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lunes, 17 de diciembre de 2018

Recortes de exigencia


Se les señala, a los recortes de estos últimos años, como la causa de los males y estragos que padece, la enseñanza, me refiero, y concretamente la secundaria. Y no es del todo verdad.
Cuando el cronista, que algo sabe de ello, empezó a dar clase, hace cuarenta años, la ratio habitual era de treinta y tantos alumnos por aula en los cursos de bachillerato, el BUP se llamaba, y llegaba con frecuencia a los cuarenta y pico, y hasta los cincuenta en el viejo COU tan añorado.
Los únicos materiales pedagógicos con que contaban los profesores eran el libro de texto, la tiza y la pizarra. Los exámenes y cualquier otro material complementario los imprimía laboriosamente el conserje en una multicopista que dejaba las manos manchadas de tinta. Apenas se hacían fotocopias, y como mucho había en cada instituto un par de aulas habilitadas con proyector de diapositivas. Los alumnos no disponían de más herramientas que el susodicho libro de texto, el cuaderno y el estuche, y las únicas fuentes de información a su alcance eran los libros y enciclopedias de papel. Con todo, los resultados eran más que aceptables.
¿Qué pasó después? Pues, resumiendo, que unos señores en sus despachos empezaron a urdir una serie de directrices y leyes tendentes a rebajar el nivel de exigencia y menoscabar la cultura del esfuerzo con vistas a atenuar o maquillar las alarmantes estadísticas de fracaso escolar que ni la introducción de las nuevas tecnologías ni la disminución de la ratio de alumnos eran capaces de contener.
A lo mejor ahí, y no solo en los recortes también, naturalmente, en los cambios sociales, tan complejos, y en la unificación de los estudios obligatorios hasta los 16 años, es donde habría que buscar la raíz de los males, que deberían ser atendidos con prontitud porque son graves y nos afectan a todos.

                                               (La Razón, 10 de diciembre de 2017)

lunes, 10 de diciembre de 2018

Lenguas de señas


O lenguas de signos, que es la denominación habitual en España. Esto es, lenguas que se expresan mediante gestos y son percibidas  visual y espacialmente. Como la de los sordos, que es la más conocida.
Entre los precursores de dichas lenguas se cita siempre a fray Pedro Ponce de León (1508-1584), monje benedictino leonés, y a Juan Pablo Bonet (1573-1633), pedagogo y logopeda aragonés, autor de Reducción de las letras y arte para enseñar a hablar a los mudos (1620), considerado como el primer tratado moderno de enseñanza mediante señas alfabéticas configuradas manualmente. La obra, que se tradujo a los principales idiomas, sentó las bases del alfabeto manual que se divulgó posteriormente por todo el mundo.
Al igual que las lenguas orales, también las lenguas de señas están sujetas a cambios y han evolucionado con el tiempo, dando lugar así a distintas variedades. De ahí que se clasifiquen en familias: hispano-francesa, británica, alemana, indo-pakistaní, árabe... De la primera, originada en la antigua lengua de señas francesa, se han derivado a su vez la americana, la mexicana, la moderna lengua de señas francesa, la italiana, la irlandesa y las lenguas de señas ibéricas. En plural estas últimas, porque tampoco en este caso el mapa lingüístico peninsular es uniforme y son tres las que conviven, además de la portuguesa: la lengua de signos española, catalana y valenciana.
Se calcula que hay en el mundo unas cincuenta lenguas de señas, con sus dialectos, y a los usuarios de unas y otras les resulta prácticamente imposible entenderse entre ellos.
Volviendo a fray Pedro Ponce de León y Juan Pablo Bonet, Barcelona honra su memoria con un monolito en la parte alta del Passeig de sant Joan, y la Casa de los Sordomudos, como celebración de sus 50 años de existencia, erigió en 1966 y en el mismo lugar una escultura en la que aparece fray Pedro enseñando a un niño sordomudo.


                                                                   (La Razón, 3 de diciembre de 2018)

