinas (por ejemplo, las 45 que arraigan en la mismísima plaza de Catalunya desde principios del pasado siglo), palmeras y acacias de diferentes clases, tilos, castaños, cipreses, magnolios, almeces, naranjos amargos, sauces llorones, arces, olmos, álamos, chopos, moreras, árboles del amor... También robles, algarrobos, fresnos y olivos (en el parque Cervantes), y hasta un tejo, en los jardines de la vieja Universidad.
Por no hablar de los pertenecientes a diversas especies exóticas: la casuarina o pino marítimo de Australia, el cedro del Himalaya (también el del Atlas y el del Líbano), el aligustre de Japón, el olmo de Siberia, el jabonero de la China, la séfora o árbol de las pagodas, la tipuana o palo rosa, el árbol de la seda o acacia de Constantinopla, el naranjo de Luisiana, el jacarandá y el palo borracho, originarios de Sudamérica...
Algunos de ellos, como el ginkgo de los jardines de la Universidad, plantado hacia 1900 y con más de 20 metros de altura, o el majestuoso ombú o bellasombra, de procedencia argentina, en la plaza de Francesc Macià, figuran entre los más emblemáticos de la ciudad.

                                            (La Razón, 1 de julio de 2019)

lunes, 1 de julio de 2019

San Juan, hacia 1610


Es la fecha aproximada en que llegan don Quijote y Sancho a Barcelona, al término de su tercer y último viaje.
Tras dejar la Mancha, atraviesan Aragón y entran en Cataluña. Nada más hacerlo, se encuentran con una partida de bandoleros y su capitán, Roque Guinart, que despierta la admiración de don Quijote por su sentido de la justicia. El bandolerismo era una realidad social en la Cataluña de la época, y bajo el nombre de Roque Guinart se alude a Perot Rocaguinarda, un personaje rigurosamente histórico y contemporáneo de Cervantes. Con los bandoleros conviven tres días y tres noches, y el propio Roque Guinart les conduce "por atajos y sendas encubiertas" hasta las puertas de Barcelona, a cuyas playas llegan la víspera de san Juan por la noche. Allí les sorprende la ruidosa algazara con que los barceloneses celebran el amanecer de un día de fiesta.
De la capital catalana, que contaba entonces con unos 33.000 habitantes, les llama la atención el bullicio de las calles, las galeras del puerto y, sobre todo, el mar, que ni don Quijote ni Sancho habían visto antes. En compañía de don Antonio Moreno, a quien Roque Guinart ha enviado una carta de recomendación para que los acoja en su casa, pasean por las calles, visitan una imprenta (probablemente, en la calle del Call) y una galera. Estando en esta última, suena la alarma de que se acerca un barco turco, el enemigo más temible del mundo cristiano en aquella época, y la galera, junto con otras dos, sale en su captura.
La estancia en Barcelona, la única ciudad que visita don Quijote, termina cuando, dos días después, el hidalgo es derrotado en la playa por el Caballero de la Blanca Luna (en realidad, su amigo el bachiller Sansón Carrasco, que ha recurrido a esta estratagema para curar su locura y obligarle a volver a su tierra).

                                                  (La Razón, 24 de junio de 2019)

lunes, 24 de junio de 2019

Se acabaron los suspensos

Primero fue el sistema numérico, o sea el del 0 al 10, el que dejó de servir. Era el que se había empleado toda la vida, pero se conoce que a algunos de los mandamases de entonces, principios de los años setenta del siglo pasado, les acometieron los pujos de la modernez y hala, a inventar nombres.
Conque aprovechando el alumbramiento de la EGB, en la que abrevaron las generaciones anteriores a la ESO, sustituyeron las cifras, más dúctiles y permisivas, pues consentían escalones intermedios (4,5, 7,5...), por letras, que no admitían matices. De este modo, el Muy deficiente desterró al 0 patatero, y de paso también al 1, el Deficiente engulló al 2 y al 3, el Insuficiente (bajo o alto, puntualizaban los profesores en las sesiones de evaluación) absorbió al 4, el 5 rascado se quedó en un Suficiente justo, el 6 pasó a ser un Bien, el 7 y el 8 ocuparon las difusas fronteras del Notable, el Sobresaliente adquirió los derechos del 9 y el 10 se reservó para la Matrícula de honor.
Vino luego la LOGSE y con ella los pedagogos, que en cuanto tuvieron mando y despachos se pusieron manos a la obra de llamar a las cosas por otros nombres. Cuanto más uniformadores mejor, como el famoso "Progresa adecuadamente" de la enseñanza primaria, que se llevó la palma en lo de anular diferencias (para los malpensados, igualar por abajo).
La llama que no cesa de los eufemismos, atizada por el empeño de los políticos en disfrazar el fracaso escolar, llega este curso en Cataluña a la enseñanza secundaria. Con la llamativa novedad de que los suspensos (palabra ya en desuso, lo mismo que aprobado) tendrán todos, sin distinción, la misma nota: "No assoliment" ("No consecución", de los objetivos, se supone).
Se empieza por cambiar el nombre y se termina por modificar o suprimir lo que designa.

