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lunes, 15 de octubre de 2018

Pensiones


Referiré un par de historias, verídicas y transcurridas en España: la primera oída en la niñez y la segunda leída en los periódicos.
1 Camina apoyado en dos muletas y a duras penas se puede valer por sí mismo. Va ya por los sesenta arriba y lleva tiempo, más de diez años, en ese estado. Sentado a la puerta de su casa ve pasar los días y las gentes que se afanan. Los conoce bien, los días y sus afanes, porque son los mismos que, hasta que le rindió la enfermedad, ocuparon toda su vida: arar y sembrar las tierras, segar la hierba de los prados, atender a los animales... Lo justo para ir tirando y guardar algún ahorro. De estos últimos tira ahora, qué remedio. Pero no se puede quejar, porque vive en su casa con una hermana, soltera como él, que cuida además un pequeño huerto y media docena de gallinas. Por eso respondió como respondió a la carta en que se le comunicaba que le había sido concedida una pensión: "que no podía aceptarla, que otros habría que la necesitaran más que él". Así con estas mismas palabras lo escribió sin titubear y muy convencido de que llevaba razón.
2 Su nombre es conocido más allá de los círculos en que se mueve, está acostumbrado a salir en los periódicos y en los últimos años se ha asomado alguna que otra vez a las pantallas de la televisión. A lo largo de su carrera profesional, dilatada en el tiempo y ligada inexorablemente a las finanzas, ha tenido siempre por horizonte las ventanas de un despacho. Le avalan su gestión y un sinfín de cargos. De algunos, muy a su pesar, se ha visto obligado a desprenderse. A otros, los más sustanciosos, se sigue aferrando. ¿Qué va a hacer él si no puede seguir ejerciendo? Pero la edad no perdona, y las intrigas, y los nombramientos que aguardan... En fin, que las circunstancias mandan, le ha llegado la hora de irse a casa y la empresa en pago a sus servicios le remunera con una generosa pensión dicen las malas lenguas que millonaria.

                                (Publicado en La Razón el 8 de octubre de 2018)