lunes, 3 de diciembre de 2018

Maravillas de otoño


La lluvia, que este año ha sido particularmente generosa y aplicada. Aunque se haya excedido puntualmente en algunos sitios, no por eso deja la lluvia de ser civilizada. Da gusto ver cómo se queda después el campo, la cara de satisfacción que pone, y los árboles, cómo lucen, acabados de lavar. Y el contento de los pájaros, que oyen las gotas antes de que empiecen a caer y se avisan unos a otros para no perderse el espectáculo.
Esos claros, cuando el sol se afana por ser el amo del cielo y asoma un momento la cabeza entre las nubes, que son una bendición para la tierra y una delicia para los ojos. El aire se vuelve de color azul y pone en su sitio todas las cosas, dibujándolas y perfilando sus contornos como si estuvieran recién hechas: las calles y los edificios de las ciudades, y los contornos del paisaje hasta la raya del horizonte.
Los caminos, que dan ganas de quitarse los zapatos y andar descalzo sobre las hojas. Las hay amarillas, doradas, marrones, del color del oro viejo, del anaranjado del atardecer… Se amontonan igual que antiguas monedas sin valor y vagan por el aire como si fueran pensamientos sin dueño o pájaros asustados que estuvieran aprendiendo a volar. Un misterio parece que los árboles se desprendan de las hojas en vísperas del frío. Pero quién sabe, a lo mejor simplemente lo hacen para tener al viento entretenido, o porque les estorban para dormir el sueño del invierno que ya asoma.
El veranillo de san Martín (en recuerdo de san Martín de Tours, que partió su capa en dos para abrigar a un mendigo que tiritaba de frío; como recompensa, dice la leyenda, Dios le envió unos días de calor agradable), el rescate de las viejas costumbres interrumpidas por las vacaciones y el placer de volver a ponerse la ropa de abrigo.


                                                      (La Razón, 26/11/2018)

lunes, 26 de noviembre de 2018

Ortografía


Sucedió este verano, en las oposiciones a profesor de secundaria, FP y escuela de idiomas: el 9,6% de las 20.698 plazas convocadas quedó vacante. Por las faltas de ortografía en la mayoría de los casos, que rebajaron la calificación de un buen número de aspirantes.
Que se vuelva ahora a hablar de ello en determinados medios de comunicación da que pensar. Estaría bien si se hace con la intención de advertir sobre el problema y para que sirva de aviso a futuros opositores. Pero a uno le da por sospechar que pueden ser otras las intenciones. Las mismas con que se han aireado en los últimos tiempos las cifras y porcentajes de suspensos en la enseñanza: desdibujar el fracaso en vez de tratar de ponerle remedio, soslayar y disfrazar o solapar el problema en lugar de afrontarlo. ¿Que hay demasiados suspensos y es preciso mejorar las estadísticas? Se baja el nivel de exigencia y asunto concluido. 
Es de esperar que no ocurra lo mismo a la hora de evaluar a los futuros profesores. Porque estos han de ser los encargados de enseñar a sus alumnos a escribir (y hablar) con corrección. Algo que a lo mejor no hicieron con ellos, cuando las dichosas nuevas pedagogías empezaron a predicar la idea de que lo importante para el niño era que se expresara con libertad. La ortografía, que fue siempre motivo de orgullo (como la buena letra), se convirtió entonces en una traba, una cortapisa, una imposición. Y el día en que profesores y alumnos dejaron de considerar que era una obligación enseñarla y aprenderla comenzó el problema. De aquellas ideas, estos resultados.
Pero la cadena ha de cortarse por algún sitio, naturalmente el de los profesores, los cuales deben demostrar que conocen y aplican las normas ortográficas. Normas que no son un capricho sino una elemental convención asumida por todos los hablantes de una lengua.

                                      (Publicado en La Razón el 19 de noviembre de 2018)



lunes, 19 de noviembre de 2018

Una vieja cuestión


Saltó el otro día a los periódicos un informe sobre el preocupante número de horas que dedican los niños a ver la televisión.
¿A quién hay que echarle la culpa? ¿A los propios niños, que prefieren eso antes que otra cosa? ¿A los padres, porque les resulta más cómodo tenerlos así entretenidos? ¿A la sociedad culpable, desde Rousseau para acá, de tantos males, que, disimuladamente, teledirige ya la infancia con vistas a integrarla, como se decía en jerga de progresía, en el sistema establecido?
La realidad ofrece alguna explicación: muchos niños vuelven del colegio y están solos en casa, y qué van a hacer entonces sino encender la televisión, que es mucho más fácil que ponerse a leer un libro la estampa del niño lector parece de otra época o buscar por sí mismos la manera de entretenerse. Más fácil y cómodo incluso que salir a la calle, porque no pueden hacerlo solos y han de ir acompañados por un adulto protector. Y a los niños lo que les gustaría es eso, salir solos y encontrarse allí con sus amigos para corretear y jugar libres con ellos en la plaza y volver a casa con el tiempo justo para revisar los conocimientos adquiridos en clase (antes, hacer los deberes) y cenar.
Los niños, quién lo duda, necesitarían jugar más y ver menos la televisión, pero es difícil poner remedio a la situación. Que es más compleja de lo que parece, porque andan por el medio otros factores, como los horarios laborales o el entorno familiar; y, en lo de jugar, las actividades extraescolares que les apretujan las tardes como anticipo del modelo competitivo que en el futuro les aguarda. Convendría acaso preguntar a los pedagogos, pero andan todos ocupadísimos poniéndoles nombres nuevos a las cosas del saber.
¡Tiempos aquellos en que se pensaba que podría ser la televisión una herramienta didáctica!