   (La Razón, 17 de junio de 2019)

lunes, 17 de junio de 2019

Viajar

Colas de turistas  (y 11 muertos) para subir a lo alto del Everest, colas de visitantes para entrar en los museos, colas de viajeros en los aeropuertos. 
Viajar como si fuera  una obligación. Y a los mismos sitios, y por las mismas rutas señaladas, y todo programado.
Llegar, ver y fotografiar. Como si lo importante no fuera mirar sino haber estado allí.  Retratarse delante de un monumento y propagarlo al instante por el móvil para que todo el mundo tenga constancia. Que no se escape nada de lo que viene en las guías, que se pueda luego presumir en el trabajo y con las amistades de no haberse perdido ni un rincón.
Tener todo el día ocupado, sin un resquicio: ahora un museo, luego una ruta gastronómica, a continuación un garbeo por el barrio que sirve las mejores tapas, más tarde una incursión en lo étnico y cultural,  finalmente una travesía por las zonas del ocio y el esparcimiento nocturno... Que ya lo dijo Samuel Eto'o, el exjugador del Barcelona: "Si descanso, me canso".
Viajar, sí, que despeja la mente y airea el entendimiento y cura muchos males, pero de otra manera, más reposada y sin tantas pretensiones. Recorrer despacio las calles para ver pasar la vida y atisbar los afanes de las gentes. Buscar sitios que no vengan en las guías, visitar las ciudades que pasan desapercibidas en los mapas del turismo y conservan una pizca de lo que eran antes. Conocer pueblos pequeños donde no vaya nadie y se pueda andar tranquilo por el campo y perderse uno solo si quiere por los montes, pueblos sin rotondas pero con vacas y con pájaros,  pueblos donde viva gente que cuando llegan dos días de fiesta no tenga ganas de ir a ningún sitio y prefiera quedarse allí en su casa sin hacer nada,  descansando o aburriéndose  porque es donde está más  a gusto...

   (La Razón, 10 de junio de 2019)

lunes, 10 de junio de 2019

Barcelonas

Lo que daría uno por poder asomarse alguna vez al pasado, aunque fuera solo  por poco tiempo, lo justo para ver pasar la vida en un día cualquiera de una ciudad cualquiera. Barcelona,  por ejemplo,  un domingo como el del pasado 26 de mayo, por señalar una fecha destacada del calendario, con un tiempo de primavera que daba gloria (lució el sol por la mañana y por la tarde nos bendijo la lluvia) y los barceloneses acudiendo civilizadamente a los colegios electorales. 
¿Qué harían ese último domingo de mayo nuestros antepasados? Los de la Barcino romana, que tenían teatro, circo, foro y termas pero no murallas, de ahí que fuera destruida en el siglo III por los invasores francoalemanes; los de la Barcelona visigoda y cristianizada que en el siglo VIII se doblegó a la ocupación musulmana; los de la Barcelona, ciudad condal incorporada al imperio carolingio, que allá  por el año 1000 se acercaba a los 20.000 habitantes; los de la Barcelona medieval del Consell de cent y de los gremios que era ya puerta abierta al Mediterráneo...
En todas esas Barcelonas, y en las que vinieron después, la de la actividad menestral y mercantil, la que una vez derribadas las murallas llegó a los 115.000 habitantes a finales del siglo XVIII, ¿cómo vestirían, en qué emplearían su tiempo, cuáles serían sus preocupaciones, de qué hablarían, y en qué lenguas? Y lo mismo en la Barcelona fabril e industriosa de la época del Ensanche que no tardó en absorber los pueblos colindantes (Sants en 1885, Gràcia, Sant Gervasi, Les Corts, Sant Martí y Sant Andreu en 1897, Horta en 1904, Sarrià en 1921), y en la de los conflictos obreros de principios del siglo XX, y en la que por esa misma época empezó a convertirse en ciudad de acogida de inmigrantes venidos de otras regiones españolas y, posteriormente, de todas partes del mundo...

                        (La Razón, 3 de junio de 2019)