miércoles, 1 de agosto de 2018

Latines


A don Emérito le traté por vez primera hace ya una buena alforja de años, cuando estaba yo aún saliendo de la edad rapaz. Fue por el verano, en el pueblo, y con ocasión de pasear algunas tardes por la carretera con un tío cura y dos monjas, primas lejanas de mi padre. No era raro en esos paseos que se hablara a ratos de cosas altas del espíritu y de cosas bajas mundanas. Las monjas, como no estaban acostumbradas a andar por el campo, veían a Dios en cualquier detalle, en un roble copudo, en unas flores a la orilla de un arroyuelo, en una puesta de sol…, y don Emérito, con la aquiescencia del tío cura, las amonestaba y les advertía que corrían peligro de caer en panteísmo. Recuerdo que una de las monjas nada más oírlo preguntó si eso era una herejía y don Emérito le contestó que sí, y de las que pasaban inadvertidas, que eran las peores.
Y mira por dónde el discurrir de la casualidad me lo hizo tropezar este mismo verano pasado una mañana azul del mes de julio en la plaza de las Palomas de León.
–¿Quo vadis? –me preguntó después de saludarme con inusitada afabilidad.
Le hice un gesto vago y él me señaló con el mentón un banco vacío.
–Se conserva usted muy bien, don Emérito.
–La mesa regalada y la sana holganza. Ah, y los buenos libros que dan provecho. ¡Mens sana in corpore sano!
Don Emérito se acomodó a sus anchas en el banco, espantó con un aspaviento un corro de palomas y se puso a hurgar en las profundidades de la sotana.
–¿No se la quita nunca?
–¡Quia! ¿Me ves a mí disfrazado con el clergyman ese del Corte Inglés, o en atuendo de jubilado menestral?
De algún bolso disimulado por allá dentro extrajo goloso un paquete de Ducados.
In diebus illis fumaba cuarterón, y mira con lo que me tengo que conformar ahora.    
Aspiraba con fruición el humo y en el rostro se le dibujaba el ademán solemne de las hondas cavilaciones del espíritu.
–Pero, a sus años, tiene que mirar por la salud…
–Ñoñeces de los médicos, que andan empañados en que vivamos siempre en cuaresma. Gracias al tabaco tengo la cabeza bien ventilada, los pulmones no lo sé. Y si te rige la de aquí arriba lo demás también.
Don Emérito refunfuñó por lo bajo y se revolvió con pesadumbre para aplastar la colilla en el suelo.
–Pasa lo mismo que con el peso –continuó con tono quejoso–. ¿A qué santo tanta aprensión con las redondeces de la cintura? Acuérdate de que el mismísimo Tomás de Aquino apoyaba en la ladera de su estómago los libros cuando leía, y hasta dicen que el papel en que escribió la Summa. No de la dieta sino de la abundancia brotan los frutos de la sabiduría. ¡Primum vivere, deinde philosofari! 
Se quedó callado un momento y exclamó luego con voz tronante:
–¡Veinte kilos dice el galeno del hospital de Regla que me sobran, habrase visto ignorancia tanta! Se consagra el patrón escuálido de lo que encoge y se condena la chicha sabrosa que desborda: o tempora!, o mores!  
–Es que, don Emérito…–le interrumpí con tiento, y muy oportunamente, porque él, como averiguándome el pensamiento, prosiguió de esta manera:
–Sí, ya sé que la doctrina predica la frugalidad, y que no se aviene esta con un estómago generoso como el mío… Y que si el decoro clerical, y que si patatín y que si patatán… ¡Pamplinas! Lo único que lamento es esta figura con geometría de tonel que el espejo me devuelve, y que es la que tiene la culpa de que se me haya estropeado la buena caída de la sotana.
Un grupo de jubilados apostados en torno a un banco próximo se estaba empeñando en abrir un foro de discusión que principió con la política municipal y amenazaba con encumbrarse a la nacional, y don Emérito se soliviantó. Algunos transeúntes se detenían un momento, calibraban el alcance y contenido del improvisado debate, posaban fugazmente la vista en la sotana de don Emérito y se alejaban calle Mayor arriba sin tenerlas todas consigo.
–¡Anda, vámonos de aquí! –me conminó agarrándome del codo.
Por quién sabe qué secreta querencia pusimos rumbo sin mediar palabra ni previo acuerdo en dirección a los aledaños del Húmedo, y por el camino se me vino a la mente preguntarle a don Emérito si al fin su reiterada porfía por formar parte del cabildo catedralicio con el cargo de canónigo sochantre había obtenido el resultado apetecido, pero me detuve ahí, en el mero pensamiento, por si acaso se alteraba su andar pacífico.
–¿Entramos? –le invité al pasar por delante de una concurrida taberna que lucía en el cristal una copiosa lista de ofrecimientos.
–Que me place.
Lo hicimos después de dejar que escurriera el tropel atropellado de una jarca algo atolondrada de mozuelos.
–Dos copinas de orujo –se adelantó don Emérito al ademán del camarero–. Pero del bueno, ¿eh?
Y a renglón seguido, para calmar el mohín de sorpresa que a lo mejor no había sabido yo disimular:
–El orujo arranca las telarañas del esófago y orea los rincones del cerebro, ¿lo sabías?
Bebió la suya de un trago luego de alzarla fugazmente al techo como si fuera un cáliz:
In vino veritas –proclamó-. Ya lo dijo el sabio.
El camarero se acercó solícito, pero don Emérito le disuadió con toda la autoridad de su mano extendida:
Festina lente, Eutiquiano, que no ha bajado todavía la del desayuno.
Se ensimismó a continuación mientras rebuscaba otra vez en la sotana con qué entretener los dedos.