                   (La Razón, 12 de noviembre de 2018)


lunes, 12 de noviembre de 2018

Filosofía



El Congreso aprobó recientemente que la filosofía vuelva a ser asignatura obligatoria en el bachillerato. Es una buena noticia. Y lo hizo además por unanimidad. Otra buena noticia, casi un milagro. Se conoce que esta vez los señores diputados dejaron de lado las razones políticas, siempre endebles y acomodaticias, y se guiaron por las, digámoslo así, filosóficas, que son, por naturaleza, sólidas y duraderas.
En la primera adolescencia estaba uno deseando llegar a los cursos en que se impartía filosofía, convencido de que iba a encontrar en ella una especie de elixir mágico con que remediar males y carencias, algún maravilloso conocimiento que permitía entender cabalmente todas las cosas. Estudiar filosofía equivalía a entrar en un mundo superior y reservado a quienes poseían los secretos de una ciencia que para todo tenía una explicación.
Acaso los adolescentes conectados de ahora no compartan esa ingenua convicción, pero dicen que la filosofía está de moda fuera de las aulas, y que mucha gente acude a ella y la demanda para aliviar las dolencias del vivir alborotado. Es otra buena noticia, y un buen síntoma. Porque la filosofía no curará a lo mejor las heridas de la vida, pero sí servirá al menos para mitigar el sentimiento de intemperie y la general desorientación que nos aquejan.
También, eso seguro, para aprender el arte de razonar y poner en práctica lo que la palabra en su sentido etimológico significa: amante de la sabiduría. Dio ejemplo de esto último uno de los grandes filósofos, Sócrates, que, mientras le preparaban la cicuta, aprendía un solo para flauta. "¿De qué te va a servir?", le preguntaron. Y respondió: "Para saberla antes de morir". Fue esta su última enseñanza. Otra es la de su frase más conocida, "Solo sé que no sé nada", toda una lección de humildad, pues sin duda el primer paso en el camino del saber es el reconocimiento de la propia ignorancia.

                                                       (La Razón, 5 de noviembre de 2018)

                                      

lunes, 5 de noviembre de 2018

A vueltas con el nomenclátor


El de Barcelona, que lo quieren alterar otra vez. Por la Avenida de Borbó en esta ocasión. Les desazona al parecer, a los que mandan en el Ayuntamiento, ese rótulo, y lo van a cambiar por 'Els Quinze', en recuerdo de los quince céntimos que costaba el tranvía que llegaba hasta allí a principios del siglo XX. Antes fue un almirante y ahora es una dinastía ("con una huella particularmente infausta y desafortunada en España y Cataluña", Pisarello dixit). Pero quién sabe, a lo mejor el día menos pensado la toman con otros de menor rango en el escalafón. Los escritores, por ejemplo. Hay precedentes. En Sabadell, sin ir más lejos, y hace poco más de un año. El poeta Antonio Machado fue el señalado. Por "españolista", argumentaron desde el consistorio. Se armó un revuelo y los impulsores del desaguisado no tuvieron más remedio que recular. Hasta se organizó luego un acto de desagravio, y ellos medio se apuntaron.

Claro que en Barcelona lo van a tener, si es que les da por ahí, muy complicado. Porque son más de sesenta los escritores en lengua castellana a los que la capital catalana ha honrado dedicándoles una calle, una plaza, un paseo o un jardín. Repartidos por toda la ciudad, y en todos los distritos, excepto el Eixample. Se lleva la palma el de Horta-Guinardó, que no tiene barrio sin su calle con nombre de escritor: Alfons el Savi, Campoamor, Jorge Manrique, Juan Valera, Calderón de la Barca, en la que confluye Alcalde de Zalamea... Le sigue Nou Barris, donde abundan los poetas: Antonio Machado, García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández... Vienen luego Gràcia (Bécquer, Pérez Galdós, Quevedo...), Sant Andreu (Garcilaso, Rubén Darío...), Sant Martí (Espronceda, Lope de Vega...) y Ciutat Vella: Jovellanos, Cervantes... Que da nombre también a un parque y que trajo a su don Quijote a Barcelona, de la que dijo, entre otros elogios, que era "archivo de la cortesía".

                                              (La Razón, 29 de octubre de 2018)