–¿Se puede? –y sin esperar la respuesta de Eutiquiano el camarero encendió con estudiada parsimonia otro cigarrillo.
Las volutas del humo le entrecerraban los párpados y, apercibido del carraspeo de un parroquiano contiguo, se apresuró a cambiar de postura y retraer momentáneamente al culpable bajo la palma de la mano.
–¿Para cuándo la jubilación, don Emérito?
Se me quedó mirando con una pizca de suspicacia.
–Para ayer –y se acercó sin más a la puerta, apagó la colilla en el cenicero de la entrada y volvió sacudiendo con garboso meneo la sotana.
Me miraba ahora de soslayo, complacido sin duda por el presumible desconcierto de su lacónica respuesta.
–Me jubilaron –confesó al cabo pesaroso–. Va ya para dos años. Tuve ciertas  diferencias con el obispo y la camarilla episcopal. Peccata minuta, pero ahí me tienen confinado en un convento consolando a un puñado de monjitas. Apartado de la feligresía seglar, que era lo mío. Y también de las clases en el seminario, por incitación a la iconoclastia según el informe del chupatintas diocesano. Pero qué le vamos a hacer: Sic transit gloria mundi!, como dice el Kempis.  
–He oído que sus sermones…
–Sí, ya sé que corren voces por ahí sobre el particular. Cada uno es libre de predicar según sus alcances, y qué tiene de malo hacerlo sobre la vida perdurable de allá arriba, o séase la parcelita en el paraíso, pero sin renunciar a la vida saludable de aquí abajo. O sobre la forma y manera de acomodar el vivir y el razonar, que es en los humanos lo más difícil. Sigo en esto mi máxima favorita: “Iguala con la vida el pensamiento”. Es un verso de Nicolás Fernández de Andrada, un gran poeta. ¿No lo leéis en las aulas? ¿No? ¡Así os salen de lelos y desnortados esos pobres adolescentes, ayunos del latín y de la poesía clásica!         
Seguimos luego hablando un rato de esto y de lo de más allá, hasta que don Emérito consultó el reloj, se llevó acto seguido las manos a la cabeza, soltó un improperio y se despidió con un precipitado abrazo.
Salutem plurimam! –me dijo desde la puerta.
Se fue él y me quedé yo, entretenido en revolver las aguas quietas del tiempo ido. Y por el río de la memoria abajo volví  a aquellos años rapaces en que el calendario litúrgico, el novenario y las festividades religiosas marcaban el paso de las estaciones: los Reyes y el aguinaldo; las candelas; la cuaresma, con el calvario al mediodía nada más salir de la escuela, los santos de luto en los altares y los viernes de ayuno y abstinencia; san José y su correspondiente novena (“Patriarca José bondadoso…”, se cantaba al final); la semana santa de viacrucis, oficios y carracas, que las campanas se quedaban mudas hasta el sábado de gloria; el rosario del mes de mayo; la novena del Sagrado Corazón y las flores del Corpus…
Y el latín, la lengua de Dios, que se bastaba por sí solo para dar realce al ceremonial litúrgico. Un ceremonial que prendía en los ojos niños porque tenía el misterio de los ritos sagrados, la magia de lo desconocido, el hechizo de lo incomprendido. Por eso asistíamos con admirada atención a los oficios religiosos, que no eran como lo son ahora sosos, desangelados y asépticos (sirva como demostración y ejemplo el recuento apresurado de las tareas asignadas a los monaguillos: encender y apagar las velas, acercar y retirar las vinajeras, tocar la esquila, levantarle la punta de la casulla en la consagración al celebrante, sostener la bandeja por debajo de la barbilla de los comulgantes sin rozarles el cuello, cargar con el misal abierto en el atril y cambiarlo del lado de la epístola al del evangelio haciendo a medio camino una genuflexión, preparar el incensario, ayudar a vestir y desvestir al sacerdote en la sacristía…).
¡El latín! La de palabras y expresiones que sin esfuerzo y a fuerza solo de oírlas y repetirlas aprendimos de esa lengua: oremus, repetía el señor cura en la misa levantando los brazos al cielo; acababa el introito y entonaba el gloria in excelsis Deo; lectio epistolae beati Pauli apostoli…, solía principiar la epístola; in illo tempore era el comienzo habitual del evangelio. Y venían luego el credo, y el sanctus, y el dominus vobiscum (et cum spiritu tuo, respondían los fieles) y el sursum corda (habemus ad dominum, era la réplica) del prefacio, y el orate, fratres, y el pater noster, y el agnus Dei (…qui tollis peccata mundi, así continuaba), y el corpus Christi con que se acompañaba el acto de la comunión, y así hasta acabar con el ite, missa est. Lo mismo ocurría por la tarde en el rosario en llegando a la letanía: domus aurea, turris eburnea, ianua coeli, stella matutina…, iba murmurando el señor cura, y ora pro nobis contestábamos desde los bancos.
También los cantos los distinguíamos por el nombre latino: el Pange lingua, el Te Deum, el Libera me, Domine, el Miserere, el Dies irae , el Tantum ergo (…sacramentum: “Tanto negro sacramento”, según cantaba una devota de Pedrosa del Rey, pueblo hoy sepultado bajo las negras aguas de un pantano), el Veni, Creator, el Salve, Regina…, y algún otro que se me queda en el tintero.
Y así otros muchos ejemplos si algunos impostergables quehaceres no me hubieran impedido continuar un rato más en aquella taberna de los aledaños del Húmedo tirando de los hilos del recordar. Pero, ay,  tempus fugit, que diría el susodicho, cuyo reencuentro sirvió para darle un hilván a esos hilos y a este escrito.

miércoles, 25 de julio de 2018

Libreta de apuntes



1
Homero, Cervantes, Mozart, Van Gogh... Se han ido y no saben que en el mundo que dejaron se sigue hablando de ellos, y se leen sus libros y se escuchan sus composiciones y se admiran sus cuadros... Es uno de los mayores misterios, y sobre todo una grandísima injusticia: que no puedan ser ellos testigos de que su nombre sigue vivo, de que perdura su memoria, de que aún hoy al cabo de los siglos su vida y su obra son objeto de estudio y curiosidad en casi todos los rincones de la tierra... Por alguna rendija habrían de poder asomarse de vez en cuando para verlo, o alguien tendría que tenerles informados de lo que aquí sucede con la herencia que dejaron... Aunque solo fuera para compensarles de los sinsabores y los infortunios y el temor a caer en el olvido que en vida padecieron. 
2
La tristeza siempre va por dentro.
3
Se va la luz de la tarde, y se va así todo lo que hemos sido y lo que nos parece que tenemos.
4
¿Qué hacemos aquí que no estamos en otra parte?
5
Fue pasar la tormenta y salieron todos los pájaros a cantar.
6
Los montes y los valles, la luz, el cielo, los ríos, las estrellas... estaban ya aquí mucho antes de que llegaras, y seguirán aquí cuando te vayas.
7
Sesenta y seis años: sesenta y seis veces que has visto llegar la primavera...
8
Era una de esas tardes que hace Dios cuando se acuerda de que aquí abajo viven las criaturas que él creó de la nada.

miércoles, 18 de julio de 2018

Muletillas de ahora (y otras cantinelas)


¿Vale?, alargando las sílabas y poniéndose gallito (¡qué distinto del clásico, en latín como saludo al principio de las cartas, 'que estés bien de salud', y para despedirse, '¡que sigas bien!'), y en castellano antiguo como equivalente de 'adiós' o 'salud, consérvate sano'.
¡Venga!, pronunciado así, con alarde de soltura y despreocupada simpatía, para despedirse.
¡Y punto pelota!: conclusivo, rotundo, tajante, incuestionable, radical...
De buen rollo, o buen rollito (¡no las digas nunca!).
Y estas otras, tan socorridas: dar la brasa; ponerse las pilas; cambiar de chip; ser un crack, o un friki, o un notas...
Y aún parece que siguen circulando otras: jo macho, jo tío (¡el parentesco universal: todo el mundo es tío o tía!), flipar (¡yo es que flipo, nene!), molar (¡cómo mola!)..., herederas de aquellas otras no tan lejanas, como, por ejemplo, cantidubi, guay (del Paraguay), demasié, rayar (no me rayes, ¿eh?), estar al loro, írsele a alguien la ollase me fue la olla, churri!), mogollón...
Por no hablar de ese diminutivo eufemístico (-ito/a) al que tantos bienintencionados acuden con la pueril intención de limar cualquier atisbo de ofensa o molestia, que todo lo desagradable hay que edulcorarlo: una faltita, un fallito, un puntito menos... (o sea, que los señores maestros han de corregir los acentitos, y los señores curas absolver los pecaditos).




miércoles, 11 de julio de 2018

Mañanas de domingo. Puente

      Mañanas de domingo

...Y mis únicos amigos
son la paz de los caminos
y el discurso de los mirlos
que distrae mi andar cansino.

        Puente

Si una tarde de repente
se quedara quieto el río,
en su sueño azul ausente.

Si manara alguna fuente
que no llevara sus aguas
a morir en la corriente.

      (De Cien lecciones de cosas)

miércoles, 4 de julio de 2018

Diccionario de un leído de aldea


celemín. Es palabra muy bonita que de niño me traía en confusión, pues el señor maestro nos enseñaba en la escuela que era una medida de capacidad para áridos, equivalente a 4,625 litros aproximadamente, y el señor cura en la iglesia se preguntaba de vez en cuando en el sermón si la lámpara no había sido hecha para ponerla sobre el candelero y no debajo del celemín... Y ahí se encendía aún más la confusión, porque cómo se iba a poner una lámpara debajo de un montón de grano o de legumbres... (Véase talentos.)
cerdo. El otro animal, junto con el burro (véase), que más veces ha sido bautizado en la pila del diccionario: marrano, puerco, guarro, cochino, gocho…
cerebro. Por la forma, a lo que más se parece es a una nuez.
cereza. 1 Las mejores, las más dulces, son, sin ninguna duda, aquellas que los pájaros han picado ligeramente. 2 Es difícil encontrar, en el árbol, una cereza que haya brotado ella sola del mismo tallo.
cerradura. Duerme siempre con un ojo abierto.
chimenea. Como no sabe escribir, se dedica a emborronar el aire de garabatos.
cicatriz. Las de la infancia no se cierran nunca, y cuando uno se va haciendo mayor vuelven a doler, y de qué manera.
cielo. 1 ~azul. Espejo en el que se miran las ilusiones y el humo. 2 ~con nubes. Redil inquieto, o desorden de remeros amotinados. 3 Estar con ella y ver desde allá arriba, asomados al corredor de las nubes, el huerto y el corredor con las flores que dejó aquí abajo.
ciudad. Población grande en extensión y número de habitantes, con iglesia catedral, rotondas y semáforos (véanse aldea y pueblo).
circunspecto, ta. Una de esas palabras cuya simple pronunciación sugiere o adelanta el significado, sin que haya necesidad las más de las veces de buscarlo en el diccionario. En este caso, por su etimología, “que mira alrededor”, y por su uso, que lo hace de manera reservada y sin permitir que nadie pueda ni siquiera sospechar lo que pasa en sus adentros.
cizaña. ¿Qué siente la cizaña cuando la separan del trigo?
clase. ~obrera. Usábase antiguamente en el gremio de los intelectuales para designar a los que empleaban buena parte de las horas de cada día en trabajar para ganarse la vida. Por ese trabajo les pagaban un jornal. Para liberarse de tal condición se necesitaban dos cosas: conciencia de clase y condiciones objetivas (véase intelectual).
clavo. Véase mano.
coche. 1 Nuestras madres y abuelas nos invitaban con insistencia siendo niños a que montáramos en el de san Fernando, que era el más popular. 2 ¡Cualquier cosa, con tal de evitarle la humillación (me refiero a B-4419 UG) de quedarse un mal día parado en medio de la carretera y que tuviese que venir la grúa y llevarlo a cuestas hasta un taller!
codo. hablar por los ~s: un poco exagerado, pero qué bonito.
codorniz. En verano, escondidas a la sombra entre los trigales, anunciaban con su triple nota silbada la buena cosecha: ¡Buen pan hay! ¡Buen pan hay! ¡Buen pan hay! El canto de la codorniz le devuelve a un servidor al tiempo de la infancia, cuando su padre le traducía esas notas de esta otra manera: ¡Pan panín! ¡Pan panín!
cola. ¡Qué culpa tendrá la cola del pavo real, o la de la ardilla, que a la del autobús o a la de la entrada en un museo les hayan puesto el mismo nombre!
coletilla. De coleta, y esta a su vez de cola… Coletilla: la segunda es su abuela.
color. Color arándano, color agua turbia, color de ala de mosca…
comentario. ~de texto. Receta pedagógica aplicada con saña y fervor en la enseñanza de la literatura, que ha conseguido erradicar el gusto y la afición por la lectura entre los jóvenes estudiantes.
comillas. Las golondrinas se pasan los días llenando de comillas el cielo para que ninguna frase pronunciada o escrita por los humanos se quede sin ellas. Nos recuerdan así que nada de lo que decimos o escribimos es original sino copia, eco o repetición, que todo fue dicho o escrito o pensado ya alguna vez antes de que a nosotros se nos ocurriera y que debe por ello marcarse con el correspondiente entrecomillado: nihil novum sub sole, parecen repetir con sus chillidos.
comparación. No todas las comparaciones son odiosas, y abundan más las que son ociosas.



miércoles, 27 de junio de 2018

Expresiones coloquiales


Muchas, lamentablemente, de las expresiones, giros y modismos con que se aderezaba la conversación están quedando, para desdicha de la lengua y desdoro de sus hablantes, en desuso, o, lo que es peor, sumidas en el olvido, arrastradas por la uniformidad adocenada del idioma ramplón, plano, uniforme y teledirigido que campa a sus anchas por doquier.
Reproduzco algunas como muestra, extraídas de ese remanso y tesoro del español coloquial que es El Jarama, la conocida novela de Rafael Sánchez Ferlosio publicada en el ya lejano 1955:

-Me llevé un chasco, hija mía
-Ni por soñación
-Ahí no vale de ser impacientes, buena gana
-A pique de haberse ahogado alguno de los dos
-Yo, allá penas
-Vete tú a saber
-Escapado se les bajaron los humos
-¡Adónde va a parar!
-Así pasará algún día con los coches, al paso que vamos
-No tiene usted más que mandar recado con un par de días
-Un día que ande yo más desenredado
-Déjelos; buena gana gastar saliva en balde
-Sois la caraba
-Es un incordiante de marca mayor
-Hay correa para rato
-Una costumbre del año catapum
-Que se dice pronto
-Diga usted, Aniano, ¿a cómo vendrá costando una moto de ésas?
-Di tú que porque era él; que si llega a tratarse de otro cualquiera...
-Como estuviera yo en los Madriles, escapado iba a echar yo de menos todo esto de aquí...
-Di tú que no, hija mía
-¿Y es seguro que es de allí de por Legazpi?
-Cuidado el rapacín ese, lo revoltoso que es